Opinión
Por Moisés Naim.- El populismo no es una ideología. Es una estrategia para obtener y retener el poder. Siempre ha existido, pero en los últimos tiempos ha reaparecido con fuerza, potenciada por Internet y por las frustraciones de sociedades abrumadas por el cambio, la precariedad económica y una amenazante inseguridad ante lo que deparará el futuro.
Una de las sorpresas del populismo es cuán comunes son sus ingredientes, a pesar de que los líderes que lo ejercen y los países donde lo imponen son muy diferentes. El populismo hoy reina en la Rusia de Vladímir Putin y en la América de Donald Trump, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan y la Hungría de Viktor Orbán, entre muchos otros. En todos vemos cuatro tácticas principales:
Divide y vencerás. El líder y su gobierno se presentan como los defensores del noble pueblo —el populus— maltratado y atropellado. Los populistas se nutren del “nosotros contra ellos”: el pueblo contra la casta, la élite, la oligarquía, el 1% o, en Europa, contra “Bruselas” y en Estados Unidos contra “Washington”.
Los populistas más exitosos son virtuosos del arte de exacerbar las divisiones y el conflicto social: entre clases, razas, religiones, regiones, nacionalidades y cualquier otra brecha que pueda ser ensanchada y convertida en indignación y furia política. Los populistas no temen jugar con fuego y avivar el conflicto social; por el contrario, lo necesitan.
Deslegitimar y criminalizar a la oposición. Exagerar la mala situación del país y magnificar los problemas es indispensable. El mensaje central del populista es que todo lo que hicieron los gobiernos anteriores es malo, corrupto e inaceptable. El país necesita urgentemente cambios drásticos y el líder populista promete hacerlos. Y quienes se oponen a sus cambios no son tratados como compatriotas con ideas diferentes, sino como apátridas a quienes hay que borrar del mapa político.
La criminalización de los rivales es una táctica común de populistas y autócratas. Uno de los lemas más populares en los mítines de la campaña de Donald Trump fue “enciérrenla”, refiriéndose a la amenaza de encarcelar a Hillary Clinton. En Rusia, Turquía, Egipto o Venezuela estas amenazas contra líderes de la oposición no se quedan en eslóganes.
Denunciar la conspiración internacional. El populismo requiere de enemigos externos. Este es un viejo truco que, tristemente, suele dar dividendos políticos a corto plazo aunque luego acabe en tragedias. El enemigo externo puede ser un país —para el presidente Trump son China o México, por ejemplo— o un grupo. Víktor Orbán, el primer ministro húngaro, ha dicho que “los inmigrantes son violadores, ladrones de empleos y un veneno para la nación” y construyó un muro para mantenerlos fuera. Para Vladímir Putin, Estados Unidos estuvo detrás de las “revoluciones coloradas” que sacudieron a Europa oriental y llegaron a las calles de Moscú en 2011. Putin también denuncia regularmente a la OTAN.
Con frecuencia estos enemigos extranjeros suelen ser presentados como aliados de la oposición doméstica. Por ejemplo, el presidente de Turquía ha explicado que el fallido golpe de Estado en su contra el año pasado fue una conspiración orquestada por Fetulá Gülen, un clérigo musulmán radicado en Estados Unidos que tiene una amplia base de seguidores en Turquía. Según Erdogan, el golpe también contó con el apoyo de militares estadounidenses. Cuando a los populistas las cosas en casa les comienzan a ir mal suelen provocar conflictos internacionales que sirvan de distracción. Este es el gran peligro que significa tener a Donald Trump como jefe supremo de las fuerzas armadas más poderosas que ha conocido la humanidad.
Desprestigiar a periodistas y expertos. “¡Este país está harto de expertos!”. Así reaccionó Michael Gove, uno de los líderes del Brexit, ante un informe de varios economistas que documentaron los costos que tendría para Reino Unido la salida de la Unión Europea. Para Donald Trump no importa que el calentamiento global haya sido confirmado por miles de científicos. Él sostiene que es una conspiración de China. El presidente de EE UU también piensa que el autismo es causado por las vacunas y no le importa que esa sea una teoría completamente falsa.
Pero el desdén que tienen los populistas por la ciencia, los datos y los expertos no es nada comparado con el desprecio que sienten por los periodistas. Desprecio que en algunos países conduce a la cárcel, a las palizas y, en ciertos casos, al asesinato. El hecho es que tanto los científicos como los periodistas obtienen datos y documentan situaciones que suelen chocar con la narrativa que les conviene a los populistas. Y cuando eso pasa, nada es mejor que descalificar —o eliminar— al mensajero.
Ninguna de estas tácticas es nueva. Lo sorprendente es su actual renacimiento en un mundo donde se esperaba que la democracia, la educación, la tecnología, las comunicaciones y el progreso social hicieran más difícil su éxito.
Por Rafael Rojas.- Los grandes proyectos de la izquierda latinoamericana en el siglo XX —la Revolución Mexicana, el varguismo y el peronismo, la Revolución Cubana, el gobierno de Unidad Popular de Salvador Allende, la Revolución Sandinista—, dejaron un saldo geopolítico disparejo. Todos, de una u otra forma, aplicaron la doctrina realista de las relaciones internacionales e intentaron equilibrar la hegemonía de Estados Unidos, acercándose a otros poderes mundiales.
Con la Revolución Cubana, en el arranque de la Guerra Fría, aquel realismo fue rebasado por medio, ya no de una aproximación sino de una alianza orgánica con el bloque soviético, rival de Estados Unidos y las democracias occidentales. El socialismo cubano fue el único de aquellos proyectos que dio ese salto, ya que Allende y los sandinistas, por ejemplo, que llegaron al poder con la ayuda de Cuba, intentaron preservar una red internacional más amplia.
No quiere esto decir que Fidel Castro y el Gobierno cubano carecieran del realismo de los mexicanos, los chilenos y los nicaragüenses —el propio Castro recomendó a los sandinistas no “ir tan rápido”—. El proyecto cubano también fue realista, como evidencian sus entendimientos con el franquismo, la dictadura militar argentina o algún que otro gobierno neoliberal. Pero se trató de un realismo subordinado a la reproducción de un enclave ideológico.
En el nacionalismo revolucionario mexicano o en el populismo peronista argentino, los principios se subordinaban al interés nacional. Tras la expropiación petrolera de Shell y Standard Oil, Lázaro Cárdenas agenció la normalización diplomática con Gran Bretaña y Estados Unidos. En Cuba se eligió otro camino, el de la inscripción en la órbita adversaria. Allí el pragmatismo alentó la adaptación a los intereses de una comunidad específica, la URSS y los socialismos reales de Europa del Este, que no siempre respondían a las necesidades domésticas de Cuba.
En la primera década del siglo XXI, cuando los dos principales proyectos políticos de la izquierda, el de Hugo Chávez en Venezuela y el de Lula da Silva en Brasil, se perfilaron, volvió a reproducirse la tensión interna de la geopolítica regional. Chávez, de la mano de Castro, intentó conectar a los gobiernos del ALBA con una variopinta red contrahegemónica —Rusia, Irán, Libia, Corea del Norte…—, mientras Lula mantenía buenos vínculos con George W. Bush y Barack Obama e impulsaba los BRICS, tal vez la iniciativa más emblemática de la colaboración Sur-Sur en el siglo XXI.
El dilema de la geopolítica de la izquierda latinoamericana no es entre idealismo y realismo (los más ideológicos también son pragmáticos), sino entre finalidades divergentes de la política exterior. La izquierda bolivariana ha construido redes internacionales para reproducir el autoritarismo doméstico y no para diversificar destinos comerciales o fuentes de inversión y crédito o para aprovechar los vínculos estratégicos con Europa y Asia. |
Por José Gregorio Hernández.-La historia de los Estados Unidos de América no había registrado momentos tan difíciles para un presidente de la República, y para la estabilidad del sistema, como ocurre con Donald Trump. Un hombre sin experiencia administrativa, y menos gubernamental -como lo ha demostrado en pocos días desde su toma de posesión-, que carece también de una elemental perspectiva acerca de lo que significa el cargo que desempeña y sobre las graves repercusiones, no solamente nacionales sino mundiales, de las controvertibles y controvertidas decisiones que está adoptando.
Un verdadero estadista, en especial en un sistema democrático -como se piensa que es el vigente en los Estados Unidos de América desde 1787- no se precipita, como lo viene haciendo Trump, a proferir, una tras otra, resoluciones u órdenes ejecutivas de aplicación inmediata en materias que -por su misma naturaleza, por su contenido marcadamente discriminatorio y por los efectos multiplicadores que tienen en el campo jurídico, en el político, en el internacional, en el económico y especialmente en el terreno social-, tendrían que haber sido estudiadas, sopesadas, analizadas y discutidas fríamente en el interior del Gobierno, frente a la Constitución y en relación con las actuales y sentidas necesidades de la sociedad norteamericana en su conjunto, y del mundo entero, y sobre todo respecto a los derechos -inclusive fundamentales- que están de por medio y que pueden resultar afectados, más allá de satisfacer el apetito de poder del gobernante.
La presidencia de los Estados Unidos no equivale a una monarquía. Hay allí todo un conjunto de centenarias instituciones que desarrollan los conceptos y principios democráticos y que han sido aplicadas durante más de dos siglos, sin mayores discusiones. Corresponden al sentimiento constitucional de la ciudadanía, aunque muchos de sus integrantes hayan sufragado válidamente por la "opción Trump”, quizá cansados por un prolongado estado de cosas que, de buena fe, quisieron cambiar; que habrían querido modificar para satisfacer derechos y expectativas reales y prácticas; pero que ahora perciben, en el nuevo gobernante, más una egoísta y desenfrenada actitud de arbitrariedad y dominio que un legítimo interés en el bien común. Como si, en vez de haber derivado su poder de la decisión soberana del pueblo en un Estado de Derecho, hubiese recibido un mandato de lo alto, similar a los de los arbitrarios monarcas de la Edad Media.
Reitero lo dicho en estos días en la columna radial “Punto de referencia”:
“En apenas diez días al frente de la Casa Blanca, Donald Trump ha mostrado -eso sí, cumpliendo lo prometido en la campaña presidencial- que no conoce ni de lejos conceptos indispensables en un estadista: la prudencia, la diplomacia, el buen trato, la consideración y ponderación de todos los elementos en juego, la proporcionalidad y la razonabilidad de las medidas. Él confunde la firmeza con la arbitrariedad, la autoridad con el despotismo y el respeto con el miedo.
Seguramente, en su interior, sabe que está haciendo las cosas mal, pero considera necesario sostenerse, sea como sea, porque es el Presidente, y en su concepto, una vez ha juramentado, es una especie de monarca elegido por cuatro años, quizá -pensará- con la posibilidad de permanecer en el gobierno por cuatro más, lo que, en su concepto, conseguirá con el dinero”.
Está muy equivocado, y debe revisar a fondo el camino trazado a su administración. Está todavía a tiempo.
Por Jorge Gómez Pinilla. Tomado del El Espectador.- En lo del muro Trump nos recuerda a Goyeneche, desquiciado personaje bogotano de los años 60 al que los estudiantes de la Nacional adoptaron como su ‘mascota’ política, quien en su delirio creativo proponía cosas como ponerle marquesina a Bogotá para protegerla de las inundaciones, o pavimentar el río Magdalena para convertirlo en una autopista, o construir todas las carreteras en bajada para ahorrar combustible. Si comparamos sus promesas de campaña con la delirante construcción del muro fronterizo, la única diferencia real entre ambos estaría en que a Goyeneche nunca lo eligieron Presidente de Colombia.
Tiene la misma significación histórica el momento en que a alguien se le ocurre atravesarle un muro infame a su país para impedir a la brava la entrada de mexicanos, como 15 años atrás lo tuvo la destrucción de las Torres Gemelas a manos de un grupo de musulmanes fanáticos que ofrendaron sus vidas a Alá estrellando contra ellas dos aviones repletos de ‘infieles’.
En la misma dimensión mental de un yihadista, Trump encarna el pensamiento del fanático que cree que solo él tiene la razón y que quien obre o piense diferente merece ser pisoteado o humillado, y eso lo hace aún más peligroso. Es cuando uno se pregunta –aterrado- si será que la otrora ejemplar democracia norteamericana posee los suficientes controles para evitar que un maniático de ese caletre administre el poder en función de satisfacer su personal egolatría, como un niño con su juguete preferido. Aquí salta de nuevo la comparación con el nacionalsocialismo, sólo que ahora se tendría que hablar de ‘nacionalcapitalismo’, personificado ya no en el hombre del bigotito cuadrado sino en el del alocado copete rubio.
No soy partidario del atentado personal, así más de uno piense que Trump lo está propiciando o que el bienestar de EE UU lo merece, pero abrigo la esperanza de que le ocurra como al brevísimo presidente de Ecuador Abdalá Bucaram, quien reunía el mismo perfil psicológico histriónico y gobernó a su país del 10 de agosto de 1996 al 6 de febrero de 1997, escasos seis meses, hasta el día en que el Congreso lo destituyó aludiendo "incapacidad mental para gobernar".
En EE UU suena todavía estrambótico decir que su presidente es Donald Trump, pues se requiere estar zafado de sus cabales para persistir en la terquedad de enmallar o fortificar 2.150 de los 3.200 kilómetros de frontera que separan a Estados Unidos de México, de los cuales 1.050 ya presentan algún tipo de barrera que impide el paso de personas o vehículos (mas no de túneles…).
Solo en costos la construcción de apenas 660 kilómetros de barrera costaría unos 11.400 millones de dólares, según estimativo del WOLA, Washington Office on Latin America. Sea como fuere, el meollo no está ahí sino en que el desplazamiento de paneles prefabricados de concreto y reforzados con barras de acero presenta un desafío logístico insuperable: se requieren vías pavimentadas por zonas agrestes y centenares de estaciones en medio de la más variada geografía para moldear el concreto, sin mencionar la contratación de un ejército de trabajadores quizá superior al que se requirió para la construcción de las pirámides de Egipto y solo equiparable a la Muralla China, construida durante centenares de años y con millones de pérdidas humanas, por fatiga o cansancio.
Al margen de cómo reaccionarán los norteamericanos cuando se estrellen de frente con la inutilidad de tan absurdo proyecto, hasta ahora Trump ha contado a favor con que el presidente Enrique Peña Nieto (EPN) respondió a su bofetada poniendo la otra mejilla. Ello ha contribuido a hacer aún más deshonrosa la ofensa al pueblo mexicano, comenzando por la impresentable invitación al Palacio de Los Pinos en agosto del año pasado, pasando por la afanada extradición del ‘Chapo’ Guzmán para tratar de complacer al nuevo amo, y rematando con el portazo en la nariz que recibió EPN cuando anunció visita a su agresor y este le respondió con un simple trino: "Si México no quiere pagar el muy necesitado muro, mejor que cancele su próxima visita".
Sin caer en el incómodo harakiri al que acude un guerrero samurái cuando rompe su código de honor, si yo fuera el presidente de México actuaría con la dignidad que corresponde y rompería relaciones, no propiamente con Estados Unidos sino con su Presidente, hasta el día que lo destituya el Congreso o decida echar atrás la construcción de ‘esa maldita pared’, para decirlo en modo boricua.
Es cierto que romper relaciones sería como meter a todos los mexicanos en huelga de hambre y en lo económico traería consecuencias insospechadas, pero tan drástica decisión contaría con el apoyo de la mayoría numérica que votó por Hillary Clinton (2’865.075 votos más que Trump) y de la mayoría de países que componen las Naciones Unidas –quizá con la solitaria excepción de Israel- y la presión internacional forzaría a una recomposición de las relaciones entre México y Estados Unidos, de las que no se puede esperar nada peor… porque peor no pueden estar.
Hasta el sentido común pareciera advertir que el rompimiento de relaciones es la vía más firme, consecuente y digna –diríase incluso obligada- para rescatar el orgullo herido de una nación soberana. A no ser, claro está, que México prefiera seguir soportando las humillaciones que faltan.
¿Tienen los mexicanos parte de culpa en lo que hoy les pasa? Pos pa’ qué les digo que no si sí… si eligen de Presidente a un caribonito que cuando le preguntan por los tres libros que marcaron su vida solo acierta a mencionar la Biblia, se equivoca cuando le adjudica a Enrique Krauze la autoría de ‘La Silla del Águila’ (de Carlos Fuentes) y no logra completar el tercero. (Ver video).
DE REMATE: Craso error cometería Simón Gaviria si acepta ser la fórmula de Germán Vargas Lleras. A eso se le conoce como recibir el abrazo del oso. Razón tiene Rodrigo Llano cuando dice que se le ve desesperado, pues le ha ofrecido también la Vicepresidencia a Iván Duque y Lucho Garzón, y nadie acepta. ¿Candidatura en barrena? Averígüelo Vargas...
En Twitter: @Jorgomezpinilla
http://jorgegomezpinilla.blogspot.com.co/
Por Juan Manuel Galán.-La paz ya no será un diálogo de sordos ajeno a la realidad de las víctimas en nuestro país. Durante el pasado debate de comisiones conjuntas, logramos incluir una proposición para que quien representa a las víctimas a nivel nacional tenga vocería permanente en los debates sobre la implementación de los acuerdos de paz.
Así, estos debates tendrán a partir de la vigencia de la ley, un nuevo actor en el Capitolio. En otras palabras; además del Gobierno y la guerrilla, podrá participar en todos los debates, la Mesa Nacional de Participación Efectiva de Victimas del Conflicto Armado.
Gracias a nuestra proposición, el presidente de esta Mesa Nacional deberá ser invitado a todas las sesiones en las que se discutan proyectos relacionados con los derechos de las víctimas, dentro del procedimiento de fast track.
Así queremos abrir la puerta para que las intervenciones de las víctimas impacten el proceso de formación de la voluntad democrática en el Congreso de la República. Su presencia es la materialización del principio de participación democrática y, como lo ha dicho la Corte Constitucional, promueve un modelo de comportamiento social y político en el que los ciudadanos participan directamente de la definición de su destino colectivo.
Esa misma Corte y nosotros creemos que las víctimas pueden y deben incidir en el rumbo de sus propias vidas a través de escenarios de participación distintos del electoral. Deben tener voz como individuos y al mismo tiempo alimentar en la sociedad colombiana la preocupación y el interés por los problemas colectivos.
Las víctimas se deben resocializar como ciudadanos capaces de interesarse de manera sostenida en procesos estatales y gubernamentales. Son llamadas además a materializar el ideal de que cada ciudadano tenga las mismas oportunidades de lograr el desarrollo personal al que tiene derecho.
Si en realidad las víctimas son el centro, el corazón, el eje central de la paz en Colombia, sus representantes tienen que tener garantizados por parte del Gobierno Nacional las condiciones para su desplazamiento a Bogotá, específicamente al Capitolio Nacional.
En el Congreso de la República contarán con la atención y oportunidad para sus intervenciones. Ya hay mucha tinta escrita sobre este tema, ahora lo que necesitamos son verdaderos gestos a favor de las víctimas.
Por Mauricio Cabrera Galvis.-¿A dónde van las palabras que no se dijeron? se pregunta Silvio Rodríguez en una de sus canciones. Con menos poesía y más urgencia Gobierno y Fiscalía deberían preguntarse ¿a dónde van los dólares que están llegando con el aumento de los cultivos ilícitos?
A pesar de que la evidencia estadística no muestra ninguna correlación significativa entre la suspensión de la aspersión aérea de glifosato desde el 2009 y el aumento de las siembras de coca, que se da 5 años después, se insiste en afirmar que esa suspensión es la causa del incremento, desconociendo las dos razones económicas que son la verdadera razón: la devaluación del peso que ha aumentado la rentabilidad de la coca como producto de exportación, y la caída del precio del oro que ha disminuido la rentabilidad de la minería ilegal. Esas dos fuerzas económicas son las que han inducido a miles de campesinos a sembrar más coca.
En medio del desenfocado debate sobre las causas del aumento, se han dejado de lado las preguntas importantes. ¿Por dónde están entrando al país los millones de dólares adicionales que debe estar generando la mayor producción de coca y que es necesario traerlos para pagar por ese incremento? ¿Cuál es el canal utilizado para lavar esas enormes cantidades de dinero ilícito? En conversaciones con analistas, académicos y autoridades he tratado de indagar sobre este asunto y con sorpresa he visto que ni siquiera se habían planteado la pregunta. Hasta hace unos 10 años los dólares del narcotráfico y la repatriación de capitales de los paramilitares incentivada por las negociaciones de Ralito entraban en físicos billetes. Hasta el 2004 los compraban los intermediarios financieros y el propio Banco de la República les prestaba el servicio de enviarlos a Estados Unidos y depositarlos en sus cuentas corrientes en el exterior. Cuando el Banco suspendió ese servicio los intermediarios empezaron a mandar por transportadoras privadas los billetes, hasta que las autoridades gringas confiscaron uno de los envíos. Cerrado ese canal los narcotraficantes y recurrieron a otras alternativas como las exportaciones ficticias de oro o la inversión extranjera proveniente de paraísos fiscales como Anguila, Bahamas, Bermudas, las Islas Vírgenes y Cayman, las Antillas Holandesas o Panamá. Sin embargo no parece que estos sean los mecanismos utilizados para traer los mayores ingresos que debe generar el incremento de las siembras de coca.
Otros posibles canales de lavado son el contrabando o la monetización de divisas en la frontera con Ecuador, aprovechando la dolarización de ese país. Pero así como hay certeza sobre el aumento de negocio, no hay cifras, ni investigaciones, ni análisis oficiales ni académicos sobre la magnitud o los mecanismos para lavar los dineros ilícitos, a pesar de los enormes impactos económicos y sociales que tienen.
Amylkar D. Acosta M.-Colombia es un país, además de sui géneris, singular, el más biodiverso del planeta por kilómetro cuadrado, surcada por tres cordilleras, cuenta con todos los pisos térmicos y micro climas; al tiempo que cuenta con desiertos como el de la Tatacoa en el Huila y el de la Alta guajira, posee el mayor número de páramos del mundo. Y qué decir de su ubicación geográfica, que hace de ella lo que llamó López de Mesa la esquina oceánica de América. Si algo caracteriza a nuestro país y lo distingue en el concierto de naciones es su enorme diversidad étnica, cultural y folclórica, cada una de sus regiones tiene su tipología y sus propios atractivos para propios y extraños, que dejan de serlo apenas se adentran en esa Colombia profunda, en donde sus moradores hacen sentir al visitante como si estuviera en su propia casa.
Y un detalle que llama poderosamente la atención: a Colombia la conocen más y mejor quienes vienen desde el exterior cautivados por embrujo de su realismo mágico, llevado a la literatura por nuestro laureado Nobel García Márquez, que por los nativos de esta tierra de cantores. Esta es de aquellas paradojas subyugantes que nos impiden ser más felices de lo que ya somos.
De Colombia siempre se había dicho que era un diamante en bruto que no había sabido explotar sus potencialidades en materia del turismo receptivo, pero ya eso es cosa del pasado, pues en las últimas dos décadas se ha hecho un esfuerzo sostenido para posicionarse como uno de los mejores destinos. Y a fe que lo ha logrado, con un peso específico en el PIB del 6.1%, con un crecimiento el último año del 6%, ya se codea con otros países con mayor trayectoria, como Tailandia o el Reino Unido y se ha convertido en el segundo generador de divisas después del petróleo, por encima del carbón, el banano y las flores, con US $5.200 millones n el año 2015.
La reflexión obligada que uno se hace es que si Colombia ha sido capaz de desarrollar esta industria sin chimenea con tanto éxito en medio de las precariedades logísticas que sólo se han venido superando en los últimos años, con las limitaciones impuestas por un conflicto armado que ahora estamos superando y la estigmatización que teníamos por cuenta del narcotráfico, de qué no seremos capaces ahora cuando estamos sobreponiéndonos de semejante pesadilla. A este propósito, es muy diciente que en su reciente edición la prestigiosa revista británica The Economist, al seleccionar a Colombia como El país del año, entre tantos otros nominados, lo justifica diciendo que después “de estar al borde de ser considerado como un Estado fallido ahora, con los años, esto es inconcebible”. Y ello, gracias a lo que no duda en catalogar la revista como el “logro colosal” de alcanzar la paz!
Lo ha dicho la Presidenta de la Asociación de Agencia de Viaje y Turismo (ANATO) Paula Cortés, “lo que viene en el 2017 será maravilloso, sobre todo por la firma de la paz y por las inversiones en infraestructura turística y en vías”. En ello coincide con uno de los más avezados y experimentados operadores turísticos en Colombia, como lo es Jean Clau de Bessudo, quien sostiene que “con la firma de los acuerdos de paz esperamos un crecimiento del turismo receptivo de pasajeros que no sean hombres de negocios, sino personas cuyo propósito principal sea descubrir el territorio nacional”. Sí, porque muchas zonas del país que estaban vedadas para el turismo por la presencia de las guerrillas ahora se abren para explorarlas, conocerlas y disfrutarlas, desde luego con respeto al medio ambiente y a las comunidades aborígenes asentadas en sus confines. Pero nada de esto se dará por generación espontánea, de allí el empeño que ha puesto la Ministra de Comercio, Industria y Turismo (MCIT) María Claudia Lacouture con el fin de potenciar y aprovechar esta ventana de oportunidad.
Desde las regiones se tiene una oferta turística envidiable, para atraer turistas tanto nacionales como extranjeros y el paquete que ofrecen es encantador, pues ofrece atractivos para quienes prefieren la naturaleza y el ecoturismo, el etnoturismo, el avistamiento de aves, el golf, el surfismo, el deporte extremo, el rally, entre otros. Pero, también hacen parte de esta cadena de valor la rica gastronomía con la que se cuenta en las regiones, sus expresiones folclóricas y la proliferación de fiestas, festivales, muchas de ellas consideradas patrimonio inmaterial de la Humanidad como el Carnaval de Barranquilla, el Carnaval de negros y blancos de Pasto e incluso festividades religiosas tan célebres como la Semana Santa en Popayán, la de San Francisco de Asís en Quibdó o la Fiesta Patronal de la Virgen de los Remedios en Riohacha.
Colombia y sus regiones no deben dejar pasar este cuarto de hora tan prometedor por el que pasa sin aprovecharlo, máxime cuando su economía basada en la industria extractiva atraviesa por una de sus mayores crisis, la cual impone la necesidad de su diversificación, para recobrar la dinámica del crecimiento y reducir su vulnerabilidad frente a los factores exógenos que, por ello mismo, escapan a su control. Es lo que se ha dado en llamar la Nueva economía, en la cual el turismo está llamado a ser uno de sus pivotes. Bien dijo Karl Popper que el futuro no está predeterminado, el futuro del turismo en Colombia todos contribuimos a determinarlo, manos a la obra!
Cali, enero 28 de 2017
www.amylkaracosta.net
Por Carlos de La Torre.- ¿Seguirá Donald Trump el guion populista de concentrar el poder mientras reprime a sus críticos? ¿O serán las bases de la democracia y las instituciones de la sociedad civil de EE.UU. lo suficientemente fuertes para resistir tales acciones? Para encontrar respuestas, los estadounidenses deberían echar un vistazo a América Latina, donde, desde la década de 1940, los populistas electos han socavado la democracia.
El populismo no es una ideología, sino una estrategia para obtener el poder y gobernar. Dos de los populistas más influyentes de América Latina, Juan Perón de Argentina y Hugo Chávez de Venezuela, percibían la política como una confrontación maniquea entre dos campos antagónicos, tal como lo hace Trump. Desde su perspectiva, no enfrentaban rivales políticos sino enemigos que requieren ser destruidos.
Los líderes populistas tienden a presentarse a sí mismos como personajes extraordinarios cuya misión es liberar al pueblo. Para ganar las elecciones politizan sentimientos de miedo o resentimiento. En cuanto están en el gobierno, atacan el marco constitucional liberal de la democracia, que en su opinión constriñe la voluntad del pueblo. Los populistas son profundamente antipluralistas, y sostienen que ellos encarnan al pueblo como un todo. Chávez presumía: “No se trata de Hugo Chávez; se trata de un pueblo”. De manera similar, Trump dijo en un evento de campaña en Florida: “No se trata de mí: se trata de todos ustedes. Se trata de todos nosotros, juntos como una nación”.
Los términos “pueblo” y “élite” son imprecisos. El “pueblo” de Perón y Chávez eran los oprimidos y no blancos. El “pueblo” de Trump son ciudadanos blancos, en su mayoría cristianos, que producen riqueza y no dependen de los subsidios financieros del gobierno. Los enemigos de Chávez y Perón eran políticos corruptos, élites económicas extranjerizantes, el imperialismo y los medios de comunicación privados. En la campaña presidencial de Trump, los mexicanos fueron representados como el otro antiestadounidense, y los musulmanes fueron retratados como terroristas en potencia cuyos valores son contrarios al cristianismo estadounidense. Pintó a los afroestadounidenses como delincuentes o víctimas que viven en condiciones de alienación y desesperanza. Los enemigos de Trump también eran los medios de comunicación, las empresas y los países que obtienen ganancias de la globalización, y las élites liberales que defienden lo políticamente correcto.
Los populistas crean sus propias reglas del juego político, y parte de su estrategia es manipular a los medios. Chávez y Rafael Correa, el presidente populista de Ecuador, desdibujaron los límites entre el entretenimiento y las noticias, usando sus propios programas semanales de televisión para anunciar políticas importantes, atacar a la oposición, cantar canciones populares y, naturalmente, despedir a funcionarios públicos. Siempre estaban enfrentando a sus enemigos en Twitter, y los programas de televisión mostraban sus palabras y acciones enfurecidas para aumentar los ratings. Trump podría seguir estos ejemplos y transformar los debates sobre asuntos de interés nacional en reality shows.
Puesto que los populistas latinoamericanos se sienten amenazados por aquellos que cuestionan su argumento de encarnar las aspiraciones de su pueblo, se les van encima a los medios. Perón y Chávez nacionalizaron los medios noticiosos que los criticaban; Alberto Fujimori, de Perú, usaba los tabloides sensacionalistas para calumniar a sus críticos; Correa ha utilizado el sistema legal para imponer multas astronómicas a periodistas y dueños de medios noticiosos. El Diario Hoy, un periódico de centro-izquierda de Ecuador donde fui columnista, fue obligado a cerrar por criticar al gobierno. Como muchos periodistas e intelectuales de Ecuador, me convertí en blanco del presidente, quién me insultó dos veces en su programa en televisión nacional.
Al igual que sus primos populistas latinoamericanos, Trump muestra desprecio por los medios. Ha amenazado a periódicos y periodistas con demandas por difamación. Aunque ha suavizado sus ataques desde la elección, una confrontación con periodistas críticos parece inevitable.
Los populistas latinoamericanos también atacan a la sociedad civil. De manera semejante, Trump ha utilizado palabras duras en contra de grupos de derechos civiles como Black Lives Matter. Algunos de sus colaboradores cercanos han hablado de revivir el Comité de Actividades No Estadounidenses. Su apoyo a las deportaciones masivas, el uso de la política de “detención y cateo” en los barrios latinos y negros, la vigilancia a los musulmanes estadounidenses, la reversión de los derechos de las mujeres y la comunidad LGBT podrían conducir también a confrontaciones con organizaciones de derechos humanos y civiles.
Los populistas latinoamericanos no respetan acuerdos constitucionales, como la separación de poderes. Tratan de controlar al poder judicial, apoderarse de todas las instituciones de control, y crear partidos basados en la lealtad incondicional al líder. Cuando llegan al poder en medio de las crisis, como cuando Chávez y Correa fueron elegidos, pueden tomar el poder y establecer el autoritarismo a expensas de la democracia. En Argentina, instituciones democráticas más sólidas se resistieron a la estrategia de politización populista de Cristina Fernández de Kirchner y bloquearon una reforma constitucional que le habría permitido permanecer en el poder durante un periodo más.
EE.UU. tiene una tradición de equilibrio de poderes entre las distintas áreas gubernamentales para controlar el poder político. La constitución divide el poder en tres ramas; las elecciones están espaciadas; el poder se reparte entre los estados y el gobierno federal; hay dos partidos dominantes. Con estas restricciones y hasta la elección de Trump, el populismo estaba confinado a los márgenes del sistema político. En teoría, el populismo de Trump, dentro de este marco institucional, no sería más que una fase, y la democracia y la sociedad civil estadounidenses serían lo suficientemente fuertes para sobrevivir a los desafíos del populismo sin importantes consecuencias desestabilizadoras.
Sin embargo, incluso si el marco institucional de la democracia no se derrumba bajo su poder, Trump ya ha dañado la esfera pública democrática. El discurso del odio y la denigración de las minorías están sustituyendo a la política del reconocimiento y la tolerancia cultural que, desde los años sesenta, ha sido construida por las luchas feministas y los movimientos contra el racismo.
Trump es una especie de animal político desconocido para los estadounidenses, un autócrata populista de extrema derecha. El sexismo, el racismo y la xenofobia le hicieron a ganar las elecciones. Como presidente, tendrá la autoridad para expulsar a los grupos contra los que hizo campaña. Una vez en el poder, continuará atacando a los medios de comunicación, a las élites liberales y cosmopolitas, y a cualquier otro grupo que desafíe sus políticas.
La democracia no es inmune a los autócratas populistas. La polarización, los ataques a los derechos civiles y la confrontación con la prensa podrían conducir, en EE.UU., al igual que en Venezuela y Ecuador, al autoritarismo. Chávez y Correa no erradicaron la democracia con golpes de Estado. En vez de eso, la estrangularon poco a poco con ataques a las libertades civiles, dominando la esfera pública y usando el sistema legal para silenciar a sus críticos. Los estadounidenses que valoren un país inclusivo, tolerante y pluralista necesitan estar en guardia, vigilantes para que Trump no siga sus pasos.
Por Jorge Gómez Pinilla.-Tomado de El Espectador.-Apenas desapareció la violencia desatada por las FARC comenzó a brillar con luz propia el segundo gran problema nacional, la corrupción, y los reflectores de la justicia comenzaron a apuntar sobre sus presuntos autores. De carambola el nombre de Álvaro Uribe y sus más cercanos volvió a ocupar los titulares, porque es indudable que su gobierno fue uno de los más corruptos de la historia, si no el que más.
En un escenario crispado por las acusaciones que van y vienen, nos topamos con el nuevo Fiscal General, Néstor Humberto Martínez Neira (NHM), quien en aplicación del refrán “escoba nueva barre bien” parece haber tomado el toro de la lucha anti-corrupción por los cuernos. Pero si miramos el asunto con detenimiento… aparecen sorpresas.
En relación con el consorcio Navelena y el contrato para la recuperación del río Magdalena, en el que Odebrecht participa en un 83 por ciento, NHM se apresuró a declarar que “no hemos encontrado corrupción” (Ver noticia). Se apresuró, sí, porque luego se vino a saber que el Banco Agrario les prestó la módica suma de 120 mil millones de pesos en diciembre de 2015, cuando ya la Superintendencia Financiera había declarado la insolvencia de Odebrecht y meses después de que su dueño, Marcelo Odebrecht, fuera condenado a 20 años de prisión.
El crédito fue recomendado por las firmas financieras de Luis Carlos Sarmiento Angulo, el mayor banquero del país, y es aquí cuando el senador Jorge Robledo se pregunta “por qué si esos deudores eran tan buenos (…) el préstamo no lo hizo algún banco de don Luis Carlos”. Y es cuando uno recuerda que Martínez Neira fue el asesor legal de cabecera de Sarmiento Angulo en sus más importantes negocios, razón por la cual se le conocía como "el hombre de Sarmiento". Y es también cuando más de un capcioso se pregunta si pudo haber sido ese el motivo de su afán en absolver a Navelena de toda culpa…
Tampoco se puede olvidar que el susodicho banquero es uno de los socios del contrato de la Ruta del Sol 2 por medio de la sociedad Episol, filial de Corficolombiana, con una participación del 33 por ciento. En días pasados NHM anunció que Odebrecht había solicitado un principio de oportunidad para colaborar con el proceso y obtener inmunidad, y que la Fiscalía lo había condicionado al pago de 11 millones de dólares, suma igual a los sobornos que esa organización criminal brasilera repartió en Colombia. Según el columnista Alberto Donadío, el principio de oportunidad implica que la Fiscalía suspende la acción penal, con lo cual estaría incurriendo en abuso de poder “al sanear un contrato viciado para que de él se pueda seguir lucrando Sarmiento Angulo. Es decir, NHM desde el cargo de Fiscal General seguiría obrando como abogado del hombre más rico del país”. (Ver columna).
El mismo principio de oportunidad está tratando de obtener Otto Bula (calanchín de Mario Uribe, primo parapolítico del expresidente), y la Fiscalía le puso como condición que debe entregar información diferente a la revelada por los dos directivos de Odebrecht que están colaborando con la justicia. ¿Y devolver la plata del soborno? No, la información de RCN dice es que Bula quiere que lo trasladen a una guarnición militar. ¿Acaso la misma donde está cómodamente recluido Santiago Uribe Vélez, acusado de múltiples homicidios y de comandar un grupo paramilitar? Amanecerá y veremos…
También despierta suspicacia el archivo de la investigación a Óscar Iván Zuluaga por el caso del hacker Andrés Sepúlveda (condenado a 10 años), pese a la prueba reina del video donde se le ve recibiendo información de inteligencia militar y diciendo “queda un mes para dar un golpe, hermano”. El asidero para su absolución se basó en que no fue Zuluaga quien firmó el contrato con el hacker, y si bien es cierto que su hijo David y el ‘asesor espiritual’ Luis Alfonso Hoyos continúan vinculados a la investigación, no queda claro por qué no hubo la misma prisa en resolver la situación de estos dos últimos, siendo que para los tres se dispone del mismo acervo probatorio.
Volviendo al caso Odebrecht, la Fiscalía le hizo la tarea a Uribe cuando recogió su acusación contra la exministra de Transporte Cecilia Álvarez (por la carretera Ocaña-Gamarra) y la citó a declarar, pero no se atrevió a hacer lo mismo con Tomás Uribe pese a que existen todas las pruebas de que se reunió en Panamá con Miguel Nule y André Rabello, representante de Odebrecht, justo por los días en que el gobierno de su padre confeccionaba la licitación para la Ruta del Sol.
Otro tema donde se ve al Fiscal General en llamativa coincidencia con Uribe es en lo relativo a la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), frente a la cual parece más interesado en atravesarse que en brindar cooperación institucional para sacarla adelante. En particular, manifestó su preocupación en cuanto a que los alcances de la JEP “comprometan a una persona que ha ejercido la Presidencia”. ¿A quién se estaría refiriendo, Dios mío, a quién…? Por cierto: ¿qué puede haber de malo en que la JEP comprometa a un expresidente, si la justicia no debe tener miramientos por jerarquía o prestancia? Ah, ¿y cómo olvidar que NHM es el mismo que 29 de abril de 2015 dijo que “el expresidente Uribe es un patriota”?
Por todo lo anterior, queda la preocupante sensación de que el recién estrenado Fiscal General estuviera tratando de hacerle "pasito" al uribismo, quizá para no dañar una eventual alianza a futuro con su jefe político, el todavía vicepresidente Germán Vargas Lleras. Así como cuando el protodiácono del Vaticano se asoma a un balcón de la plaza de San Pedro para anunciar el “habemus Papam”, hoy los uribistas parecen cantar en coro ¡habemus Fiscal!
DE REMATE: Muy conveniente la consulta popular contra la corrupción que plantea la corajuda senadora Claudia López (sobre todo para su carrera política), aunque olvida el punto nodal: si el 100 por ciento de los colombianos votara, se acabaría la corrupción electoral. Los abstencionistas son cómplices de la corrupción que tanto odian, pues con su indiferencia contribuyen a elegir a los peores. Pero esto es tema de otra columna, cuando volveremos a insistir en la inaplazable urgencia del voto obligatorio.
En Twitter: @Jorgomezpinilla
Por José Gregorio Hernández.- Una importante sentencia de la Corte Constitucional, dictada la semana pasada, vuelve por los derechos de la familia y de los trabajadores. Al resolver sobre una demanda incoada contra los artículos 239 y 240 del Código Sustantivo del Trabajo, la Corte ha condicionado su exequibilidad, extendiendo el amparo a la estabilidad laboral de la mujer embarazada y lactante a su esposo o compañero permanente, cuando ella depende económicamente de él.
Como se sabe, según la normatividad vigente y la jurisprudencia constitucional y laboral, durante el tiempo en que la mujer trabajadora está embarazada y a lo largo del período de lactancia, no puede ser despedida por el empleador, ni siquiera con indemnización, pues si así ocurre -a menos que se cuente con la autorización motivada del Inspector de trabajo o del alcalde municipal en aquellos sitios en que no lo haya- está prevista, además de la sanción pecuniaria, la obligación de reintegro. Es una protección reforzada, en beneficio de la mujer trabajadora, del niño que está por nacer o que ha nacido, y los derechos fundamentales a la vida, a la salud, al trabajo, dentro de una concepción del Estado Social de Derecho.
La Sentencia de la Sala Plena de la Corte implica que esa garantía cobije también al hombre del cual depende económicamente la madre. Por tanto, dentro de las mismas reglas, durante el tiempo enunciado, no podrá producirse su despido.
Es una regla importante, que proviene de la propia Constitución, y que se destina a la protección efectiva de la mujer y del no nacido o del niño recién nacido, y por supuesto, de acuerdo con el artículo 5 de la Carta Política, también protege a la familia.
Se han escuchado algunas críticas: hay quienes piensan que se trata de un amparo negativo, que incidirá en que las empresas no contratarían hombres recién casados o cuyas compañeras puedan quedar embarazadas. Pero esa suposición carece de todo fundamento, pues en últimas, normalmente, cualquier aspirante a trabajar, inclusive en su madurez, estará en posibilidad de ser o volver a ser padre. El “peligro” es del todo remoto, pues por regla general toda pareja está expuesta de modo permanente al embarazo de la mujer. Además, la hipótesis de la no contratación presume la mala fe de los empleadores, y corresponde a una concepción errónea de las relaciones laborales.
Tenemos que entender los alcances del Estado Social de Derecho y la prevalencia de los derechos de la familia, de los niños y de la mujer, que son los valores plasmados en esta sentencia.
Un fallo de la mayor importancia, toda vez que tiene en cuenta la circunstancia en que se encuentran muchas mujeres en el país, en cuanto dependen del marido o compañero permanente para su sostenimiento durante el embarazo y para la manutención del menor.