Mauricio Cabrera Galvis

Por Mauricio Cabrera Galvis*. - La inflación en 2020 rompió todos los récords y el Banco de la República incumplió su meta. Pero para abajo. El índice de precios al consumidor (IPC) aumentó tan solo 1,6%, que es el menor incremento registrado por el DANE desde que empezó a medir este indicador en 1955. En otras épocas hubiéramos celebrado; hoy es una noticia muy mala.

Es mala noticia porque no es el resultado de un aumento inusitado en la oferta de bienes y servicios, fruto de buenas cosechas agrícolas o de innovaciones tecnológicas que abarataran los precios. Por el contrario, la oferta agrícola ha sido escasa porque varios cultivos fueron afectados por el clima y otros factores, y por eso los precios de los alimentos crecieron mucho más (4,8%) que el IPC sin alimentos (1,03%).

Es mala noticia porque tampoco es el resultado de una política monetaria dirigida a reducir la demanda y así controlar la inflación. Por el contrario el Banco de la República utilizó todos los instrumentos a su disposición para estimular la demanda y reactivar la economía. Emitió más de $35 billones (3,5% del PIB) y bajó su tasa de interés de 4,25% a 1,75%, y los precios siguieron bajando.

Es muy mala noticia porque si la inflación bajó fue por la caída de la demanda generada por la recesión, el desempleo y la pérdida de ingresos de los hogares que mermaron su capacidad de compra, a pesar de los días sin IVA que lo único que hicieron fue desplazar las fechas de las compras. Ante la caída de las ventas, las empresas no tuvieron más remedio que bajar, o por lo menos no subir, sus precios.

Es mala noticia porque refleja el limitado uso que hizo el gobierno de la política fiscal para contrarrestar los efectos del cierre económico que produjo la pandemia. Un aumento del gasto público de menos del 2% del PIB, muy inferior al de la mayoría de los países de la región, fue claramente insuficiente para estimular la demanda ante la magnitud de la crisis.

Es mala noticia porque con una inflación tan baja, este año fue mínimo (3,5%) el aumento del salario mínimo. Como bien dice S. Kalmanovitz el propósito real de estos pichurrios aumentos no es evitar el desempleo sino “garantizar la rentabilidad del sector formal de la economía”, con el agravante de que se utilizó una cifra equivocada. En efecto, según el DANE el aumento de precios para los estratos altos fue 1,17%, mientras que para los pobres fue de 2,27%. Así, el aumento real del salario mínimo –para quienes lo reciben- fue bastante menor de lo que dice el gobierno.

No es la primera vez que hay una baja significativa de la inflación de estas características. En la gran recesión de 1999 la variación del IPC se redujo de 16,7% a 9,2%, y también fue causada por una enorme caída de la demanda, que en esa ocasión sí fue inducida en parte por la subida de tasas de interés del Banco de la República en los dos años anteriores.

La deflación o caída de los precios es hoy un problema mundial. Lo cual sí es un consuelo porque es grande el consenso sobre la necesidad de dejar la ortodoxia y utilizar todos los instrumentos de política para salir de la recesión, aunque suba un poco la inflación.

Cali 10 de enero de 2021

*Filósofo y Economista. Consultor

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José Felix Lafaurie Rivera

Por: José Félix Lafaurie Rivera *. - Los negocios no tienen corazón, como señalé hace ocho días refiriéndome a las empresas que no permitieron transmitir dos partidos por televisión abierta, partidos cuyos contagios y muertes hoy lloran Cali y Bogotá, con la complicidad negligente de sus mandatarios.

Hoy me refiero a la “mala leche” de la industria láctea frente a sus proveedores, los ganaderos, la gran mayoría campesinos minifundistas que hacen parte de la pobreza rural. Esta es, si se quiere, una “cantaleta” gremial, pero no deja de ser por ello una obligación, que se convierte en denuncia durante la pandemia, cuando el Gobierno invita a “comprar colombiano”, por solidaridad con nuestros productores y frente a la necesidad apremiante de reactivación.

Para que mis lectores entiendan esta denuncia los pongo en contexto:

Todos los 670 mil ganaderos producimos leche, pero más de 320 mil se dedican exclusivamente a este propósito. En 2020 produjimos más de 7.400 millones de litros, pero la industria acopió 3.330 millones. Es decir, ¡4.000 millones! no tuvieron “la fortuna” de ser comprados por ella y se “malvendieron” en la informalidad.

Los “afortunados”, sin embargo, no lo son tanto, porque 7 empresas compran el 50% y solo 20 el 70% del acopio formal, imponiendo precio y condiciones. Los demás compradores, algo más de 800, se benefician de la tendencia dominante del mercado.

Una primera conclusión: Con 4.000 millones de litros a su disposición, la industria no necesitaría importar.

De otra parte, los TLC con Estados Unidos y la Unión Europea establecieron cupos al comercio de lácteos con “cero arancel”, que crecen anualmente hasta el libre comercio. Por encima de ellos existe un “arancel extracupo”, que también disminuye progresivamente y que, para 2021, es de 11% para EE.UU. y 42,9% para la UE. En teoría son condiciones de doble vía, pero en realidad es poca o ninguna nuestra capacidad de venderles, sobre todo leche en polvo, a dos grandes productores mundiales.

En 2020, la industria agotó sus cupos y aprovechó el bajo arancel extracupo negociado con USA, importando 74 mil toneladas, equivalentes al 27% del acopio y a 889 millones de litros, que no fueron comprados a campesinos durante la pandemia.

La industria, que se declaró “enlechada” y terminó 2020 con inventarios de 17 mil toneladas de leche en polvo, sorda a las necesidades de los ganaderos y a las exhortaciones a “comprar colombiano”, en la primera hora de 2021 había importado, desde EE.UU., 5.226 toneladas de leche en polvo, 40% del nuevo cupo. A 5 de enero iba en 74% y, muy pronto, habrá agotado el cupo de 12.969 toneladas y usará el extracupo.

Se estima que, en 2021, importará el equivalente a 960 millones de litros, que le permitirán mantener a la baja al precio a nuestros productores, impedir su recuperación y, por el contrario, llevarlos a la ruina.

Algún día este país prohibirá distribuir leche cruda, iniciando por ciudades con más de 500.000 habitantes, lo cual inducirá la expansión de la industria y el incremento del acopio.

Algún día se fomentará el aumento de la capacidad de pulverización y almacenamiento para suplir la época de escasez y sustituir importaciones.

Algún día las compras públicas para instituciones educativas, programas sociales y FF.AA. incluirán en sus menús la leche y sus derivados.

Algún día se escuchará nuestra propuesta de un fondo tripartito (Estado-industria- ganaderos), para llevar productos de bajo costo a 31 millones de colombianos que no tienen acceso a leche higienizada en pleno siglo XXI.

¿Será que algún día la industria láctea dejará de ser “mala leche” con sus aliados naturales, los ganaderos?

Bogotá, D. C, 10 de enero de 2021

*Presidente de Fedegan

@jflafaurie

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Mons César Balbín Tamayo

Por Mons César Balbín Tamayo* - La muerte violenta de tres fieles católicos franceses en la Basílica de Nuestra Señora de Notre Dame, en Niza, Francia, por parte de un islamista, es uno de los últimos acontecimientos conocidos de intolerancia religiosa en el país galo.  Seguramente ha habido otros en otras latitudes y seguramente no sean los últimos.

Lo que llama la atención de manera especial es que el alcalde de Niza de manera inmediata ordenó el cierre de todos los templos católicos de la ciudad para evitar futuros atentados.

Con lo anterior no queda sino pensar en que no solo es la comunidad católica la que fue agredida en aquellos tres fieles, sino que fue la comunidad católica la «castigada» por el desafortunado hecho.  No es que se esté pidiendo que entonces se cierren las mezquitas, pues lógicamente no podremos decir que todos los musulmanes son los culpables del hecho. No, eso no. Lo que no se comprende es por qué se revictimiza a la Iglesia en este contexto: no solo que las víctimas eran cristianos católicos, sino que se les cierran los templos.

También fue noticia que un joven de 19 años arrancó la cruz de una iglesia baptista en Londres ante la mirada indiferente de los transeúntes. ¿Este joven se hubiese atrevido a hacer lo mismo en una mezquita arrancando alguno de sus símbolos? La respuesta es no.  A no ser que aquel joven tuviese sed de martirio. Como en la Iglesia se predica y se trata de vivir un espíritu de paz y de reconciliación, y no se debe acudir a ningún tipo de venganza, aquellos otros lo saben y se aprovechan de ello.

El Papa Francisco en muchas ocasiones ha llamado la atención sobre las persecuciones de los cristianos, de cualquier denominación, y en muchos lugares del mundo: en Asia, en África y en América, y de ello nadie se hace eco: ni gobiernos, ni organismos multilaterales, ni medios de comunicación. ¿Estaremos, tal vez, de frente a una de las más grandes persecuciones?.

Europa es especialmente tolerante con el islamismo. Y también estos se hacen sentir cuando los que consideran sus derechos, son conculcados; y se hacen sentir de manera violenta.

Otro es el asunto de la libertad de expresión y el respeto al sentimiento religioso de las personas.  El derecho a la libertad de expresión que algunos medios de comunicación esgrimen y el derecho a no ser molestados, no puede ser solo para ellos, debe valer también para los demás, y entre lo demás no podemos dejar de lado a nadie, sea del credo que sea. Ese derecho a no ser molestados no puede ser solo para algunos pocos, y no para los demás.

Sin duda que los cristianos se están convirtiendo, en todo el mundo, en símbolos que deben ser abatidos, destruidos, borrados de la faz de la tierra.

Europa calla de manera cómplice ante los desmanes de unos pocos extremistas islámicos, calla ante el reclamo de derechos de mucho de ellos y trata de borrar todo trazo de cristianismo y también de herencia católica.

Desde ya se prevé que en unos 30 años Europa tendrá un población musulmana del 30% del total de la población y la cuestión es sencilla: mientras los europeos limitan al máximo el nacimiento de nuevos hijos, los musulmanes procrean sin medida, pues tienen claro que es la forma de hacerse a Europa, y a fe que lo están logrando. Así que en no muchos años, Europa se vestirá de Burka.

Manizales, 10 de enero de 2020

*Obispo diócesis de Caldas

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Amylkar D Acosta M

Por Amylkar D. Acosta M *. - Dijo el gran estadista británico Sir Winston Churchill que “el político debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene y de explicar después por qué no ha ocurrido”. De manera análoga, las pitonisas, los videntes, adivinos, astrólogos y agoreros, que por esta época de comienzos de año abundan como la verdolaga, siempre nos quedan debiendo la explicación del por qué no se cumplieron sus predicciones.

Uno de los más célebres y antiguos referentes de ellos fue el boticario francés Michel de Nôtre-Dame (1503 – 1566), más conocido como Nostradamus, a quien se le atribuían poderes paranormales que le permitían adivinar el futuro acontecer, sin recurrir para ello a la “bola de cristal” del clarividente. Se hizo célebre con la publicación de su libro Les propheties, una colección de 942 cuartetas poéticas que compendiaban sus vaticinios sobre la ocurrencia de muchos eventos hacia el futuro.

Quien si sabemos, con seguridad, que, más que predecir o profetizar, alertó sobre el advenimiento de esta terrible pandemia, que convirtió el 2020 en un Annus horribilis, fue el empresario y filántropo Bill Gates, a quien no ha faltado el desatentado que, basado en las fake news y en las teorías conspirativas, le achaque a él su propagación primero y ahora la vacuna dizque para “dominar” y manipular a la población que se la aplique.

Con cinco años de antelación, en 2015, en pleno brote del ébola, afirmó lo siguiente: “cuando yo era chico el desastre más temido era vivir una guerra nuclear…Hoy la mayor catástrofe mundial es una pandemia. Si algo va a matar a más de diez millones de personas en las próximas décadas será un virus muy infeccioso, mucho más que una guerra. No habrá misiles, sino microbios. Gran parte de esto es que se ha invertido mucho en armamentos nucleares pero se hizo muy poco en crear sistemas de salud para poder detener las epidemias. No estamos preparados”. Y fue más lejos al advertir la existencia de “un virus con el que las personas se sientan lo suficientemente bien mientras están infectadas para subirse a un avión o ir al supermercado y eso haría que se extienda por todo el mundo de manera muy rápida”. Dicho y hecho.

Ahora ha sorprendido Bill Gates al mundo con una aterradora predicción, de una nueva epidemia en un futuro mediato, pero que puede anticiparse, por fortuna según él no será tan devastadora como la COVID – 19, no tanto porque se prevea que no sea tan mortífera si no porque encontrará al mundo mejor preparado para enfrentarla gracias a los esfuerzos que ha tenido que desplegar para compatir el nuevo coronavirus. Según él su ocurrencia “podría ser dentro de 20 años, pero debemos suponer que podría ser dentro de 3 años”.

Como quedó consignado en un texto del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), publicado en enero de 1932 en su revista Technology Review, pero que sigue teniendo vigencia, “interpretar los eventos del pasado es el único método válido para predecir el futuro” desde la ciencia. Y ello se explica porque de esta manera es como se pueden establecer las tendencias, aunque no pocos eventos escapan a dicho escrutinio dado el carácter disruptivo de ellos.

Definitivamente las cábalas, las conjeturas y las especulaciones en torno a lo que nos es dable esperar hacia el futuro pierden cada vez más espacios, terreno y credibilidad, pues gracias a la Big data, a la Inteligencia artificial y a los algoritmos es cada vez más previsible lo que va a pasar. Ello me lleva a firmar que Bill Gates no saca sus pronósticos y previsiones de la manga, tampoco de su propio magin, sólo que es uno de los hombres mejor informados y gracias a su equipo con la mayor capacidad de acceder y procesar el cúmulo de información disponible.

Por su parte las cabañuelas han corrido la misma suerte del pintoresco Almanaque Bristol, de color naranja, que debe su nombre a su gestor Cyrenius Chapin Bristol, que circula en los meses de diciembre de cada año desde 1832, el cual servía de cabecera a los agricultores, pues en el se pronosticaba con gran acierto el comportamiento y el “estado del tiempo”. Sigue teniendo una gran acogida en Colombia, habida cuenta que en 2018 de 1.5 millones de ejemplares, que fue su tiraje, un millón de ellos se vendieron en nuestro país como pan caliente. Llegó a alcanzar tal celebridad que nuestro laureado con el premio Nobel de la Literatura Gabriel García Márquez en sus obras La hojarasca y El amor en los tiempos del cólera, menciona al Almanaque Bristol con nombre propio.

Pues bien, 188 años después de su nacimiento, el icónico Almanaque ha quedado sin oficio, por lo menos en lo que hace relación a la predicción del tiempo, por cuenta del Cambio y la variablidad climática, que ha llevado a que llueva en verano y tengamos verano en época invernal.

Medellín, enero 9 de 2021

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Gabriel Ortiz

Por Gabriel Ortiz*. - La viudez y voracidad de los perdedores se acicateó y enardeció con la pandemia. Agitó la fiebre electoral para tratar de recuperar lo perdido.

La Registraduría tendrá que multiplicar el número de funcionarios, aunque lo prohíba la dudosa Ley que modifica la manera de realizar elecciones en Colombia, repletándola de “jugaditas” que permitan zarandear la democracia, con burdas triquiñuelas como las que quiso utilizar Tump.

Este 21 abrió el apetito de aquellos que no pudieron alanzar cargos de elección popular durante las elecciones de alcaldes, gobernadores, ediles, concejales y diputados. Los apetitosos presupuestos se les escaparon a ciertos partidos políticos y a casas y familias, que tradicionalmente viven del fisco y del erario.

Huérfanos del presupuesto y del poder, la emprendieron contra quienes los despojaron de semejante riqueza. Montaron el acostumbrado “castrochavismo”, izquierdismo y demás conjuras, conspiraciones e intrigas y montaron las fake news con las que quieren decapitar a quienes los derrotaron.

Cinco de los grandes alcaldes soportan el peso de las calumnias. Varios tienen que soportar las manipulaciones que nacen en sus concejos, para torpedear gestiones e impedir el verdadero desarrollo que requieren los municipios. Los que han denunciado la corrupción y los feudos podridos de sus antecesores, obras paralizadas, despilfarros y componendas, tienen que soportar las arremetidas de los viudos del poder y la riqueza.

Los alcaldes de todas las categorías soportan el amarre de sus detractores. Las amenazas llueven, de parte de ciertos partidos y grupos perdedores. Creyeron que arrasarían y aniquilarían, pero las votaciones dijeron otra cosa.

Los grandes: Claudia López de Bogotá, Daniel Quintero de Medellín, Iván Ospina de Cali, William Dau de Cartagena y Juan Carlos Cárdenas de Bucaramanga, son los más amenazados. A Claudia no le perdonan muchas cosas buenas que ha sacado adelante pero, lo más grave, el haber tomado unos días de vacaciones, tras difíciles meses combatiendo la pandemia. “Prohibido descansar y vacacionar”. “Todo descanso merece revocatoria”, le pronosticaron sus adversarios. De Quitero, ni hablar. Se metió nada más que con la intocable Hidroituango. Dau llamó por su nombre a “notables” cartageneros. Ospina le dio fiesta a los caleños que padecieron con paciencia el encierro. Cárdenas, el de Bucaramanga, se atrevió a liderar la liga anticorrupción. Estos son los grandes que se encuentran sub júdice, pero es interminable la lista de los más pequeños a quienes les preparan revocatorias.

Lo grave es que nadie sabe qué hacer para acabar con esas prácticas que impide alcanzar administraciones dinámicas, honradas y justas. Los gamonales son quienes tradicionalmente mandan, gobiernan y se apropian de los presupuestos. Antes y ahora, también actúan los grupos al margen de la ley conminando y amenazando a los alcaldes. Ese es nuestro país, nuestra manera de elegir y revocar.

BLANCO: Leonardo Villar: nuevo zar del emisor.

NEGRO: Pregunta: -¿a qué te suena Paz con legalidad? Respuesta: -a engaño, muerte de líderes, injusticia…

Bogotá, D. C, 8 de enero de 2021

*Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y Notisuper.      

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Alfredo Benavides Castillejo

Por Alfredo Benavides Castillejo*. - Ama la tierra en que naciste, es una y nada más; canta Juanes, llegando al alma con ese mensaje, porque a pesar de hacerse la vida en otros lugares, la que te vio nacer es casi como el primer beso; inolvidable, y se le debe aportar así sea inmerecida y desagradecida.

En este nuevo año 2021 la pandemia está en jaque, se podría decir que es el año de la vacuna, los esfuerzos de gobernantes estuvieron y estarán concentrados en luchar contra ella, no obstante, en Colombia es un año preelectoral: en el 2022 se elegirán congresistas y presidente, quiera Dios post pandemia. Pero los monstruos; corrupción, indiferencia, envidia, inmoralidad, desarraigo, frivolidad, banalidad, oportunismo, mediocridad y otros, siguen vivitos y coleando sobre todo en las tierritas.

Pero todo lo malo tiene algo de bueno o no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista, reza uno de los refranes populares con infinita razón. La compra-venta de votos en elecciones por 50 mil pesos o más; tamales, mercado, camisetas, gorras, tejas, ladrillos u otros a veces ocasionada por pura necesidad o porque la desconfianza en los políticos es tal que resulta mejor quitarles algo antes de sufrir la desesperanza al no volverlos a ver ni por la vuelta de la esquina después de elecciones, también está en jaque, porque la pandemia golpeó a unos menos que a otros pero de alguna forma afectó universalmente, se metió en el bolsillo, la cocina, la cama, en el rancho, y esto ocasionará que el ciudadano en general pensara de dos formas; que ese voto vendido incluso le podría costar hasta la vida misma, o estará al tanto de que proviene de la corrupción, entonces recibirá pero votará a conciencia por propuestas serias, realistas y favorables.

Eso de que el batir de las alas de una mariposa puede provocar un tsunami en otro lado del mundo, resultó cierto. Ninguna tierrita está a salvo o aislada. Somos parte integral, un voto vendido puede provocar el atraso de décadas de una tierrita y su nación, los avivatos tanto vendedores como compradores de votos, la tendrán cuesta arriba.

Entonces tenemos que salvar a la tierrita, enfrentando a esos monstruos. Son a los únicos que hay que quitarles el tapabocas. Como virus vienen ciertos años con sus aliados en las tierritas devorando y burlándose sistémicamente del pueblo.

Es tal la indignación, rabia, y desconsuelo de tierritas sin agua o peor contaminadas, sin empleo y trabajos, sin viviendas ni oportunidades, que este ejército democráticamente vencerá con mínimos recursos solo con la espada de la virtud, honestidad, colaboración, cooperación, actuando con propuestas de emergencia concretas.

Apuesto que después de esta pandemia resultaremos mejores seres porque vendrán otras, tarde o temprano.

Bucaramanga, 7 de enero de 2021

 

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Mauricio Cabrera Galvis

Por Mauricio Cabrera Galvis*.- No recuerdo ningún año como el 2020 en que hubiéramos estado tan atentos a contar los muertos, como si ese ejercicio algo masoquista nos diera algún control sobre la parca, como si saber cuántos eran los fallecidos un día nos alimentara la esperanza de que el día siguiente serían menos.

Unos fueron los muertos del coronavirus. En el mundo, al principio se contaban por decenas, luego por cientos y pronto por miles hasta llegar a más de 1.8 millones, 235 por cada millón de habitantes de este planeta. En Colombia nos angustiamos cuando en agosto tocamos el techo de 400 muertos diarios, cifra que pronto se redujo a la mitad para volver a subir hasta unos 300 con las aglomeraciones de diciembre, completando más de 43.000 en todo el año, 850 por cada millón de colombianos.

Pero también fue la cuenta de los muertos, mejor los asesinados, por defender la paz y los derechos de desplazados y víctimas. Cada día nos enteramos del asesinato de un líder social o un ex guerrillero, y cada semana de por lo menos una masacre.

El conteo trágico llegó a 309 líderes sociales asesinados y 250 colombianos que entregaron sus armas y creyeron en el acuerdo de paz. Son mucho menos que los muertos del COVID, pero más alarmantes porque no son consecuencia del azar de la naturaleza sino de acciones premeditadas con sevicia ante la pasividad de un Estado que sigue calificándolas de hechos aislados y hace poco por controlarlas.

Estas cifras de muertos y asesinados pueden ser estadísticas frías a las que estamos acostumbrados en este país tan violento, e inclusive contraponerse a otras cifras de reducción en los muertos por accidentes viales o en homicidios por riñas, como efecto lateral del confinamiento. Hasta que como dice Ricardo Silva en su novela “Rio Muerto”, la indiferencia termina y se deja de querer “ese lugar que amaron a pesar de los cadáveres hasta que el cadáver del día fue de su familia”.

Muchas familias así lo sintieron con el COVID: una enfermedad china que mataba mucha gente pero que era lejana por lo que eran innecesarias y exageradas las medidas de confinamiento, hasta que el coronavirus tocó sus puertas y el enfermo, o el fallecido, fue un pariente o un amigo cercano de quien no pudieron ni siquiera despedirse por que lo dejaron a la puerta del hospital para recibir unos días después solo sus cenizas. Esa dolorosa experiencia nos ha marcado a muchos y nos ha vuelto más sensibles ante la necesidad del cuidado.

Desafortunadamente los cadáveres de líderes sociales y ex guerrilleros son mucho más lejanos para la gran mayoría de colombianos, sobre todo para quienes viven en las ciudades y desconocen las historias de esas víctimas, por lo que su asesinato sistemático no ha generado una masiva reacción social.

Al terminar este 2020 extraño y trágico, la esperanza es que el nuevo año podamos dejar de contar tantos muertos y reaccionemos ante los que no son inevitables; por eso mi deseo para los pacientes lectores es que podamos hacer realidad el mensaje del P. Francisco de Roux: “Que en el nuevo año caigan las mentiras y los miedos, y pongamos en marcha, desde la verdad, un futuro de esperanza, reconciliación y fraternidad en el que rescatemos la dignidad que nos merecemos como pueblo de Colombia”.

Cali, 3 de enero de 2021

*Filósofo y Economista. Consultor.

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Amylkar D Acosta M

Por Amylkar D. Acosta M * . - Una de las peores y más acuciantes consecuencias de la actual crisis es el creciente número de colombianos que se está viendo ante la imposibilidad de acceder a la ingesta diaria para alimentarse. Según el más reciente estudio del DANE, en Colombia solo siete de cada 10 familias tuvieron acceso a tres comidas al día durante los últimos siete días, mientras que antes de la pandemia la cifra llegaba a 85%. Esta cifra obliga a encender todas las alertas y alarmas, porque su impacto va mucho más allá de las frías cifras, las cuales, como dice el célebre escritor mexicano Octavio Paz, se oyen “como quien oye llover. Sin oírme, oyendo lo que digo”, desdeñadas por la sordina y la invisibilización. Pero el hambre acosa a los más desvalidos y acusa la indolencia de las autoridades competentes. El silencio es ensordecedor!

Según el mismo estudio, en promedio, tres de cada diez hogares de las capitales de departamento en Colombia no pueden comer tres veces al día (¡!). Esto es una barbaridad. A consecuencia de la pandemia se cuentan por millares el número de colombianos que están soportando física hambre. Los hogares donde solo se consume una comida al día pasaron de 55.915 a 287.473. Además, 3,2 millones de familias solo están comiendo dos veces al día y a ello se viene a añadir la baja calidad de la alimentación de quienes tienen acceso a ella, la cual deja mucho que desear en los estratos más bajos de la población.

Al igual que ocurre con la pobreza, se presentan ostensibles diferencias entre unas regiones y otras, así como entre unas ciudades capitales y otras, en torno al acceso a los alimentos. Así, mientras en Bogotá el porcentaje de familias que tenían para las tres comidas diarias pasaron del 85% antes de la pandemia al 72%, en el agregado nacional 72,21 por ciento de las familias puede contar con el desayuno, el almuerzo y la comida; 24,8 por ciento consume dos comidas y 2,6 por ciento solo se alimenta una vez al día (¡!).

Cabe mencionar que, según el DANE, las seis ciudades en donde menor cantidad de hogares pueden acceder a tres comidas al día están ubicadas en la Costa Atlántica, son ellas Cartagena (35%), aparecen Barranquilla (46,3%), Sincelejo (48,8%), Santa Marta (50,7%). Antes de la cuarentena en todas estas ciudades el promedio estaba por encima del 75%, incluso en Santa Marta el nivel llegaba a 93%. Ello es algo funesto y sus secuelas serán espantosas en el mediano y largo plazo para un amplio conglomerado humano de este país que vive o mejor pervive este drama. Como la canción insignia de la movilización social en Chile el año pasado, El baile de los que sobran, nadie los echa de menos, nadie les quiso ayudar. Esto es el colmo!

El Caso de Cartagena, la Heroica, declarada por la UNESCO Patrimonio histórico y cultural de la humanidad, la del corralito de piedra, la joya de la corona del turismo en Colombia, es patético. Es, como quedó dicho, la que exhibe los peores registros. Claro está que antes de la pandemia, según la encuesta Pulso Social del DANE, publicada por la agencia Bloomberg, en promedio, el 81.6% de sus habitantes podía comer tres veces al día, un registro que lejos de ser satisfactorio mueve a la preocupación, tanto más en cuanto que no refleja la dura realidad de barrios como El pozón o Arroz barato, en donde, como en la fábula de La zorra y las uvas, éstas aunque maduras están muy altas para alcanzarlas.

La Plataforma Colombiana de Derechos Humanos, Democracia y Desarrollo, después de analizar este dantesco cuadro de emergencia social llegó a la conclusión irrefutable de que “no hay mejor prueba que demuestre la urgencia de crear una Renta Básica de por lo menos un salario mínimo mensual que beneficiaría a 32 millones de personas en situación de pobreza y riesgo de caer una situación de indigencia, que tienen derechos constitucionales a la vida y a la alimentación”. 

Y el primer paso debe ser la extensión y ampliación de las transferencias monetarias a favor de ellas, tanto las condicionadas como las no condicionadas, el próximo año. Por ello registramos con asombro y preocupación que el Fondo de Mitigación de Emergencias (FOME), creado para financiar dichos programas, quedó totalmente desfinanciado en el Presupuesto para la vigencia de 2021, al pasar de $25 billones a sólo $3.1 billones, con una reducción del 87.6% con respecto al del 2020. Así no se puede!

Medellín, enero 2 de 2021

*Expresidente del Congreso y Exministro de Minas y Energía.

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José Felix Lafaurie Rivera

Por José Félix Lafaurie Rivera * . - No me refiero a los “cero muertos” del absurdo parte de éxito de la alcaldesa después del partido en Bogotá, en el que exclama satisfecha: “La final más pacífica desde hace años, lo logramos”, sino a los muertos que vendrán, quién lo duda, camuflados en la imposible trazabilidad de las redes de contagio.

Basta escuchar el clamor de médicos y especialistas epidemiólogos, para asegurar que esos jolgorios sin control alguno, con familias con niños, consumo de licor, quema de pólvora y la expansión invisible de saliva a borbotones, a través de vuvuzelas y gritos exaltados, tendrá, irremediablemente, su costo en contagios y en vidas.

Después de lo sucedido en Cali con el “partido de ida”, las principales asociaciones médicas advirtieron lo que vendría con el “de vuelta” en Bogotá y, con toda la autoridad moral y científica, exigieron medidas para evitarlo. Las medidas fueron atropelladas e insuficientes y lo que tenía que pasar, pasó.

Suspender el servicio de Transmilenio fue un atropello contra los bogotanos que necesitaban movilizarse, la ley seca fue burlada por los fanáticos ante las cámaras y el toque de queda de media noche —en Cali fue desde las 9:00 p.m.— fue un chiste que permitió el desenfreno.

Las explicaciones de la Alcaldesa rayaron en el absurdo y la falta de sentido de realidad: “Más que las aglomeraciones, queremos que la celebración sea pacífica”, anunció antes del partido. Y claro, no solo toleró las aglomeraciones sino que las organizó; se puso de acuerdo con las barras para que “en vez de que estuvieran dispersos en celebraciones difíciles de controlar, tuvieran dos puntos”, o sea, dos grandes aglomeraciones; todo lo contrario a lo que establecen las normas sobre distanciamiento y el sentido común.

Se equivocó, porque el asunto no era de riesgo de violencia sino de contagio y muerte; y porque, además de las normas dictadas por la pandemia, el Código de Policía prohíbe las fiestas en el espacio público, y lo que vimos fue dos grandes fiestas, mientras la Policía, simplemente…, miraba.

Después del partido se atrevió a afirmar que “5.000 personas —ese es su cálculo— es una mínima parte de lo que hay en un centro comercial todos los días, así como tampoco hemos cerrado los centros comerciales, tampoco íbamos a impedir que hubiera celebración organizada”. Lo de “celebración organizada” es otro chiste, como el de comparar el flujo ordenado a un centro comercial, con ¡5.000 personas! gritando, bebiendo y abrazándose sin tapabocas siquiera.

Me produjo indignación ese espectáculo grotesco, sobre todo porque, días atrás, la misma alcaldesa no les permitió a los paperos de Cundinamarca y Boyacá vender su producto en las calles de la ciudad, que ni iban a ser 5.000 ni iban a generar semejante desorden.

Pero hubo más culpas: la mezquindad del negocio impidió que los partidos fueran vistos por televisión abierta, como pidió el alcalde de Cali, limitando ese privilegio a los suscriptores de un canal cerrado de propiedad del grupo RCN y DirecTV, del que también es socia la Dimayor. No estaban obligados a nada, pero hay algo que se llama “responsabilidad social empresarial”.

Al final, la alcaldesa, como siempre, le echó la culpa al Gobierno Nacional, escurriéndole el bulto a sus responsabilidades como Jefe de Policía y, sobre todo, con la salud y la vida de los bogotanos. Al final, Cali y Bogotá llorarán los anónimos muertos del futbol.

Nota bene. Comienza otro año difícil, pero con la esperanza de la vacuna, la recuperación y el fin del aislamiento. Recibámoslo con los cuidados que protegen y el optimismo que construye.

Bogotá, D. C, 1 de enero de 2021

*Presidente de FEDEGAN

@jflafaurie

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Gabriel Ortiz

Por Gabriel Ortiz* .- Cuando agoniza el 2020, ventarrones de recuerdos nos refrescan las narraciones de los refugiados europeos que llegaron en los años 40 del anterior centenario, sobre las atrocidades de la funesta segunda guerra mundial. Era difícil entender, en ese entonces, cómo la humanidad podría resistir algo tan tenebroso. Y por esas pasamos. Durante más de 60 años nos acostumbramos al crimen el despojo y la sangre, hasta alcanzar una difamada y denigrada tregua que solo cumple 4 años. Esa pausa atormenta a los “caballeros de la guerra” que quieren y acarician el conflicto, como a niña bonita.

Nuestra paz es un escollo, un riesgo y un tropiezo para ciertos intereses. Se le cambia el nombre, se buscan ilegalidades inexistentes, es objeto de montajes publicitarios para falsear sus acciones de convivencia, coexistencia y justicia.

Hay mentes a las que ni siquiera la adversidad, la tragedia y el desastre logran enseñarles y prevenirlos sobre los caminos a los que conducen las tragedias que fanáticamente buscan.

El 2020, con la improvisación, terquedad y tenacidad que nos caracteriza, empezó suavemente a posarse en nuestro territorio y luego lo arrollo. Muy pocos vieron lo que venía. Actuaron tardíamente.

Ingresamos extemporáneamente a controlar los vuelos internacionales. Ya era febrero del 20 cuando una turista italiana ingresó con el covid-19. Fue entonces cuando asesores del Presidente le diseñaron una estrategia para enfrentar la pandemia, poniendo de escudo un espacio diario de una hora por televisión.

Con frascos de alcohol, un rosario y otras entretenciones adornaron el set. El propio Jefe de Estado da instrucciones y consejos contra covid.

La ciudadanía atendió y colaboró con las prevenciones. Los tapabocas y el lavado de manos surtieron efecto primario, porque la cosa se desbordaba por momentos. Al presidente se le ocurrió sacar a la gente a las calles en un arranque populista, para liberar a los encerrados. Ordenó un día sin IVA el 19 de junio, que irritó al virus.

Los altibajos de los picos fueron aprovechados por Duque para publicitar su gestión y aplicar medidas –muchas de ellas inconstitucionales- para reactivar la economía, crear empleo y devolución del IVA. Expidió más de 200 dudosas normas que el dócil congreso virtualmente aprobaba, estimulado con la mermelada de un aturdidor incremento de sueldo.

Duque defiende su acción contra el covid-19 y asegura que “fue acertado todo el proceso de análisis técnico y operacional para la adquisición de vacunas”. ¿Será eso cierto, cuando debemos esperar hasta febrero para vacunarnos? Argentina, Méjico, Costa Rica, Brasil y otros de nuestro continente, están vacunando a sus ciudadanos. ¿Por qué hasta febrero, cuando ya millares de colombianos habrán fallecido por falta de vacuna? El Invima, solo aprobó la vacuna el penúltimo día del 2020.

¿Por qué hasta febrero empezarán a vacunarnos?

BLANCO: Que llegue a Colombia un año para recordar.

NEGRO: Con el irrisorio aumento del salario mínimo del 3.5%, no habrá reactivación. Solo pobreza y hambruna.

Bogotá, D. E, diciembre 31 de 2020

* Exdirector del Noticiero Nacional, Telematinal y de Notisuper.

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