Por Farhad Manjoo. Foto: Gary Allard.- Mientras la industria de la tecnología se enfrentaba a la realidad de una elección presidencial que no salió como lo esperaba, muchos en Silicon Valley dieron con la idea de que la información falsa que se transmite en línea fue un factor significativo en el resultado de la contienda.

Rápidamente, tanto Google como Facebook alteraron sus políticas de publicidad para prohibir explícitamente que los sitios de noticias falsas generen dinero a partir de mentiras. Es muy probable que se trate de una solución importante, aunque haya llegado demasiado tarde. El internet ha reducido nuestro entendimiento colectivo de la verdad, y las iniciativas para combatir esa tendencia desalentadora obviamente valen la pena.

Sin embargo, sería un error que el único hallazgo de esa investigación sean las noticias falsas. De hecho, los peligros que presentan las noticias falsas solo son un síntoma de una verdad más profunda que ahora se ha hecho obvia en todo el mundo: con miles de millones de personas pegadas a Facebook, WhatsApp, WeChat, Instagram, Twitter, Weibo y otros servicios populares, las redes sociales se han convertido en una fuerza política y cultural cada vez más poderosa, a tal punto que sus efectos ahora están comenzando a alterar el desarrollo de los sucesos mundiales.

La elección de Donald Trump quizá sea la ilustración más contundente hasta ahora de que, en todo el planeta, las redes sociales están ayudando a reconfigurar de manera fundamental a la sociedad humana. Han subsumido y abatido a los medios tradicionales. Han deshecho las ventajas políticas tradicionales como la recolección de fondos y el acceso a la publicidad. Están desestabilizando y remplazando instituciones de la vieja escuela, así como formas establecidas de hacer las cosas, incluyendo a los partidos políticos, las organizaciones transnacionales y las prohibiciones sociales implícitas contra las expresiones flagrantes de racismo y xenofobia.

Y, lo más importante, debido a que estos servicios permiten que la gente se comunique entre sí con más libertad, están ayudando a crear organizaciones sociales sorprendentemente influyentes entre los grupos que alguna vez estuvieron marginados. Estos movimientos sociales ad hoc varían ampliamente en forma, desde los supremacistas blancos de derecha en Estados Unidos hasta los simpatizantes del brexit en el Reino Unido. Pero cada uno, a su propia manera, ahora está ejerciendo un poder que antes se creía impensable, lo cual resulta en espasmos geopolíticos impredecibles y a veces desestabilizadores.

“Ahora hay miles de millones de personas en internet, y la mayor parte de ellas no están felices con el orden establecido”, dijo Ian Bremmer, el presidente del Grupo Eurasia, una firma de investigación que predice riesgos mundiales. “Creen que su gobierno local es autoritario. Creen que están en el lado incorrecto del sistema. Están agraviados por las políticas de identidad y una clase media vacía”.

Muchos factores explicaron la victoria de Trump: la ansiedad de la economía de la clase media en las zonas industriales de Estados Unidos; un deseo de algún tipo de cambio en la dirección del país y una mezcla de racismo, xenofobia y sexismo latentes en todo el electorado. No obstante, como incluso lo reconoció Trump en una entrevista en 60 Minutes después de su victoria, las redes sociales desempeñaron un papel determinante en la contienda.

En el pasado, dijo Bremmer, las preocupaciones de los simpatizantes de Trump pudieron haber sido ignoradas y su candidatura habría fracasado casi de manera definitiva. Después de todo, casi todos los expertos lo descartaron de manera universal, y enfrentó desventajas en temas como el dinero recaudado, la organización y el acceso al conocimiento de la política tradicional. Sin embargo, al emitir un mensaje que resonó con el electorado en internet, Trump hackeó el orden político establecido.

“Mediante esta nueva tecnología, la gente ahora tiene el poder de expresar sus quejas y de seguir a las personas que consideran hacen eco de esos agravios”, dijo Bremmer. “Si no fuera por las redes sociales, no creo que Trump hubiera ganado”.

Para la gente que prefiere un mundo ordenado y predecible, esto es lo más aterrador acerca de Facebook: no que pueda estar lleno de mentiras (un problema que posiblemente podría resolverse), sino que su alcance le da el poder real de cambiar la historia de maneras audaces e impredecibles.

Sin embargo, ese es el punto en el que nos encontramos. Es hora de empezar a reconocer que las redes sociales en realidad se están convirtiendo en las fuerzas transformadoras del mundo que sus creadores prometieron que serían desde hace mucho tiempo… es hora de preocuparnos, en vez de entusiasmarnos, por los enormes cambios sociales que podrían provocar.

A lo largo de gran parte de la última década, hemos visto cómo surgen en todo el mundo movimientos sociales progresivos que reciben el poder del internet. Hubo una Revolución Verde en Irán, seguida por la Primavera Árabe en Medio Oriente y el norte de África. En Estados Unidos, vimos el movimiento de Occupy Wall Street y las manifestaciones de #BlackLivesMatter.

Las redes sociales también desempeñaron un papel en la política electoral… primero en la candidatura de Howard Dean en 2003, que terminó por no tener éxito, y después en la elección de Barack Obama, el primer presidente afroestadounidense, en 2008.

Sin embargo, ahora esos movimientos parecen ser el preludio de un rompimiento, activado por la tecnología, en el orden mundial. En el Reino Unido, este año, organizarse en Facebook desempeñó un papel esencial en la iniciativa alguna vez impensable para hacer que el país saliera de la Unión Europea. En Filipinas, Rodrigo Duterte, un alcalde agitador que tuvo mucho menos presupuesto que sus oponentes, logró dirigir a un enorme ejército de simpatizantes en línea para que lo ayudaran a ganar la presidencia.

El Estado Islámico ha utilizado las redes sociales con el fin de reclutar yihadistas en todo el mundo para combatir en Irak y Siria, así como para inspirar ataques terroristas en el extranjero.

En Estados Unidos, tanto Bernie Sanders, un socialista que intentó ser el candidato presidencial del Partido Demócrata, y Trump, quien alguna vez fue rechazado por la mayoría de los miembros del partido que ahora dirige, dependieron de movimientos en línea para romper con el orden establecido de la política.

¿Por qué está pasando todo eso ahora? Clay Shirky, un profesor de la Universidad de Nueva York que ha estudiado los efectos de las redes sociales, sugirió algunos motivos.

Uno es la omnipresencia de Facebook, que ha alcanzado una escala verdaderamente épica. El mes pasado, la empresa reportó que cerca de 1,8 mil millones de personas entran a la página cada mes.

Debido a que las redes sociales se alimentan de las muchas permutaciones de interacciones entre las personas, se convierten notablemente más poderosas cuando crecen. Con cerca de un cuarto de la población del mundo ahora en Facebook, las posibilidades son asombrosas.

“Cuando la tecnología se pone aburrida es cuando los efectos sociales se ponen interesantes”, dijo Shirky.

Uno de esos efectos sociales es lo que Shirky llama el “cambio de la Ventana Overton”, un término acuñado por el investigador Joseph P. Overton para describir el rango de temas que los medios tradicionales consideran asuntos públicamente aceptables para debatir.

Desde principios de los años ochenta, aproximadamente, hasta el pasado muy reciente, generalmente se consideraba insensato que los políticos adoptaran posturas poco tradicionales según la mayoría de la sociedad, cosas como llamados explícitos al prejuicio racial. No obstante, el internet revirtió esa ventana.

“El etnonacionalismo blanco se mantuvo a raya gracias a la ignorancia pluralista”, dijo Shirky. “Todas las personas que estaban sentadas en su sótano gritándole a la TV acerca de los inmigrantes —o que estaban dispuestas a decir que los cristianos blancos eran más estadounidenses que otros tipos de estadounidenses— no sabían cuántas otras personas compartían esa misma opinión”.

Gracias al internet, ahora cada persona que sostiene posturas alguna vez consideradas malignas puede ver que no está sola. Y cuando esas personas se encuentran, pueden hacer cosas: crear memes, publicaciones y mundos cibernéticos completos que refuerzan su visión del mundo y que después logran entrar en la visión establecida. Esos grupos también se convierten en blancos perfectos para personajes políticos como Trump, quienes reconocen su energía y entusiasmo y los aprovechan para tener victorias en el mundo real.

Shirky señala que la Ventana Overton no se trata solo de desplazarse a la derecha. También podemos ver cómo sucede con la izquierda. Sanders hizo campaña en torno a una plataforma anti Wall Street que habría sido impensable para un demócrata tan solo hace una década.

Ahora, después de la derrota de Hillary Clinton, el futuro de los demócratas probablemente estará determinado de igual manera por colectivos en Facebook y élites en Washington… y es probable que como resultado veamos más candidatos y posturas políticas improbables con respecto a lo que se habría observado en el pasado.

El resultado serán sucesos más inesperados. “Definitivamente tendremos más de esos candidatos insurgentes y más efectos sociales delirantes”, dijo Shirky. Trump solo es la punta del iceberg. Prepárense para una época interesante.

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Por Marta Ruiz. Tomado del NY Times en Español.- La historia está llena de ejemplos de países que se han visto abocados a la guerra, aun sin quererla, por la decisión arrogante y temeraria de sus gobiernos. Colombia parece ser el caso contrario. El Presidente Juan Manuel Santos tendrá que sacar adelante la paz, muy a pesar de que aún medio país no cree en ella.

El proceso para ponerle fin al conflicto armado con las Farc ha polarizado tan radicalmente a Colombia, que el nuevo acuerdo logrado el 12 de noviembre tendrá que ser refrendado e implementado en el congreso, sin pasar por las urnas, donde fue rechazado el pasado 2 de octubre.

Tras el plebiscito, el proceso de paz entró en un limbo peligroso, a pesar de que el cese al fuego definitivo ya estaba en marcha. Pasaron 40 días frenéticos en los que el gobierno escuchó a los líderes del No, que obtuvieron una mayoría de apenas 53.000 votos, o 0,43 por ciento de diferencia. A la cabeza del No están dos expresidentes que intentaron hacer la paz con las Farc en el pasado y fracasaron: Álvaro Uribe y Andrés Pastrana.

De aquellas reuniones salieron 410 propuestas de modificaciones, algunas de las cuales eran dardos envenenados dirigidos al corazón de la negociación. Fórmulas inaceptables en cualquier acuerdo razonable, como que la guerrilla firmara su propia sentencia para ir a prisión y que, de sobremesa, sus líderes no pudieran ir a elecciones.

Otras modificaciones buscaban agitar demonios provenientes de una lectura sesgada del acuerdo. El hecho de que este fuera el primer pacto de paz con una perspectiva amplia de género hizo que muchas iglesias vieran en él una amenaza a la familia y a los valores cristianos. O que tímidos propósitos de distribuir tierras y ofrecer titularidad a campesinos pobres pusieran a temblar a terratenientes que vieron su derecho a la propiedad privada en riesgo. Un tercer tipo de comentarios eran sobre todo jurídicos, razonables, y provenían de las cortes del país.

A los negociadores del gobierno les tocó el insólito papel de defender ante las Farc las propuestas de la oposición, en búsqueda de darle al acuerdo de paz, por vía de la concertación, la legitimidad perdida en el plebiscito. Pero se trataba de una renegociación para un nuevo acuerdo de paz, no de pedirle a las Farc una rendición. El nuevo acuerdo, a pesar de haber incorporado un 80 por ciento de las sugerencias de los opositores, fue rechazado por Uribe y los demás críticos.

Excepto por un puñado de optimistas, casi nadie en el mundo político se hacía ilusiones de que fuera posible el gran acuerdo nacional que pedía Uribe, a sabiendas de que sus propias objeciones al proceso de paz lo hacían sencillamente imposible. Dicho acuerdo nacional implicaba humillar a las Farc poniéndole obstáculos a su ingreso a la vida civil. Además los líderes del No entendieron que con su triunfo en el plebiscito del 2 de octubre tienen un capital electoral suficiente para disputar la presidencia en 2018 y no quieren desperdiciar la oportunidad.

En el fondo esas 297 páginas del acuerdo original, o las 310 que tiene el nuevo acuerdo, ponen el dedo en una vieja herida que sigue abierta en Colombia: la fractura de sus élites. Desde hace un siglo, conservadores y liberales se disputan los caminos de la modernización, de la soberanía y de las reformas.

El acuerdo de paz fue negociado durante cuatro años en La Habana no solo para que la guerrilla abandone la lucha armada, sino para cerrar, de una vez por todas, la espiral de violencia política en Colombia.

Se identificaron los puntos que han sido determinantes en la persistencia de la guerra interna: el problema campesino y la falta de una reforma agraria, la precariedad de la democracia, la fallida lucha contra el narcotráfico, la rampante impunidad ante la ley y el orden, y la reincorporación política de los excombatientes para evitar el reciclaje de la violencia.

En casi todos estos temas Uribe y los demás líderes del No son contrarios a los cambios propuestos. En sus recomendaciones defendieron el modelo económico rural, a pesar de que saben que el sector rural colombiano es uno de los más desiguales del mundo. Criticaron todas las medidas para garantizarle a las Farc y a sus bases sociales representatividad política, incluyendo la creación de un partido. Y apoyaron la infructuosa guerra contra las drogas. Por último, se negaron tercamente a reconocer los mecanismos de la justicia transicional.

Para Uribe, Pastrana y sus seguidores, la única responsable de los crímenes graves cometidos en medio siglo son las guerrillas.

Esos sectores conservadores buscan mantener un statu quo que ha hecho de Colombia un país fracturado territorial, social y políticamente.

¿Qué representa entonces Santos? La derecha liberal, moderada y modernizante que ha entendido que Colombia debe superar la violencia política para desarrollar su potencial económico.

Aunque su proyecto no ha calado lo suficiente y su decisión de evitar un nuevo plebiscito es impopular, es el único camino para no echar por la borda un acuerdo de paz tejido con filigrana.

Este nuevo acuerdo, que fue pensado para una paz estable y duradera, entrará con fórceps al ordenamiento jurídico y será atacado durante su implementación desde muchos flancos. Si quienes lo repudian ganan las elecciones del 2018, con la bandera de echarlo para atrás, Colombia se enfrenta al riesgo de un nuevo ciclo de violencia.

Dado que Santos no logró construir un consenso básico para el nuevo acuerdo, está obligado a luchar por él en los 20 meses que le quedan de gobierno.

Primero, debe mostrar victorias tempranas en la implementación, comenzando por el desarme de las Farc. Ese es un hecho contundente que puede convencer a los escépticos sobre las bondades de la paz.

Segundo, debe mantener un diálogo político con diversos sectores sociales que se sintieron excluidos en el proceso de paz, particularmente las élites locales y emergentes, reticentes a un pacto con la guerrilla y tolerantes con formas de violencia paramilitar. Sin ellas, la paz siempre será débil e inestable.

Uribe y los suyos anunciaron que se van a la calle, a buscar un referendo contra los puntos críticos del acuerdo, y a disputar la presidencia bajo la bandera de la indignación. La misma que les resultó exitosa en el plebiscito.

Todo indica, entonces, que las elecciones presidenciales del 2018 funcionarán como referendo popular de este nuevo acuerdo. Por eso, finalmente, para enfrentar a los adversarios se necesita una coalición inédita en Colombia, del centro hasta la izquierda. Esta coalición tendría la bandera de la reconciliación en sus manos, que no es poca cosa. Su éxito dependerá de que los líderes actúen con grandeza, y de que este nuevo acuerdo se convierta en realidad lo antes posible.

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Por Giovanni Décola.- Con la firma del acuerdo definitivo entre el Gobierno y las FARC, empieza una labor ardua, para hacer de la paz, un sueño posible.

Quedó demostrado  que en Colombia hay dos visiones de Estado: Una retrograda y feudalista, amiga de la guerra y de la idea de aniquilar a fuego y sangre al enemigo, en donde prevalezcan los derechos del más fuerte; y otra, amiga del diálogo y de la paz, donde las contradicciones se solucionen a través de la negociación sin renunciar a los valores sustanciales de un Estado Social de Derecho y defensor de la propiedad privada, siempre y cuando ésta, aparte de tener su función social y ecológica, haya sido adquirida de buena fe exenta de culpa.

Pese a la pírrica victoria del No en el plebiscito, al final se impuso la racionalidad y la sensatez, y ésta última visión de Estado triunfó. Los acuerdos de la Habana, fueron mejorados, luego de escucharse a todos los sectores, los del No y los del SI, y una vez sean refrendados la próxima semana por el Congreso, pasan a la fase de instrumentalización y ejecución. A Juan Manuel Santos le bastarán los casi dos años de mandato que le restan, para llevar a cabo esta tarea.

Pero lo más importante, está por venir: es la consolidación de una paz estable y duradera. Ya se avecina la carrera presidencial del 2018, y los señores promotores del NO, visto está, que no les interesa la paz, y saben que sin la perpetuidad de la guerra, sus candidatos no tienen opción de llegar   al Palacio de Nariño, con el fin de dar al traste, con la paz querida y soñada por los Colombianos.

Todas las Partidos y Movimientos Políticos que con sinceridad dieron un valeroso impulso a la paz, y junto a los sectores progresistas de nuestra sociedad, deberán unirse y defender estos acuerdos como una coraza. No nos llamemos a engaños. La derecha y ultraderecha, no renunciarán a su visión de Estado y combinarán todas las formas de lucha para dar al traste con los Acuerdos y con la Paz.

Se hace necesario convocar voluntades y elegir en el 2018 un Gobierno de transición, como lo ha pregonado las FARC, con el propósito principal de garantizar el triunfo definitivo de la Paz. En el actual escenario político veo connotadas figuras nacionales amigas de la paz. Quién tendría la osadía de negar el liderazgo y probidad de Sergio Fajardo? La honestidad y conocimiento del país de Jorge Robledo? La rebeldía y perseverancia de Gustavo Petro? La juventud y decoro de David Barguil o Juan Manuel Galán? Todos ellos, son muy importantes figuras públicas, que el país reconoce, pero quién tendrá mejor ganado el sitial para garantizar que efectivamente se consagren los acuerdos de la Habana y se llegue a una paz estable y duradera?  Sin duda, es Humberto De La Calle.

No solo, por la elemental cortesía de reconocer en él, como jefe negociador del Gobierno,  un hábil ejecutor de la voluntad de paz del pueblo colombiano y de nuestro premio Nobel, Juan Manuel Santos, Si no, que Humberto De La Calle, tiene un “aquilatado perfil de hombre justo”, que ha ido confirmando en cada uno de los cargos que ha tenido como hombre público.

Como joven abogado, se estrenó como Juez en Salamina y Chinchiná, llegando en la Rama Judicial a ser Magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. Fue Registrador Nacional del Estado Civil, Ministro de Estado, Embajador y Vicepresidente, entre muchos otros cargos. En todos demostró probidad, decencia, patriotismo y coherencia con sus ideas.

Desde niño demostró su apego por los libros. En su hoja de vida reposan doce postgrados en altos estudios. No era raro, que al mirar las horas del reloj, confundiera las luces de su cuarto con el alba del despertar, por estar leyendo sin parar, a poetas del calibre de Baudelaire y Rimbaud, o un texto jurídico de Ferri o de Carrara.

Como “monaguillo” del Nadaísmo fue un rebelde, pero con causa. De formación liberal sin profesar ningún sectarismo. Su pasado existencialista, lo lleva a evocar uno de sus tangos preferidos: “Volver”. Y Humberto De la Calle, ha vuelto para heredar junto con las fuerzas que añoran la paz, el Gobierno de Colombia, y como buen seguidor del vallenato que es, estará dispuesto a echarle “la gota fría” a quienes, insisten en hacer de Colombia, un país en guerra, para satisfacer intereses económicos inconfesables y egos muy personales.

Doctor De La Calle, empiece a hablar alto!!! Los parlantes de Colombia, están encendidos para recibir palabras de paz, de vida, de sueño, de fraternidad, de justicia, de equidad…Ese acuerdo fue el mejor posible y usted hará posible, el Gobierno de la Paz!!!

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Por Guillermo García Realpe.- Tras los adversos resultados del pasado dos de octubre cuando el pueblo colombiano en su mayoría decidió decirle no en el plebiscito a los acuerdos logrados en La Habana, el país entró en vilo, pues quienes le apostamos al sí y a la reconciliación nacional vimos cómo se hacía esquiva esa posibilidad.

Sin embargo el Presidente Juan Manuel Santos no desfalleció y siguió intentándolo, jugándose todo su capital político en la búsqueda de la paz. Fue así, como desde el alto gobierno se convocó a todos los sectores de oposición. Entonces, vimos desfilar por los pasillos del Palacio de Nariño a políticos, líderes de iglesias cristianas, y a otros tantos que fueron convocados para entre todos construir un nuevo acuerdo de paz, más incluyente, equitativo y amplio que permitiera satisfacerlos a todos.

La tarea dio resultado, la oposición  y representantes del NO, fijaron sus posiciones y a lo largo de varias semanas concluyeron sus aportes con 410 propuestas, en su mayoría encaminadas a hacer mejoras en los puntos sobre justicia, participación política y elegibilidad, equidad de género y ajustes frente al tema de tierras para que no haya expropiación de lo privado.

Ahora viene una nueva incertidumbre, la refrendación de lo nuevamente acordado. Entorno a esto han surgido propuestas de toda índole. Se habla de convocar un nuevo plebiscito, de cabildos abiertos en Asambleas y Concejos distritales y municipales. En todo caso, en mi opinión; me parece que los nuevos acuerdos deben ser refrendados por el Congreso de la República, es el poder legislativo quien representa hoy a 14 millones de colombianos de todas las regiones. No se correrían riesgos con un nuevo resultado adverso en un segundo plebiscito, el país se ahorraría cerca de $300 mil millones, cesaría tanta polarización política y quedaría listo el camino para empezar a legislarse para el posconflicto.

La tarea que viene en materia legislativa no será nada fácil, se requieren de entrada expedir más de 50 nuevas leyes que desarrollarán lo acordado en La Habana. Cualquiera que sea el escenario estamos listos para refrendar los nuevos acuerdos, porque la Paz de Colombia lo demanda todo, es un derecho prevalente.

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Por Juan Fernando Londoño.- Para hacer la paz y cerrar nuestra historia de conflicto armado se requiere una mínima dosis de generosidad, y para que esa generosidad sea auténtica, se debe construir a partir de lo que la contraparte considera necesario para dejar las armas, no de lo que nosotros creemos que podemos regalar. Como dicen las mamás, generoso no es el que regala lo que le sobra, sino el que se desprende de lo que a otro le hace falta.

En este caso, nuestra generosidad es permitir un nuevo sistema de justicia transicional para que se juzgue a todos los responsables de crímenes de lesa humanidad, autorizar penas reducidas en condiciones especiales y permitir que quienes se alzaron en armas participen en política, para que puedan defender sus ideas y traten de conseguir el respaldo popular.

Por eso, estas tres consideraciones son la base de nuestro acuerdo de paz. Sin ellas, lo que tendríamos no sería una negociación sino una rendición de las Farc, y para que esa guerrilla hubiese concedido entregarse, habría que haberla derrotado en el campo de batalla, cosa que no se logró. Los promotores del No quieren imponerle a las Farc la paz que no pudimos conseguir mediante la guerra, pero son incapaces de decirle al país que prefieren la violencia antes que una guerrilla participando en política.

Detrás del sofisma en la búsqueda de un mejor acuerdo, lo que se esconde es su afán por imponerle a las Farc unas condiciones que para ellos, que son los que van a entregar las armas, no son aceptables. Así que el verdadero conejo es el que quieren hacerle a las Farc, que hasta ahora han demostrado su voluntad de paz. Cuando uno gana la guerra, como los aliados en la Segunda Guerra Mundial, puede imponer las condiciones que quiera, pero si no se derrotó al enemigo, lo que corresponde es hacer concesiones y buscar un buen acuerdo para evitar sufrimiento innecesario y víctimas que pueden ser salvadas.

Detrás de los sectores del No hay de todo, como en botica. Algunos genuinamente creen que el comunismo es enemigo de la cristiandad, otros consideran inaceptables las concesiones que se realizan en el acuerdo, y muchos más buscan proteger sus intereses, especialmente aquellos que se benefician de la impunidad. Pero ninguno de estos sectores quiere reconocer que otro acuerdo implicaría volver al campo de batalla y negociar en otros términos. En lugar de eso, que sería lo honesto pero impopular, lo que dicen y promulgan es lo que resulta popular, pero es deshonesto, que es hacerle creer a la gente que se puede hacer una paz gratuita.

Por ahora, los líderes del Sí tendrán que actuar con la guía de la historia. Más vale tener un presidente impopular que deje un país en paz, a dejar un país ensangrentado pero gozar de buenos guarismos en las encuestas.

La legitimidad de la paz la traerán los hechos. Lo que se requiere es poner en funcionamiento los contenidos de los acuerdos y demostrar que no habrá impunidad y que es mejor tener a las Farc echando discursos que echando bala, como lo ha dicho Humberto De La Calle. La suerte está echada y en este momento, ese es el nuevo y verdadero reto.

Luego de eso veremos si los colombianos quieren hacerle conejo a la paz votando por el Uribismo en el 2018.

Director Centro de Análisis y Asuntos Públicos @JuanFdoLondono

 

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Por Amylkar D. Acosta M.- Como ya lo dijimos, el Gobierno Nacional quemó sus últimos cartuchos el pasado fin de semana intentando llegar a un acuerdo con el CEO de Gas Natural – Fenosa, empresa española con el 83% de las acciones de ELECTRICARIBE, Isidre Fainé, pero los esfuerzos resultaron infructuosos y se levantaron de la mesa sin llegar a algún avenimiento.

El Gobierno insistió en la necesidad de una capitalización de la empresa, para que esta, además de cubrir sus obligaciones vencidas con el mercado eléctrico pudiera también cumplir con su parte del Plan5Caribe, que compromete inversiones del orden de los $1.1 billones en la infraestructura del Sistema de Transmisión Local y las líneas de distribución, que son de su responsabilidad como Operador de red en la región Caribe.

Estas negociaciones se adelantaron en medio de la seguidilla de impagos, que obligaron a XM, como Administrador de la Operación del Sistema Interconectado Nacional (SIN) a poner en marcha los procesos de “limitación de suministro” del fluido eléctrico al mercado servido por ELECTRICARIBE, a la espera de que esta cubriera las garantías exigidas.

Ello significaba para los 2.5 millones de usuarios de esta empresa soportar 3 horas diarias, que podrían ampliarse a 4 horas, de racionamiento programado, que se vendrían a sumar a los no programados a los que los resignados usuarios ya están acostumbrados. El plazo límite del último de ellos se vencía el miércoles 16 de los corrientes.

Ante la inminencia del racionamiento programado, la Superintendencia se vio compelida a actuar, pues sólo ella está facultada por el artículo 59 la Ley 142 de 1994 y la Resolución 116 de 1998 de la CREG, para interrumpir o suspender el procedimiento de la “limitación de suministro”. Y la única forma de hacerlo era mediante la toma de posesión de ELECTRICARIBE y proceder en consecuencia, como en efecto lo hizo el Superintendente José Miguel Mendoza.

Dos fueron las razones invocadas por la Superintendencia de Servicios Públicos para la toma de posesión, mediante la Resolución 20161000062785 del 14 de noviembre, previo concepto favorable de la CREG: la primera que, según el reporte de la firma Deloitte, Auditora externa de ELECTRICARIBE, esta estaba en un “claro riesgo de inviabilidad financiera”, pues además de no contar con los recursos suficientes para garantizar su operación, proyectándose un déficit de caja para fin de año del orden de los $655.313 millones, sus posibilidades de acudir a la banca para su financiamiento eran cada vez “más limitadas”.

Ello entrañaba, además, un riesgo sistémico que podría llegar a afectar a todo el SIN por el efecto dominó que hubiera podido desencadenarse ante sus reiterados incumplimiento con los generadores. La segunda, tiene que ver con el incumplimiento de parte de ELECTRICARIBE tanto de la Ley 142 de 1994 como de la Ley 143 del mismo año, que establecen claramente que el servicio de energía se debe prestar con eficiencia, calidad y continuidad.

Ahora bien, esta intervención por parte de la SUPERINTENDENCIA no va a resolver como por ensalmo los problemas de la eficiencia, calidad y continuidad en la prestación del servicio, porque su solución pasa por la corrección del rezago histórico de las inversiones que han debido hacerse en su momento y no se hicieron. De allí la premura con que debe ejecutarse el Plan5Caribe que apunta a la solución del problema estructural.

Por lo pronto, la toma de posesión de ELECTRICARIBE nos libra de los racionamientos programados que venían en camino, habida cuenta que ya se tienen pólizas vencidas por valor de $165.905 millones, las cuales serán cubiertas por la nueva administración, encabezada por su Presidente Edgardo Sojo y el Agente Especial Javier Lastra, apelando a un préstamo por parte del Fondo Empresarial por valor de $120.000 millones, que ya está en trámite para solventarlo.

Hay que entender que esta intervención por parte de ELECTRICARIBE, que dio lugar a la toma de posesión no es el punto de llegada sino el punto de partida, en procura de la solución definitiva de la problemática de ELECTRICARIBE, empresa esta que se ha convertido en una pesadilla para la región Caribe.

La Superintendencia se va a tomar cuatro meses, aproximadamente, antes de tomar la decisión con respecto al carácter de su toma de posesión, para definir si esta se va a limitar a la reorganización y refinanciación de la empresa, para lo cual cuenta con el apoyo de la consultora estadounidense Treta Tech o si va más allá, disponiendo su liquidación para dar paso a un nuevo Operador. 

Bogotá, noviembre 20 de 2016

www.fnd.org.co

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Por Jorge Enrique Robledo.- Una de mis tareas más gratas en el Senado fue la realización de la audiencia Por qué defender la ciencia en Colombia, en la que, con la invaluable participación de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, presentaron ponencias trece de los más destacados científicos y especialistas nacionales en el tema (http://bit.ly/2glYHMk).

La primera gran conclusión fue el pésimo nivel del desarrollo científico nacional, cualquiera sea el indicador que se utilice. Colombia se ubica entre los peores países en cuanto a la inversión en Investigación y Desarrollo, en el número de investigadores por cada millón de habitantes, en publicaciones en revistas científicas y en solicitudes de patentes, en fin, en todo (http://bit.ly/2f9RUnc). Un fracaso indiscutible, doctor Alejandro Gaviria, ¿o no?

Esto no sucede porque los colombianos estemos menos dotados genéticamente que las personas de los países que jalonan el progreso científico mundial, como afirman las concepciones racistas, sino porque en Colombia nunca, ningún gobierno, se ha propuesto promover de verdad el avance de la ciencia. Una verdad en buena medida derivada de que tampoco nunca, ningún gobierno, se ha fijado como objetivo desarrollar en serio el aparato industrial y agropecuario, condenando al país, en especial desde 1990, con la globalización neoliberal, a pagarse las importaciones de todo tipo de bienes de producción compleja con los dólares de las exportaciones de materias primas agrícolas y mineras.

Entre las conclusiones a las que se llegó en la audiencia hay otra que escandaliza incluso todavía más: el documento Conpes en elaboración, que supuestamente debe orientar cómo se promoverá el progreso de la ciencia en el país, no versa sobre ciencia sino sobre innovación, que es otra cosa, con su importancia, sin duda, pero de naturaleza diferente. Y un ridículo de este calibre, del que solo se salva el gobierno por los grandes poderes que lo protegen a cambio de privilegios, es ordenado por la OCDE, que tiene entre sus objetivos mantenerles a las potencias económicas el monopolio sobre los mayores avances de la ciencia, la base insustituible de todo progreso. Con otros mecanismos, al atraso también nos condenó la Colonia española.

Y se denunció que los recursos para ciencia de la ley de regalías no han ido a financiarla sino a pagar los afanes políticos y fiscales de los gobernadores, como en el Senado advertimos que sucedería (http://bit.ly/2g2t8qn). De ahí que cayeran tan mal entre los científicos colombianos las afirmaciones de la directora de Colciencias, Yaneth Giha, quien cometió el imperdonable error de echarles la culpa de por qué la plata de las regalías para ciencia se gasta en otras cosas. La verdad de lo que ocurre la explicó Moisés Wasserman en artículo publicado, por casualidad en esa fecha (http://bit.ly/2glSi3I), el mismo día en que se anunció que habían nombrado a doña Yaneth ministra de Educación. ¡¡¡Santos!!!

De otra parte, aunque hasta violó la ley intentando no hacerlo, el gobierno se vio obligado a intervenir a Electricaribe Gas Natural Fenosa, dado el descarado incumplimiento de sus deberes, hasta el punto de poder causarle apagones generales de tres horas diarias a la Costa Caribe. Pero las cosas pueden empeorarse. Primero, porque la empresa necesita capitalizarse en una suma enorme, que los españoles se niegan a aportar, como es su obligación, buscando que la plata la pongan los usuarios con alzas en las tarifas o el país vía recursos públicos. Segundo, porque ya la trasnacional, con esos fines, inició una enorme demanda contra Colombia en el Ciadi, tribunal del Banco Mundial descaradamente sesgado a favor de las trasnacionales. Y tercero, porque empezó en la prensa española una campaña de matoneo contra el país y a favor de las andanzas de Gas Natural Fenosa, a pesar de que esta ya actuó así, indebidamente, en Centro América.

Por último, es evidente que el nuevo acuerdo de La Habana incluyó numerosos reclamos de los voceros del No, aunque no todos. El Polo le mantiene su apoyo al proceso. Y hago votos para se logre un acuerdo nacional de respaldo, para lo que puede servir la figura de dejar constancia sobre desacuerdos insolubles, válida para este efecto. Sería malísimo para el país que no le permitieran superar esta controversia y que las elecciones del 2018 también se centraran en ella, convirtiéndola en cortina de humo para no debatir los demás problemas nacionales, causados por las pésimas decisiones en las que sí se han puesto de acuerdo todos los que siempre han mandado en Colombia.

Bogotá, 18 de noviembre de 2016.

@JERobledo

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Por Diego González.- Una de las principales conquistas del derecho penal moderno es el principio de la individualidad  de la responsabilidad penal, en virtud del cual la pena solo puede afectar al sujeto que realizó el hecho punible y en ningún caso a los miembros de su familia.

Sin embargo esto no siempre fue así, anteriormente el derecho penal se circunscribía a la idea de que todos los seres humanos estaban manchados por el pecado original por ser hijos de Adan y Eva, así las cosas el hombre era responsable no sólo por los actos que el cometiera sino  por los cometidos por sus antepasados.

Para el maestro Nodier Agudelo está era una forma de venganza privada desproporcionada e indiscriminada contra los miembros de la tribu a la cual pertenecía el ofensor.

Afortunadamente la Revolución Francesa logró superar tal injusticia y dio los primeros pasos con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en donde consagró en sus artículos 7, 8 y 9, la presunción de inocencia, el principio de legalidad y la necesidad de la Pena.

Finalmente fue en la reforma propuesta al procedimiento penal de la época, en donde se consagró expresamente el principio de personalidad de la pena en los siguientes términos " siendo el crimen personal, la ejecución de un culpable no imprimirá ninguna deshonra para su familia. El honor de aquellos que pertenecen a ella no se considerará en absoluto manchado y podrán ser admitidos a todo tipo de profesiones, empleos o dignidades". 

Es así como en nuestros días cada sujeto debe responder por los delitos que cometa y las consecuencias no pueden ser extensivas a su familia, ningún hijo debe responder por lo que hagan sus padres y a ningún ciudadano se le puede reprochar por ocupar ningún cargo o ejercer ninguna profesión por el simple hecho de tener una relación de consanguinidad con el autor de un delito. 

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Por Jairo Gómez.- Resignados, en los países del Tercer mundo caímos en la ideología del mercado sin que, al parecer, se viera una luz al final del túnel. Y, ¡Oh Sorpresa!, la potencia económica más importante del mundo eligió a un populista de derecha.

Recientemente en un debate escuché la definición de populismo: es la manera facilista de resolver problemas complejos con soluciones simples. Y en política eso cuenta: hay populismos de Derecha y de Izquierda.

Y hay quienes matizan su posición y se hacen llamar de Centro, también de Derecha y de Izquierda. Podríamos decir que el Centro, el de la corbata bien puesta y de buenos modales, es el fiel cumplidor de los ajustes fiscales, del buen manejo de las cifras macroeconómicas, pero además de las recomendaciones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Bien, empecemos por estos últimos. Estos gobiernos políticamente correctos pero atiborrados de tecnócratas “apolíticos” se pasan la vida en eso: definiendo políticas económicas en detrimento de la mayoría de la población. Disfrazan con palabras técnicas que no están al alcance del ciudadano de a pie medidas antipopulares: recorte del gasto, reducción del déficit fiscal, sostenibilidad macroeconómica, etc. Esto es, menos inversión social, clavarle impuestos al pueblo, etc. Secretismo y cero rendición de cuentas es el común denominador. Son refractarios a la crítica y sus mejores aliados, los medios de comunicación, que tragan entero, no mastican, y en la mayoría de los casos son propiedad de quienes regulan la economía, no pisan callos.

Y así se pasan la vida, estos gobiernos “responsables” del Centro. Gobiernos que prometen y no cumplen. Mientras tanto, crece la desigualdad, la exclusión, cero ascenso social, la gente se muere en las puertas de los hospitales, las oportunidades son más escasas o no hay, el trabajo cada día es más precario, los campesinos miserables y, lo peor, con sus políticas se perpetúa la premisa de que “el que nace pobre muere pobre”. Y, por supuesto, los ricos cada día son más ricos.

Resignados, en los países del tercer mundo caímos en la ideología del mercado sin que, al parecer, se viera una luz al final del túnel. Y, ¡Oh Sorpresa!, la potencia económica más importante del mundo eligió a un populista de Derecha. En el país en donde se concibió el famoso consenso de Washington: la austeridad fiscal, la privatización y la liberalización de los mercados.  

Donald Trump, el anti político, hizo la lectura políticamente incorrecta y le habló al ciudadano estadounidense de la exclusión laboral, de la precariedad de sus ingresos y, de entrada, le dio un golpe conceptual a la intocable ideología neoliberal: “primero el trabajador americano” y “vamos recuperar los puestos de trabajo que se fueron de este país”. Sin titubeos anunció que cerrará fronteras económicas, renegociará los Tratados de Libre Comercio, le plantará cara a su mayor acreedor que es la China y, pensando en los pobres de su país, reactivará el empleo mediante la inversión pública para consolidar el sueño americano, a lo Keynes.

Qué paradoja, a los regímenes de Izquierda de América Latina, que se le adelantaron a Trump desde la década anterior, los analistas y medios de comunicación los satanizan y califican de populistas por pretender buscarle “soluciones simples” a problemas estructurales. Pero esos son problemas que, como pudimos constatar con el triunfo del populismo de Derecha en las urnas, padece la potencia económica más importante del planeta. Eso piensan cuando menos, los más de 60 millones de estadounidenses que eligieron al impredecible magnate.

¿Cuándo le tocará a Colombia tener un líder que le pegue una patada al tablero y remueva las ideas centrócratas de quienes nos gobiernan? Porque aquí estamos mamados de que los “políticamente correctos” justifiquen la desigualdad, la concentración de la riqueza, la falta de oportunidades, la informalidad laboral; de que el pueblo se muera, además de hambre, en las puertas de los hospitales; sí, estamos mamados de la corrupción y de que los mismos de siempre y con la misma gente gobiernen este país. Etcétera, y más etcéteras…

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Por Jorge Gómez Pinilla.- Escribo esto para defenderme de una columna que escribí para Las 2 Orillas, y la historia es como sigue:

El pasado 23 de octubre mi amigo y colega Iván Gallo publicó este post en su muro: “Yo no voy a marchar contra Uribe. Ya no más marchas del odio. Con las que convoca el Centro Democrático tenemos”. En respuesta le envié una columna que escribí, titulada ‘Del no más FARC al No más Uribe’, y le dije que me agradaría contrastar sus pareceres con los míos, y él me invitó a que escribiera para su portal exponiendo por qué soy partidario de la marcha No Más Uribe, que está sonando duro en las redes sociales y se anuncia para el 2 de diciembre.

El pasado lunes festivo envié la columna a Las 2 Orillas, titulada ‘La marcha contra Uribe es para salvar la paz’. Justo ayer martes 15 la vi publicada hacia el mediodía y lo primero que noté fue la agresiva imagen que usaron para ilustrarla, una mano roja que pareciera estar dándole una cachetada al rostro de Uribe. Tampoco me pareció acertado que en el encabezado dijeran “el periodista Jorge Gómez convoca el próximo 2 de diciembre una (sic) movilización para repudiar al ex presidente”, pues ni el propósito de la marcha es para repudiarlo (al menos la columna no lo dice) ni escribí eso para convocar a nadie, solo para exponer mis puntos de vista. Allí mismo hice expresa claridad en que no soy “el organizador”, como equivocadamente me vio Carolina Sanín. Y agregué: “Es más, no conozco a los organizadores, y la única referencia que tengo es una dirección de correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.”.

Le escribí entonces a Iván por el Messenger de FB, exponiéndole mis argumentos: “Aquí entre nos, me parece muy agresiva la imagen de esa mano roja sobre la cara de Uribe. Otra cosa, yo no estoy convocando a esa marcha, dije adentro que no soy el organizador. Para nada quiero que se me vea en plan agitacional. Eso de decir que yo la convoco me puede exponer a retaliaciones, no necesariamente de Uribe pero sí de sus "fans".” Y rematé con esto: “Disculpará el atrevimiento, ¿no será posible dejar el título original?”.

Unos minutos después Iván respondió diciendo “OK, ahora hacemos los cambios”. Pero se llegó la hora del cierre de mi columna para El Espectador y viendo que la publicación de Las 2 Orillas permanecía inalterada y eso me podía perjudicar, decidí cambiar de tema y escribir una columna que me defendiera de lo que me publicaron. Aunque no comparto la opinión de Gallo sobre la marcha, me pareció más seria y argumentada que la de Carolina Sanín cuando dijo “Yo no marcho contra Uribe. Me parece que es lo mismo que hacerse una paja pensando en Uribe, y no me hago pajas con rabia. Ni me las hago en público”.

No estoy entre los que dedican tiempo a pensar cómo se masturba Carolina Sanín, pero sí soy de los que acogió entusiasta la idea de esa marcha, como ya se sabe. Para sustentar mi apoyo quise acudir a los argumentos que expuse en El Espectador, cuando apareció esta columna de Antonio Caballero donde dice: “Uribe no tiene la menor intención de contribuir a la paz, por la sencilla razón de que no quiere que haya paz en Colombia. Y a la tentativa de que la haya quiere romperle el pescuezo”. ¿Y en qué se basa para decirlo? En que “lo que busca Uribe y aspira a lograr por extenuación del adversario, es un pacto nacional contra la paz”.

Esto es prístina claridad, y me niego a entender que haya gente ubicada en el centro o a la izquierda del espectro político que no entienda la urgencia de enfrentar ese inminente peligro, y la única salida de la que vienen hablando los más lúcidos analistas –León Valencia, Daniel Samper Ospina, Matador, Daniel Coronell o Germán Ayala Osorio- es la movilización popular.

Debemos diferenciar entre las marchas espontáneas de universitarios que desde el 2 de octubre se vienen dando a favor del “Acuerdo YA”, y lo que sería una marcha contra una persona en particular, que es lo que al parecer les provoca erisipela a ciertos conspicuos miembros de la ‘Intelligentsia’ de nuestro país, una de cuyas particularidades consiste en que lo que no se les ocurre a ellos, no les parece inteligente. (Y esto va para Sanín, no para Gallo).

Para decirlo sin ambages, se trata es de enfrentar el fenómeno que encarna Álvaro Uribe, no de repudiarlo a él porque SÍ. Es lo mismo que si desde el lado de la democracia el país tomara conciencia y decidiera enfrentar el fenómeno conocido como la Mano negra, para manifestar que no está dispuesto a tolerar más actos desestabilizadores o subversivos con apariencia de libre juego democrático, como cuando inundaron Internet y las redes sociales de propaganda sucia infestada de montajes fotográficos y con base en mentiras o falsos temores (como el de la “dictadura homosexual”) alinearon a los pastores evangélicos y cristianos para que pusieran a sus obedientes ‘rebaños’ a votar por el NO en el plebiscito. Para esa clase de gente necesitada de quién la conduzca, la palabra del pastor es la palabra de Dios.

Parodiando al corrupto exprocurador Alejando Ordóñez (tan corrupto que fue destituido), esa Mano negra nos la están metiendo sin vaselina y ya es tiempo de decir NO MÁS.

El mismo Gallo de pelea arriba citado escribió esto en su muro de Facebook el miércoles 9 de noviembre, siendo las 6:30 de la hora en que la mar se enluta: “Todo está dado para que Alejandro Ordoñez sea el nuevo presidente de Colombia”. Tan de acuerdo estoy con él, que uno no entiende por qué frente al altruista propósito de decir NO MÁS a la caverna que quiere lanzarnos de nuevo a la guerra, todavía hay personas que en lugar de sumar… restan.

DE REMATE: Modestia aparte, no puedo pasar por alto que el pasado 20 de septiembre -42 días antes de la elección- escribí la columna Trump va a ganar, donde expuse los ocho factores que a mi modo de ver le darían (dieron) el triunfo final al empresario. Ofrézcome como profeta, dos profecías por el precio de una.

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Por Farhad Manjoo. Foto: Gary Allard.- Mientras la industria de la tecnología se enfrentaba a la realidad de una elección presidencial que no salió como lo esperaba, muchos en Silicon Valley dieron con la idea de que la información falsa que se transmite en línea fue un factor significativo en el resultado de la contienda.

Rápidamente, tanto Google como Facebook alteraron sus políticas de publicidad para prohibir explícitamente que los sitios de noticias falsas generen dinero a partir de mentiras. Es muy probable que se trate de una solución importante, aunque haya llegado demasiado tarde. El internet ha reducido nuestro entendimiento colectivo de la verdad, y las iniciativas para combatir esa tendencia desalentadora obviamente valen la pena.

Sin embargo, sería un error que el único hallazgo de esa investigación sean las noticias falsas. De hecho, los peligros que presentan las noticias falsas solo son un síntoma de una verdad más profunda que ahora se ha hecho obvia en todo el mundo: con miles de millones de personas pegadas a Facebook, WhatsApp, WeChat, Instagram, Twitter, Weibo y otros servicios populares, las redes sociales se han convertido en una fuerza política y cultural cada vez más poderosa, a tal punto que sus efectos ahora están comenzando a alterar el desarrollo de los sucesos mundiales.

La elección de Donald Trump quizá sea la ilustración más contundente hasta ahora de que, en todo el planeta, las redes sociales están ayudando a reconfigurar de manera fundamental a la sociedad humana. Han subsumido y abatido a los medios tradicionales. Han deshecho las ventajas políticas tradicionales como la recolección de fondos y el acceso a la publicidad. Están desestabilizando y remplazando instituciones de la vieja escuela, así como formas establecidas de hacer las cosas, incluyendo a los partidos políticos, las organizaciones transnacionales y las prohibiciones sociales implícitas contra las expresiones flagrantes de racismo y xenofobia.

Y, lo más importante, debido a que estos servicios permiten que la gente se comunique entre sí con más libertad, están ayudando a crear organizaciones sociales sorprendentemente influyentes entre los grupos que alguna vez estuvieron marginados. Estos movimientos sociales ad hoc varían ampliamente en forma, desde los supremacistas blancos de derecha en Estados Unidos hasta los simpatizantes del brexit en el Reino Unido. Pero cada uno, a su propia manera, ahora está ejerciendo un poder que antes se creía impensable, lo cual resulta en espasmos geopolíticos impredecibles y a veces desestabilizadores.

“Ahora hay miles de millones de personas en internet, y la mayor parte de ellas no están felices con el orden establecido”, dijo Ian Bremmer, el presidente del Grupo Eurasia, una firma de investigación que predice riesgos mundiales. “Creen que su gobierno local es autoritario. Creen que están en el lado incorrecto del sistema. Están agraviados por las políticas de identidad y una clase media vacía”.

Muchos factores explicaron la victoria de Trump: la ansiedad de la economía de la clase media en las zonas industriales de Estados Unidos; un deseo de algún tipo de cambio en la dirección del país y una mezcla de racismo, xenofobia y sexismo latentes en todo el electorado. No obstante, como incluso lo reconoció Trump en una entrevista en 60 Minutes después de su victoria, las redes sociales desempeñaron un papel determinante en la contienda.

En el pasado, dijo Bremmer, las preocupaciones de los simpatizantes de Trump pudieron haber sido ignoradas y su candidatura habría fracasado casi de manera definitiva. Después de todo, casi todos los expertos lo descartaron de manera universal, y enfrentó desventajas en temas como el dinero recaudado, la organización y el acceso al conocimiento de la política tradicional. Sin embargo, al emitir un mensaje que resonó con el electorado en internet, Trump hackeó el orden político establecido.

“Mediante esta nueva tecnología, la gente ahora tiene el poder de expresar sus quejas y de seguir a las personas que consideran hacen eco de esos agravios”, dijo Bremmer. “Si no fuera por las redes sociales, no creo que Trump hubiera ganado”.

Para la gente que prefiere un mundo ordenado y predecible, esto es lo más aterrador acerca de Facebook: no que pueda estar lleno de mentiras (un problema que posiblemente podría resolverse), sino que su alcance le da el poder real de cambiar la historia de maneras audaces e impredecibles.

Sin embargo, ese es el punto en el que nos encontramos. Es hora de empezar a reconocer que las redes sociales en realidad se están convirtiendo en las fuerzas transformadoras del mundo que sus creadores prometieron que serían desde hace mucho tiempo… es hora de preocuparnos, en vez de entusiasmarnos, por los enormes cambios sociales que podrían provocar.

A lo largo de gran parte de la última década, hemos visto cómo surgen en todo el mundo movimientos sociales progresivos que reciben el poder del internet. Hubo una Revolución Verde en Irán, seguida por la Primavera Árabe en Medio Oriente y el norte de África. En Estados Unidos, vimos el movimiento de Occupy Wall Street y las manifestaciones de #BlackLivesMatter.

Las redes sociales también desempeñaron un papel en la política electoral… primero en la candidatura de Howard Dean en 2003, que terminó por no tener éxito, y después en la elección de Barack Obama, el primer presidente afroestadounidense, en 2008.

Sin embargo, ahora esos movimientos parecen ser el preludio de un rompimiento, activado por la tecnología, en el orden mundial. En el Reino Unido, este año, organizarse en Facebook desempeñó un papel esencial en la iniciativa alguna vez impensable para hacer que el país saliera de la Unión Europea. En Filipinas, Rodrigo Duterte, un alcalde agitador que tuvo mucho menos presupuesto que sus oponentes, logró dirigir a un enorme ejército de simpatizantes en línea para que lo ayudaran a ganar la presidencia.

El Estado Islámico ha utilizado las redes sociales con el fin de reclutar yihadistas en todo el mundo para combatir en Irak y Siria, así como para inspirar ataques terroristas en el extranjero.

En Estados Unidos, tanto Bernie Sanders, un socialista que intentó ser el candidato presidencial del Partido Demócrata, y Trump, quien alguna vez fue rechazado por la mayoría de los miembros del partido que ahora dirige, dependieron de movimientos en línea para romper con el orden establecido de la política.

¿Por qué está pasando todo eso ahora? Clay Shirky, un profesor de la Universidad de Nueva York que ha estudiado los efectos de las redes sociales, sugirió algunos motivos.

Uno es la omnipresencia de Facebook, que ha alcanzado una escala verdaderamente épica. El mes pasado, la empresa reportó que cerca de 1,8 mil millones de personas entran a la página cada mes.

Debido a que las redes sociales se alimentan de las muchas permutaciones de interacciones entre las personas, se convierten notablemente más poderosas cuando crecen. Con cerca de un cuarto de la población del mundo ahora en Facebook, las posibilidades son asombrosas.

“Cuando la tecnología se pone aburrida es cuando los efectos sociales se ponen interesantes”, dijo Shirky.

Uno de esos efectos sociales es lo que Shirky llama el “cambio de la Ventana Overton”, un término acuñado por el investigador Joseph P. Overton para describir el rango de temas que los medios tradicionales consideran asuntos públicamente aceptables para debatir.

Desde principios de los años ochenta, aproximadamente, hasta el pasado muy reciente, generalmente se consideraba insensato que los políticos adoptaran posturas poco tradicionales según la mayoría de la sociedad, cosas como llamados explícitos al prejuicio racial. No obstante, el internet revirtió esa ventana.

“El etnonacionalismo blanco se mantuvo a raya gracias a la ignorancia pluralista”, dijo Shirky. “Todas las personas que estaban sentadas en su sótano gritándole a la TV acerca de los inmigrantes —o que estaban dispuestas a decir que los cristianos blancos eran más estadounidenses que otros tipos de estadounidenses— no sabían cuántas otras personas compartían esa misma opinión”.

Gracias al internet, ahora cada persona que sostiene posturas alguna vez consideradas malignas puede ver que no está sola. Y cuando esas personas se encuentran, pueden hacer cosas: crear memes, publicaciones y mundos cibernéticos completos que refuerzan su visión del mundo y que después logran entrar en la visión establecida. Esos grupos también se convierten en blancos perfectos para personajes políticos como Trump, quienes reconocen su energía y entusiasmo y los aprovechan para tener victorias en el mundo real.

Shirky señala que la Ventana Overton no se trata solo de desplazarse a la derecha. También podemos ver cómo sucede con la izquierda. Sanders hizo campaña en torno a una plataforma anti Wall Street que habría sido impensable para un demócrata tan solo hace una década.

Ahora, después de la derrota de Hillary Clinton, el futuro de los demócratas probablemente estará determinado de igual manera por colectivos en Facebook y élites en Washington… y es probable que como resultado veamos más candidatos y posturas políticas improbables con respecto a lo que se habría observado en el pasado.

El resultado serán sucesos más inesperados. “Definitivamente tendremos más de esos candidatos insurgentes y más efectos sociales delirantes”, dijo Shirky. Trump solo es la punta del iceberg. Prepárense para una época interesante.

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Por Marta Ruiz. Tomado del NY Times en Español.- La historia está llena de ejemplos de países que se han visto abocados a la guerra, aun sin quererla, por la decisión arrogante y temeraria de sus gobiernos. Colombia parece ser el caso contrario. El Presidente Juan Manuel Santos tendrá que sacar adelante la paz, muy a pesar de que aún medio país no cree en ella.

El proceso para ponerle fin al conflicto armado con las Farc ha polarizado tan radicalmente a Colombia, que el nuevo acuerdo logrado el 12 de noviembre tendrá que ser refrendado e implementado en el congreso, sin pasar por las urnas, donde fue rechazado el pasado 2 de octubre.

Tras el plebiscito, el proceso de paz entró en un limbo peligroso, a pesar de que el cese al fuego definitivo ya estaba en marcha. Pasaron 40 días frenéticos en los que el gobierno escuchó a los líderes del No, que obtuvieron una mayoría de apenas 53.000 votos, o 0,43 por ciento de diferencia. A la cabeza del No están dos expresidentes que intentaron hacer la paz con las Farc en el pasado y fracasaron: Álvaro Uribe y Andrés Pastrana.

De aquellas reuniones salieron 410 propuestas de modificaciones, algunas de las cuales eran dardos envenenados dirigidos al corazón de la negociación. Fórmulas inaceptables en cualquier acuerdo razonable, como que la guerrilla firmara su propia sentencia para ir a prisión y que, de sobremesa, sus líderes no pudieran ir a elecciones.

Otras modificaciones buscaban agitar demonios provenientes de una lectura sesgada del acuerdo. El hecho de que este fuera el primer pacto de paz con una perspectiva amplia de género hizo que muchas iglesias vieran en él una amenaza a la familia y a los valores cristianos. O que tímidos propósitos de distribuir tierras y ofrecer titularidad a campesinos pobres pusieran a temblar a terratenientes que vieron su derecho a la propiedad privada en riesgo. Un tercer tipo de comentarios eran sobre todo jurídicos, razonables, y provenían de las cortes del país.

A los negociadores del gobierno les tocó el insólito papel de defender ante las Farc las propuestas de la oposición, en búsqueda de darle al acuerdo de paz, por vía de la concertación, la legitimidad perdida en el plebiscito. Pero se trataba de una renegociación para un nuevo acuerdo de paz, no de pedirle a las Farc una rendición. El nuevo acuerdo, a pesar de haber incorporado un 80 por ciento de las sugerencias de los opositores, fue rechazado por Uribe y los demás críticos.

Excepto por un puñado de optimistas, casi nadie en el mundo político se hacía ilusiones de que fuera posible el gran acuerdo nacional que pedía Uribe, a sabiendas de que sus propias objeciones al proceso de paz lo hacían sencillamente imposible. Dicho acuerdo nacional implicaba humillar a las Farc poniéndole obstáculos a su ingreso a la vida civil. Además los líderes del No entendieron que con su triunfo en el plebiscito del 2 de octubre tienen un capital electoral suficiente para disputar la presidencia en 2018 y no quieren desperdiciar la oportunidad.

En el fondo esas 297 páginas del acuerdo original, o las 310 que tiene el nuevo acuerdo, ponen el dedo en una vieja herida que sigue abierta en Colombia: la fractura de sus élites. Desde hace un siglo, conservadores y liberales se disputan los caminos de la modernización, de la soberanía y de las reformas.

El acuerdo de paz fue negociado durante cuatro años en La Habana no solo para que la guerrilla abandone la lucha armada, sino para cerrar, de una vez por todas, la espiral de violencia política en Colombia.

Se identificaron los puntos que han sido determinantes en la persistencia de la guerra interna: el problema campesino y la falta de una reforma agraria, la precariedad de la democracia, la fallida lucha contra el narcotráfico, la rampante impunidad ante la ley y el orden, y la reincorporación política de los excombatientes para evitar el reciclaje de la violencia.

En casi todos estos temas Uribe y los demás líderes del No son contrarios a los cambios propuestos. En sus recomendaciones defendieron el modelo económico rural, a pesar de que saben que el sector rural colombiano es uno de los más desiguales del mundo. Criticaron todas las medidas para garantizarle a las Farc y a sus bases sociales representatividad política, incluyendo la creación de un partido. Y apoyaron la infructuosa guerra contra las drogas. Por último, se negaron tercamente a reconocer los mecanismos de la justicia transicional.

Para Uribe, Pastrana y sus seguidores, la única responsable de los crímenes graves cometidos en medio siglo son las guerrillas.

Esos sectores conservadores buscan mantener un statu quo que ha hecho de Colombia un país fracturado territorial, social y políticamente.

¿Qué representa entonces Santos? La derecha liberal, moderada y modernizante que ha entendido que Colombia debe superar la violencia política para desarrollar su potencial económico.

Aunque su proyecto no ha calado lo suficiente y su decisión de evitar un nuevo plebiscito es impopular, es el único camino para no echar por la borda un acuerdo de paz tejido con filigrana.

Este nuevo acuerdo, que fue pensado para una paz estable y duradera, entrará con fórceps al ordenamiento jurídico y será atacado durante su implementación desde muchos flancos. Si quienes lo repudian ganan las elecciones del 2018, con la bandera de echarlo para atrás, Colombia se enfrenta al riesgo de un nuevo ciclo de violencia.

Dado que Santos no logró construir un consenso básico para el nuevo acuerdo, está obligado a luchar por él en los 20 meses que le quedan de gobierno.

Primero, debe mostrar victorias tempranas en la implementación, comenzando por el desarme de las Farc. Ese es un hecho contundente que puede convencer a los escépticos sobre las bondades de la paz.

Segundo, debe mantener un diálogo político con diversos sectores sociales que se sintieron excluidos en el proceso de paz, particularmente las élites locales y emergentes, reticentes a un pacto con la guerrilla y tolerantes con formas de violencia paramilitar. Sin ellas, la paz siempre será débil e inestable.

Uribe y los suyos anunciaron que se van a la calle, a buscar un referendo contra los puntos críticos del acuerdo, y a disputar la presidencia bajo la bandera de la indignación. La misma que les resultó exitosa en el plebiscito.

Todo indica, entonces, que las elecciones presidenciales del 2018 funcionarán como referendo popular de este nuevo acuerdo. Por eso, finalmente, para enfrentar a los adversarios se necesita una coalición inédita en Colombia, del centro hasta la izquierda. Esta coalición tendría la bandera de la reconciliación en sus manos, que no es poca cosa. Su éxito dependerá de que los líderes actúen con grandeza, y de que este nuevo acuerdo se convierta en realidad lo antes posible.

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Por Giovanni Décola.- Con la firma del acuerdo definitivo entre el Gobierno y las FARC, empieza una labor ardua, para hacer de la paz, un sueño posible.

Quedó demostrado  que en Colombia hay dos visiones de Estado: Una retrograda y feudalista, amiga de la guerra y de la idea de aniquilar a fuego y sangre al enemigo, en donde prevalezcan los derechos del más fuerte; y otra, amiga del diálogo y de la paz, donde las contradicciones se solucionen a través de la negociación sin renunciar a los valores sustanciales de un Estado Social de Derecho y defensor de la propiedad privada, siempre y cuando ésta, aparte de tener su función social y ecológica, haya sido adquirida de buena fe exenta de culpa.

Pese a la pírrica victoria del No en el plebiscito, al final se impuso la racionalidad y la sensatez, y ésta última visión de Estado triunfó. Los acuerdos de la Habana, fueron mejorados, luego de escucharse a todos los sectores, los del No y los del SI, y una vez sean refrendados la próxima semana por el Congreso, pasan a la fase de instrumentalización y ejecución. A Juan Manuel Santos le bastarán los casi dos años de mandato que le restan, para llevar a cabo esta tarea.

Pero lo más importante, está por venir: es la consolidación de una paz estable y duradera. Ya se avecina la carrera presidencial del 2018, y los señores promotores del NO, visto está, que no les interesa la paz, y saben que sin la perpetuidad de la guerra, sus candidatos no tienen opción de llegar   al Palacio de Nariño, con el fin de dar al traste, con la paz querida y soñada por los Colombianos.

Todas las Partidos y Movimientos Políticos que con sinceridad dieron un valeroso impulso a la paz, y junto a los sectores progresistas de nuestra sociedad, deberán unirse y defender estos acuerdos como una coraza. No nos llamemos a engaños. La derecha y ultraderecha, no renunciarán a su visión de Estado y combinarán todas las formas de lucha para dar al traste con los Acuerdos y con la Paz.

Se hace necesario convocar voluntades y elegir en el 2018 un Gobierno de transición, como lo ha pregonado las FARC, con el propósito principal de garantizar el triunfo definitivo de la Paz. En el actual escenario político veo connotadas figuras nacionales amigas de la paz. Quién tendría la osadía de negar el liderazgo y probidad de Sergio Fajardo? La honestidad y conocimiento del país de Jorge Robledo? La rebeldía y perseverancia de Gustavo Petro? La juventud y decoro de David Barguil o Juan Manuel Galán? Todos ellos, son muy importantes figuras públicas, que el país reconoce, pero quién tendrá mejor ganado el sitial para garantizar que efectivamente se consagren los acuerdos de la Habana y se llegue a una paz estable y duradera?  Sin duda, es Humberto De La Calle.

No solo, por la elemental cortesía de reconocer en él, como jefe negociador del Gobierno,  un hábil ejecutor de la voluntad de paz del pueblo colombiano y de nuestro premio Nobel, Juan Manuel Santos, Si no, que Humberto De La Calle, tiene un “aquilatado perfil de hombre justo”, que ha ido confirmando en cada uno de los cargos que ha tenido como hombre público.

Como joven abogado, se estrenó como Juez en Salamina y Chinchiná, llegando en la Rama Judicial a ser Magistrado de la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia. Fue Registrador Nacional del Estado Civil, Ministro de Estado, Embajador y Vicepresidente, entre muchos otros cargos. En todos demostró probidad, decencia, patriotismo y coherencia con sus ideas.

Desde niño demostró su apego por los libros. En su hoja de vida reposan doce postgrados en altos estudios. No era raro, que al mirar las horas del reloj, confundiera las luces de su cuarto con el alba del despertar, por estar leyendo sin parar, a poetas del calibre de Baudelaire y Rimbaud, o un texto jurídico de Ferri o de Carrara.

Como “monaguillo” del Nadaísmo fue un rebelde, pero con causa. De formación liberal sin profesar ningún sectarismo. Su pasado existencialista, lo lleva a evocar uno de sus tangos preferidos: “Volver”. Y Humberto De la Calle, ha vuelto para heredar junto con las fuerzas que añoran la paz, el Gobierno de Colombia, y como buen seguidor del vallenato que es, estará dispuesto a echarle “la gota fría” a quienes, insisten en hacer de Colombia, un país en guerra, para satisfacer intereses económicos inconfesables y egos muy personales.

Doctor De La Calle, empiece a hablar alto!!! Los parlantes de Colombia, están encendidos para recibir palabras de paz, de vida, de sueño, de fraternidad, de justicia, de equidad…Ese acuerdo fue el mejor posible y usted hará posible, el Gobierno de la Paz!!!

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Por Guillermo García Realpe.- Tras los adversos resultados del pasado dos de octubre cuando el pueblo colombiano en su mayoría decidió decirle no en el plebiscito a los acuerdos logrados en La Habana, el país entró en vilo, pues quienes le apostamos al sí y a la reconciliación nacional vimos cómo se hacía esquiva esa posibilidad.

Sin embargo el Presidente Juan Manuel Santos no desfalleció y siguió intentándolo, jugándose todo su capital político en la búsqueda de la paz. Fue así, como desde el alto gobierno se convocó a todos los sectores de oposición. Entonces, vimos desfilar por los pasillos del Palacio de Nariño a políticos, líderes de iglesias cristianas, y a otros tantos que fueron convocados para entre todos construir un nuevo acuerdo de paz, más incluyente, equitativo y amplio que permitiera satisfacerlos a todos.

La tarea dio resultado, la oposición  y representantes del NO, fijaron sus posiciones y a lo largo de varias semanas concluyeron sus aportes con 410 propuestas, en su mayoría encaminadas a hacer mejoras en los puntos sobre justicia, participación política y elegibilidad, equidad de género y ajustes frente al tema de tierras para que no haya expropiación de lo privado.

Ahora viene una nueva incertidumbre, la refrendación de lo nuevamente acordado. Entorno a esto han surgido propuestas de toda índole. Se habla de convocar un nuevo plebiscito, de cabildos abiertos en Asambleas y Concejos distritales y municipales. En todo caso, en mi opinión; me parece que los nuevos acuerdos deben ser refrendados por el Congreso de la República, es el poder legislativo quien representa hoy a 14 millones de colombianos de todas las regiones. No se correrían riesgos con un nuevo resultado adverso en un segundo plebiscito, el país se ahorraría cerca de $300 mil millones, cesaría tanta polarización política y quedaría listo el camino para empezar a legislarse para el posconflicto.

La tarea que viene en materia legislativa no será nada fácil, se requieren de entrada expedir más de 50 nuevas leyes que desarrollarán lo acordado en La Habana. Cualquiera que sea el escenario estamos listos para refrendar los nuevos acuerdos, porque la Paz de Colombia lo demanda todo, es un derecho prevalente.

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Por Juan Fernando Londoño.- Para hacer la paz y cerrar nuestra historia de conflicto armado se requiere una mínima dosis de generosidad, y para que esa generosidad sea auténtica, se debe construir a partir de lo que la contraparte considera necesario para dejar las armas, no de lo que nosotros creemos que podemos regalar. Como dicen las mamás, generoso no es el que regala lo que le sobra, sino el que se desprende de lo que a otro le hace falta.

En este caso, nuestra generosidad es permitir un nuevo sistema de justicia transicional para que se juzgue a todos los responsables de crímenes de lesa humanidad, autorizar penas reducidas en condiciones especiales y permitir que quienes se alzaron en armas participen en política, para que puedan defender sus ideas y traten de conseguir el respaldo popular.

Por eso, estas tres consideraciones son la base de nuestro acuerdo de paz. Sin ellas, lo que tendríamos no sería una negociación sino una rendición de las Farc, y para que esa guerrilla hubiese concedido entregarse, habría que haberla derrotado en el campo de batalla, cosa que no se logró. Los promotores del No quieren imponerle a las Farc la paz que no pudimos conseguir mediante la guerra, pero son incapaces de decirle al país que prefieren la violencia antes que una guerrilla participando en política.

Detrás del sofisma en la búsqueda de un mejor acuerdo, lo que se esconde es su afán por imponerle a las Farc unas condiciones que para ellos, que son los que van a entregar las armas, no son aceptables. Así que el verdadero conejo es el que quieren hacerle a las Farc, que hasta ahora han demostrado su voluntad de paz. Cuando uno gana la guerra, como los aliados en la Segunda Guerra Mundial, puede imponer las condiciones que quiera, pero si no se derrotó al enemigo, lo que corresponde es hacer concesiones y buscar un buen acuerdo para evitar sufrimiento innecesario y víctimas que pueden ser salvadas.

Detrás de los sectores del No hay de todo, como en botica. Algunos genuinamente creen que el comunismo es enemigo de la cristiandad, otros consideran inaceptables las concesiones que se realizan en el acuerdo, y muchos más buscan proteger sus intereses, especialmente aquellos que se benefician de la impunidad. Pero ninguno de estos sectores quiere reconocer que otro acuerdo implicaría volver al campo de batalla y negociar en otros términos. En lugar de eso, que sería lo honesto pero impopular, lo que dicen y promulgan es lo que resulta popular, pero es deshonesto, que es hacerle creer a la gente que se puede hacer una paz gratuita.

Por ahora, los líderes del Sí tendrán que actuar con la guía de la historia. Más vale tener un presidente impopular que deje un país en paz, a dejar un país ensangrentado pero gozar de buenos guarismos en las encuestas.

La legitimidad de la paz la traerán los hechos. Lo que se requiere es poner en funcionamiento los contenidos de los acuerdos y demostrar que no habrá impunidad y que es mejor tener a las Farc echando discursos que echando bala, como lo ha dicho Humberto De La Calle. La suerte está echada y en este momento, ese es el nuevo y verdadero reto.

Luego de eso veremos si los colombianos quieren hacerle conejo a la paz votando por el Uribismo en el 2018.

Director Centro de Análisis y Asuntos Públicos @JuanFdoLondono

 

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Por Amylkar D. Acosta M.- Como ya lo dijimos, el Gobierno Nacional quemó sus últimos cartuchos el pasado fin de semana intentando llegar a un acuerdo con el CEO de Gas Natural – Fenosa, empresa española con el 83% de las acciones de ELECTRICARIBE, Isidre Fainé, pero los esfuerzos resultaron infructuosos y se levantaron de la mesa sin llegar a algún avenimiento.

El Gobierno insistió en la necesidad de una capitalización de la empresa, para que esta, además de cubrir sus obligaciones vencidas con el mercado eléctrico pudiera también cumplir con su parte del Plan5Caribe, que compromete inversiones del orden de los $1.1 billones en la infraestructura del Sistema de Transmisión Local y las líneas de distribución, que son de su responsabilidad como Operador de red en la región Caribe.

Estas negociaciones se adelantaron en medio de la seguidilla de impagos, que obligaron a XM, como Administrador de la Operación del Sistema Interconectado Nacional (SIN) a poner en marcha los procesos de “limitación de suministro” del fluido eléctrico al mercado servido por ELECTRICARIBE, a la espera de que esta cubriera las garantías exigidas.

Ello significaba para los 2.5 millones de usuarios de esta empresa soportar 3 horas diarias, que podrían ampliarse a 4 horas, de racionamiento programado, que se vendrían a sumar a los no programados a los que los resignados usuarios ya están acostumbrados. El plazo límite del último de ellos se vencía el miércoles 16 de los corrientes.

Ante la inminencia del racionamiento programado, la Superintendencia se vio compelida a actuar, pues sólo ella está facultada por el artículo 59 la Ley 142 de 1994 y la Resolución 116 de 1998 de la CREG, para interrumpir o suspender el procedimiento de la “limitación de suministro”. Y la única forma de hacerlo era mediante la toma de posesión de ELECTRICARIBE y proceder en consecuencia, como en efecto lo hizo el Superintendente José Miguel Mendoza.

Dos fueron las razones invocadas por la Superintendencia de Servicios Públicos para la toma de posesión, mediante la Resolución 20161000062785 del 14 de noviembre, previo concepto favorable de la CREG: la primera que, según el reporte de la firma Deloitte, Auditora externa de ELECTRICARIBE, esta estaba en un “claro riesgo de inviabilidad financiera”, pues además de no contar con los recursos suficientes para garantizar su operación, proyectándose un déficit de caja para fin de año del orden de los $655.313 millones, sus posibilidades de acudir a la banca para su financiamiento eran cada vez “más limitadas”.

Ello entrañaba, además, un riesgo sistémico que podría llegar a afectar a todo el SIN por el efecto dominó que hubiera podido desencadenarse ante sus reiterados incumplimiento con los generadores. La segunda, tiene que ver con el incumplimiento de parte de ELECTRICARIBE tanto de la Ley 142 de 1994 como de la Ley 143 del mismo año, que establecen claramente que el servicio de energía se debe prestar con eficiencia, calidad y continuidad.

Ahora bien, esta intervención por parte de la SUPERINTENDENCIA no va a resolver como por ensalmo los problemas de la eficiencia, calidad y continuidad en la prestación del servicio, porque su solución pasa por la corrección del rezago histórico de las inversiones que han debido hacerse en su momento y no se hicieron. De allí la premura con que debe ejecutarse el Plan5Caribe que apunta a la solución del problema estructural.

Por lo pronto, la toma de posesión de ELECTRICARIBE nos libra de los racionamientos programados que venían en camino, habida cuenta que ya se tienen pólizas vencidas por valor de $165.905 millones, las cuales serán cubiertas por la nueva administración, encabezada por su Presidente Edgardo Sojo y el Agente Especial Javier Lastra, apelando a un préstamo por parte del Fondo Empresarial por valor de $120.000 millones, que ya está en trámite para solventarlo.

Hay que entender que esta intervención por parte de ELECTRICARIBE, que dio lugar a la toma de posesión no es el punto de llegada sino el punto de partida, en procura de la solución definitiva de la problemática de ELECTRICARIBE, empresa esta que se ha convertido en una pesadilla para la región Caribe.

La Superintendencia se va a tomar cuatro meses, aproximadamente, antes de tomar la decisión con respecto al carácter de su toma de posesión, para definir si esta se va a limitar a la reorganización y refinanciación de la empresa, para lo cual cuenta con el apoyo de la consultora estadounidense Treta Tech o si va más allá, disponiendo su liquidación para dar paso a un nuevo Operador. 

Bogotá, noviembre 20 de 2016

www.fnd.org.co

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Por Jorge Enrique Robledo.- Una de mis tareas más gratas en el Senado fue la realización de la audiencia Por qué defender la ciencia en Colombia, en la que, con la invaluable participación de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, presentaron ponencias trece de los más destacados científicos y especialistas nacionales en el tema (http://bit.ly/2glYHMk).

La primera gran conclusión fue el pésimo nivel del desarrollo científico nacional, cualquiera sea el indicador que se utilice. Colombia se ubica entre los peores países en cuanto a la inversión en Investigación y Desarrollo, en el número de investigadores por cada millón de habitantes, en publicaciones en revistas científicas y en solicitudes de patentes, en fin, en todo (http://bit.ly/2f9RUnc). Un fracaso indiscutible, doctor Alejandro Gaviria, ¿o no?

Esto no sucede porque los colombianos estemos menos dotados genéticamente que las personas de los países que jalonan el progreso científico mundial, como afirman las concepciones racistas, sino porque en Colombia nunca, ningún gobierno, se ha propuesto promover de verdad el avance de la ciencia. Una verdad en buena medida derivada de que tampoco nunca, ningún gobierno, se ha fijado como objetivo desarrollar en serio el aparato industrial y agropecuario, condenando al país, en especial desde 1990, con la globalización neoliberal, a pagarse las importaciones de todo tipo de bienes de producción compleja con los dólares de las exportaciones de materias primas agrícolas y mineras.

Entre las conclusiones a las que se llegó en la audiencia hay otra que escandaliza incluso todavía más: el documento Conpes en elaboración, que supuestamente debe orientar cómo se promoverá el progreso de la ciencia en el país, no versa sobre ciencia sino sobre innovación, que es otra cosa, con su importancia, sin duda, pero de naturaleza diferente. Y un ridículo de este calibre, del que solo se salva el gobierno por los grandes poderes que lo protegen a cambio de privilegios, es ordenado por la OCDE, que tiene entre sus objetivos mantenerles a las potencias económicas el monopolio sobre los mayores avances de la ciencia, la base insustituible de todo progreso. Con otros mecanismos, al atraso también nos condenó la Colonia española.

Y se denunció que los recursos para ciencia de la ley de regalías no han ido a financiarla sino a pagar los afanes políticos y fiscales de los gobernadores, como en el Senado advertimos que sucedería (http://bit.ly/2g2t8qn). De ahí que cayeran tan mal entre los científicos colombianos las afirmaciones de la directora de Colciencias, Yaneth Giha, quien cometió el imperdonable error de echarles la culpa de por qué la plata de las regalías para ciencia se gasta en otras cosas. La verdad de lo que ocurre la explicó Moisés Wasserman en artículo publicado, por casualidad en esa fecha (http://bit.ly/2glSi3I), el mismo día en que se anunció que habían nombrado a doña Yaneth ministra de Educación. ¡¡¡Santos!!!

De otra parte, aunque hasta violó la ley intentando no hacerlo, el gobierno se vio obligado a intervenir a Electricaribe Gas Natural Fenosa, dado el descarado incumplimiento de sus deberes, hasta el punto de poder causarle apagones generales de tres horas diarias a la Costa Caribe. Pero las cosas pueden empeorarse. Primero, porque la empresa necesita capitalizarse en una suma enorme, que los españoles se niegan a aportar, como es su obligación, buscando que la plata la pongan los usuarios con alzas en las tarifas o el país vía recursos públicos. Segundo, porque ya la trasnacional, con esos fines, inició una enorme demanda contra Colombia en el Ciadi, tribunal del Banco Mundial descaradamente sesgado a favor de las trasnacionales. Y tercero, porque empezó en la prensa española una campaña de matoneo contra el país y a favor de las andanzas de Gas Natural Fenosa, a pesar de que esta ya actuó así, indebidamente, en Centro América.

Por último, es evidente que el nuevo acuerdo de La Habana incluyó numerosos reclamos de los voceros del No, aunque no todos. El Polo le mantiene su apoyo al proceso. Y hago votos para se logre un acuerdo nacional de respaldo, para lo que puede servir la figura de dejar constancia sobre desacuerdos insolubles, válida para este efecto. Sería malísimo para el país que no le permitieran superar esta controversia y que las elecciones del 2018 también se centraran en ella, convirtiéndola en cortina de humo para no debatir los demás problemas nacionales, causados por las pésimas decisiones en las que sí se han puesto de acuerdo todos los que siempre han mandado en Colombia.

Bogotá, 18 de noviembre de 2016.

@JERobledo

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Por Diego González.- Una de las principales conquistas del derecho penal moderno es el principio de la individualidad  de la responsabilidad penal, en virtud del cual la pena solo puede afectar al sujeto que realizó el hecho punible y en ningún caso a los miembros de su familia.

Sin embargo esto no siempre fue así, anteriormente el derecho penal se circunscribía a la idea de que todos los seres humanos estaban manchados por el pecado original por ser hijos de Adan y Eva, así las cosas el hombre era responsable no sólo por los actos que el cometiera sino  por los cometidos por sus antepasados.

Para el maestro Nodier Agudelo está era una forma de venganza privada desproporcionada e indiscriminada contra los miembros de la tribu a la cual pertenecía el ofensor.

Afortunadamente la Revolución Francesa logró superar tal injusticia y dio los primeros pasos con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, en donde consagró en sus artículos 7, 8 y 9, la presunción de inocencia, el principio de legalidad y la necesidad de la Pena.

Finalmente fue en la reforma propuesta al procedimiento penal de la época, en donde se consagró expresamente el principio de personalidad de la pena en los siguientes términos " siendo el crimen personal, la ejecución de un culpable no imprimirá ninguna deshonra para su familia. El honor de aquellos que pertenecen a ella no se considerará en absoluto manchado y podrán ser admitidos a todo tipo de profesiones, empleos o dignidades". 

Es así como en nuestros días cada sujeto debe responder por los delitos que cometa y las consecuencias no pueden ser extensivas a su familia, ningún hijo debe responder por lo que hagan sus padres y a ningún ciudadano se le puede reprochar por ocupar ningún cargo o ejercer ninguna profesión por el simple hecho de tener una relación de consanguinidad con el autor de un delito. 

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Por Jairo Gómez.- Resignados, en los países del Tercer mundo caímos en la ideología del mercado sin que, al parecer, se viera una luz al final del túnel. Y, ¡Oh Sorpresa!, la potencia económica más importante del mundo eligió a un populista de derecha.

Recientemente en un debate escuché la definición de populismo: es la manera facilista de resolver problemas complejos con soluciones simples. Y en política eso cuenta: hay populismos de Derecha y de Izquierda.

Y hay quienes matizan su posición y se hacen llamar de Centro, también de Derecha y de Izquierda. Podríamos decir que el Centro, el de la corbata bien puesta y de buenos modales, es el fiel cumplidor de los ajustes fiscales, del buen manejo de las cifras macroeconómicas, pero además de las recomendaciones del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional.

Bien, empecemos por estos últimos. Estos gobiernos políticamente correctos pero atiborrados de tecnócratas “apolíticos” se pasan la vida en eso: definiendo políticas económicas en detrimento de la mayoría de la población. Disfrazan con palabras técnicas que no están al alcance del ciudadano de a pie medidas antipopulares: recorte del gasto, reducción del déficit fiscal, sostenibilidad macroeconómica, etc. Esto es, menos inversión social, clavarle impuestos al pueblo, etc. Secretismo y cero rendición de cuentas es el común denominador. Son refractarios a la crítica y sus mejores aliados, los medios de comunicación, que tragan entero, no mastican, y en la mayoría de los casos son propiedad de quienes regulan la economía, no pisan callos.

Y así se pasan la vida, estos gobiernos “responsables” del Centro. Gobiernos que prometen y no cumplen. Mientras tanto, crece la desigualdad, la exclusión, cero ascenso social, la gente se muere en las puertas de los hospitales, las oportunidades son más escasas o no hay, el trabajo cada día es más precario, los campesinos miserables y, lo peor, con sus políticas se perpetúa la premisa de que “el que nace pobre muere pobre”. Y, por supuesto, los ricos cada día son más ricos.

Resignados, en los países del tercer mundo caímos en la ideología del mercado sin que, al parecer, se viera una luz al final del túnel. Y, ¡Oh Sorpresa!, la potencia económica más importante del mundo eligió a un populista de Derecha. En el país en donde se concibió el famoso consenso de Washington: la austeridad fiscal, la privatización y la liberalización de los mercados.  

Donald Trump, el anti político, hizo la lectura políticamente incorrecta y le habló al ciudadano estadounidense de la exclusión laboral, de la precariedad de sus ingresos y, de entrada, le dio un golpe conceptual a la intocable ideología neoliberal: “primero el trabajador americano” y “vamos recuperar los puestos de trabajo que se fueron de este país”. Sin titubeos anunció que cerrará fronteras económicas, renegociará los Tratados de Libre Comercio, le plantará cara a su mayor acreedor que es la China y, pensando en los pobres de su país, reactivará el empleo mediante la inversión pública para consolidar el sueño americano, a lo Keynes.

Qué paradoja, a los regímenes de Izquierda de América Latina, que se le adelantaron a Trump desde la década anterior, los analistas y medios de comunicación los satanizan y califican de populistas por pretender buscarle “soluciones simples” a problemas estructurales. Pero esos son problemas que, como pudimos constatar con el triunfo del populismo de Derecha en las urnas, padece la potencia económica más importante del planeta. Eso piensan cuando menos, los más de 60 millones de estadounidenses que eligieron al impredecible magnate.

¿Cuándo le tocará a Colombia tener un líder que le pegue una patada al tablero y remueva las ideas centrócratas de quienes nos gobiernan? Porque aquí estamos mamados de que los “políticamente correctos” justifiquen la desigualdad, la concentración de la riqueza, la falta de oportunidades, la informalidad laboral; de que el pueblo se muera, además de hambre, en las puertas de los hospitales; sí, estamos mamados de la corrupción y de que los mismos de siempre y con la misma gente gobiernen este país. Etcétera, y más etcéteras…

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Por Jorge Gómez Pinilla.- Escribo esto para defenderme de una columna que escribí para Las 2 Orillas, y la historia es como sigue:

El pasado 23 de octubre mi amigo y colega Iván Gallo publicó este post en su muro: “Yo no voy a marchar contra Uribe. Ya no más marchas del odio. Con las que convoca el Centro Democrático tenemos”. En respuesta le envié una columna que escribí, titulada ‘Del no más FARC al No más Uribe’, y le dije que me agradaría contrastar sus pareceres con los míos, y él me invitó a que escribiera para su portal exponiendo por qué soy partidario de la marcha No Más Uribe, que está sonando duro en las redes sociales y se anuncia para el 2 de diciembre.

El pasado lunes festivo envié la columna a Las 2 Orillas, titulada ‘La marcha contra Uribe es para salvar la paz’. Justo ayer martes 15 la vi publicada hacia el mediodía y lo primero que noté fue la agresiva imagen que usaron para ilustrarla, una mano roja que pareciera estar dándole una cachetada al rostro de Uribe. Tampoco me pareció acertado que en el encabezado dijeran “el periodista Jorge Gómez convoca el próximo 2 de diciembre una (sic) movilización para repudiar al ex presidente”, pues ni el propósito de la marcha es para repudiarlo (al menos la columna no lo dice) ni escribí eso para convocar a nadie, solo para exponer mis puntos de vista. Allí mismo hice expresa claridad en que no soy “el organizador”, como equivocadamente me vio Carolina Sanín. Y agregué: “Es más, no conozco a los organizadores, y la única referencia que tengo es una dirección de correo: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.”.

Le escribí entonces a Iván por el Messenger de FB, exponiéndole mis argumentos: “Aquí entre nos, me parece muy agresiva la imagen de esa mano roja sobre la cara de Uribe. Otra cosa, yo no estoy convocando a esa marcha, dije adentro que no soy el organizador. Para nada quiero que se me vea en plan agitacional. Eso de decir que yo la convoco me puede exponer a retaliaciones, no necesariamente de Uribe pero sí de sus "fans".” Y rematé con esto: “Disculpará el atrevimiento, ¿no será posible dejar el título original?”.

Unos minutos después Iván respondió diciendo “OK, ahora hacemos los cambios”. Pero se llegó la hora del cierre de mi columna para El Espectador y viendo que la publicación de Las 2 Orillas permanecía inalterada y eso me podía perjudicar, decidí cambiar de tema y escribir una columna que me defendiera de lo que me publicaron. Aunque no comparto la opinión de Gallo sobre la marcha, me pareció más seria y argumentada que la de Carolina Sanín cuando dijo “Yo no marcho contra Uribe. Me parece que es lo mismo que hacerse una paja pensando en Uribe, y no me hago pajas con rabia. Ni me las hago en público”.

No estoy entre los que dedican tiempo a pensar cómo se masturba Carolina Sanín, pero sí soy de los que acogió entusiasta la idea de esa marcha, como ya se sabe. Para sustentar mi apoyo quise acudir a los argumentos que expuse en El Espectador, cuando apareció esta columna de Antonio Caballero donde dice: “Uribe no tiene la menor intención de contribuir a la paz, por la sencilla razón de que no quiere que haya paz en Colombia. Y a la tentativa de que la haya quiere romperle el pescuezo”. ¿Y en qué se basa para decirlo? En que “lo que busca Uribe y aspira a lograr por extenuación del adversario, es un pacto nacional contra la paz”.

Esto es prístina claridad, y me niego a entender que haya gente ubicada en el centro o a la izquierda del espectro político que no entienda la urgencia de enfrentar ese inminente peligro, y la única salida de la que vienen hablando los más lúcidos analistas –León Valencia, Daniel Samper Ospina, Matador, Daniel Coronell o Germán Ayala Osorio- es la movilización popular.

Debemos diferenciar entre las marchas espontáneas de universitarios que desde el 2 de octubre se vienen dando a favor del “Acuerdo YA”, y lo que sería una marcha contra una persona en particular, que es lo que al parecer les provoca erisipela a ciertos conspicuos miembros de la ‘Intelligentsia’ de nuestro país, una de cuyas particularidades consiste en que lo que no se les ocurre a ellos, no les parece inteligente. (Y esto va para Sanín, no para Gallo).

Para decirlo sin ambages, se trata es de enfrentar el fenómeno que encarna Álvaro Uribe, no de repudiarlo a él porque SÍ. Es lo mismo que si desde el lado de la democracia el país tomara conciencia y decidiera enfrentar el fenómeno conocido como la Mano negra, para manifestar que no está dispuesto a tolerar más actos desestabilizadores o subversivos con apariencia de libre juego democrático, como cuando inundaron Internet y las redes sociales de propaganda sucia infestada de montajes fotográficos y con base en mentiras o falsos temores (como el de la “dictadura homosexual”) alinearon a los pastores evangélicos y cristianos para que pusieran a sus obedientes ‘rebaños’ a votar por el NO en el plebiscito. Para esa clase de gente necesitada de quién la conduzca, la palabra del pastor es la palabra de Dios.

Parodiando al corrupto exprocurador Alejando Ordóñez (tan corrupto que fue destituido), esa Mano negra nos la están metiendo sin vaselina y ya es tiempo de decir NO MÁS.

El mismo Gallo de pelea arriba citado escribió esto en su muro de Facebook el miércoles 9 de noviembre, siendo las 6:30 de la hora en que la mar se enluta: “Todo está dado para que Alejandro Ordoñez sea el nuevo presidente de Colombia”. Tan de acuerdo estoy con él, que uno no entiende por qué frente al altruista propósito de decir NO MÁS a la caverna que quiere lanzarnos de nuevo a la guerra, todavía hay personas que en lugar de sumar… restan.

DE REMATE: Modestia aparte, no puedo pasar por alto que el pasado 20 de septiembre -42 días antes de la elección- escribí la columna Trump va a ganar, donde expuse los ocho factores que a mi modo de ver le darían (dieron) el triunfo final al empresario. Ofrézcome como profeta, dos profecías por el precio de una.

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