Opinión
Por Alberto Barrera Tyszka.- Fidel Castro fue un publicista fuera de serie, un mago del marketing político. ¿Cómo es posible que, después casi seis décadas imponiendo de cualquier manera y a cualquier precio su control sobre un país, todavía a la hora de su muerte haya quien lo pondere como un líder democrático? Ahí está su mayor talento, el legado más importante que le deja a la historia: se puede ser un tirano despiadado y, sin embargo, pasar a la posteridad como un revolucionario.
Su vida es un ejemplo de cómo la mezcla adecuada de carisma y cinismo puede lograr que un feroz dictador parezca un líder polémico. El éxito más contundente de la revolución cubana es la campaña publicitaria de Fidel. Destruyó todo con tal de salvarse, de salvar su propia marca.
En su biografía del Che, Jon Lee Anderson relata una anécdota que presenta a Fidel en genio y figura. Es 1957, el desembarco del Granma resultó un fracaso y la guerrilla de la Sierra Maestra no llega a 20 combatientes. Sin embargo, Castro acepta una entrevista con un reportero de The New York Times. Herbert Matthews llega al campamento y ya Fidel ha preparado una astucia para hacerle creer que tiene varias brigadas de rebeldes en diferentes lugares de las montañas, que son un ejército grande cuyo único destino posible es la toma del poder.
El periodista, actuando de buena fe, apuntó todo y multiplicó las fuerzas de Castro en las páginas de su periódico, en la inocencia de sus lectores, en la mirada que todo el planeta tenía sobre la isla. Desde muy temprano, Fidel entendió que el engaño mediático era un arma determinante en cualquier batalla.
El contexto de la Guerra Fría le ofreció un clima perfecto para convertirse en el centro de una batalla simbólica. Fidel también supo aprovechar la tensión mundial para acrecentar su poder y distribuir su carisma como cualquier agencia de producción publicitaria. El bloqueo estadounidense fue una tragedia para Cuba y una bendición para Fidel. El mejor regalo que pudo hacerle el imperio: convertirlo en su gran enemigo. Le ofrecieron un escenario ideal para construir una épica moderna, asociada a las ideas libertarias. Así, Fidel pudo desarrollar su mito personal en todo el mundo mientras, dentro de su isla privada, consolidaba su poder autoritario, imponía la censura y la represión a cualquier disidencia, llegando incluso a perseguir y encarcelar a homosexuales y poetas.
La figura de Fidel no se puede separar del hechizo que tuvo y que todavía tiene la palabra revolución en nuestro continente. Es un hechizo que, por supuesto, también está ligado a las condiciones de la mayoría de nuestra población. Tiene que ver con la tragedia de la pobreza, de la desigualdad, de la violencia, de la impunidad… Fidel terminó convirtiendo la esperanza de los pobres en su negocio privado. Y fue un negocio muy rentable. Manejado con la eficacia de un capitalista impúdico. Después de estrujar hasta el cansancio a sus financistas —la Unión Soviética, la Venezuela de Chávez— la Revolución Cubana no tuvo ningún reparo en diluir la ideología y volver a voltearse hacia su enemigo. Después de casi 60 años, el balance de la historia no resulta muy gratificante: regresar a una dictadura pero con un país destruido, una nacionalidad muy dividida. Es un ejercicio que benefició fundamentalmente a una sola familia. Con 85 años, Raúl Castro ha decidido que lo más saludable es entregar el poder en el 2018.
Eliseo Alberto, fabuloso escritor cubano, hijo del genial poeta Eliseo Diego, escribió un libro imprescindible: “Informe contra mí mismo”. Entre las muchas crónicas que ofrece, hay una que me resulta entrañable. Un hombre ha logrado escapar de Cuba y trata de sostener su dignidad ante el asedio de la clásica prensa europea, siempre dispuesta a perdonar cualquier exceso de los gobiernos “revolucionarios”. El periodista progresista lo acosa y le reclama los supuestos éxitos de la revolución: la salud pública y la educación ¿Qué puede decir sobre eso? ¿Acaso no es cierto? El cubano duda un segundo y, luego, responde: sí. Puede ser. Pero en la vida uno no siempre está enfermo o estudiando.
Por Héctor Abad Faciolince.- No son extrañas las elecciones en que la democracia se enloquece.
En 1924, si bien en un ambiente de miedo e intimidación, Mussolini y los fascistas (con unos cuantos aliados) alcanzaban casi el 65% de los votos en Italia. Cuando Matteotti denunció las intimidaciones y crímenes que desvirtuaban ese voto, los fascistas no dudaron en secuestrarlo y asesinarlo, y Mussolini asumió la responsabilidad “histórica, política y moral” de ese asesinato.
En marzo de 1933, el partido nazi de Hitler alcanzó la mayoría relativa del Reichstag alemán, con el 43,91% de los votos. Los socialdemócratas y los comunistas alcanzaron apenas el 30%, pero Hitler volvió ilegales a esos partidos y luego supo manipular el apoyo de nacionalistas y centristas. Para llegar al poder los nazis no dudaron en matar a decenas de candidatos que se oponían a ellos.
Mientras algunos comunistas pensaban que la elección de Hitler serviría para “agudizar las contradicciones” y precipitar la llegada de una insurrección popular (la extrema izquierda de hoy dice tonterías parecidas sobre Trump), escritores como Joseph Roth alcanzaron a ver lúcidamente que ese triunfo de los nazis sería la instauración de “la sucursal del infierno sobre la tierra”. Un infierno de 12 años.
Ya en épocas más remotas otros escritores habían advertido de qué modo a veces los países parecían propiciar su propio desastre voluntariamente. En una carta a Turguéniev, fechada en noviembre de 1872, Gustave Flaubert se quejaba de los acontecimientos de aquellos años en Francia: “Tengo la misma tristeza que los patricios romanos en el siglo IV. Siento que asciende desde el suelo una irremediable Barbarie. Confío en haber reventado antes de que ella arrase con todo. […] Siempre he intentado vivir en una torre de marfil, pero una marea de mierda golpea los muros hasta desplomarla. […] Si no trabajara, me tiraría de cabeza al río con una piedra al cuello; 1870 ha vuelto locos, imbéciles o violentos a mucha gente”. Hace 150 años Flaubert sentía que la vulgaridad, la grosería, el desprecio por la belleza y por los ideales más nobles, se estaban imponiendo. Y no se trataba solo de la política, aclaraba, sino de algo generalizado: un “estado mental de Francia”.
Lo ocurrido en Gran Bretaña con el triunfo populista del Brexit, en Colombia con el manipulado triunfo del No, en Estados Unidos con la derrota del establishment (o con el triunfo de la megalomanía, el racismo y la grosería absoluta de Trump), y los posibles escenarios nefastos que podrían verificarse en Austria y en Francia, me hacen pensar con tristeza en este moribundo año 2016. Las señales que leo en los acontecimientos recientes me hacen ser pesimista por primera vez sobre el futuro próximo. El triunfo del asco fascista o fascistoide me parece evidente, y no creo que podamos responder a él con la moderación, la cautela o la tibieza. El Zentrum alemán (al disolverse por miedo en el 33) también ayudó a la consolidación del poder nazi.
Colombia era, o parecía ser, una de las pocas buenas noticias del mundo. Ahora la renegociación del nuevo Acuerdo de Paz (no estoy seguro de si más o menos bueno que el primero: hay retrocesos en verdad y en temas de impuestos sobre la tierra), no se va a refrendar por la vía popular, sino por otra, legal, pero impopular: a través del Congreso. El 2016, parece decir el Gobierno, no es un año bueno para otra aventura electoral, y prefiere acudir a herramientas jurídicas existentes. Va a ganar la paz, pero sin entusiasmos de masas. Su refrendación definitiva serán las próximas elecciones, donde no se elegirá un gobierno de transición (como sugirió Timochenko), sino un gobierno que apoye o rechace este necesario, benéfico y frágil acuerdo de paz.
Parafraseando a Flaubert se podría decir que el 2016 ha vuelto locos, imbéciles o violentos a mucha gente. Yo mismo no veo cómo no volverme loco ante el cúmulo de brutalidades que me toca oír o leer a toda hora.
Por La compleja implementación es la clave que consolida la paz, de ahí que su aplicación sea expedita y milimétrica. Esta metodología la exigen los mismos acuerdos, los tiempos y los plazos que se dieron para implementar el proceso de paz, y de eso debe estar consciente la Corte Constitucional que hoy tiene un su manos darle instrumentos al Gobierno para afianzar la paz. “Si no hay “Fast Track” no hay día D, así de sencillo”, puntualizó un asesor de las Farc.
-No hay duda que al nuevo acuerdo de paz en materia de refrendación e implementación le espera un camino plagado de espinas.Digamos que el gobierno impondrá mayorías parlamentarias y lo refrendará. Hasta ahí, “todo bien todo bien” como diría el Pibe. Pero es que la cuestión no es solamente refrendar y punto. No. El problema es cómo implementar lo acordado.
La salida de hacerlo a través del congreso, escenario natural del voto popular, es el camino por el que optó el Gobierno. Entonces, la inquietud que surge es cómo se logra abordar un mecanismo expedito para que la implementación no se ralentice y los plazos que el acuerdo establece se cumplan. Para estos efectos hay dos instancias: a través del trámite legislativo normal o a través del acto legislativo que le da facultades al presidente y disminuye el trámite de las reformas constitucionales y de las leyes.
En primer término, hay que descartar de plano la posibilidad de tramitar la implementación vía ordinaria. Es decir, por esta ruta no habría “DÍA D”, para referir lo dicho por el presidente Santos, se frenaría la implementación y se pondría en peligro el cese bilateral al fuego.
Ahora, sobre el segundo punto curiosamente la respuesta no la tienen ni el Gobierno ni el Congreso. Quedó en manos de la Corte Constitucional, instancia que debe resolver la demanda en contra del acto legislativo del 7 de julio de 2016 “por medio del cual se establecen instrumentos jurídicos para facilitar y asegurar la implementación y el desarrollo normativo del acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera”, al cual en el séptimo debate el ejecutivo le colgó el “mico” del plebiscito que se perdió el pasado 2 de octubre.
Este acto legislativo le da facultades al presidente por una sola vez para proponer un paquete de reformas constitucionales y de leyes con base en el acuerdo de paz, y simplifica el trámite de estas iniciativas mediante un “procedimiento legislativo especial para la paz”, además de facultar al jefe del Estado para que expida decretos con fuerza de ley que garanticen la implementación de la paz estable y duradera.
Este proceso que se ha denominado como Fast Track es el que certifica, sin objeciones en el tiempo, la posibilidad de que la paz se consolide o de lo contrario, me decía uno de los negociadores de las Farc, “si no hay simplificación legislativa no hay paz, no hay día D y menos la posibilidad de que comience la concentración de la guerrilla con el subsiguiente proceso de dejación de armas”.
La compleja implementación es la clave que consolida la paz, de ahí que su aplicación sea expedita y milimétrica. Esta metodología la exigen los mismos acuerdos, los tiempos y los plazos que se dieron para implementar el proceso de paz, y de eso debe estar consciente la Corte Constitucional que hoy tiene un su manos darle instrumentos al Gobierno para afianzar la paz. “Si no hay “Fast Track” no hay día D, así de sencillo”, puntualizó un asesor de las Farc.
Por Amylkar D. Acosta M.-Si algo caracteriza al comportamiento de los precios del petróleo es su volatilidad, de allí que la silueta de la curva que lo describe sea lo más parecido a una montaña rusa. No obstante, sin perder esta propiedad, que le es inmanente al mercado en el que se transa el oro negro, desde mediados del 2014 la tendencia sostenida de los precios ha sido hacia la baja. Todo indica que la caída de los precios del crudo llegó para quedarse, que la misma no es coyuntural.
Los precios del crudo de la referencia Brent, al cual está atado el precio de exportación de la canasta de crudos de Colombia, después de caer por debajo de los US $30 el barril a comienzos de este año, su nivel más bajo en los últimos 13 años, tuvo un repunte del 30%, alcanzando un promedio de US $46 el barril en el curso del tercer trimestre de este año, en todo caso US $4 por debajo del mismo período del año anterior.
Uno de los factores, tal vez el principal, que está gravitando sobre los precios del petróleo presionándolos a la baja es la sobreoferta en el mercado, que se enfrenta a una débil demanda por el mismo. De hecho la producción a escala mundial ha crecido 880 mil barriles el último año, empezando por los 14 países que integran la OPEP que alcanzó en octubre de este año la cifra record de 33.64 millones de barriles diarios, 236 mil más que el mes anterior. Concomitantemente, como lo reconoce la misma OPEP, “los inventarios están cerca de máximos históricos en todo el mundo”.
Otro factor que influye determinantemente y que impide una reacción mayor del precio del petróleo es la cotización del dólar, divisa esta en la que se transa en los mercados internacionales. Obviamente la revaluación del dólar frente a las demás monedas le resta poder adquisitivo a estas, desalentando la demanda debido al encarecimiento del crudo para el importador.
Previendo que la sobreoferta puede llegar a ser mayor el año entrante, lo cual seguiría deprimiendo los precios a futuro, Arabia Saudita, que es de facto el líder de la OPEP cambió abruptamente la estrategia seguida hasta el mes de mayo y pasó de oponerse a un recorte en los volúmenes de producción de crudo a propiciarla, con el fin de darle un impulso al alza a los precios. Pero, conscientes de que ya la OPEP no controla más allá de un tercio de la producción, la OPEP le pidió a los productores que no tienen su membresía contribuir con una reducción de su producción de 500 mil barriles/día. Por su parte la producción de la OPEP pasaría de 33.2 millones de barriles/día, que fue la producción en agosto a la horquilla entre 33 y 32.5 millones de barriles/día. En un primer momento, ellos, encabezados por Rusia, que no hace parte de la OPEP pero hoy por hoy es el mayor productor con 11.2 millones de barriles/día, por encima de Arabia Saudita, fueron receptivos a dicha propuesta. Fue así cómo en el marco del Foro Internacional de Energía que se efectuó en Argelia entre el 26 y 28 de septiembre, en la que participaron exportadores e importadores de crudo, se llevó a cabo una reunión consultiva de la OPEP en donde se arribó a un preacuerdo del que participaron también los productores ajenos al cartel para limitar el bombeo de crudo, el cual deberá ser refrendado el 30 de este mes en la Cumbre de la OPEP en Viena. De concretarse, este sería el primer recorte de la producción con el fin de detener la caída del precio del crudo desde 2008.
Empero, no será fácil consensuar en el seno de la OPEP el compromiso de cerrar el grifo para reducir la producción de los países miembros, amén de la larga historia de los incumplimientos de las cuotas de producción acordadas. De otra parte, cuando ya estamos en vísperas de la Cumbre, desde Moscú el Ministro ruso de Energía se mostró dispuesto a congelar su producción, que está al tope de su potencial, pero no a reducirla, al considerar que al hacerlo en la práctica sería un “recorte” con respecto a sus proyecciones. Otros países, como Irán, Irak, Libia y Nigeria, que son sus socios, se muestran reticentes a hacer lo propio, razón por la cual Arabia Saudita se ha concentrado en asegurar el apoyo al interior de la OPEP, para luego persuadir a los restantes. Las perspectivas para la industria petrolera, entonces, no son las más halagüeñas, tanto en el corto como en el mediano plazo, como ya lo habíamos advertido cuando apenas comenzaba el año.
Cota, noviembre 27 de 2016
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Por Uta Thofern.- Fidel Castro ha muerto. Esto es para mucha gente en América Latina como si en Alemania muriera Helmut Kohl. Aun siendo ambas personalidades históricas tan distintas, ubicadas ambas en posiciones políticas tan distantes, es posible hallar un punto en común entre ellas: su significado simbólico para una fase de la historia reciente, la de la posguerra. Muchas generaciones, a ambos lados del Atlántico, crecieron con Fidel Castro. Cuba y Castro son sinónimos de Bahía Cochinos y la Crisis de los Misiles, puntos álgidos y difíciles de la Guerra Fría que vistos en perspectiva adquieren otra dimensión.
El "Máximo Líder” fue durante décadas un abanderado del comunismo, amado por unos y odiado por otros. Tras la temprana muerte del considerablemente más carismático Ernesto "Che” Guevara, Castro heredó el papel de figura simbólica de la revolución cubana, e incluso cuando nunca llegó de forma masiva a las camisetas de los socialistas románticos de Europa y Estados Unidos, siempre entregó una imagen positiva del comunismo. En los años setenta y ochenta del siglo pasado, la dictadura cubana respiraba un aire de serenidad tropical que ejercía una gran atracción. A ello se sumaba la imagen de un David contra Goliat, la pequeña isla en medio del enorme océano del imperialismo estadounidense.
Cuba y el significado del comunismo
Nunca el comunismo despertó tanta simpatía en occidente como con Cuba. También por eso el "socialismo tropical” fue una espina tan dolorosa clavada en las carnes de todos sus opositores. Para los seguidores de Fidel, una razón más para amarlo. Y en Latinoamérica, sobre todo, también un motivo de orgullo. Para sentir una secreta simpatía por la pequeña nación insular que casi puso de rodillas a la enorme potencia del norte no se necesitaba ser comunista.
Castro tuvo un mayor significado para aquellos que tenían reales esperanzas en la revolución cubana, en el socialismo y el comunismo como representación de una vida mejor. Ellos fueron y son muchos en Latinoamérica, el continente de las desigualdades sociales. Y, claro, no todo era malo en Cuba, donde el sistema de salud sigue siendo, hasta hoy, uno de los mejores de la región, e incluso en los peores tiempos a los cubanos les fue mejor que a los haitianos, apenas una isla más allá. Pero en la realidad la gran mayoría no pudo cumplir sus expectativas. Que el mundo mejor para Cuba era algo parcial y solo posible gracias a las subvenciones de la Unión Soviética, y que el precio de ello era la libertad, solo se podía saber gracias a reportes de los medios de comunicación.
El mito de Fidel mantuvo su magia
El problema es que hasta hoy obtener informes sobre y desde Cuba es difícil. Esto fue utilizado durante la Guerra Fría como propaganda por la que hoy es calificada como "prensa mentirosa”. Así pudo el mito de Fidel mantener intacta su magia, y por ello será llorado por muchos en el mundo entero como un justo héroe en la lucha por los más desposeídos. Que los ideales de la revolución habían sido enterrados bastante antes que él y que también su propio país tomó un camino totalmente distinto... bueno, eso da un poco igual.
El comunismo de Castro se hundió junto con la Unión Soviética. La variante del nuevo siglo, la llamada "revolución bolivariana”, y el nuevo patrón llamado Venezuela, están camino a la quiebra. Por eso Cuba ha tomado una vía hacia el capitalismo y busca también un acercamiento con Estados Unidos. Como sea, sobre la libertad no se ha hablado mucho en este nuevo modelo para Cuba.
La muerte de Fidel Castro no cambiará nada en el desarrollo de la isla. El hombre, que fue hecho monumento en vida, hace años que no tiene nada que decir. Sin embargo, de alguna manera, me faltará Fidel, el uniformado barbudo con el habano que me acompañó durante toda mi juventud.
Por Jaime Enrique Durán Barrera.- El proceso para la búsqueda de la Paz en Colombia ha sido un camino plegado de complicaciones. 50 años de conflicto armado ponen de manifiesto que las causas estructurales de éste aún están vigentes y no se han superado.
Por ello, la urgencia para lograr un acuerdo posible, en continuo proceso de superación y, sobre todo, negociado, para buscar salidas reales y con visión de futuro, que no sólo atiendan las consecuencias de este complicado proceso, sino creen los cimientos de una democracia fundamentada en la igualdad de oportunidades, con instituciones sólidas y descentralizadas y una sociedad civil atenta de la administración de su patrimonio.
Luego del triunfo del No en el Plebiscito de la Paz, el pasado 2 de octubre, Colombia vivió un proceso que sociopolíticamente será estudiado, por su particular complejidad. Las zonas más golpeadas por el conflicto armado asumieron militantemente el paso a la Paz duradera y una minoría no representativa del país, los superó con escasos 50 mil votos, claro está sin estimar que la gran vencedora de la consulta fue la abstención. Datos aportados por la Registraduría señalan que 8 millones de colombianos no votaron.
El resultado del Plebiscito por la Paz se unía a la perplejidad de los obtenidos del Brexit en la Gran Bretaña, la posterior victoria de Trump y la emergencia de los partidos conservadores populistas en varios países de Europa.
Pero este proceso doloroso para los que exigimos la Paz, como requisito para generar desarrollo en Colombia y mejor democracia, sirvió para convocar la reflexión, incluso de los grupos que votaron por el No, manipulados por los mecanismos propagandistas de la derecha colombiana, que no quiere que nada cambie, y de los abstencionistas, entre ellos muchos jóvenes.
Esa reflexión llevó a marchas silenciosas, protestas pacíficas y a conformar campamentos de la Paz en varias ciudades del país. Esa preocupación se hizo foro, entrevista, coloquio y discusión, tanto en las plazas públicas, como en los medios de comunicación y las redes sociales.
Asimismo, el resultado contó con el talante democrático, de aceptación y escucha del Presidente y de los Equipos Negociadores del Gobierno y de la Farc- EP, para interpretar las críticas y sugerencias que generarían el nuevo acuerdo, donde la voluntad de conseguir la Paz era el único objetivo.
Más de cuarenta días se invirtieron en este proceso. Y la presión de la sociedad civil, los medios de comunicación, las redes sociales y la comunidad internacional, junto al gobierno y los grupos políticos, aceleró el nacimiento de un nuevo acuerdo, a pesar de las maniobras dilatorias de los personeros del No, los que no asumen la Paz como propósito, sino como estandarte para las próximas elecciones.
Había llegado a Colombia la hora de la Paz y no se podía esperar, porque un acuerdo, aun no siendo perfecto, implica desmovilizar un cuerpo armado, que quedó a la expectativa, por los resultados adversos del plebiscito y no sólo era una amenaza a la seguridad en términos estratégicos, sino un complejo dilema, ya que implica el cambio de un paradigma de vida en esos combatientes.
La Paz de Colombia tiene que edificarse ya. No se puede esperar más, porque el postconflicto es un proceso de reconstrucción del tejido social colombiano, que no debe ser lento como el futuro posible.
Debemos desde Congreso de la República, como voz legítima y consensuada de los pueblos y las regiones de toda Colombia, refrendar el nuevo Acuerdo de Paz para lograr luego su instrumentación en la estructura jurídica del Estado Colombiano, porque el verdadero desafío es enterrar las condiciones que generaron el conflicto armado más viejo de la historia reciente.
Por Farhad Manjoo. Foto: Gary Allard.- Mientras la industria de la tecnología se enfrentaba a la realidad de una elección presidencial que no salió como lo esperaba, muchos en Silicon Valley dieron con la idea de que la información falsa que se transmite en línea fue un factor significativo en el resultado de la contienda.
Rápidamente, tanto Google como Facebook alteraron sus políticas de publicidad para prohibir explícitamente que los sitios de noticias falsas generen dinero a partir de mentiras. Es muy probable que se trate de una solución importante, aunque haya llegado demasiado tarde. El internet ha reducido nuestro entendimiento colectivo de la verdad, y las iniciativas para combatir esa tendencia desalentadora obviamente valen la pena.
Sin embargo, sería un error que el único hallazgo de esa investigación sean las noticias falsas. De hecho, los peligros que presentan las noticias falsas solo son un síntoma de una verdad más profunda que ahora se ha hecho obvia en todo el mundo: con miles de millones de personas pegadas a Facebook, WhatsApp, WeChat, Instagram, Twitter, Weibo y otros servicios populares, las redes sociales se han convertido en una fuerza política y cultural cada vez más poderosa, a tal punto que sus efectos ahora están comenzando a alterar el desarrollo de los sucesos mundiales.
La elección de Donald Trump quizá sea la ilustración más contundente hasta ahora de que, en todo el planeta, las redes sociales están ayudando a reconfigurar de manera fundamental a la sociedad humana. Han subsumido y abatido a los medios tradicionales. Han deshecho las ventajas políticas tradicionales como la recolección de fondos y el acceso a la publicidad. Están desestabilizando y remplazando instituciones de la vieja escuela, así como formas establecidas de hacer las cosas, incluyendo a los partidos políticos, las organizaciones transnacionales y las prohibiciones sociales implícitas contra las expresiones flagrantes de racismo y xenofobia.
Y, lo más importante, debido a que estos servicios permiten que la gente se comunique entre sí con más libertad, están ayudando a crear organizaciones sociales sorprendentemente influyentes entre los grupos que alguna vez estuvieron marginados. Estos movimientos sociales ad hoc varían ampliamente en forma, desde los supremacistas blancos de derecha en Estados Unidos hasta los simpatizantes del brexit en el Reino Unido. Pero cada uno, a su propia manera, ahora está ejerciendo un poder que antes se creía impensable, lo cual resulta en espasmos geopolíticos impredecibles y a veces desestabilizadores.
“Ahora hay miles de millones de personas en internet, y la mayor parte de ellas no están felices con el orden establecido”, dijo Ian Bremmer, el presidente del Grupo Eurasia, una firma de investigación que predice riesgos mundiales. “Creen que su gobierno local es autoritario. Creen que están en el lado incorrecto del sistema. Están agraviados por las políticas de identidad y una clase media vacía”.
Muchos factores explicaron la victoria de Trump: la ansiedad de la economía de la clase media en las zonas industriales de Estados Unidos; un deseo de algún tipo de cambio en la dirección del país y una mezcla de racismo, xenofobia y sexismo latentes en todo el electorado. No obstante, como incluso lo reconoció Trump en una entrevista en 60 Minutes después de su victoria, las redes sociales desempeñaron un papel determinante en la contienda.
En el pasado, dijo Bremmer, las preocupaciones de los simpatizantes de Trump pudieron haber sido ignoradas y su candidatura habría fracasado casi de manera definitiva. Después de todo, casi todos los expertos lo descartaron de manera universal, y enfrentó desventajas en temas como el dinero recaudado, la organización y el acceso al conocimiento de la política tradicional. Sin embargo, al emitir un mensaje que resonó con el electorado en internet, Trump hackeó el orden político establecido.
“Mediante esta nueva tecnología, la gente ahora tiene el poder de expresar sus quejas y de seguir a las personas que consideran hacen eco de esos agravios”, dijo Bremmer. “Si no fuera por las redes sociales, no creo que Trump hubiera ganado”.
Para la gente que prefiere un mundo ordenado y predecible, esto es lo más aterrador acerca de Facebook: no que pueda estar lleno de mentiras (un problema que posiblemente podría resolverse), sino que su alcance le da el poder real de cambiar la historia de maneras audaces e impredecibles.
Sin embargo, ese es el punto en el que nos encontramos. Es hora de empezar a reconocer que las redes sociales en realidad se están convirtiendo en las fuerzas transformadoras del mundo que sus creadores prometieron que serían desde hace mucho tiempo… es hora de preocuparnos, en vez de entusiasmarnos, por los enormes cambios sociales que podrían provocar.
A lo largo de gran parte de la última década, hemos visto cómo surgen en todo el mundo movimientos sociales progresivos que reciben el poder del internet. Hubo una Revolución Verde en Irán, seguida por la Primavera Árabe en Medio Oriente y el norte de África. En Estados Unidos, vimos el movimiento de Occupy Wall Street y las manifestaciones de #BlackLivesMatter.
Las redes sociales también desempeñaron un papel en la política electoral… primero en la candidatura de Howard Dean en 2003, que terminó por no tener éxito, y después en la elección de Barack Obama, el primer presidente afroestadounidense, en 2008.
Sin embargo, ahora esos movimientos parecen ser el preludio de un rompimiento, activado por la tecnología, en el orden mundial. En el Reino Unido, este año, organizarse en Facebook desempeñó un papel esencial en la iniciativa alguna vez impensable para hacer que el país saliera de la Unión Europea. En Filipinas, Rodrigo Duterte, un alcalde agitador que tuvo mucho menos presupuesto que sus oponentes, logró dirigir a un enorme ejército de simpatizantes en línea para que lo ayudaran a ganar la presidencia.
El Estado Islámico ha utilizado las redes sociales con el fin de reclutar yihadistas en todo el mundo para combatir en Irak y Siria, así como para inspirar ataques terroristas en el extranjero.
En Estados Unidos, tanto Bernie Sanders, un socialista que intentó ser el candidato presidencial del Partido Demócrata, y Trump, quien alguna vez fue rechazado por la mayoría de los miembros del partido que ahora dirige, dependieron de movimientos en línea para romper con el orden establecido de la política.
¿Por qué está pasando todo eso ahora? Clay Shirky, un profesor de la Universidad de Nueva York que ha estudiado los efectos de las redes sociales, sugirió algunos motivos.
Uno es la omnipresencia de Facebook, que ha alcanzado una escala verdaderamente épica. El mes pasado, la empresa reportó que cerca de 1,8 mil millones de personas entran a la página cada mes.
Debido a que las redes sociales se alimentan de las muchas permutaciones de interacciones entre las personas, se convierten notablemente más poderosas cuando crecen. Con cerca de un cuarto de la población del mundo ahora en Facebook, las posibilidades son asombrosas.
“Cuando la tecnología se pone aburrida es cuando los efectos sociales se ponen interesantes”, dijo Shirky.
Uno de esos efectos sociales es lo que Shirky llama el “cambio de la Ventana Overton”, un término acuñado por el investigador Joseph P. Overton para describir el rango de temas que los medios tradicionales consideran asuntos públicamente aceptables para debatir.
Desde principios de los años ochenta, aproximadamente, hasta el pasado muy reciente, generalmente se consideraba insensato que los políticos adoptaran posturas poco tradicionales según la mayoría de la sociedad, cosas como llamados explícitos al prejuicio racial. No obstante, el internet revirtió esa ventana.
“El etnonacionalismo blanco se mantuvo a raya gracias a la ignorancia pluralista”, dijo Shirky. “Todas las personas que estaban sentadas en su sótano gritándole a la TV acerca de los inmigrantes —o que estaban dispuestas a decir que los cristianos blancos eran más estadounidenses que otros tipos de estadounidenses— no sabían cuántas otras personas compartían esa misma opinión”.
Gracias al internet, ahora cada persona que sostiene posturas alguna vez consideradas malignas puede ver que no está sola. Y cuando esas personas se encuentran, pueden hacer cosas: crear memes, publicaciones y mundos cibernéticos completos que refuerzan su visión del mundo y que después logran entrar en la visión establecida. Esos grupos también se convierten en blancos perfectos para personajes políticos como Trump, quienes reconocen su energía y entusiasmo y los aprovechan para tener victorias en el mundo real.
Shirky señala que la Ventana Overton no se trata solo de desplazarse a la derecha. También podemos ver cómo sucede con la izquierda. Sanders hizo campaña en torno a una plataforma anti Wall Street que habría sido impensable para un demócrata tan solo hace una década.
Ahora, después de la derrota de Hillary Clinton, el futuro de los demócratas probablemente estará determinado de igual manera por colectivos en Facebook y élites en Washington… y es probable que como resultado veamos más candidatos y posturas políticas improbables con respecto a lo que se habría observado en el pasado.
El resultado serán sucesos más inesperados. “Definitivamente tendremos más de esos candidatos insurgentes y más efectos sociales delirantes”, dijo Shirky. Trump solo es la punta del iceberg. Prepárense para una época interesante.
Por Marta Ruiz. Tomado del NY Times en Español.- La historia está llena de ejemplos de países que se han visto abocados a la guerra, aun sin quererla, por la decisión arrogante y temeraria de sus gobiernos. Colombia parece ser el caso contrario. El Presidente Juan Manuel Santos tendrá que sacar adelante la paz, muy a pesar de que aún medio país no cree en ella.
El proceso para ponerle fin al conflicto armado con las Farc ha polarizado tan radicalmente a Colombia, que el nuevo acuerdo logrado el 12 de noviembre tendrá que ser refrendado e implementado en el congreso, sin pasar por las urnas, donde fue rechazado el pasado 2 de octubre.
Tras el plebiscito, el proceso de paz entró en un limbo peligroso, a pesar de que el cese al fuego definitivo ya estaba en marcha. Pasaron 40 días frenéticos en los que el gobierno escuchó a los líderes del No, que obtuvieron una mayoría de apenas 53.000 votos, o 0,43 por ciento de diferencia. A la cabeza del No están dos expresidentes que intentaron hacer la paz con las Farc en el pasado y fracasaron: Álvaro Uribe y Andrés Pastrana.
De aquellas reuniones salieron 410 propuestas de modificaciones, algunas de las cuales eran dardos envenenados dirigidos al corazón de la negociación. Fórmulas inaceptables en cualquier acuerdo razonable, como que la guerrilla firmara su propia sentencia para ir a prisión y que, de sobremesa, sus líderes no pudieran ir a elecciones.
Otras modificaciones buscaban agitar demonios provenientes de una lectura sesgada del acuerdo. El hecho de que este fuera el primer pacto de paz con una perspectiva amplia de género hizo que muchas iglesias vieran en él una amenaza a la familia y a los valores cristianos. O que tímidos propósitos de distribuir tierras y ofrecer titularidad a campesinos pobres pusieran a temblar a terratenientes que vieron su derecho a la propiedad privada en riesgo. Un tercer tipo de comentarios eran sobre todo jurídicos, razonables, y provenían de las cortes del país.
A los negociadores del gobierno les tocó el insólito papel de defender ante las Farc las propuestas de la oposición, en búsqueda de darle al acuerdo de paz, por vía de la concertación, la legitimidad perdida en el plebiscito. Pero se trataba de una renegociación para un nuevo acuerdo de paz, no de pedirle a las Farc una rendición. El nuevo acuerdo, a pesar de haber incorporado un 80 por ciento de las sugerencias de los opositores, fue rechazado por Uribe y los demás críticos.
Excepto por un puñado de optimistas, casi nadie en el mundo político se hacía ilusiones de que fuera posible el gran acuerdo nacional que pedía Uribe, a sabiendas de que sus propias objeciones al proceso de paz lo hacían sencillamente imposible. Dicho acuerdo nacional implicaba humillar a las Farc poniéndole obstáculos a su ingreso a la vida civil. Además los líderes del No entendieron que con su triunfo en el plebiscito del 2 de octubre tienen un capital electoral suficiente para disputar la presidencia en 2018 y no quieren desperdiciar la oportunidad.
En el fondo esas 297 páginas del acuerdo original, o las 310 que tiene el nuevo acuerdo, ponen el dedo en una vieja herida que sigue abierta en Colombia: la fractura de sus élites. Desde hace un siglo, conservadores y liberales se disputan los caminos de la modernización, de la soberanía y de las reformas.
El acuerdo de paz fue negociado durante cuatro años en La Habana no solo para que la guerrilla abandone la lucha armada, sino para cerrar, de una vez por todas, la espiral de violencia política en Colombia.
Se identificaron los puntos que han sido determinantes en la persistencia de la guerra interna: el problema campesino y la falta de una reforma agraria, la precariedad de la democracia, la fallida lucha contra el narcotráfico, la rampante impunidad ante la ley y el orden, y la reincorporación política de los excombatientes para evitar el reciclaje de la violencia.
En casi todos estos temas Uribe y los demás líderes del No son contrarios a los cambios propuestos. En sus recomendaciones defendieron el modelo económico rural, a pesar de que saben que el sector rural colombiano es uno de los más desiguales del mundo. Criticaron todas las medidas para garantizarle a las Farc y a sus bases sociales representatividad política, incluyendo la creación de un partido. Y apoyaron la infructuosa guerra contra las drogas. Por último, se negaron tercamente a reconocer los mecanismos de la justicia transicional.
Para Uribe, Pastrana y sus seguidores, la única responsable de los crímenes graves cometidos en medio siglo son las guerrillas.
Esos sectores conservadores buscan mantener un statu quo que ha hecho de Colombia un país fracturado territorial, social y políticamente.
¿Qué representa entonces Santos? La derecha liberal, moderada y modernizante que ha entendido que Colombia debe superar la violencia política para desarrollar su potencial económico.
Aunque su proyecto no ha calado lo suficiente y su decisión de evitar un nuevo plebiscito es impopular, es el único camino para no echar por la borda un acuerdo de paz tejido con filigrana.
Este nuevo acuerdo, que fue pensado para una paz estable y duradera, entrará con fórceps al ordenamiento jurídico y será atacado durante su implementación desde muchos flancos. Si quienes lo repudian ganan las elecciones del 2018, con la bandera de echarlo para atrás, Colombia se enfrenta al riesgo de un nuevo ciclo de violencia.
Dado que Santos no logró construir un consenso básico para el nuevo acuerdo, está obligado a luchar por él en los 20 meses que le quedan de gobierno.
Primero, debe mostrar victorias tempranas en la implementación, comenzando por el desarme de las Farc. Ese es un hecho contundente que puede convencer a los escépticos sobre las bondades de la paz.
Segundo, debe mantener un diálogo político con diversos sectores sociales que se sintieron excluidos en el proceso de paz, particularmente las élites locales y emergentes, reticentes a un pacto con la guerrilla y tolerantes con formas de violencia paramilitar. Sin ellas, la paz siempre será débil e inestable.
Uribe y los suyos anunciaron que se van a la calle, a buscar un referendo contra los puntos críticos del acuerdo, y a disputar la presidencia bajo la bandera de la indignación. La misma que les resultó exitosa en el plebiscito.
Todo indica, entonces, que las elecciones presidenciales del 2018 funcionarán como referendo popular de este nuevo acuerdo. Por eso, finalmente, para enfrentar a los adversarios se necesita una coalición inédita en Colombia, del centro hasta la izquierda. Esta coalición tendría la bandera de la reconciliación en sus manos, que no es poca cosa. Su éxito dependerá de que los líderes actúen con grandeza, y de que este nuevo acuerdo se convierta en realidad lo antes posible.
Por Giovanni Décola.- Con la firma del acuerdo definitivo entre el Gobierno y las FARC, empieza una labor ardua, para hacer de la paz, un sueño posible.
Quedó demostrado que en Colombia hay dos visiones de Estado: Una retrograda y feudalista, amiga de la guerra y de la idea de aniquilar a fuego y sangre al enemigo, en donde prevalezcan los derechos del más fuerte; y otra, amiga del diálogo y de la paz, donde las contradicciones se solucionen a través de la negociación sin renunciar a los valores sustanciales de un Estado Social de Derecho y defensor de la propiedad privada, siempre y cuando ésta, aparte de tener su función social y ecológica, haya sido adquirida de buena fe exenta de culpa.
Pese a la pírrica victoria del No en el plebiscito, al final se impuso la racionalidad y la sensatez, y ésta última visión de Estado triunfó. Los acuerdos de la Habana, fueron mejorados, luego de escucharse a todos los sectores, los del No y los del SI, y una vez sean refrendados la próxima semana por el Congreso, pasan a la fase de instrumentalización y ejecución. A Juan Manuel Santos le bastarán los casi dos años de mandato que le restan, para llevar a cabo esta tarea.
Pero lo más importante, está por venir: es la consolidación de una paz estable y duradera. Ya se avecina la carrera presidencial del 2018, y los señores promotores del NO, visto está, que no les interesa la paz, y saben que sin la perpetuidad de la guerra, sus candidatos no tienen opción de llegar al Palacio de Nariño, con el fin de dar al traste, con la paz querida y soñada por los Colombianos.
Todas las Partidos y Movimientos Políticos que con sinceridad dieron un valeroso impulso a la paz, y junto a los sectores progresistas de nuestra sociedad, deberán unirse y defender estos acuerdos como una coraza. No nos llamemos a engaños. La derecha y ultraderecha, no renunciarán a su visión de Estado y combinarán todas las formas de lucha para dar al traste con los Acuerdos y con la Paz.
Se hace necesario convocar voluntades y elegir en el 2018 un Gobierno de transición, como lo ha pregonado las FARC, con el propósito principal de garantizar el triunfo definitivo de la Paz. En el actual escenario político veo connotadas figuras nacionales amigas de la paz. Quién tendría la osadía de negar el liderazgo y probidad de Sergio Fajardo? La honestidad y conocimiento del país de Jorge Robledo? La rebeldía y perseverancia de Gustavo Petro? La juventud y decoro de David Barguil o Juan Manuel Galán? Todos ellos, son muy importantes figuras públicas, que el país reconoce, pero quién tendrá mejor ganado el sitial para garantizar que efectivamente se consagren los acuerdos de la Habana y se llegue a una paz estable y duradera? Sin duda, es Humberto De La Calle.
No solo, por la elemental cortesía de reconocer en él, como jefe negociador del Gobierno, un hábil ejecutor de la voluntad de paz del pueblo colombiano y de nuestro premio Nobel, Juan Manuel Santos, Si no, que Humberto De La Calle, tiene un “aquilatado perfil de hombre justo”, que ha ido confirmando en cada uno de los cargos que ha tenido como hombre público.
Como joven abogado, se estrenó como Juez en Salamina y Chinchiná, llegando en la Rama Judicial a ser Magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. Fue Registrador Nacional del Estado Civil, Ministro de Estado, Embajador y Vicepresidente, entre muchos otros cargos. En todos demostró probidad, decencia, patriotismo y coherencia con sus ideas.
Desde niño demostró su apego por los libros. En su hoja de vida reposan doce postgrados en altos estudios. No era raro, que al mirar las horas del reloj, confundiera las luces de su cuarto con el alba del despertar, por estar leyendo sin parar, a poetas del calibre de Baudelaire y Rimbaud, o un texto jurídico de Ferri o de Carrara.
Como “monaguillo” del Nadaísmo fue un rebelde, pero con causa. De formación liberal sin profesar ningún sectarismo. Su pasado existencialista, lo lleva a evocar uno de sus tangos preferidos: “Volver”. Y Humberto De la Calle, ha vuelto para heredar junto con las fuerzas que añoran la paz, el Gobierno de Colombia, y como buen seguidor del vallenato que es, estará dispuesto a echarle “la gota fría” a quienes, insisten en hacer de Colombia, un país en guerra, para satisfacer intereses económicos inconfesables y egos muy personales.
Doctor De La Calle, empiece a hablar alto!!! Los parlantes de Colombia, están encendidos para recibir palabras de paz, de vida, de sueño, de fraternidad, de justicia, de equidad…Ese acuerdo fue el mejor posible y usted hará posible, el Gobierno de la Paz!!!
Por Guillermo García Realpe.- Tras los adversos resultados del pasado dos de octubre cuando el pueblo colombiano en su mayoría decidió decirle no en el plebiscito a los acuerdos logrados en La Habana, el país entró en vilo, pues quienes le apostamos al sí y a la reconciliación nacional vimos cómo se hacía esquiva esa posibilidad.
Sin embargo el Presidente Juan Manuel Santos no desfalleció y siguió intentándolo, jugándose todo su capital político en la búsqueda de la paz. Fue así, como desde el alto gobierno se convocó a todos los sectores de oposición. Entonces, vimos desfilar por los pasillos del Palacio de Nariño a políticos, líderes de iglesias cristianas, y a otros tantos que fueron convocados para entre todos construir un nuevo acuerdo de paz, más incluyente, equitativo y amplio que permitiera satisfacerlos a todos.
La tarea dio resultado, la oposición y representantes del NO, fijaron sus posiciones y a lo largo de varias semanas concluyeron sus aportes con 410 propuestas, en su mayoría encaminadas a hacer mejoras en los puntos sobre justicia, participación política y elegibilidad, equidad de género y ajustes frente al tema de tierras para que no haya expropiación de lo privado.
Ahora viene una nueva incertidumbre, la refrendación de lo nuevamente acordado. Entorno a esto han surgido propuestas de toda índole. Se habla de convocar un nuevo plebiscito, de cabildos abiertos en Asambleas y Concejos distritales y municipales. En todo caso, en mi opinión; me parece que los nuevos acuerdos deben ser refrendados por el Congreso de la República, es el poder legislativo quien representa hoy a 14 millones de colombianos de todas las regiones. No se correrían riesgos con un nuevo resultado adverso en un segundo plebiscito, el país se ahorraría cerca de $300 mil millones, cesaría tanta polarización política y quedaría listo el camino para empezar a legislarse para el posconflicto.
La tarea que viene en materia legislativa no será nada fácil, se requieren de entrada expedir más de 50 nuevas leyes que desarrollarán lo acordado en La Habana. Cualquiera que sea el escenario estamos listos para refrendar los nuevos acuerdos, porque la Paz de Colombia lo demanda todo, es un derecho prevalente.