Por Jorge Gómez Pinilla .- Para medir el grado de postración moral en que se encuentra Colombia, basta conocer las ‘hazañas’ de un personaje como Alejandro Ordóñez Maldonado.

¿Cómo así que el Consejo de Estado lo retiró de su cargo por haberse hecho reelegir de modo fraudulento, pero fue como si lo hubieran premiado? Mejor dicho, ¿por qué después de que lo echan se gana un puesto en la renegociación del Acuerdo de Paz? ¿Y a quién representa, si por el Partido Conservador está Martha Lucía Ramírez? Con razón dicen que en el país de los ciegos el tuerto es rey.

Si tuviera vergüenza propia estaría devolviendo el aparatoso esquema de seguridad que se adjudicó por cuatro años posteriores a su salida, sin olvidar que tras su destitución quiso evitar ser notificado y corrió a presentar renuncia al Congreso, pero allá no le pararon bolas porque ya conocen sus marrullas.

Según Semana, en artículo titulado Derroche de Seguridad, “el exprocurador cuenta con 19 escoltas y 9 carros, lo cual es una exageración y un costo enorme para los contribuyentes”. Si es así, pregunto: ¿por qué en lugar de aplicar la sanción que corresponde a quien ha obrado contra la ley o de mala fe, los medios siguen acogiendo su ‘teología de género’ como si fuera un hombre virtuoso?

Teología de género es cuando pretende justificar el detrimento patrimonial diciendo que “nosotros estamos amparados por el manto de la Virgen y por san Miguel Arcángel, que es el comandante y jefe de mi esquema de seguridad”. Hombre, en ese caso no solo podría prescindir por completo de su servicio de seguridad, sino que, ya tan cercano a San Miguel Arcángel... ¡debería encomendarle a él la seguridad del país entero!

No se trata de burlarnos de sus creencias, es que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto. Y es obligación ética del periodista lanzar una voz de alerta, máxime si de por medio está la estabilidad institucional que Ordóñez y las fuerzas oscuras que lo acompañan se empeñan en alterar, con un objetivo claro: impedir que la guerrilla se incorpore a la vida política de la nación, para que no se conozcan las verdades que saldrían a la luz pública con el tribunal de justicia previsto en la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

Teología de género fue también cuando Ordóñez comenzó a ver ‘ideología de género’ en el Acuerdo de Paz, y enfiló su artillería aplicando la teoría del enemigo imaginario que tan buenos resultados le dio al ministro nazi de la Propaganda, Joseph Goebbels. Para el caso que nos ocupa, el enemigo imaginario es la supuesta alianza ‘diabólica’ entre Santos y Timochenko, que le traería a Colombia la dictadura homosexual y el castrochavismo. Con semejante embuchado, la rancia extrema derecha que huele a naftalina logró embolatarnos la paz.

Estamos hablando además de un funcionario bajo cuya administración –según editorial de El Espectador- “convirtió el Ministerio Público en un ente hostil para los ciudadanos a los que debía proteger (…) y desperdició recursos en una cruzada organizada para obstaculizar todos los progresos en los derechos de las mujeres y las personas LGBTI”.

Cruzada, sí, con sustento religioso y propósito político. Como cuando le puso de penitencia al ‘pecador’ ex Alcalde de Medellín, Alonso Salazar, 12 años de inhabilidad para ocupar cargos públicos porque quiso crear una clínica para ayudar a mujeres a abortar en condiciones seguras, bajo los tres atenuantes permitidos por la Corte Constitucional: violación, malformación del feto o peligro para la vida de la madre. Eso para la religión que practica Ordóñez es pecado, y debía recibir castigo.

Durante sus casi ocho años de gestión Ordóñez actuó con criterio selectivo, descargando su furia sobre sus rivales políticos (Piedad Córdoba, Gustavo Petro, Juan Manuel Santos, etc.) con base en una agenda que en el último año incluyó usar los recursos del Estado para ambientar su candidatura a la presidencia por todo el paísrepartiendo regalos, como denunció en su momento La Silla Vacía. (Ver La campaña del Procurador).

Ordóñez ya salió de la Procuraduría pero su ominosa figura no deja de aparecer hasta en la sopa, y es cuando nos preguntamos si los medios olvidan su responsabilidad social al darle tanta pantalla, o si será que la Virgen María le está haciendo el milagrito que tanto le suplicó desde su tesis de grado: “la restauración del Orden Cristiano y el aplastamiento del comunismo ateo, para que brille por doquier la Fé Católica”. (Ver La tesis degrada).

Ordóñez nunca ha dejado de usar la religión para su provecho político, y en este contexto son llamativas las habilidades de camaleón que viene mostrando, como cuando acudió de la mano de su paisana la diputada homofóbica Ángela Hernández a una iglesia cristiana de garaje para ser ungido por un pastor evangélico. (Ver unción).

No poseo el privilegio de hablarle al oído a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, pero si la ocasión se presentara le recordaría que los evangélicos no le rezan a ella porque “en la Biblia no existe un solo versículo donde diga que se debe creer en María para la Salvación o para la vida eterna” (me lo dijo un evangélico), ni permiten la adoración de imágenes religiosas por considerarlo idolatría. ¿Por qué llegó entonces el católico ortodoxo Alejandro Ordóñez al extremo de apostatar de su creencia en la Virgen para dejarse ungir por un evangélico, él que asiste todos los domingos a la iglesia Los Sagrados Corazones de Jesús y María a la misa lefebvriana practicada bajo el primigenio ritual de los cristianos de las catacumbas, en riguroso latín y con el sacerdote dando la espalda a los feligreses?

Hombre, muy fácil: porque está en campaña y cualquier votico cuenta…

DE REMATE: La foto que aquí incluyo de Alejandro Ordóñez en condición de sumisa inferioridad, dejándose tocar la cabeza por un pastor evangélico en acto de unción, fue retirada de la página de Facebook de Ángela Hernández. No es difícil adivinar de dónde provino la solicitud del retiro...

@Jorgomezpinilla

 

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Por Sergio Fajardo. Tomado del NYTimes en Español.- En marzo de 2004, pocos meses después de asumir como alcalde de Medellín, llegó a mi oficina un reconocido gurú del mercadeo de ciudades. Proponía una marca para la ciudad basada en el esplendor de su eterna primavera. No nos entendimos. Medellín ya tenía una marca. El problema no era el desconocimiento, sino las razones por las que era conocida: el narcotráfico, asociado con el Cartel de Medellín que encabezó Pablo Escobar. Después de reparar en esto, concluimos que la única forma de cambiar la percepción de nuestra ciudad era lograr que el mundo viera y entendiera cómo superamos tantos años de terror.

Más de una década después, Medellín vuelve a estar de moda. La serie Narcos de Netflix nos pone de nuevo bajo los reflectores internacionales y de nuevo de la mano de Escobar y su mundo de criminalidad y barbarie.

Narcos es una versión light de una realidad profundamente compleja. La serie presenta la historia de Escobar desde la perspectiva de la DEA en la llamada Guerra contra el Narcotráfico, sin el más mínimo conocimiento ni interés por la condición de nuestra sociedad: un thriller con héroes americanos que termina por dibujar y reforzar una caricatura de país. La confusión entre hechos reales y ficción da como resultado una versión desfigurada de lo que realmente ocurrió.

Las interpretaciones de nuestra tragedia que solo reafirman un cliché facilista terminan convirtiéndose en una “verdad” enlatada para audiencias desprevenidas. El caso de Narcos nos duele, porque volver a representar a Medellín a través de Escobar y su violencia demencial es reabrir una herida que todavía no sana completamente. Preferiríamos que nos reconocieran por el arte de Botero o la música de Juanes o la bicicleta de Mariana Pajón. Y mucho más aun por la historia de cómo Medellín ha ido recuperándose del periodo que retrata Narcos.

El narcotráfico empezó en Medellín a finales de los años setenta, en una ciudad donde muchos jóvenes crecían sin oportunidades ni esperanza. Eran hijos de familias campesinas que llegaron a la ciudad huyendo de la confrontación violenta entre conservadores y liberales que dejó miles de víctimas y mucho resentimiento. La sociedad no tuvo respuestas para la realidad socioeconómica que creció en sus barrios. La desigualdad no fue entendida y mucho menos atendida.

La primera generación de narcotraficantes apareció en ese contexto. Descubrieron que la cocaína era un mercado a explotar en Estados Unidos y se dedicaron a conquistarlo.

Al comienzo, Escobar se convirtió en el “Robin Hood Paisa”:  repartió dinero a diestra y siniestra, entró a la política y soñó con ser presidente de Colombia. De su mano, muchos jóvenes buscaron en el tráfico de drogas y la criminalidad las oportunidades que no tenían, y a cambio encontraron la muerte. Después de corromper y estremecer los cimientos de nuestra sociedad, Escobar terminó solo, pistola en mano, asesinado en el techo de una casa en Medellín. Sin duda cambió el rumbo de nuestra historia ganándose, en su lugar, un capítulo estelar en la historia universal de la infamia.

Los guionistas de Narcos no hacen ni el más mínimo esfuerzo por mostrar hasta qué punto el miedo y la zozobra permearon todos los rincones de Medellín y Colombia. En los momentos culminantes en la batalla contra Escobar, en lugar de reconocer la realidad social que se vivía, presentan a César Gaviria, entonces Presidente de Colombia, como un hombre mediocre y pusilánime, e ignoran olímpicamente el valor de los colombianos que en esa época tomaron decisiones y acciones que no permitieron que el país sucumbiera ante el narcotráfico. Sin duda la ayuda internacional fue muy importante para vencer a Escobar. Pero en Colombia muchos piensan que los verdaderos enemigos son los consumidores en el exterior y que los mártires han sido los miles de colombianos que han muerto atrapados en esta guerra.

Más importante aún: Colombia y Medellín no cayeron. Resiliencia es la palabra que mejor nos describe. Medellín es un ejemplo digno de mostrar. De 380 homicidios por cada 100.000 habitantes a comienzos de los noventa, pasamos a tener hoy cerca de 20 homicidios por cada 100.000 habitantes. Todavía suceden muertes violentas, pero hemos avanzado bastante en los últimos 30 años. Después de vivir sometidos por el miedo, y gracias al sacrificio y esfuerzo de personas y organizaciones que enfrentaron lo peor, llegó el momento de la esperanza.

La esperanza se construye y surge cuando la sociedad recupera la confianza. Es una expresión de la calidad de la política, el pacto de confianza entre los líderes y los ciudadanos que permite señalar camino creíble hacia un objetivo común y tangible, y empezar a alcanzarlo.

La ruptura con la política tradicional, asociada con la corrupción, fue el pacto de confianza que hicimos en Medellín y significó un punto de quiebre. En lugar de seguir actuando bajo la premisa de que “el fin justifica los medios”, estábamos convencidos de que los medios justifican el fin. Para transformar Medellín optamos por la transparencia, y confiamos en las capacidades de las personas y las comunidades.

De esta forma empezamos a recorrer el camino hacia una profunda transformación de la ciudad a través de una combinación de ética, política y estética. Las comunidades fueron los actores principales de nuestros programas sociales, basados en el criterio “lo más bello para los más humildes”.

¿El resultado? Construimos nuevos colegios, parques-bibliotecas, viviendas, centros de salud, canchas deportivas, centros de emprendimiento barrial, espacios culturales. El Parque Explora, dedicado a la divulgación de la ciencia, y el Parque del Emprendimiento se convirtieron en nuevos símbolos urbanos. Esta transformación de los espacios públicos le cambió la piel a la ciudad. Y todo fue apuntalado con programas de desarrollo humano, becas para estudios universitarios que apoyaron la reinserción de autodefensas y crearon un futuro mejor para los jóvenes.

Al mismo tiempo, sacudimos algunas de nuestras tradiciones más retrógradas como los reinados de belleza, típicos de Medellín, que convertimos en concursos de talento para las jóvenes, en contraposición con la idea de que la belleza física es un requisito para ser aceptadas en la sociedad.

Este conjunto de iniciativas de cultura urbana y ciudadana nos ayudó a recuperar la esperanza y la autoestima, indispensables para pasar la página de la violencia y la destrucción, y empezar a escribir un nuevo capítulo en la historia de Medellín.

Escobar murió en 1993, pero después de cuatro décadas, su herencia sigue presente en las principales discusiones del país. Narcos ignora los profundos males culturales que introdujo la búsqueda de la riqueza fácil que aún perduran y también los nuevos marcadores sociales de poder asociados a la denominada “cultura traqueta”. El poder corruptor con el que Escobar infectó la política sigue presente. Así pues, el camino es largo, las heridas muy profundas y muchos los obstáculos por superar.

La industria de la televisión juega un papel importante en todo esto. Puede prolongar los lugares comunes que nos estigmatizan o transmitir de manera creativa los valores que nos ayudaron a superar la violencia. En Medellín ya vimos el rostro de la esperanza y sabemos que mejores series están por escribirse.

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Por Jairo Gómez.- En el uribismo no hay transparente voluntad de paz; su maniobra es una estrategia electoral abroquelada en el desprestigio ideológico de los acuerdos.

Con la negociación de paz, a la final, lo que se busca es que las FARC dejen las armas y vengan a hacer política bajo las reglas de la democracia.

Que lo que querían imponer a través de las balas ahora lo hagan buscando los votos y, si los favorecen en las urnas, pues que pongan en práctica su modelo de gobierno, ese es el juego democrático. Así ganó el No.

Pero no se puede exigir, como lo sugiere el Centro Democrático y parte de la sociedad, que el “partido de las FARC” se abstenga de hacer política de acuerdo con sus convicciones ideológicas, eso sería volver a la violencia.

En el pasado el proyecto político que llevó a la presidencia al hoy senador Uribe, fue su propuesta antiterrorista –“antifarc”-, y sobre la base de exterminarlos militar y políticamente convenció a un electorado hastiado por la presencia insurgente. Fue el antagonista perfecto, incluso, para buscar la reelección.

Tras ese resultado, positivo para sus aspiraciones, ahora el expresidente Uribe busca un nuevo pretexto electoral que le permita labrar en el imaginario de la gente el temor a cualquier proceso democratizador. Y, desde ya, se propone construir un mensaje a muerte contra otro demonio: el marxismo-leninismo representado en las FARC.

En recientes entrevistas le he escuchado al senador Uribe, repetir una y otra vez, su preocupación por lo que representa ese grupo insurgente en términos políticos y, para sembrar el miedo, con contundencia lo asocia al “castrochavismo”, y a las tesis marxistas-leninistas.

En su acostumbrado tono clerical colmado de diminutivos, decía en una reciente entrevista radial: “leía yo lo que escribió las FARC producto de la conferencia del Yarí toda la reivindicación de su agenda marxista-leninista y me daba pánico que, por el futuro de este país, no se le hagan reformas de fondo a los textos de La Habana”.

Vaya sorpresa, resulta que ahora las 297 páginas no son solo impunidad sino un manual de extrema izquierda que el presidente Santos, con membrecía en el politburó uribista, negoció con las FARC.

Salta a la vista la estrategia electoral del Centro Democrático cuando recoge la pita y cuestiona, incluso, temas por fuera del acuerdo como la ley de restitución de tierras. Uribe se mueve en un parque ideológico conservador y excluyente del que no quiere que el país evolucione un ápice, por eso hablar de derechos de la víctimas, de la verdad, de la participación política y de devolverle al campesino despojado sus tierras, le da “pánico”.

El dibujo básico con que el Centro Democrático describe el acuerdo de La Habana revela el desprecio que siente hacia el proceso de paz y su deliberada resistencia al cambio institucional, y para potenciar esa postura política se apoya, maquiavélicamente, en los hábitos tradicionales y continuistas que representan los grupos religiosos y, en muchos casos, una sociedad desinformada.

En conclusión, en el uribismo no hay transparente voluntad de paz; su maniobra es una estrategia electoral abroquelada en el desprestigio ideológico de los acuerdos.

 

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Por John Leguizamo. Tomado de El NY Times en Español.- Un productor bien intencionado me dijo alguna vez: “John, eres muy talentoso, pero qué lástima que seas latino… si no, hubieras llegado mucho más lejos”. Cuando propuse una película sobre latinos, otro productor me contestó: “¿Latinos? La gente no quiere ver latinos”. Esta no es solo mi experiencia, sino una experiencia típica que viven los latinos en Estados Unidos.

Donald Trump ha hecho una sola cosa positiva. Le ha dado aire a una comunidad diversa y conflictuada. Durante años, activistas y políticos se han esforzado para lograr que los latinos voten y demuestren su poder. Sin embargo, no fue sino hasta que la retórica racista de Trump puso los reflectores sobre el sentimiento antilatino que experimentamos la necesidad de alzar nuestra voz sobre los temas que nos importan: desde el financiamiento adecuado para nuestras escuelas y una mejor infraestructura en nuestras comunidades, hasta atención médica que no considere que la pobreza es una condición preexistente.

En Estados Unidos hay cerca de 56 millones de nosotros. Somos la minoría étnica más grande del país; conformamos casi el 18 por ciento de la población. Aún así, los estudiantes latinos abandonan sus estudios de bachillerato en una tasa más alta que los miembros de cualquier otra minoría. Somos víctimas de negligencia, discriminación e ignorancia. Hemos crecido en medio de una falta de respeto arraigada hacia la cultura latina, y a menudo hemos internalizado ese desprecio.

El discurso dominante es que simplemente cruzamos “ilegalmente” la frontera o que “acabamos de bajar del bote”. De hecho, los españoles son la prueba del primer pecado original estadounidense: maltratábamos a los pueblos indígenas mucho antes de que el Reino Unido trajera esclavos a las colonias. A la gente se le olvida que los latinos fundaron algunas de las primeras ciudades de Estados Unidos.

Los latinos han dado la vida por Estados Unidos desde antes de que fuéramos un país. ¿Por qué nuestros niños no han oído que miles de patriotas latinos lucharon por el país en la Guerra de Independencia? Bernardo de Gálvez, un general español, reclutó a mexicanos, cubanos, indígenas estadounidenses y afroamericanos libres para luchar contra el Reino Unido en el sur, mientras que mujeres cubanas donaron sus joyas y dinero para ayudar a los patriotas. ¿Dónde está el documental acerca de eso?

¿Por qué no saben de los muchos latinos en la Guerra de 1812? ¿Ni sobre los 20.000 latinos que lucharon con valentía en la Guerra Civil? ¿O de aquellos que ganaron Corazones Púrpuras o Cruces de Guerra en la Primera Guerra Mundial?

Es como si nuestro heroísmo y sacrificio de alguna manera fueran menos importantes, como si para nada existiéramos en la historia. Sin un pasado que nos alabe y enaltezca, ¿cómo lanzarnos hacia un futuro desconocido y frágil?

Solo soy un historiador aficionado, pero soy experto en mi vida y carrera. Así que para mencionar un desaire más contemporáneo, puedo decir que los hispanos son el grupo étnico menos representado en el cine y la televisión. “Saturday Night Live” acaba de contratar a su primera comediante latina. ¿De verdad tenemos que creer que hay tan pocos latinos graciosos? De forma similar, somos marginados en los negocios y en la vida corporativa.

Esta exclusión envía un mensaje doloroso a cada niño latino sobre cómo se le considera y juzga. Las personas latinas enfrentamos un desafío doble: crear nuestra propia imagen positiva mientras combatimos la manera en que la sociedad en su conjunto nos representa. Sin libros de texto en las escuelas que hagan justicia a nuestras contribuciones a Estados Unidos, y sin representación mediática que se expanda para incluir más rostros y voces latinas, somos vulnerables a un demagogo como Trump, quien argumenta que todos somos “narcotraficantes”, “violadores” y “criminales”.

Pero varios estudios han hallado que no existe un vínculo entre la inmigración y el crimen violento. El hecho es que los inmigrantes como grupo cometen mucho menos crímenes que el resto de la población estadounidense. En su mayoría están aquí solo para buscar una mejor vida.

Puede ser difícil lograr eso cuando los estados donde viven los inmigrantes —sobre todo Texas y Arizona— manipulan a las comunidades latinas para sacarlas del poder político y limitan el financiamiento de sus vecindarios. Los latinos no son liberales de manera uniforme; algunos son conservadores a causa de sus creencias religiosas u opiniones fiscales. Sin embargo, si todos los latinos elegibles votaran, varios estados pasarían de ser republicanos a demócratas.

Necesitamos una primavera latina en este país. Necesitamos exigir poder y oportunidades iguales. Una amiga hizo hace poco un pequeño experimento para revelar el sentimiento antilatino. Envió dos hojas de vida con su foto para una oportunidad de actuación. Da la casualidad de que tiene una tez muy morena. En una hoja de vida utilizó su nombre latino, mientras que en el otro utilizó un nombre que sonaba a persona blanca. Con el nombre latino no recibió ninguna llamada, mientras que con el otro recibió algunas respuestas.

¿Dónde más ocurre esta categorización racial mientras “vivimos siendo latinos”? Ocurre mientras esperamos un ascenso que jamás llega, mientras intentamos rentar un Airbnb para las vacaciones pero nadie responde, o mientras trabajamos para que las vidas de nuestros hijos sean mejores que las nuestras.

Los latinos necesitamos exigir nuestro lugar en la historia estadounidense. Debemos exigir una parte igual del sueño estadounidense y no aceptar una versión degradada. Debemos dejar de aceptar que nos excluyan solo porque no nos persiguen. En esta elección crítica, y en el futuro, los exhorto a registrarse y a votar, a que los tomen en cuenta y los escuchen.

 

@JohnLeguizamo

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Por Amylkar D. Acosta M.-  Ya habíamos tenido oportunidad de llamar la atención sobre la ausencia de claridad, coherencia y definición por parte del Gobierno Nacional en lo atinente a la política pública en materia de los biocombustibles en Colombia, al tiempo que le planteamos la necesidad de soltar las amarras que le impiden crecer más autorizando el incremento del porcentaje de las mezclas.

Como se recordará, las leyes 693 de 2001 y 939 de 2004, que tuvieron su desarrollo a través del Documento CONPES 3510 de 2008, sentaron las bases y condiciones para el surgimiento y expansión de la agroindustria de los biocombustibles en Colombia, al establecer la obligatoriedad de la mezcla de un porcentaje de etanol con la gasolina – motor y de aceite con el diesel.

Siempre se dijo que este programa tendría un carácter multipropósito: la seguridad energética, reduciendo la dependencia con respecto a los combustibles de origen fósil, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero producto de la combustión en los motores y dinamizar el sector agrícola.

En efecto, gracias a la mezcla de un 8% de etanol con la gasolina – motor y del 9.2% de aceite con el diesel, se reduce el consumo de 19 mil barriles/día de derivados del petróleo. Ello es tanto más pertinente si tenemos en cuenta la precariedad de las reservas de petróleo con que cuenta el país y su tendencia a la declinación desde el 2014, al tiempo que el coeficiente reservas/ producción (R/P) pasó de 6.6 en 2013 a menos de 5 en la actualidad.

También ha venido cayendo la producción y cada vez nos alejamos más de la meta de producción de un millón de barriles/día, al punto que la producción fiscalizada para el mes de septiembre fue de solo  859 mil barriles  diarios  promedio anual.

Es un hecho que el uso de los biocombustibles en Colombia ha venido contribuyendo a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en aproximadamente 2.5 millones de toneladas/año, equivalentes a 6 puntos porcentuales de los 20 a los que se comprometió el Gobierno Nacional con la COP21 hacia el 2030, como su contribución al combate al cambio climático.

Este compromiso de Colombia es tanto mayor porque, además de ser vinculante a partir del mes de noviembre, fue quien planteó la iniciativa y la viene liderando de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS). 

Gracias a esta agroindustria se ha ampliado la frontera agrícola del país, particularmente las áreas cultivadas palma africana que ha incorporado 250 mil hectáreas nuevas de cultivos de la fruta a lo largo y ancho del país. 8 departamentos del país cuentan ya sea con cultivos de caña o palma para producir la materia prima o con las plantas, 12 en total, para procesarla.

Son más de US $300 millones los que se han invertido en las plantaciones agrícolas de esta nueva cadena productiva y más de US $300 millones en las plantas procesadoras de los biocombustibles. Todas esta inversiones han sido posible gracias a la confianza – inversionista en unas reglas claras y establecidas, que ahora se pretenden alterar, que han incentivado a este subsector que ya representa el 0.306% del PIB total (0.11% el etanol y 0.19 el biodiesel), mientras que el cultivo de caña y de palma representan 7.74% del PIB agrícola (4.03% la palma y 3.71% la caña).

La agroindustria de los biocombustibles genera más de 81 mil empleos formales directos e indirectos permanentes, principalmente en el campo, sobre todo, en las zonas en donde el conflicto social y armado ha sido más agudo. , trayendo tranquilidad y poniendo de presente que en nuestros

Todos estos logros y beneficios son los que se están poniendo en riesgo con la expedición de dos resoluciones que, por un lado (Resolución 40953 del 3 de octubre de 2016 del Ministerio de Minas y Energía) se congela el precio de los biocombustibles, sin argumento alguno de peso que lo justifique y por el otro (Resolución 140 de 2016) se pretende por parte de la CREG, que no es competente para ello, equiparar el precio de los biocombustibles, que son un aditivo oxigenante, con los combustibles de origen fósil. Esto es un despropósito, pues con ello el propio Gobierno le está poniendo palos en la rueda del avance de este sector y de Ello es un despropósito que daría al traste con este sector y, de contera, va a contrapelo del Acuerdo de La Habana, ahora en revisión y ajuste, que consigna en su primer punto el desarrollo agrario integral.

Bogotá, octubre 29 de 2016

www.fnd.org.co

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Por Rodrigo Zalabata Vega.- Imagino aquel 12 de octubre de 1492, en una madrugada que se abrió de pronto sobresaltada por la resonancia del castellano engolado de Rodrigo de Triana: ¡TIERRA! ¡TIERRA!, grito encarapitado en el puesto de vigía de La Pinta con el más puro acento bizarro. Quienes a esa hora navegaban en el sueño de la desesperanza despertaron al sentir que el cielo rogado se abría en dos y la divina providencia les anunciaba el puerto de entrada a Oriente, en un viaje signado justo por la desorientación, que a duras penas se mantenía a salvo del naufragio. En aquel instante la noche debió destaparse como un coco y la luz del amanecer caer como agua dulce, ante la imagen de un oasis seco, multiplicado de palmeras, en el centro de un desierto de agua.

Lejos estaban aquellos navegantes de saber el mundo que se revelaba ante sí. Cuando pusieron un pie en tierra y encontraron la primera nativa, aun creyéndola originaria de la India, debieron temblar de emoción ante una Eva renacida con piel de arcilla y olor a tierra, sin el pecado original porque apenas arribaban con Dios, que podían tomar como cosa natural ahorrándose sacrificar una costilla por ella.

Han pasado cinco siglos desde aquel amanecer que reveló la foto más consagrada del paraíso terrenal, puesta en movimiento por el cinematógrafo de la memoria multicolor de todas civilizaciones que cruzaron su destino alineado al meridiano de Occidente. Aun no es claro lo que significa una fecha que al trasluz de la historia desatada no sabemos si celebrar o lamentar.

Cierto es que la historia sucede un paso adelante, antes que podamos explicarnos las fuerzas intrínsecas que la desarrollan. ¿Qué sucedió aquel día? Algo contrario al destino deseado. La expedición al mando de Cristóbal Colón buscaba establecer una nueva ruta comercial de las especias y los metales preciosos con Las Indias, ya que el imperio Bizantino había caído en manos de los turcos con la toma de Constantinopla en 1453, la ciudad bisagra entre occidente y oriente, al tiempo de la camisa de fuerza que sobre la vieja ruta que bordeaba la costa africana imponían los portugueses. La ruta marcada era navegar en sentido contrario hacia el oeste (occidente) hasta llegar al oriente (Las Indias) cercano y lejano que había prefigurado en sus relatos Marco Polo, prevalidos de la idea de la redondez de la tierra; un abismal riesgo que asumían al tratar de surcar el horizonte pues se trataba de una teoría todavía sin demostración.

¿Qué sucedió a partir de aquel día? La toma de un continente por la imposición de una civilización sobre otras. La ventaja militar de tener más templados los metales de la guerra, acompañada de la coerción ideológica del abuso de una religión que blandía un Dios de subjetividad absoluta que anticipaba la hoguera a quien no creyera en él, posibilitó La Conquista que nada tuvo que ver con el corazón.

La prehistoria antes de la historia narrada es la siguiente. Hace 80.000 años, el homo sapiens, erguido de orgullo, después de haber descendido de los homínidos que copaban los árboles y gateado por las planicies africanas, comenzó las migraciones y el poblamiento del planeta. Hoy la ciencia, mediante estudios genéticos desarrollados en los años 80 del siglo pasado, tiene demostrado el curso de la humanidad, a partir de la huella que deja el ADN mitocondrial que trasmite la madre. Todos descendemos de una Eva negra que habitó África hace unos 150.000 años. El hombre americano llega al continente por el estrecho de Bering hace unos 20.000 años, antes que la última glaciación lo separara del resto de sus hermanos de la tierra.

Cuando el hombre europeo llega a América en 1492 lo que ocurrió fue el reencuentro con un hermano que aun siendo niño se extravió de su hogar natal en África, ajeno al centro estratégico de operaciones en que se constituyó Europa, como puerta de entrada y salida entre Occidente y Oriente.

Tal suceso significó el reencuentro de la humanidad entera. El levantamiento cartográfico del hogar que habitamos todos. La misma sensación ecuménica del hombre cuando al pisar la luna pudo divisar la imagen del planeta tierra.

Aquella diáspora de la humanidad que partió de África, en tiempo anterior,pudo habitar el mismo lugar en el gran continente Pangea, pero la evolución geológica ya lo había fracturado en el rompecabezas del mapamundi.

Por eso deberíamos iniciar un viaje imaginario de regreso a África, reunirnos en una noche tribal alrededor del fuego del hogar en memoria de esa Eva negra, después de poner un pie en el continente desorientado del corazón compartido de la humanidad. Para que cada vez que nos encontremos con cualquiera de este género podamos decirle de la manera más coloquial ¡q’hubo hermano!

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Por Jorge Gómez.- Tomado de El Espectador.-Aún permanecen claras en la retina las imágenes de la más multitudinaria marcha que ha habido en la historia de Colombia, el 4 de febrero de 2008, cuando ríos humanos colmaron las principales ciudades del país exigiendo a grito herido “No más FARC”, en apoyo al gobierno de Álvaro Uribe que con fiereza las combatía.

Fui uno de los que salió a marchar, indignado por la ‘forma de lucha’ que practicaban, la de secuestrar civiles para forzar a un Intercambio Humanitario consistente en trocar a su rehenes por guerrilleros presos. Ese fue el mayor error que las FARC cometieron en su accionar subversivo, pues con el trato inhumano que les dieron a sus cautivos mandaron a la bancarrota su proyecto político. Al final, fueron ellos los que se vieron forzados a sentarse con Juan Manuel Santos a hablar de paz.

Ocho años después de esa marcha la situación se invierte, y con el mismo cariz trágico-dramático. Si hemos de creerle al genial caricaturista Matador, “Álvaro Uribe y su pandilla secuestraron literalmente a la paloma de la paz. Teníamos un proceso y ya no está. Estamos en un limbo, en una incertidumbre, en una encrucijada, y veníamos de un sueño”. (Ver entrevista a Matador y ver paz secuestrada).

Si hace ocho años el sueño era liberar a Íngrid Betancourt, a los once diputados del Valle y a centenares más, ese sueño se transformó en la pesadilla que comenzó el domingo 2 de octubre, cuando el rencor del hombre urbano que ve la guerra por televisión le ganó la partida al perdón del campesino víctima del conflicto. Absurdo, a más no poder.

Pesadilla también para el incisivo columnista Adolfo Zableh, quien comenzó a ver la trama política como un filme de terror, coincidente con el Halloween: Uribe “parece uno de esos asesinos de películas que tiene amarrada a su víctima y la víctima somos nosotros. Podremos suplicar, llorar, tratar de hacerlo entrar en razón, que no va a servir”. (Ver columna).

 

Y para no permitir que se cerrara el telón de lo macabro, así se expresó Daniel Samper Ospina: “desde hace dos semanas en Colombia todo sucede al revés: el estamento pide guerra y la guerrilla pide paz; Pacho Santos ofrece declaraciones que brillan por su sensatez; el presidente no logra hacer la paz, pero obtiene el Nobel; los uribistas que antes pedían acelerar el proceso, ahora piden calma para renegociarlo; y el gobierno, que se tomó años en sacarlo adelante, ahora exige celeridad”. (Ver columna).

Es bien llamativo que Matador, Zableh y Samper Ospina, tres personas talentosas y divertidas que desde sus respectivas tribunas de opinión ponen a pensar al país, hayan coincidido en mostrar el mismo panorama terrorífico, espantoso, sobrecogedor. Si no fuera porque lo expresan desde las trincheras del humor, no daría espacio para la risa sino para la desazón y el crujir de dientes. Estamos ante una situación muy delicada, y parece que la única salida para impedir que nos roben la paz es la movilización popular. En tal dirección son reconfortantes las marchas que han comenzado a gestarse, sobre todo entre la juventud y el estamento universitario, pero no es suficiente.

Luego del vuelco de 180 grados que desde aquel domingo aciago tiene a Colombia en semejante atolladero, está haciendo falta la contramarcha que nos permita pasar del ‘No más FARC’ al ‘No más Uribe’. Qué bueno sería entonces para la salud democrática de nuestra nación si pudiéramos juntar en el sitio más concurrido de cada pueblo y ciudad de Colombia a los que quieren cantarle al senador Álvaro Uribe “toda la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almacenan nuestras odres” cada vez que sabemos de la última triquiñuela que se inventó para seguir haciendo invivible la República. Si ayer la zozobra o el pánico colectivo lo causaban las FARC, hoy lo producen con la misma o mayor intensidad este exmandatario y su dañino combo.

En días pasados acogí entusiasta en mi página de Facebook la iniciativa que alguien, no sé quién, lanzó de organizar una marcha para decir No más Uribe. De puro desocupado se me ocurrió compartirla también en el grupo ‘Un millón de voces por la paz’, con casi 15.000 miembros, y fui el primer sorprendido al ver la acogida que tuvo y la posibilidad real de cuajar esta original protesta, no con el ánimo de fomentar el odio contra un individuo en particular, como dijo alguna voz respetable de la izquierda, sino con el loable y altruista propósito de contribuir a remover el más grande obstáculo que hoy presenta el camino de la paz.

Cuando estábamos a milímetros de darles cristiana sepultura a las FARC e incorporarlas sin armas a la vida política, se presenta este confuso avatar donde ni los promotores del NO sabían que iban a ganar. Ellos tampoco creían en los engaños que con confesa mendacidad y en estrecha complicidad con centenares de pastores evangélicos inventaron para confundir al electorado. Esto es tan cierto que varios miembros del Centro Democrático tienen demandado el plebiscito, y después de haberlo ganado quisieron echar las demandas atrás pero no pudieron, y la única luz al final del túnel estaría en que la Corte Constitucional o el Consejo de Estado desde el lado de la juridicidad les dieran la razón a los demandantes…

Pero vamos al grano, como dijo el dermatólogo: hay alguien dedicado a ensuciar el agua donde todos nos bañamos, para que no se note lo sucio que él está. en busca de alcanzar este objetivo necesita desmontar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) y su táctica consiste en dilatar, prolongar, estirar, armar el caos de aquí a 2018, para luego aparecer como el salvador con su candidato a la presidencia.

Ante tan alarmante, agobiante, deprimente y aberrante situación urge poner la escoba detrás de la puerta y exigir, o si fuera el caso implorar: Señor expresidente Uribe, permítanos por favor disfrutar de la paz con la que están de acuerdo la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Comunidad Europea, los gobiernos de EE UU, China y Rusia, el Comité Noruego del Nobel de Paz, el Dalai Lama y hasta el mismísimo Papa Francisco. No más, señor Uribe, ¡deje a Colombia en paz!

Si la memoria no me falla, la marcha está anunciada para el 2 de Diciembre.

 

DE REMATE: Al presidente Nicolás Maduro hoy le pasa lo mismo que al expresidente Uribe: está subido sobre un tigre del que si se baja, el tigre se lo come.

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Por Alberto Barrera Tyszka.- Antes de salir de vacaciones, dejando al país en un incendio, Nicolás Maduro se despidió de un grupo de seguidores preguntando lo siguiente: “¿Ustedes quieren enfrentarse otra vez en la vida a la tragedia circunstancial que nos tocó vivir el 6 de diciembre que nos ganara la oligarquía? ¿Ustedes se van a calar otras elecciones donde la oligarquía tenga algún triunfo?”  Fue la justificación más clara y directa de la actuación del CNE esta semana. Esas preguntas, lanzadas en voz alta y en tono camorrero, son el único argumento que se esconde detrás del silencio de Tibisay Lucena.

No habló Maduro de fraude. No mencionó ninguna de las supuestas denuncias que ha invocado el oficialismo. Maduro habló con las cuerdas vocales en el duodeno. Habló desde el miedo. Desde la intolerancia. Desde el autoritarismo. Maduro nos dijo que no se cala la democracia, que no acepta que otro, distinto a ellos, pueda ganar las elecciones.  Ese mismo día, por cierto, ante un grupo de sus seguidores, Donald Trump también aseguró que solo reconocería los resultados electorales si él quedaba como ganador.  La vida suele regalarnos casualidades que son relámpagos.

Después de realizado el sicariato judicial, Nicolás Maduro se comunicó nuevamente con el país. Como si no pasara nada demasiado especial. Desde Azerbaiyan y por teléfono, con voz calmada y con una naturalidad indignante, el Presidente hizo un llamado “a la tranquilidad, al diálogo,  a la paz, al respeto a la justicia y al acatamiento de las leyes, a que nadie se vuelva loco”  Hay un Nicolás Maduro para cada ocasión y circunstancia.  Cuando habla con los suyos es feroz, no tiene matices. Cuando quieres expresarse como Presidente, ensaya un tono más ecuánime. Cuando habla con Rodríguez Zapatero, dice lo que la inocencia de Rodríguez Zapatero desea oír. Esta tal vez sea la mayor herencia de Chávez: la organización del delirio. La tranquilidad de que se puede hablar y actuar de forma contradictoria y antagónica sin morir en el intento. La certeza de que se puede mentir sin consecuencias.

El día de ayer, Diosdado Cabello, como vocero del partido de gobierno, dio una rueda de prensa donde nos ofreció otra versión de lo que ha ocurrido esta semana. Es un relato asombroso: la policía secreta ha detenido a un joven concejal del Táchira (cuya esposa ha denunciado que lleva dos días “desaparecido”) y, según asegura Cabello, en su teléfono celular han encontrado todo un nuevo y macabro plan subversivo de la oposición. Ahí, entre chats y archivos de notas, descubrieron la secretísima y violenta agenda con la que la oposición pretendía utilizar la validación de firmas para “tumbar a Nicolás Maduro”.  El PSUV es la impunidad envasada al vacío. Actúa como fuerza militar, como cuerpo policial, y convierte una especulación en algo fáctico. Cabello nos habló como si sus hipótesis fueran confirmaciones. Secuestran a un ciudadano, lo acusan de ser terrorista y, a partir de ahí, descalifican al adversario político, suspenden la vía electoral y se imponen como un poder que está más allá de la democracia.  Los golpes de Estado son para el oficialismo lo que fueron las armas de destrucción masiva para George W Bush.

Pero después de todo esto, por supuesto, Diosdado Cabello invocó el diálogo, el respeto a las reglas del juego, la necesidad de la mediación, la importancia de garantizar elecciones y procesos transparentes…¿Cuál Diosdado es más real? ¿El que baja la voz y convoca al diálogo o el que aparece en un show, con un mazo de cavernícola, amenazando a la oposición?  Ambos son el mismo. Ambos saben que pueden decir lo que sea. Que nada importa. Que luego harán otra cosa. Lo que haga falta. Lo necesario para permanecer en el poder. Para que sus privilegios sean irreversibles.

¿Cómo se lucha contra esto? ¿Cómo se combate a quienes no honran sus palabras? La convivencia humana, en cualquiera de sus formas, depende de una mínima fe en las palabras. El oficialismo ya pasó un límite. No solo frente a la MUD o la comunidad internacional. Pasó un límite frente a todos los venezolanos. Ya sabemos que ellos también lo saben: no son mayoría. Ya sabemos que mienten descaradamente. Que no quieren contarse. Ya sabemos que solo podemos creer en sus amenazas; no en sus promesas. El oficialismo ha perdido su capacidad de ser esperanza. Puede tratar de seguir imponiéndonos su silencio. Pero ya no tiene nada que decirnos sobre nuestro futuro.

La política también es un acto de lenguaje  ¿Es posible dialogar con alguien a quien ya no le creemos nada? ¿Se puede hablar con quien no quiere escucharte? ¿Cómo? ¿En qué condiciones? ¿Cómo se sigue una lucha democrática en un contexto autoritario? ¿Qué frase viene después de la palabra dictadura?

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Por Diego González.- El problema no es la reforma tributaria, finalmente todo se paga con los impuestos, el problema es la percepción bien fundada que tiene la sociedad Colombiana de que las cargas tributarias no se ven reflejadas en la inversión que se requiere, eso sumado a los actos de corrupción que son la capa de grasa que tapona las arterias del desarrollo de los pueblos, y la insatisfacción de los más necesitados que tampoco se benefician con los esfuerzos de los que pagan los impuestos.

Es indignante que la educación en Colombia no alcance para los estratos  más bajos, por qué razón los jóvenes de los estratos cero, uno y dos no pueden ser médicos, abogados, economistas , administradores etc, porque tienen que conformarse con carreras técnicas, como enfermeros , auxiliares de cocina, auxiliar de sistemas o cualquier otro programa, que de ninguna manera son motivo de vergüenza, por el contrario son una alternativa digna para capacitar nuestros jóvenes, pero no nos digamos mentiras, ¿que padre no quiere ver a su hijo convertido en profesional y con las mismas oportunidades que cualquier otro joven?.

Sin embargo, el país está muy cerca de enfrentar una profunda crisis, por lo que la reforma tributaria resulta no solo necesaria sino urgente, el hueco fiscal es de un poco más de 30,5 billones a la fecha y por diferentes causas, entre otras por la inesperada baja en el precio del petróleo, lo que indiscutiblemente obliga al gobierno nacional a buscar una solución inmediata.

Con esta propuesta el gobierno tendrá, el próximo año, ingresos adicionales equivalentes a 0,8 por ciento del producto interno bruto (PIB), es decir, unos 7,2 billones de pesos, para 2018 daría recursos de un punto del PIB, hasta llegar a representar 2,7 del PIB en 2022.

Algunas bondades del proyecto de ley se van a ver representadas en sectores sensibles, por ejemplo el sector de la salud recibiría 1,5 billones de pesos adicionales, también el sector vivienda para aquellos inmuebles que no superen los 800 millones de pesos en su valor quedarán exentos de IVA, en el caso del empleo el gobierno ha señalado que con incentivos tributarios, como bajar el impuesto de renta, las empresas podrán llegar a zonas afectadas por el conflicto generando oportunidades de trabajo.

Lo cierto de todo es que para poder justificar un tema tan impopular como el aumento de impuestos, en un país donde no existe cultura tributaria y en donde a diario la opinión pública recibe noticias de grandes actos de corrupción y dilapidación de recursos públicos, se requiere ganar la confianza de los sujetos pasivos de esta reforma, es decir del pueblo, y segundo generar al margen de esta reforma, otras tendientes a disminuir las brechas existentes en desigualdad y concentración de la riqueza.

La verdadera brecha social no radica en que existan muy pocos con demasiada riqueza o muchos demasiado pobres, la verdadera brecha se origina cuando existen muy pocos con acceso a la educación superior y la gran mayoría de jóvenes están sumidos en el analfabetismo o en las carreras intermedias que generan desventajas en el mercado laboral y que siempre pondrán por debajo a los de menos recursos.    

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Por Jairo Gómez.- Se elige al nuevo jefe del Ministerio Público. Tres connotados juristas aspiran a ocupar la jefatura que vela porque los funcionarios estatales cumplan con sus deberes so pena de ser sancionados.

De cada uno de los candidatos, sin embargo, se habla que estarían inhabilitados para ocupar dicha dignidad: Fernando Carrillo, por una vieja sanción de la que fue objeto por la entidad que aspira a regir; José Perdomo, por configurarse la puerta giratoria en el momento que lo ternó la Corte Suprema de Justicia; y María Mercedes López, por no haber cumplido un año desde que dejó su cargo en el Consejo Superior de la Judicatura. Dicen juristas que la aparente inhabilidad de López, es subsanable. Pero bien, esto es tema de abogados.

Vayamos a lo que nos atañe, a lo político. Cómo se mueven las fichas, desde el poder. Cómo el gobierno del presidente Santos, logra que la Unidad Nacional se mantenga lubricada para garantizar apoyos no sólo legislativos sino en favor de la paz. Deshojemos la margarita que desde la Casa de Nariño todos los días riegan con agua dulce.

En el palacio saben que la elección del procurador es mucho más que eso, es el futuro de la paz y el reacomodamiento del pugilato electoral para el 2018, y no puede darse el lujo que las huestes se le muevan del ring.

De lograr el partido Liberal la Procuraduría en favor de Carrillo, lo dejaría en inmejorables condiciones para enfrentar los comicios venideros: gobiernan la Registraduría, la Contraloría y ahora quieren el Ministerio Público, es decir, pan y pedazo debajo del brazo. La exquisita torta da para emplear a más de quince mil personas.

Ese regateo burocrático es el que da fortaleza electoral y en Cambio Radical no se cruzan de brazos; aunque controlan la Vicepresidencia, las cuatro ‘G‘ y en su haber cuentan con la Fiscalía General de la Nación y su poder burocrático, le quieren empantanar la aspiración al exministro. El Partido de la U tiene al presidente de la República y de sus filas salió el Defensor del Pueblo, pero eso no quiere decir que van a bajar la guardia y que al liberalismo le faciliten las cosas, elecciones son elecciones.

¿Y los Conservadores? No hay vuelta de hoja: es el comodín con que cuenta Santos para desempantanar sus propósitos legislativos y de paz.

La fama de puesteros es irremediable, por eso están en la Unidad Nacional. Más allá de los ministerios que regenta, una división interna los dejaría sin el control de la Procuraduría. Los divide la nostalgia ordoñista que, dicen, los trató muy bien burocráticamente, pero se les olvida que a ¡rey muerto rey puesto! ¿Le conviene esta división azul al presidente Santos? Uribe está al acecho y con sus pérfidos guiños podría catalizar ese descontento y eso, para el 2018 y el futuro acuerdo con las FARC, sería fatal.

¿Se respetarán los acuerdos? De ser así a los godos les correspondería el Ministerio Público, o noqueados los conservadores ¿para qué la Unidad Nacional?

Las paradojas de la política o politiquería nacional: son 17 los senadores de las minorías: Quince suman los verdes, el Polo y Opción Ciudadana más los dos indígenas, es decir, igual número de senadores liberales uno menos que los conservadores y no tienen posibilidad de acceder a uno de los órganos de control.

Así es la política en Colombia.

 

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Por Jorge Gómez Pinilla .- Para medir el grado de postración moral en que se encuentra Colombia, basta conocer las ‘hazañas’ de un personaje como Alejandro Ordóñez Maldonado.

¿Cómo así que el Consejo de Estado lo retiró de su cargo por haberse hecho reelegir de modo fraudulento, pero fue como si lo hubieran premiado? Mejor dicho, ¿por qué después de que lo echan se gana un puesto en la renegociación del Acuerdo de Paz? ¿Y a quién representa, si por el Partido Conservador está Martha Lucía Ramírez? Con razón dicen que en el país de los ciegos el tuerto es rey.

Si tuviera vergüenza propia estaría devolviendo el aparatoso esquema de seguridad que se adjudicó por cuatro años posteriores a su salida, sin olvidar que tras su destitución quiso evitar ser notificado y corrió a presentar renuncia al Congreso, pero allá no le pararon bolas porque ya conocen sus marrullas.

Según Semana, en artículo titulado Derroche de Seguridad, “el exprocurador cuenta con 19 escoltas y 9 carros, lo cual es una exageración y un costo enorme para los contribuyentes”. Si es así, pregunto: ¿por qué en lugar de aplicar la sanción que corresponde a quien ha obrado contra la ley o de mala fe, los medios siguen acogiendo su ‘teología de género’ como si fuera un hombre virtuoso?

Teología de género es cuando pretende justificar el detrimento patrimonial diciendo que “nosotros estamos amparados por el manto de la Virgen y por san Miguel Arcángel, que es el comandante y jefe de mi esquema de seguridad”. Hombre, en ese caso no solo podría prescindir por completo de su servicio de seguridad, sino que, ya tan cercano a San Miguel Arcángel... ¡debería encomendarle a él la seguridad del país entero!

No se trata de burlarnos de sus creencias, es que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen pierden el respeto. Y es obligación ética del periodista lanzar una voz de alerta, máxime si de por medio está la estabilidad institucional que Ordóñez y las fuerzas oscuras que lo acompañan se empeñan en alterar, con un objetivo claro: impedir que la guerrilla se incorpore a la vida política de la nación, para que no se conozcan las verdades que saldrían a la luz pública con el tribunal de justicia previsto en la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).

Teología de género fue también cuando Ordóñez comenzó a ver ‘ideología de género’ en el Acuerdo de Paz, y enfiló su artillería aplicando la teoría del enemigo imaginario que tan buenos resultados le dio al ministro nazi de la Propaganda, Joseph Goebbels. Para el caso que nos ocupa, el enemigo imaginario es la supuesta alianza ‘diabólica’ entre Santos y Timochenko, que le traería a Colombia la dictadura homosexual y el castrochavismo. Con semejante embuchado, la rancia extrema derecha que huele a naftalina logró embolatarnos la paz.

Estamos hablando además de un funcionario bajo cuya administración –según editorial de El Espectador- “convirtió el Ministerio Público en un ente hostil para los ciudadanos a los que debía proteger (…) y desperdició recursos en una cruzada organizada para obstaculizar todos los progresos en los derechos de las mujeres y las personas LGBTI”.

Cruzada, sí, con sustento religioso y propósito político. Como cuando le puso de penitencia al ‘pecador’ ex Alcalde de Medellín, Alonso Salazar, 12 años de inhabilidad para ocupar cargos públicos porque quiso crear una clínica para ayudar a mujeres a abortar en condiciones seguras, bajo los tres atenuantes permitidos por la Corte Constitucional: violación, malformación del feto o peligro para la vida de la madre. Eso para la religión que practica Ordóñez es pecado, y debía recibir castigo.

Durante sus casi ocho años de gestión Ordóñez actuó con criterio selectivo, descargando su furia sobre sus rivales políticos (Piedad Córdoba, Gustavo Petro, Juan Manuel Santos, etc.) con base en una agenda que en el último año incluyó usar los recursos del Estado para ambientar su candidatura a la presidencia por todo el paísrepartiendo regalos, como denunció en su momento La Silla Vacía. (Ver La campaña del Procurador).

Ordóñez ya salió de la Procuraduría pero su ominosa figura no deja de aparecer hasta en la sopa, y es cuando nos preguntamos si los medios olvidan su responsabilidad social al darle tanta pantalla, o si será que la Virgen María le está haciendo el milagrito que tanto le suplicó desde su tesis de grado: “la restauración del Orden Cristiano y el aplastamiento del comunismo ateo, para que brille por doquier la Fé Católica”. (Ver La tesis degrada).

Ordóñez nunca ha dejado de usar la religión para su provecho político, y en este contexto son llamativas las habilidades de camaleón que viene mostrando, como cuando acudió de la mano de su paisana la diputada homofóbica Ángela Hernández a una iglesia cristiana de garaje para ser ungido por un pastor evangélico. (Ver unción).

No poseo el privilegio de hablarle al oído a la madre de Nuestro Señor Jesucristo, pero si la ocasión se presentara le recordaría que los evangélicos no le rezan a ella porque “en la Biblia no existe un solo versículo donde diga que se debe creer en María para la Salvación o para la vida eterna” (me lo dijo un evangélico), ni permiten la adoración de imágenes religiosas por considerarlo idolatría. ¿Por qué llegó entonces el católico ortodoxo Alejandro Ordóñez al extremo de apostatar de su creencia en la Virgen para dejarse ungir por un evangélico, él que asiste todos los domingos a la iglesia Los Sagrados Corazones de Jesús y María a la misa lefebvriana practicada bajo el primigenio ritual de los cristianos de las catacumbas, en riguroso latín y con el sacerdote dando la espalda a los feligreses?

Hombre, muy fácil: porque está en campaña y cualquier votico cuenta…

DE REMATE: La foto que aquí incluyo de Alejandro Ordóñez en condición de sumisa inferioridad, dejándose tocar la cabeza por un pastor evangélico en acto de unción, fue retirada de la página de Facebook de Ángela Hernández. No es difícil adivinar de dónde provino la solicitud del retiro...

@Jorgomezpinilla

 

http://jorgegomezpinilla.blogspot.com.co/

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Por Sergio Fajardo. Tomado del NYTimes en Español.- En marzo de 2004, pocos meses después de asumir como alcalde de Medellín, llegó a mi oficina un reconocido gurú del mercadeo de ciudades. Proponía una marca para la ciudad basada en el esplendor de su eterna primavera. No nos entendimos. Medellín ya tenía una marca. El problema no era el desconocimiento, sino las razones por las que era conocida: el narcotráfico, asociado con el Cartel de Medellín que encabezó Pablo Escobar. Después de reparar en esto, concluimos que la única forma de cambiar la percepción de nuestra ciudad era lograr que el mundo viera y entendiera cómo superamos tantos años de terror.

Más de una década después, Medellín vuelve a estar de moda. La serie Narcos de Netflix nos pone de nuevo bajo los reflectores internacionales y de nuevo de la mano de Escobar y su mundo de criminalidad y barbarie.

Narcos es una versión light de una realidad profundamente compleja. La serie presenta la historia de Escobar desde la perspectiva de la DEA en la llamada Guerra contra el Narcotráfico, sin el más mínimo conocimiento ni interés por la condición de nuestra sociedad: un thriller con héroes americanos que termina por dibujar y reforzar una caricatura de país. La confusión entre hechos reales y ficción da como resultado una versión desfigurada de lo que realmente ocurrió.

Las interpretaciones de nuestra tragedia que solo reafirman un cliché facilista terminan convirtiéndose en una “verdad” enlatada para audiencias desprevenidas. El caso de Narcos nos duele, porque volver a representar a Medellín a través de Escobar y su violencia demencial es reabrir una herida que todavía no sana completamente. Preferiríamos que nos reconocieran por el arte de Botero o la música de Juanes o la bicicleta de Mariana Pajón. Y mucho más aun por la historia de cómo Medellín ha ido recuperándose del periodo que retrata Narcos.

El narcotráfico empezó en Medellín a finales de los años setenta, en una ciudad donde muchos jóvenes crecían sin oportunidades ni esperanza. Eran hijos de familias campesinas que llegaron a la ciudad huyendo de la confrontación violenta entre conservadores y liberales que dejó miles de víctimas y mucho resentimiento. La sociedad no tuvo respuestas para la realidad socioeconómica que creció en sus barrios. La desigualdad no fue entendida y mucho menos atendida.

La primera generación de narcotraficantes apareció en ese contexto. Descubrieron que la cocaína era un mercado a explotar en Estados Unidos y se dedicaron a conquistarlo.

Al comienzo, Escobar se convirtió en el “Robin Hood Paisa”:  repartió dinero a diestra y siniestra, entró a la política y soñó con ser presidente de Colombia. De su mano, muchos jóvenes buscaron en el tráfico de drogas y la criminalidad las oportunidades que no tenían, y a cambio encontraron la muerte. Después de corromper y estremecer los cimientos de nuestra sociedad, Escobar terminó solo, pistola en mano, asesinado en el techo de una casa en Medellín. Sin duda cambió el rumbo de nuestra historia ganándose, en su lugar, un capítulo estelar en la historia universal de la infamia.

Los guionistas de Narcos no hacen ni el más mínimo esfuerzo por mostrar hasta qué punto el miedo y la zozobra permearon todos los rincones de Medellín y Colombia. En los momentos culminantes en la batalla contra Escobar, en lugar de reconocer la realidad social que se vivía, presentan a César Gaviria, entonces Presidente de Colombia, como un hombre mediocre y pusilánime, e ignoran olímpicamente el valor de los colombianos que en esa época tomaron decisiones y acciones que no permitieron que el país sucumbiera ante el narcotráfico. Sin duda la ayuda internacional fue muy importante para vencer a Escobar. Pero en Colombia muchos piensan que los verdaderos enemigos son los consumidores en el exterior y que los mártires han sido los miles de colombianos que han muerto atrapados en esta guerra.

Más importante aún: Colombia y Medellín no cayeron. Resiliencia es la palabra que mejor nos describe. Medellín es un ejemplo digno de mostrar. De 380 homicidios por cada 100.000 habitantes a comienzos de los noventa, pasamos a tener hoy cerca de 20 homicidios por cada 100.000 habitantes. Todavía suceden muertes violentas, pero hemos avanzado bastante en los últimos 30 años. Después de vivir sometidos por el miedo, y gracias al sacrificio y esfuerzo de personas y organizaciones que enfrentaron lo peor, llegó el momento de la esperanza.

La esperanza se construye y surge cuando la sociedad recupera la confianza. Es una expresión de la calidad de la política, el pacto de confianza entre los líderes y los ciudadanos que permite señalar camino creíble hacia un objetivo común y tangible, y empezar a alcanzarlo.

La ruptura con la política tradicional, asociada con la corrupción, fue el pacto de confianza que hicimos en Medellín y significó un punto de quiebre. En lugar de seguir actuando bajo la premisa de que “el fin justifica los medios”, estábamos convencidos de que los medios justifican el fin. Para transformar Medellín optamos por la transparencia, y confiamos en las capacidades de las personas y las comunidades.

De esta forma empezamos a recorrer el camino hacia una profunda transformación de la ciudad a través de una combinación de ética, política y estética. Las comunidades fueron los actores principales de nuestros programas sociales, basados en el criterio “lo más bello para los más humildes”.

¿El resultado? Construimos nuevos colegios, parques-bibliotecas, viviendas, centros de salud, canchas deportivas, centros de emprendimiento barrial, espacios culturales. El Parque Explora, dedicado a la divulgación de la ciencia, y el Parque del Emprendimiento se convirtieron en nuevos símbolos urbanos. Esta transformación de los espacios públicos le cambió la piel a la ciudad. Y todo fue apuntalado con programas de desarrollo humano, becas para estudios universitarios que apoyaron la reinserción de autodefensas y crearon un futuro mejor para los jóvenes.

Al mismo tiempo, sacudimos algunas de nuestras tradiciones más retrógradas como los reinados de belleza, típicos de Medellín, que convertimos en concursos de talento para las jóvenes, en contraposición con la idea de que la belleza física es un requisito para ser aceptadas en la sociedad.

Este conjunto de iniciativas de cultura urbana y ciudadana nos ayudó a recuperar la esperanza y la autoestima, indispensables para pasar la página de la violencia y la destrucción, y empezar a escribir un nuevo capítulo en la historia de Medellín.

Escobar murió en 1993, pero después de cuatro décadas, su herencia sigue presente en las principales discusiones del país. Narcos ignora los profundos males culturales que introdujo la búsqueda de la riqueza fácil que aún perduran y también los nuevos marcadores sociales de poder asociados a la denominada “cultura traqueta”. El poder corruptor con el que Escobar infectó la política sigue presente. Así pues, el camino es largo, las heridas muy profundas y muchos los obstáculos por superar.

La industria de la televisión juega un papel importante en todo esto. Puede prolongar los lugares comunes que nos estigmatizan o transmitir de manera creativa los valores que nos ayudaron a superar la violencia. En Medellín ya vimos el rostro de la esperanza y sabemos que mejores series están por escribirse.

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Por Jairo Gómez.- En el uribismo no hay transparente voluntad de paz; su maniobra es una estrategia electoral abroquelada en el desprestigio ideológico de los acuerdos.

Con la negociación de paz, a la final, lo que se busca es que las FARC dejen las armas y vengan a hacer política bajo las reglas de la democracia.

Que lo que querían imponer a través de las balas ahora lo hagan buscando los votos y, si los favorecen en las urnas, pues que pongan en práctica su modelo de gobierno, ese es el juego democrático. Así ganó el No.

Pero no se puede exigir, como lo sugiere el Centro Democrático y parte de la sociedad, que el “partido de las FARC” se abstenga de hacer política de acuerdo con sus convicciones ideológicas, eso sería volver a la violencia.

En el pasado el proyecto político que llevó a la presidencia al hoy senador Uribe, fue su propuesta antiterrorista –“antifarc”-, y sobre la base de exterminarlos militar y políticamente convenció a un electorado hastiado por la presencia insurgente. Fue el antagonista perfecto, incluso, para buscar la reelección.

Tras ese resultado, positivo para sus aspiraciones, ahora el expresidente Uribe busca un nuevo pretexto electoral que le permita labrar en el imaginario de la gente el temor a cualquier proceso democratizador. Y, desde ya, se propone construir un mensaje a muerte contra otro demonio: el marxismo-leninismo representado en las FARC.

En recientes entrevistas le he escuchado al senador Uribe, repetir una y otra vez, su preocupación por lo que representa ese grupo insurgente en términos políticos y, para sembrar el miedo, con contundencia lo asocia al “castrochavismo”, y a las tesis marxistas-leninistas.

En su acostumbrado tono clerical colmado de diminutivos, decía en una reciente entrevista radial: “leía yo lo que escribió las FARC producto de la conferencia del Yarí toda la reivindicación de su agenda marxista-leninista y me daba pánico que, por el futuro de este país, no se le hagan reformas de fondo a los textos de La Habana”.

Vaya sorpresa, resulta que ahora las 297 páginas no son solo impunidad sino un manual de extrema izquierda que el presidente Santos, con membrecía en el politburó uribista, negoció con las FARC.

Salta a la vista la estrategia electoral del Centro Democrático cuando recoge la pita y cuestiona, incluso, temas por fuera del acuerdo como la ley de restitución de tierras. Uribe se mueve en un parque ideológico conservador y excluyente del que no quiere que el país evolucione un ápice, por eso hablar de derechos de la víctimas, de la verdad, de la participación política y de devolverle al campesino despojado sus tierras, le da “pánico”.

El dibujo básico con que el Centro Democrático describe el acuerdo de La Habana revela el desprecio que siente hacia el proceso de paz y su deliberada resistencia al cambio institucional, y para potenciar esa postura política se apoya, maquiavélicamente, en los hábitos tradicionales y continuistas que representan los grupos religiosos y, en muchos casos, una sociedad desinformada.

En conclusión, en el uribismo no hay transparente voluntad de paz; su maniobra es una estrategia electoral abroquelada en el desprestigio ideológico de los acuerdos.

 

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Por John Leguizamo. Tomado de El NY Times en Español.- Un productor bien intencionado me dijo alguna vez: “John, eres muy talentoso, pero qué lástima que seas latino… si no, hubieras llegado mucho más lejos”. Cuando propuse una película sobre latinos, otro productor me contestó: “¿Latinos? La gente no quiere ver latinos”. Esta no es solo mi experiencia, sino una experiencia típica que viven los latinos en Estados Unidos.

Donald Trump ha hecho una sola cosa positiva. Le ha dado aire a una comunidad diversa y conflictuada. Durante años, activistas y políticos se han esforzado para lograr que los latinos voten y demuestren su poder. Sin embargo, no fue sino hasta que la retórica racista de Trump puso los reflectores sobre el sentimiento antilatino que experimentamos la necesidad de alzar nuestra voz sobre los temas que nos importan: desde el financiamiento adecuado para nuestras escuelas y una mejor infraestructura en nuestras comunidades, hasta atención médica que no considere que la pobreza es una condición preexistente.

En Estados Unidos hay cerca de 56 millones de nosotros. Somos la minoría étnica más grande del país; conformamos casi el 18 por ciento de la población. Aún así, los estudiantes latinos abandonan sus estudios de bachillerato en una tasa más alta que los miembros de cualquier otra minoría. Somos víctimas de negligencia, discriminación e ignorancia. Hemos crecido en medio de una falta de respeto arraigada hacia la cultura latina, y a menudo hemos internalizado ese desprecio.

El discurso dominante es que simplemente cruzamos “ilegalmente” la frontera o que “acabamos de bajar del bote”. De hecho, los españoles son la prueba del primer pecado original estadounidense: maltratábamos a los pueblos indígenas mucho antes de que el Reino Unido trajera esclavos a las colonias. A la gente se le olvida que los latinos fundaron algunas de las primeras ciudades de Estados Unidos.

Los latinos han dado la vida por Estados Unidos desde antes de que fuéramos un país. ¿Por qué nuestros niños no han oído que miles de patriotas latinos lucharon por el país en la Guerra de Independencia? Bernardo de Gálvez, un general español, reclutó a mexicanos, cubanos, indígenas estadounidenses y afroamericanos libres para luchar contra el Reino Unido en el sur, mientras que mujeres cubanas donaron sus joyas y dinero para ayudar a los patriotas. ¿Dónde está el documental acerca de eso?

¿Por qué no saben de los muchos latinos en la Guerra de 1812? ¿Ni sobre los 20.000 latinos que lucharon con valentía en la Guerra Civil? ¿O de aquellos que ganaron Corazones Púrpuras o Cruces de Guerra en la Primera Guerra Mundial?

Es como si nuestro heroísmo y sacrificio de alguna manera fueran menos importantes, como si para nada existiéramos en la historia. Sin un pasado que nos alabe y enaltezca, ¿cómo lanzarnos hacia un futuro desconocido y frágil?

Solo soy un historiador aficionado, pero soy experto en mi vida y carrera. Así que para mencionar un desaire más contemporáneo, puedo decir que los hispanos son el grupo étnico menos representado en el cine y la televisión. “Saturday Night Live” acaba de contratar a su primera comediante latina. ¿De verdad tenemos que creer que hay tan pocos latinos graciosos? De forma similar, somos marginados en los negocios y en la vida corporativa.

Esta exclusión envía un mensaje doloroso a cada niño latino sobre cómo se le considera y juzga. Las personas latinas enfrentamos un desafío doble: crear nuestra propia imagen positiva mientras combatimos la manera en que la sociedad en su conjunto nos representa. Sin libros de texto en las escuelas que hagan justicia a nuestras contribuciones a Estados Unidos, y sin representación mediática que se expanda para incluir más rostros y voces latinas, somos vulnerables a un demagogo como Trump, quien argumenta que todos somos “narcotraficantes”, “violadores” y “criminales”.

Pero varios estudios han hallado que no existe un vínculo entre la inmigración y el crimen violento. El hecho es que los inmigrantes como grupo cometen mucho menos crímenes que el resto de la población estadounidense. En su mayoría están aquí solo para buscar una mejor vida.

Puede ser difícil lograr eso cuando los estados donde viven los inmigrantes —sobre todo Texas y Arizona— manipulan a las comunidades latinas para sacarlas del poder político y limitan el financiamiento de sus vecindarios. Los latinos no son liberales de manera uniforme; algunos son conservadores a causa de sus creencias religiosas u opiniones fiscales. Sin embargo, si todos los latinos elegibles votaran, varios estados pasarían de ser republicanos a demócratas.

Necesitamos una primavera latina en este país. Necesitamos exigir poder y oportunidades iguales. Una amiga hizo hace poco un pequeño experimento para revelar el sentimiento antilatino. Envió dos hojas de vida con su foto para una oportunidad de actuación. Da la casualidad de que tiene una tez muy morena. En una hoja de vida utilizó su nombre latino, mientras que en el otro utilizó un nombre que sonaba a persona blanca. Con el nombre latino no recibió ninguna llamada, mientras que con el otro recibió algunas respuestas.

¿Dónde más ocurre esta categorización racial mientras “vivimos siendo latinos”? Ocurre mientras esperamos un ascenso que jamás llega, mientras intentamos rentar un Airbnb para las vacaciones pero nadie responde, o mientras trabajamos para que las vidas de nuestros hijos sean mejores que las nuestras.

Los latinos necesitamos exigir nuestro lugar en la historia estadounidense. Debemos exigir una parte igual del sueño estadounidense y no aceptar una versión degradada. Debemos dejar de aceptar que nos excluyan solo porque no nos persiguen. En esta elección crítica, y en el futuro, los exhorto a registrarse y a votar, a que los tomen en cuenta y los escuchen.

 

@JohnLeguizamo

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Por Amylkar D. Acosta M.-  Ya habíamos tenido oportunidad de llamar la atención sobre la ausencia de claridad, coherencia y definición por parte del Gobierno Nacional en lo atinente a la política pública en materia de los biocombustibles en Colombia, al tiempo que le planteamos la necesidad de soltar las amarras que le impiden crecer más autorizando el incremento del porcentaje de las mezclas.

Como se recordará, las leyes 693 de 2001 y 939 de 2004, que tuvieron su desarrollo a través del Documento CONPES 3510 de 2008, sentaron las bases y condiciones para el surgimiento y expansión de la agroindustria de los biocombustibles en Colombia, al establecer la obligatoriedad de la mezcla de un porcentaje de etanol con la gasolina – motor y de aceite con el diesel.

Siempre se dijo que este programa tendría un carácter multipropósito: la seguridad energética, reduciendo la dependencia con respecto a los combustibles de origen fósil, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero producto de la combustión en los motores y dinamizar el sector agrícola.

En efecto, gracias a la mezcla de un 8% de etanol con la gasolina – motor y del 9.2% de aceite con el diesel, se reduce el consumo de 19 mil barriles/día de derivados del petróleo. Ello es tanto más pertinente si tenemos en cuenta la precariedad de las reservas de petróleo con que cuenta el país y su tendencia a la declinación desde el 2014, al tiempo que el coeficiente reservas/ producción (R/P) pasó de 6.6 en 2013 a menos de 5 en la actualidad.

También ha venido cayendo la producción y cada vez nos alejamos más de la meta de producción de un millón de barriles/día, al punto que la producción fiscalizada para el mes de septiembre fue de solo  859 mil barriles  diarios  promedio anual.

Es un hecho que el uso de los biocombustibles en Colombia ha venido contribuyendo a reducir las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) en aproximadamente 2.5 millones de toneladas/año, equivalentes a 6 puntos porcentuales de los 20 a los que se comprometió el Gobierno Nacional con la COP21 hacia el 2030, como su contribución al combate al cambio climático.

Este compromiso de Colombia es tanto mayor porque, además de ser vinculante a partir del mes de noviembre, fue quien planteó la iniciativa y la viene liderando de los Objetivos del Desarrollo Sostenible (ODS). 

Gracias a esta agroindustria se ha ampliado la frontera agrícola del país, particularmente las áreas cultivadas palma africana que ha incorporado 250 mil hectáreas nuevas de cultivos de la fruta a lo largo y ancho del país. 8 departamentos del país cuentan ya sea con cultivos de caña o palma para producir la materia prima o con las plantas, 12 en total, para procesarla.

Son más de US $300 millones los que se han invertido en las plantaciones agrícolas de esta nueva cadena productiva y más de US $300 millones en las plantas procesadoras de los biocombustibles. Todas esta inversiones han sido posible gracias a la confianza – inversionista en unas reglas claras y establecidas, que ahora se pretenden alterar, que han incentivado a este subsector que ya representa el 0.306% del PIB total (0.11% el etanol y 0.19 el biodiesel), mientras que el cultivo de caña y de palma representan 7.74% del PIB agrícola (4.03% la palma y 3.71% la caña).

La agroindustria de los biocombustibles genera más de 81 mil empleos formales directos e indirectos permanentes, principalmente en el campo, sobre todo, en las zonas en donde el conflicto social y armado ha sido más agudo. , trayendo tranquilidad y poniendo de presente que en nuestros

Todos estos logros y beneficios son los que se están poniendo en riesgo con la expedición de dos resoluciones que, por un lado (Resolución 40953 del 3 de octubre de 2016 del Ministerio de Minas y Energía) se congela el precio de los biocombustibles, sin argumento alguno de peso que lo justifique y por el otro (Resolución 140 de 2016) se pretende por parte de la CREG, que no es competente para ello, equiparar el precio de los biocombustibles, que son un aditivo oxigenante, con los combustibles de origen fósil. Esto es un despropósito, pues con ello el propio Gobierno le está poniendo palos en la rueda del avance de este sector y de Ello es un despropósito que daría al traste con este sector y, de contera, va a contrapelo del Acuerdo de La Habana, ahora en revisión y ajuste, que consigna en su primer punto el desarrollo agrario integral.

Bogotá, octubre 29 de 2016

www.fnd.org.co

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Por Rodrigo Zalabata Vega.- Imagino aquel 12 de octubre de 1492, en una madrugada que se abrió de pronto sobresaltada por la resonancia del castellano engolado de Rodrigo de Triana: ¡TIERRA! ¡TIERRA!, grito encarapitado en el puesto de vigía de La Pinta con el más puro acento bizarro. Quienes a esa hora navegaban en el sueño de la desesperanza despertaron al sentir que el cielo rogado se abría en dos y la divina providencia les anunciaba el puerto de entrada a Oriente, en un viaje signado justo por la desorientación, que a duras penas se mantenía a salvo del naufragio. En aquel instante la noche debió destaparse como un coco y la luz del amanecer caer como agua dulce, ante la imagen de un oasis seco, multiplicado de palmeras, en el centro de un desierto de agua.

Lejos estaban aquellos navegantes de saber el mundo que se revelaba ante sí. Cuando pusieron un pie en tierra y encontraron la primera nativa, aun creyéndola originaria de la India, debieron temblar de emoción ante una Eva renacida con piel de arcilla y olor a tierra, sin el pecado original porque apenas arribaban con Dios, que podían tomar como cosa natural ahorrándose sacrificar una costilla por ella.

Han pasado cinco siglos desde aquel amanecer que reveló la foto más consagrada del paraíso terrenal, puesta en movimiento por el cinematógrafo de la memoria multicolor de todas civilizaciones que cruzaron su destino alineado al meridiano de Occidente. Aun no es claro lo que significa una fecha que al trasluz de la historia desatada no sabemos si celebrar o lamentar.

Cierto es que la historia sucede un paso adelante, antes que podamos explicarnos las fuerzas intrínsecas que la desarrollan. ¿Qué sucedió aquel día? Algo contrario al destino deseado. La expedición al mando de Cristóbal Colón buscaba establecer una nueva ruta comercial de las especias y los metales preciosos con Las Indias, ya que el imperio Bizantino había caído en manos de los turcos con la toma de Constantinopla en 1453, la ciudad bisagra entre occidente y oriente, al tiempo de la camisa de fuerza que sobre la vieja ruta que bordeaba la costa africana imponían los portugueses. La ruta marcada era navegar en sentido contrario hacia el oeste (occidente) hasta llegar al oriente (Las Indias) cercano y lejano que había prefigurado en sus relatos Marco Polo, prevalidos de la idea de la redondez de la tierra; un abismal riesgo que asumían al tratar de surcar el horizonte pues se trataba de una teoría todavía sin demostración.

¿Qué sucedió a partir de aquel día? La toma de un continente por la imposición de una civilización sobre otras. La ventaja militar de tener más templados los metales de la guerra, acompañada de la coerción ideológica del abuso de una religión que blandía un Dios de subjetividad absoluta que anticipaba la hoguera a quien no creyera en él, posibilitó La Conquista que nada tuvo que ver con el corazón.

La prehistoria antes de la historia narrada es la siguiente. Hace 80.000 años, el homo sapiens, erguido de orgullo, después de haber descendido de los homínidos que copaban los árboles y gateado por las planicies africanas, comenzó las migraciones y el poblamiento del planeta. Hoy la ciencia, mediante estudios genéticos desarrollados en los años 80 del siglo pasado, tiene demostrado el curso de la humanidad, a partir de la huella que deja el ADN mitocondrial que trasmite la madre. Todos descendemos de una Eva negra que habitó África hace unos 150.000 años. El hombre americano llega al continente por el estrecho de Bering hace unos 20.000 años, antes que la última glaciación lo separara del resto de sus hermanos de la tierra.

Cuando el hombre europeo llega a América en 1492 lo que ocurrió fue el reencuentro con un hermano que aun siendo niño se extravió de su hogar natal en África, ajeno al centro estratégico de operaciones en que se constituyó Europa, como puerta de entrada y salida entre Occidente y Oriente.

Tal suceso significó el reencuentro de la humanidad entera. El levantamiento cartográfico del hogar que habitamos todos. La misma sensación ecuménica del hombre cuando al pisar la luna pudo divisar la imagen del planeta tierra.

Aquella diáspora de la humanidad que partió de África, en tiempo anterior,pudo habitar el mismo lugar en el gran continente Pangea, pero la evolución geológica ya lo había fracturado en el rompecabezas del mapamundi.

Por eso deberíamos iniciar un viaje imaginario de regreso a África, reunirnos en una noche tribal alrededor del fuego del hogar en memoria de esa Eva negra, después de poner un pie en el continente desorientado del corazón compartido de la humanidad. Para que cada vez que nos encontremos con cualquiera de este género podamos decirle de la manera más coloquial ¡q’hubo hermano!

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Por Jorge Gómez.- Tomado de El Espectador.-Aún permanecen claras en la retina las imágenes de la más multitudinaria marcha que ha habido en la historia de Colombia, el 4 de febrero de 2008, cuando ríos humanos colmaron las principales ciudades del país exigiendo a grito herido “No más FARC”, en apoyo al gobierno de Álvaro Uribe que con fiereza las combatía.

Fui uno de los que salió a marchar, indignado por la ‘forma de lucha’ que practicaban, la de secuestrar civiles para forzar a un Intercambio Humanitario consistente en trocar a su rehenes por guerrilleros presos. Ese fue el mayor error que las FARC cometieron en su accionar subversivo, pues con el trato inhumano que les dieron a sus cautivos mandaron a la bancarrota su proyecto político. Al final, fueron ellos los que se vieron forzados a sentarse con Juan Manuel Santos a hablar de paz.

Ocho años después de esa marcha la situación se invierte, y con el mismo cariz trágico-dramático. Si hemos de creerle al genial caricaturista Matador, “Álvaro Uribe y su pandilla secuestraron literalmente a la paloma de la paz. Teníamos un proceso y ya no está. Estamos en un limbo, en una incertidumbre, en una encrucijada, y veníamos de un sueño”. (Ver entrevista a Matador y ver paz secuestrada).

Si hace ocho años el sueño era liberar a Íngrid Betancourt, a los once diputados del Valle y a centenares más, ese sueño se transformó en la pesadilla que comenzó el domingo 2 de octubre, cuando el rencor del hombre urbano que ve la guerra por televisión le ganó la partida al perdón del campesino víctima del conflicto. Absurdo, a más no poder.

Pesadilla también para el incisivo columnista Adolfo Zableh, quien comenzó a ver la trama política como un filme de terror, coincidente con el Halloween: Uribe “parece uno de esos asesinos de películas que tiene amarrada a su víctima y la víctima somos nosotros. Podremos suplicar, llorar, tratar de hacerlo entrar en razón, que no va a servir”. (Ver columna).

 

Y para no permitir que se cerrara el telón de lo macabro, así se expresó Daniel Samper Ospina: “desde hace dos semanas en Colombia todo sucede al revés: el estamento pide guerra y la guerrilla pide paz; Pacho Santos ofrece declaraciones que brillan por su sensatez; el presidente no logra hacer la paz, pero obtiene el Nobel; los uribistas que antes pedían acelerar el proceso, ahora piden calma para renegociarlo; y el gobierno, que se tomó años en sacarlo adelante, ahora exige celeridad”. (Ver columna).

Es bien llamativo que Matador, Zableh y Samper Ospina, tres personas talentosas y divertidas que desde sus respectivas tribunas de opinión ponen a pensar al país, hayan coincidido en mostrar el mismo panorama terrorífico, espantoso, sobrecogedor. Si no fuera porque lo expresan desde las trincheras del humor, no daría espacio para la risa sino para la desazón y el crujir de dientes. Estamos ante una situación muy delicada, y parece que la única salida para impedir que nos roben la paz es la movilización popular. En tal dirección son reconfortantes las marchas que han comenzado a gestarse, sobre todo entre la juventud y el estamento universitario, pero no es suficiente.

Luego del vuelco de 180 grados que desde aquel domingo aciago tiene a Colombia en semejante atolladero, está haciendo falta la contramarcha que nos permita pasar del ‘No más FARC’ al ‘No más Uribe’. Qué bueno sería entonces para la salud democrática de nuestra nación si pudiéramos juntar en el sitio más concurrido de cada pueblo y ciudad de Colombia a los que quieren cantarle al senador Álvaro Uribe “toda la hartura, todo el fastidio, todo el horror que almacenan nuestras odres” cada vez que sabemos de la última triquiñuela que se inventó para seguir haciendo invivible la República. Si ayer la zozobra o el pánico colectivo lo causaban las FARC, hoy lo producen con la misma o mayor intensidad este exmandatario y su dañino combo.

En días pasados acogí entusiasta en mi página de Facebook la iniciativa que alguien, no sé quién, lanzó de organizar una marcha para decir No más Uribe. De puro desocupado se me ocurrió compartirla también en el grupo ‘Un millón de voces por la paz’, con casi 15.000 miembros, y fui el primer sorprendido al ver la acogida que tuvo y la posibilidad real de cuajar esta original protesta, no con el ánimo de fomentar el odio contra un individuo en particular, como dijo alguna voz respetable de la izquierda, sino con el loable y altruista propósito de contribuir a remover el más grande obstáculo que hoy presenta el camino de la paz.

Cuando estábamos a milímetros de darles cristiana sepultura a las FARC e incorporarlas sin armas a la vida política, se presenta este confuso avatar donde ni los promotores del NO sabían que iban a ganar. Ellos tampoco creían en los engaños que con confesa mendacidad y en estrecha complicidad con centenares de pastores evangélicos inventaron para confundir al electorado. Esto es tan cierto que varios miembros del Centro Democrático tienen demandado el plebiscito, y después de haberlo ganado quisieron echar las demandas atrás pero no pudieron, y la única luz al final del túnel estaría en que la Corte Constitucional o el Consejo de Estado desde el lado de la juridicidad les dieran la razón a los demandantes…

Pero vamos al grano, como dijo el dermatólogo: hay alguien dedicado a ensuciar el agua donde todos nos bañamos, para que no se note lo sucio que él está. en busca de alcanzar este objetivo necesita desmontar la Jurisdicción Especial de Paz (JEP) y su táctica consiste en dilatar, prolongar, estirar, armar el caos de aquí a 2018, para luego aparecer como el salvador con su candidato a la presidencia.

Ante tan alarmante, agobiante, deprimente y aberrante situación urge poner la escoba detrás de la puerta y exigir, o si fuera el caso implorar: Señor expresidente Uribe, permítanos por favor disfrutar de la paz con la que están de acuerdo la Organización de Naciones Unidas (ONU), la Comunidad Europea, los gobiernos de EE UU, China y Rusia, el Comité Noruego del Nobel de Paz, el Dalai Lama y hasta el mismísimo Papa Francisco. No más, señor Uribe, ¡deje a Colombia en paz!

Si la memoria no me falla, la marcha está anunciada para el 2 de Diciembre.

 

DE REMATE: Al presidente Nicolás Maduro hoy le pasa lo mismo que al expresidente Uribe: está subido sobre un tigre del que si se baja, el tigre se lo come.

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Por Alberto Barrera Tyszka.- Antes de salir de vacaciones, dejando al país en un incendio, Nicolás Maduro se despidió de un grupo de seguidores preguntando lo siguiente: “¿Ustedes quieren enfrentarse otra vez en la vida a la tragedia circunstancial que nos tocó vivir el 6 de diciembre que nos ganara la oligarquía? ¿Ustedes se van a calar otras elecciones donde la oligarquía tenga algún triunfo?”  Fue la justificación más clara y directa de la actuación del CNE esta semana. Esas preguntas, lanzadas en voz alta y en tono camorrero, son el único argumento que se esconde detrás del silencio de Tibisay Lucena.

No habló Maduro de fraude. No mencionó ninguna de las supuestas denuncias que ha invocado el oficialismo. Maduro habló con las cuerdas vocales en el duodeno. Habló desde el miedo. Desde la intolerancia. Desde el autoritarismo. Maduro nos dijo que no se cala la democracia, que no acepta que otro, distinto a ellos, pueda ganar las elecciones.  Ese mismo día, por cierto, ante un grupo de sus seguidores, Donald Trump también aseguró que solo reconocería los resultados electorales si él quedaba como ganador.  La vida suele regalarnos casualidades que son relámpagos.

Después de realizado el sicariato judicial, Nicolás Maduro se comunicó nuevamente con el país. Como si no pasara nada demasiado especial. Desde Azerbaiyan y por teléfono, con voz calmada y con una naturalidad indignante, el Presidente hizo un llamado “a la tranquilidad, al diálogo,  a la paz, al respeto a la justicia y al acatamiento de las leyes, a que nadie se vuelva loco”  Hay un Nicolás Maduro para cada ocasión y circunstancia.  Cuando habla con los suyos es feroz, no tiene matices. Cuando quieres expresarse como Presidente, ensaya un tono más ecuánime. Cuando habla con Rodríguez Zapatero, dice lo que la inocencia de Rodríguez Zapatero desea oír. Esta tal vez sea la mayor herencia de Chávez: la organización del delirio. La tranquilidad de que se puede hablar y actuar de forma contradictoria y antagónica sin morir en el intento. La certeza de que se puede mentir sin consecuencias.

El día de ayer, Diosdado Cabello, como vocero del partido de gobierno, dio una rueda de prensa donde nos ofreció otra versión de lo que ha ocurrido esta semana. Es un relato asombroso: la policía secreta ha detenido a un joven concejal del Táchira (cuya esposa ha denunciado que lleva dos días “desaparecido”) y, según asegura Cabello, en su teléfono celular han encontrado todo un nuevo y macabro plan subversivo de la oposición. Ahí, entre chats y archivos de notas, descubrieron la secretísima y violenta agenda con la que la oposición pretendía utilizar la validación de firmas para “tumbar a Nicolás Maduro”.  El PSUV es la impunidad envasada al vacío. Actúa como fuerza militar, como cuerpo policial, y convierte una especulación en algo fáctico. Cabello nos habló como si sus hipótesis fueran confirmaciones. Secuestran a un ciudadano, lo acusan de ser terrorista y, a partir de ahí, descalifican al adversario político, suspenden la vía electoral y se imponen como un poder que está más allá de la democracia.  Los golpes de Estado son para el oficialismo lo que fueron las armas de destrucción masiva para George W Bush.

Pero después de todo esto, por supuesto, Diosdado Cabello invocó el diálogo, el respeto a las reglas del juego, la necesidad de la mediación, la importancia de garantizar elecciones y procesos transparentes…¿Cuál Diosdado es más real? ¿El que baja la voz y convoca al diálogo o el que aparece en un show, con un mazo de cavernícola, amenazando a la oposición?  Ambos son el mismo. Ambos saben que pueden decir lo que sea. Que nada importa. Que luego harán otra cosa. Lo que haga falta. Lo necesario para permanecer en el poder. Para que sus privilegios sean irreversibles.

¿Cómo se lucha contra esto? ¿Cómo se combate a quienes no honran sus palabras? La convivencia humana, en cualquiera de sus formas, depende de una mínima fe en las palabras. El oficialismo ya pasó un límite. No solo frente a la MUD o la comunidad internacional. Pasó un límite frente a todos los venezolanos. Ya sabemos que ellos también lo saben: no son mayoría. Ya sabemos que mienten descaradamente. Que no quieren contarse. Ya sabemos que solo podemos creer en sus amenazas; no en sus promesas. El oficialismo ha perdido su capacidad de ser esperanza. Puede tratar de seguir imponiéndonos su silencio. Pero ya no tiene nada que decirnos sobre nuestro futuro.

La política también es un acto de lenguaje  ¿Es posible dialogar con alguien a quien ya no le creemos nada? ¿Se puede hablar con quien no quiere escucharte? ¿Cómo? ¿En qué condiciones? ¿Cómo se sigue una lucha democrática en un contexto autoritario? ¿Qué frase viene después de la palabra dictadura?

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Por Diego González.- El problema no es la reforma tributaria, finalmente todo se paga con los impuestos, el problema es la percepción bien fundada que tiene la sociedad Colombiana de que las cargas tributarias no se ven reflejadas en la inversión que se requiere, eso sumado a los actos de corrupción que son la capa de grasa que tapona las arterias del desarrollo de los pueblos, y la insatisfacción de los más necesitados que tampoco se benefician con los esfuerzos de los que pagan los impuestos.

Es indignante que la educación en Colombia no alcance para los estratos  más bajos, por qué razón los jóvenes de los estratos cero, uno y dos no pueden ser médicos, abogados, economistas , administradores etc, porque tienen que conformarse con carreras técnicas, como enfermeros , auxiliares de cocina, auxiliar de sistemas o cualquier otro programa, que de ninguna manera son motivo de vergüenza, por el contrario son una alternativa digna para capacitar nuestros jóvenes, pero no nos digamos mentiras, ¿que padre no quiere ver a su hijo convertido en profesional y con las mismas oportunidades que cualquier otro joven?.

Sin embargo, el país está muy cerca de enfrentar una profunda crisis, por lo que la reforma tributaria resulta no solo necesaria sino urgente, el hueco fiscal es de un poco más de 30,5 billones a la fecha y por diferentes causas, entre otras por la inesperada baja en el precio del petróleo, lo que indiscutiblemente obliga al gobierno nacional a buscar una solución inmediata.

Con esta propuesta el gobierno tendrá, el próximo año, ingresos adicionales equivalentes a 0,8 por ciento del producto interno bruto (PIB), es decir, unos 7,2 billones de pesos, para 2018 daría recursos de un punto del PIB, hasta llegar a representar 2,7 del PIB en 2022.

Algunas bondades del proyecto de ley se van a ver representadas en sectores sensibles, por ejemplo el sector de la salud recibiría 1,5 billones de pesos adicionales, también el sector vivienda para aquellos inmuebles que no superen los 800 millones de pesos en su valor quedarán exentos de IVA, en el caso del empleo el gobierno ha señalado que con incentivos tributarios, como bajar el impuesto de renta, las empresas podrán llegar a zonas afectadas por el conflicto generando oportunidades de trabajo.

Lo cierto de todo es que para poder justificar un tema tan impopular como el aumento de impuestos, en un país donde no existe cultura tributaria y en donde a diario la opinión pública recibe noticias de grandes actos de corrupción y dilapidación de recursos públicos, se requiere ganar la confianza de los sujetos pasivos de esta reforma, es decir del pueblo, y segundo generar al margen de esta reforma, otras tendientes a disminuir las brechas existentes en desigualdad y concentración de la riqueza.

La verdadera brecha social no radica en que existan muy pocos con demasiada riqueza o muchos demasiado pobres, la verdadera brecha se origina cuando existen muy pocos con acceso a la educación superior y la gran mayoría de jóvenes están sumidos en el analfabetismo o en las carreras intermedias que generan desventajas en el mercado laboral y que siempre pondrán por debajo a los de menos recursos.    

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Por Jairo Gómez.- Se elige al nuevo jefe del Ministerio Público. Tres connotados juristas aspiran a ocupar la jefatura que vela porque los funcionarios estatales cumplan con sus deberes so pena de ser sancionados.

De cada uno de los candidatos, sin embargo, se habla que estarían inhabilitados para ocupar dicha dignidad: Fernando Carrillo, por una vieja sanción de la que fue objeto por la entidad que aspira a regir; José Perdomo, por configurarse la puerta giratoria en el momento que lo ternó la Corte Suprema de Justicia; y María Mercedes López, por no haber cumplido un año desde que dejó su cargo en el Consejo Superior de la Judicatura. Dicen juristas que la aparente inhabilidad de López, es subsanable. Pero bien, esto es tema de abogados.

Vayamos a lo que nos atañe, a lo político. Cómo se mueven las fichas, desde el poder. Cómo el gobierno del presidente Santos, logra que la Unidad Nacional se mantenga lubricada para garantizar apoyos no sólo legislativos sino en favor de la paz. Deshojemos la margarita que desde la Casa de Nariño todos los días riegan con agua dulce.

En el palacio saben que la elección del procurador es mucho más que eso, es el futuro de la paz y el reacomodamiento del pugilato electoral para el 2018, y no puede darse el lujo que las huestes se le muevan del ring.

De lograr el partido Liberal la Procuraduría en favor de Carrillo, lo dejaría en inmejorables condiciones para enfrentar los comicios venideros: gobiernan la Registraduría, la Contraloría y ahora quieren el Ministerio Público, es decir, pan y pedazo debajo del brazo. La exquisita torta da para emplear a más de quince mil personas.

Ese regateo burocrático es el que da fortaleza electoral y en Cambio Radical no se cruzan de brazos; aunque controlan la Vicepresidencia, las cuatro ‘G‘ y en su haber cuentan con la Fiscalía General de la Nación y su poder burocrático, le quieren empantanar la aspiración al exministro. El Partido de la U tiene al presidente de la República y de sus filas salió el Defensor del Pueblo, pero eso no quiere decir que van a bajar la guardia y que al liberalismo le faciliten las cosas, elecciones son elecciones.

¿Y los Conservadores? No hay vuelta de hoja: es el comodín con que cuenta Santos para desempantanar sus propósitos legislativos y de paz.

La fama de puesteros es irremediable, por eso están en la Unidad Nacional. Más allá de los ministerios que regenta, una división interna los dejaría sin el control de la Procuraduría. Los divide la nostalgia ordoñista que, dicen, los trató muy bien burocráticamente, pero se les olvida que a ¡rey muerto rey puesto! ¿Le conviene esta división azul al presidente Santos? Uribe está al acecho y con sus pérfidos guiños podría catalizar ese descontento y eso, para el 2018 y el futuro acuerdo con las FARC, sería fatal.

¿Se respetarán los acuerdos? De ser así a los godos les correspondería el Ministerio Público, o noqueados los conservadores ¿para qué la Unidad Nacional?

Las paradojas de la política o politiquería nacional: son 17 los senadores de las minorías: Quince suman los verdes, el Polo y Opción Ciudadana más los dos indígenas, es decir, igual número de senadores liberales uno menos que los conservadores y no tienen posibilidad de acceder a uno de los órganos de control.

Así es la política en Colombia.

 

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