Opinión
La dejación de armas, es uno de los cayos en la mano. El gobierno insiste en ponerle fecha y plazos. Pero otra cosa piensan los guerrilleros.
Por Jairo Gómez.- Concluyó el ciclo 49 después de tres años y seis meses de negociación en La Habana. Un escueto comunicado conjunto nos notificó a los colombianos que “Las delegaciones del Gobierno Nacional y las FARC- EP hemos trabajado intensamente en la revisión de temas en torno al punto 3 de la Agenda Fin del Conflicto”.
Y más adelante nos señala: “En los últimos días, hemos logrado aproximar las visiones sobre los términos del cese al fuego y de hostilidades bilateral y definitivo, proceso de dejación de armas y garantías de seguridad”.
Evidentemente, el punto tres de la agenda sobre “Fin del Conflicto” no iba a resultar fácil de negociar. Hoy las delegaciones nos hablan de aproximaciones. No es para menos, en toda negociación siempre habrá desencuentros y las posiciones, cuando se está al final del proceso, se endurecen; y eso pasa hoy en la mesa. Para la muestra un botón:
La dejación de armas, es uno de los cayos en la mano. El gobierno insiste en ponerle fecha y plazos. Presiona para que este proceso sea lo más breve posible. De esta posición se infiere que para los negociadores oficiales la dejación es un momento, y compete solo a la voluntad de las FARC cumplirlo.
Pero otra cosa piensan los guerrilleros que, desde su lógica, aseguran que la entrega debe hacerse paulatinamente en las zonas de conflicto conforme se vayan implementado los acuerdos y materializando la reintegración; van más allá, la dejación de las armas debe ir acompañada de un acuerdo entre las partes que identifique fórmulas de cambio en la doctrina de las Fuerzas Militares, como eliminar las estrategias contrainsurgentes, y el imperativo de regresar la Policía Nacional a las toldas del Ministerio del Interior.
Otro forcejeo en la mesa, desde la perspectiva del gobierno, es que las FARC se asienten temporalmente en puntos específicos de la geografía nacional, que sus integrantes se registren, opten por cedularse y acojan el compromiso del no rearme y la reintegración, hasta ahí todo bien. Lo que incomoda a las FARC es que los negociadores del gobierno quieran evitar que sus filas puedan reunirse con la población civil, además de exigir que las armas sean depositadas en lugares específicos, mientras dure el cese bilateral. Según el gobierno solo podrían portar el armamento necesario para la defensa personal.
Entonces, aparece la contrapropuesta de las FARC que sugiere crear, en las zonas de concentración, las “terrapaz”: áreas definidas en donde los guerrilleros pueden movilizarse libremente y hacer proselitismo con la población civil. En ese contexto, insisten los rebeldes, la dejación de armas se hará paulatinamente, y el compromiso debe ser bilateral.
Dos posiciones antagónicas que hoy van en aproximaciones. Bien lo dijo el Comisionado Sergio Jaramillo: “estamos en la etapa de temas duros y definitivos”. Desencuentros en La Habana, pero no insalvables.
Por Amylkar Acosta M.- A mediados del año pasado, el Ministro de Hacienda Mauricio Cárdenas, ante los nubarrones que se posaban sobre la economía colombiana, le daba un parte de tranquilidad al país: “la tasa de cambio flexible nos ayuda a estimular las exportaciones y a sustituir importaciones, por lo que se reduce el déficit en cuenta corriente” y remataba diciendo que “el peso más débil ayudará a la recuperación del crecimiento, llevándolo a su ´velocidad de crucero´ de entre 4.5% y 5% por año”, al tiempo que le apostó a un crecimiento del PIB para el 2015 del 3.5%.
Pues nada de lo que él previó pasó, empezando porque el crecimiento del PIB el año pasado cerró en un 3.1%, muy por debajo del 4.6% de 2014. Claro que para el Ministro Cárdenas, frente al mal de muchos, “si nos comparamos con el resto de Latinoamérica vamos bien”. Dicho coloquialmente, la habíamos sacado barata, porque nos pudo haber ido peor.
2014 y 2015 han sido dos de los tres peores años en el desempeño de la economía colombiana en la última década, afectada por la caída de los precios de los commodities y su demoledor impacto en las finanzas públicas, el desplome de la actividad industrial, la caída del consumo y la inversión privada, el déficit histórico en la cuenta corriente de la balanza de pagos, la devaluación y de contera el encarecimiento del servicio de la deuda externa. De allí que, dados los vientos en contra y el adverso entorno externo, las perspectivas de la economía colombiana sean tan sombrías.
Después de casi una década de revaluación del peso frente al dólar, en el 2015 la moneda colombiana se depreció el 37.2%, rebasando con creces la cotización del deseado “dólar Cárdenas” de los $2.000 el dólar y llegó a rozar los $3.500. Pero el peso “más débil” ni estimuló las exportaciones ni ayudó a la recuperación del crecimiento como se esperaba.
Como lo advierte el Presidente de ANALDEX Javier Díaz, “hay dificultades para retomar la senda del crecimiento, cuando uno mira el aprovechamiento de los acuerdos, este no se ha dado en buena medida porque nuestra economía sufrió una revaluación que golpeó el aparato productivo colombiano”.
Según la OMC, las importaciones mundiales se estancaron por completo entre 2010 y comienzos de 2014 y desde entonces hasta la fecha han bajado 14%. Es más, según la OMC, el comercio mundial crecerá en 2016 2.8% y no el 3.9%, que era su anterior cálculo. Y no hay que perder de vista, además, que las dos terceras partes del comercio mundial son manufacturas y sus partes o componentes.
De allí que, como lo afirma el ex ministro de comercio Carlos Ronderos, “el mundo que nos queda para ampliar nuestro comercio está relacionado con nuevos productos”, pero que, además, “vayan a mercados que hayan devaluado menos que nosotros”. Y lo corrobora Javier Díaz cuando asevera que “hay una menor demanda por nuestros productos. No basta con que el dólar esté alto para que se disparen las exportaciones y haya una reacción inmediata. Es que no hay mercado y los precios cayeron”, no sólo los de las exportaciones tradicionales sino los de las no tradicionales.
Así las cosas no es de extrañar que el año anterior, según cifras del Banco de la República, el déficit en cuenta corriente de la Balanza de pagos si bien bajó en términos absolutos con respecto a 2014 US $668 millones, al pasar de US $19.593 millones a US $18.925 millones, dicho déficit equivale al 6.4% del PIB, 1.2 puntos porcentuales más alto que en 2014, contra un déficit histórico del 3%. Esta aparente paradoja se explica por la reducción en dólares del PIB corriente.
En lo corrido del año la caída de las exportaciones persiste y registra una disminución del 31%, al pasar de US $6.035 millones FOB para el mismo período en 2015 a US $4.156 millones.
La crisis del sector externo se acentúa aún más con la caída de la inversión extranjera directa, por cuyo concepto entraron al país en 2015 US $11.427 millones, 24.37% menos que en 2014, esto es, una caída de US $3.682.07 millones en sólo un año, siendo el descenso mayor en el sector minero (US $533 millones) y petrolero (3.063 millones), cayendo el 66% y el 25%, respectivamente. La situación, entonces, es preocupante y amerita andar con pies de plomo.
Bogotá, abril 17 de 2016
www.fnd.org.co
Por Felicia Saturno Hartt.- Tal vez los que vivimos en el primer decalustro de este siglo, habiendo nacido en el anterior, tenemos la suerte de mirar en retrospectiva intensos procesos sociales y políticos que han cambiado, no sólo el quehacer de la humanidad, sino sus paradigmas e incluso ampliado el sentido de la libertad.
Pero aún son persistentes las visiones reduccionistas del mundo. Esas que hacen dueño de la verdad a quien profese un credo, a quien milite en una fuerza política, favorecida por los votos y las mentiras de cambio en spray, a los que hacen de la moral y la ética un decálogo de obligaciones sin tiempo y espacio.
Nunca pensé, cuando transitaba los espacios de mi Alma Mater, en los ya lejanos años ochenta, que, en el año 2016, aún los mismos prejuicios y estereotipos, que provocaron las grandes protestas de los años 60, 70 y 80, estarían no sólo en la reflexión colectiva, sino en las agendas políticas.
El aborto, los derechos humanos de los homosexuales y de la amplia diversidad sexual, hoy reconocida por la Ciencia, la propiedad, la familia, en sus manifestaciones más diversas y solidarias y la discriminación tuviesen, en estos días, el mismo enfoque y los mismos enemigos. Entre muchos temas que aún provocan airadas pretensiones de mesías religiosos, de corte más fundamentalista que los ayatolás, hoy más ponderados, por el cambio callado de esas sociedades.
He observado con preocupación la visión de túnel de algunos políticos, representantes de un electorado, cada vez más plural y más enterado, que votó por ellos para lograr reivindicaciones y no prohibiciones.
¿Acaso un representante, congresista o diputado, concejal o edil, tiene que defender los derechos de la gente, haya votado por él o no, por el hecho de haberse tornado en servidor público por el voto y el cobro de sus dietas o emolumentos?
La gente quiere sentirse ciudadano, porque los deberes son obligaciones que recuerda el aparato comunicacional del estado, cuando cobra los impuestos y amenaza con multas y sanciones, entre otras formas de lograrlo, y los derechos son los que deben garantizarse, por encima de cualquier diferencia.
Cuando le negamos a una persona la posibilidad de ser igual ante la ley a los otros, en términos de etnia (no raza), economía, sexo, status jurídico, libertades públicas, constitucionalmente contempladas, estamos ante una violación de sus DDHH.
Desde Rousseau hasta Berlín, todos, absolutamente todos, han expresado, de forma enfática, que lo que define a la Democracia, en sus imperfecciones, son sus condiciones: pluralidad, libertad, justicia, igualdad, respeto, desde la esfera de lo individual; y desde la dimensión social, Democracia es equidad, legitimidad, legalidad, participación y paz.
Dos esferas, dos dimensiones, que se integran y hacen posible que el ciudadano existe como tal y el Estado y su gobierno logren sus objetivos.
Precisamente, el obscurantismo ante el aborto, el totalitarismo ante los sexodiversos y el apoyo y la omisión ante la corrupción que dilapida el patrimonio de nuestras naciones, me recordaron un ensayo sobre la Libertad Política, que Isaiah Berlín desarrolló en la década de los 50, donde hablaba de la libertad negativa, cuando los obstáculos son creados por el hombre, tanto de forma deliberada como involuntaria, que depende del grado en que tales obstáculos creados sean avalados por instituciones.
Es negativa, en este contexto, porque priva gradualmente a las personas de su libertad de elección y serían sólo libres los difuntos porque ellos no tienen expectativas y deseos.
Porque el sentido de la Libertad Política radica en poder opcionar, elegir, representar, tener posibilidades de acción. Lo contrario, es el control y eso es Fascismo, la máquina del horror que iguala, esconde, viola, reprime y señala a la gente.
En esta época de profundas contradicciones requerimos estar alertas, porque aún la verdadera independencia que garantiza los valores supremos del hombre tiene enemigos poderosos y, muchas veces, los hemos elegidos nosotros mismos.
Por Luis Fernando García Forero.- En la actualidad estamos viviendo importantes y significativos cambios sociales, que han generado un nuevo orden y han puesto a prueba las visiones que tratan de organizar el mundo.
En este contexto, de cambios y desafíos, estamos en una verdadera revolución, no sólo tecnológica y comunicacional, con el poderosísimo impacto de la tecnología y las interacciones, sino una revolución sociopolítica.
La sociedad de la Era Digital está poniendo a prueba a todos los actores de la humanidad. La inmediatez, la interacción y la diversidad, propias de esta era, son nuevos retos a la política y a los que hemos hecho de ella nuestra misión de vida.
La globalización y las telecomunicaciones ampliaron las necesidades y las exigencias del mundo. En otras palabras, diversificaron los escenarios, hicieron visible a todos y, por ende, ampliaron el espectro de las demandas y expectativas políticas.
Estas demandas y expectativas, por sí solas, son una exigente prueba a los principios que comandan la acción, ya que no sólo tenemos que velar por una sociedad más justa, equitativa y con instituciones sólidas, que resguarden la vida y los derechos de los ciudadanos y sus comunidades y familias, sino aceptar los desafíos que implica legislar o proyectar para los entornos digitales, sin perder la perspectiva del derecho a la información, a la privacidad y a la accesibilidad.
Esto es una situación que amerita una reflexión profunda y una posición clara y definida, porque el Internet, en otras expresiones extraordinarias del avance tecnológico, ha conjurado los fantasmas del control y la represión en algunos gobiernos y organizaciones, porque la accesibilidad y democratización de los contenidos puede influir en las opiniones y las acciones de las personas y generar mayores y más exigentes demandas.
Como Liberal estimo que estos nuevos escenarios y contextos traen a la mesa de diálogo los temas que han enriquecido el debate liberal de todos los tiempos y todas las épocas. Sobre todo la discusión sobre la libertad y la propiedad.
La Era Digital como escenario nos exige a los políticos respeto, moderación y responsabilidad, rasgos que definen el accionar de la democracia como sistema político, en el marco de sus dos grandes cualidades: la libertad y el pluralismo.
Las pruebas del Liberalismo Moderno no están en definirse entre los extremos, sino reinventarse ante los desafíos de un mundo que seguirá cambiando, aunque no se actúe.
Esta era es una infinita posibilidad de democratización del mundo, al tener no sólo la poderosa oportunidad de relacionarnos con las necesidades, expectativas y visiones de la gente, sino de dialogar y participar como actores en esos procesos.
La comunicación siempre será un proceso antitotalitario y el mayor recurso para preservar a la Democracia de sus consecuentes enemigos.
Por Gabriel Ortiz.-Las encuestas se han convertido en el “coco” de políticos y gobernantes, también de algunos medios de comunicación. De un tiempo para acá, las encuestas sobre favorabilidad del Presidente Santos, han ido cayendo, lo mismo que las acciones de su gobierno. Según las mediciones, se está deteriorando aceleradamente. Unas lo sitúan por los lados del 34 por ciento (CNC), otras menos optimistas (Gallup) lo bajan al 24%. Y hay otras más, que tampoco coinciden.
Esa la razón para que, el uribismo se avispara y convocara una marcha para el 2 de abril y esperaba que el país entero desfilara para pedirle al presidente desde la renuncia, hasta la eliminación del proceso de paz.
El Senador Uribe, su candidato de bolsillo, Oscar Iván y sus huestes, infestaron las redes sociales y con toda suerte de apelativos, llamaban a los colombianos a desfilar. El ideólogo José Obdulio Gaviria estimó que ocho millones saldrían a la calle.
Según dicen, hubo plata a la lata para estimular a las gentes, y en algunas partes amenazas, según dijeron en su oportunidad las autoridades.
La expectativa era general, pues la efervescencia daba a entender, según las encuestas, que todo el país –o por lo menos los seguidores que tiene el uribismo- saldrían a marchar para presionar al gobierno. Los no participantes, no lo harían por estar “enmermelados” o ser apátridas y bandidos.
Vino el esperado 2 de abril. Hábilmente se empezaron a dar a conocer, por internet, las “nutridas” manifestaciones captadas con cámaras muy bien manejadas que abultaban la asistencia. Pero cuando empezaba a conocerse la realidad en Bogotá y Medellín, el cuadro se descolgó.
La policía calculó en 81.900 las personas que desfilaron en 26 ciudades. Ese estimativo desinfló el uribismo, porque como dicen los políticos, la encuesta es la del día en que se pronuncia la gente. Los anunciados 8 millones quedaron en nada. El Centro Democrático pierde credibilidad, no son tantos, o no obedecen al jefe; o Santos no está como dicen las encuestas. A propósito: ¿cuantos serán hoy los uribistas? La encuesta del 2 dijo otra cosa.
BLANCO: Se avecina la reparación de Guatapé. Aceleradamente la ejemplar EPM, trabaja para superar los daños que la dejaron por fuera. Fue un caso fortuito, no falta de mantenimiento.
NEGRO: Cuidado: nos están preparando para nuevas alzas en la energía. Y la Creg ahí.
Por José Gregorio Hernández.- En los asuntos relativos a la paz, que, como proclama el artículo 22 de la Constitución, es un derecho y a la vez un deber de todos, las cosas tienen que ser analizadas con objetividad y con mesura, sin caer en excesos. Lo correcto es apoyar los procesos, sin perjuicio de la sana crítica.
Como lo dijimos en su momento respecto a las Farc, es indudable la importancia que tiene la decisión gubernamental de entrar en conversaciones de paz con el Ejército de Liberación Nacional (Eln).
Desde luego, pensamos que el Presidente de la República ha debido insistir mucho más en las exigencias mínimas a la organización guerrillera, particularmente en lo que toca con los secuestros y con los ataques a la infraestructura energética del país. Por eso, habiendo afirmado el doctor Santos, de manera terminante, que no iniciaba las conversaciones sino sobre la base de la liberación de personas plagiadas, es cuando menos una contradicción -con la consecuente pérdida de autoridad- que el proceso haya principiado cuando la liberación de Ramón Cabrales fue pagada- es decir, hubo extorsión y no acto humanitario y cuando solamente después de iniciado el proceso, el Eln ha dejado libre a un miembro de la Fuerza Pública y al ex gobernador del Chocó.
No obstante, aún con todo eso, la noticia es buena para el país. Tenemos que llegar, por la vía del diálogo y la negociación política, a la terminación plena del conflicto. En tal sentido, es lo cierto, como ya lo habíamos expresado que la paz con las Farc, si se llega a un acuerdo final tras todos estos meses de negociación, no era suficiente. Es indispensable vincular al Eln, así sea como se ha divulgado dentro de un proceso distinto y con una metodología diferente.
En todo caso, no podemos hacernos la ilusión de que la paz está a la vuelta de la esquina. Se ha avanzado mucho, pero faltan varios puntos de acuerdo con las Farc y todos con el Eln.
El asunto, entonces, no es de meses sino de años, y para ello lo mejor es que los diálogos con los delegados del Eln tengan lugar cuanto antes, y que, como se señaló en el documento divulgado, sean ininterrumpidos y con una hoja de ruta seria y cumplida.
Por Jorge Gómez Pinilla. Tomado de El Espectador.-En este conflicto armado que amenaza con agravarse, tienen razón los que decían que convenía iniciar también conversaciones de paz con las fuerzas que representa Álvaro Uribe. A la par que se desmovilizan las FARC y el ELN asistimos a la consolidación de un movimiento guerrillero neoparamilitar, que se expande con la intención de remplazar a esos grupos y ocupar territorio, hacia el objetivo estratégico de recibir tratamiento político en un futuro.
Son tres las agrupaciones que en este escenario hacen sentir su accionar desde que ocurrió la supuesta desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia: 1) Las Autodefensas Gaitanistas (AGC), que los medios identifican como el clan Úsuga o los Urabeños; 2) Los Rastrojos o Rondas Campesinas Populares (RCP), creados por Wilber Varela alias "Jabón"; y 3) Las Águilas Negras, que agrupan a los paramilitares que no quisieron desmovilizarse, entre ellos Vicente Castaño. Cada uno de estos grupos tiene presencia en 119, 76 y 39 municipios respectivamente, para un total de 234 municipios ‘influenciados’.
El paramilitarismo en Colombia no surgió por generación espontánea. Fue el resultado de una alianza entre empresarios y ganaderos que ponían la plata, mientras sectores militares de extrema derecha armaban, protegían y capacitaban a esos grupos para que hicieran el trabajo sucio de ejecutar masacres sobre cualquier vereda o pueblo del que se sospechara que apoyaba a guerrilleros, en función de lo que ellos llamaban “quitarle el agua al pez”. Eran acciones de corte terrorista, pues se trataba de sembrar el terror para cortar con baños de sangre cualquier posible vínculo anterior o futuro entre pobladores y guerrilla.
La verdad monda y lironda es que estos grupos no desaparecieron, porque el enemigo al que querían aplastar tampoco desapareció. Y en consideración a que podían requerir nuevamente de sus servicios (como viene ocurriendo), lo que hicieron fue disminuir el número de efectivos bajo la tramoya de una negociación en Ralito, pero se dejó intacta su capacidad bélica. Esta es precisamente la que hoy renace al son del paro armado que inmovilizó a 36 municipios de cinco departamentos (Córdoba, Sucre, Bolívar, Antioquia y Chocó) como antesala de la ‘celebración’ de la marcha uribista del pasado 2 de abril, a la que invitaron con panfletos intimidatorios tanto el clan Úsuga como Las Águilas Negras.
En este contexto es bien diciente lo que le dijo Uribe a Noticias RCN desde Medellín, la ciudad donde fue más concurrida la marcha: “Le dan impunidad a un grupo, aparece otro. Así Colombia no saldrá de la violencia, y nos ayuda a crear conciencia sobre el efecto destructor de la corrupción”. Luego, el mismo periodista-activista que encabezó su nota diciendo “es incalculable el número de personas que se sumaron a esta gran protesta nacional”, retomó las palabras de Uribe para señalar que “el paro armado en Colombia obedece a la corrupción que el gobierno ha ofrecido, impunidad que ha alimentado el poder de las estructuras criminales”. Y a continuación el reportero dio paso de nuevo a las palabras de Uribe, quien dijo casi lo mismo que segundos antes, como si quisiera recalcar el libreto en ese punto específico: “Cada que le dan impunidad a un grupo terrorista, surgen otros. Cuando se le da impunidad a un grupo narcoterrorista, los demás se sienten autorizados para escalar el delito”. Ojo: “autorizados”.
¿Y cuál creen que fue el titular que le encontró el noticiero que dirige Claudia Gurisatti? Un cuarto eco para la misma idea: "Cada que le dan impunidad a un grupo terrorista, surgen otros": Uribe durante marcha”. (Ver nota de RCN). No se requiere ser semiólogo para advertir que en esta reiteración semántica se aprecia un mensaje subliminal de justificación y apoyo, tanto al grupo organizador como al paro armado que había terminado el día anterior. Y hay además una amenaza intimidante, cuando el senador Uribe anuncia que “Colombia no saldrá de la violencia”.
Pero fijémonos sobre todo en la justificación, porque allí da a entender que si fue posible negociar con un grupo narcoterrorista de izquierda, igual se requerirá un día negociar con el grupo narcoterrorista de derecha que no solo patrocinó su marcha sino que puso especial empeño logístico en Córdoba, cuna del paramilitarismo en Colombia y sede de la hacienda El Ubérrimo, al ladito de Montería, paralizada 24 horas antes por ese reducto paramilitar del que el expresidente no se puede sentir orgulloso de haber desmovilizado, pero que tanto le ha ayudado a su proyecto desde la trastienda.
El gobierno de Juan Manuel Santos cometió un grave error cuando subestimó el tal paro armado y no militarizó la región para garantizar la movilidad de los ciudadanos, con lo cual le dio pólvora al uribismo, al capitalizar este a su favor la ausencia del Estado en tan crucial momento. La militarización de la vida civil se dio entonces desde la otra orilla, y a las Fuerzas Armadas se les vio asumir un papel omisivo, o cobarde, o… ¿de repliegue táctico?
Sea como fuere, estamos ante un fenómeno neoparamilitar que amenaza con crecer si no se le pone a tiempo su tatequieto, porque asume como propia la doctrina de la Seguridad Nacional que identifica en líderes populares y gente de izquierda al ‘enemigo interno’ que se debe destruir, como en efecto ha comenzado a ocurrir de nuevo. Ya el editorial de El Espectador del 2 de abril (Andan sueltos los jinetes de la muerte) alertaba sobre el alto número de “asesinatos selectivos de defensores de derechos humanos, activistas de tierras y en general líderes de izquierda afines al proceso de paz”, mientras el alto comisionado para los Derechos Humanos, Todd Howland, advertía que “casi la mitad de estas personas están relacionadas con el Partido Comunista, la Marcha Patriótica o la UP”. Demasiada coincidencia, sin duda.
El neoparamilitarismo llega con la consigna de sembrar zozobra, y esa zozobra le cae como anillo al dedo al propósito de las fuerzas oscuras interesadas en demostrar que nunca se debió negociar con los terroristas de izquierda, porque ellos, los terroristas de la derecha, persistirán en su propósito de aniquilar al enemigo desmovilizado, u obligarlo a regresar al monte.
Mejor dicho, bonito posconflicto el que nos espera con estos nuevos aliados del ‘guerrero’ Álvaro Uribe Vélez…
DE REMATE: El cubrimiento que hizo RCN Noticias de la marcha uribista fue vergonzoso: cambiaron el periodismo decente por el más impúdico proselitismo político. Le dedicaron la primera media hora a la marcha. La segunda noticia fue el anuncio del presidente Santos referido a que no habrá racionamiento. Duró dos minutos. Me apiado de los pobres periodistas a quienes obligan a hacer propaganda de exaltación al uribismo a cambio de vergonzosos sueldos.
Por Luis Fernando García Forero.- Los colombianos queremos un cambio. Un cambio completo y definitivo. Y no es un cambio de gobierno. Ya cada elección nos regala la oportunidad de elegir presidente, congresistas, concejales y demás representantes.
Los que aquí nacimos queremos la Paz. Y como pueblo ya hemos mandado varias señales, pero aún parece que los temerosos del cambio no las han entendido.
Porque el ciudadano de a pié que como yo trabaja para sostener su casa y educar a sus hijos, tiene más que entendido qué riesgo significa no alcanzar la paz, porque, de una u otra manera, el conflicto más viejo y más multipolar del mundo, como dicen los politólogos, nos ha afectado a todos, sea porque nos arrancó de nuestras localidades de origen, desapareció a los nuestros o puso en riesgo nuestra vida, aparte de la inestabilidad social que produce este antagonismo en cualquier sociedad.
Como sabiamente lo expresa la historiadora Diana Uribe “los procesos de paz son decisiones históricas, los pueblos llegan a la decisión de la paz, cuando están saturados de la guerra, cuando entienden la inutilidad de la guerra, cuando deciden cambiar el proyecto de la venganza por el proyecto del futuro”.
Sin paz no tenemos futuro. No tenemos posibilidad de soñar en algo mejor. Sin paz no tenemos, en términos concretos, la probabilidad de superar las causas históricas del conflicto, porque equivocadas, obsoletas o desafiantes las razones de la insurrección aún respiran en Colombia y tienen la cara de la inequidad, del elitismo, del centralismo.
Y cuando expreso esto no significa que aplauda lo que se convirtió el hacer de esas organizaciones, que hoy también buscan un futuro para ellas y sus integrantes, en un contexto cada vez más complejo y cambiante, y donde ya no tienen espacio.
Pero si expresó que existe el temor del cambio que va a significar la paz. Porque los mismos que han controlado la política de Colombia en los últimos 100 años tendrán que aceptar la emergencia de nuevas personas y grupos, habrá que plantearse nuevas y más incluyentes formas de hacer política y de integrarse para afrontar los retos de reunificar el país, en uno solo, a la luz de los diálogos y los acuerdos.
La disponibilidad del cambio camina por los senderos biodiversos de Colombia. Ya las madres no quieren venganza, sino nietos. Los niños quieren ser youtubers, astronautas y no combatientes y los periodistas como yo quieren reportar los resultados exitosos de las leyes que favorecerán el desarrollo de una economía productiva, próspera y viable, que creen empleo y bienestar.
Yo como colombiano quiero vivir ese cambio para tener futuro. Porque no conozco nada más que la violencia del conflicto y deseo participar, desde mi espacio y mis capacidades, en ese proceso de edificación de una Colombia más equitativa, con un imaginario propio y en la diversidad de su gente.
Y si la paz que pronto viene no sirve, estamos todos para exigir que mejore, porque esa no es decisión de los políticos, sino de los colombianos. Una paz imperfecta es superior a lo que vivimos.
Ojala que esa fuerza que tienen los enemigos de la paz para propiciar la polarización, la hubiesen tenido, como servidores públicos que son, para ir a ayudar a los niños wayuus, trabajar por la inequidad visible en cada calle de Colombia, mejorar su visión de país, que es muy muy pobre y no abandonar las sesiones que les han sido encomendadas por sus electores.
Definitivamente el miedo al cambio quiere entorpecer la decisión histórica de la paz del Pueblo de Colombia, porque hará más visible los problemas y las cuestiones que padecemos y, por ende, será una denuncia concreta de lo que no hemos hecho por nuestro país.
Luis Fernando García Forero. Director- Fundador de Ecos Políticos.
Por Mauricio Cabrera. Tomado de Vanguardia Liberal.- Cuando me recomendaron para leer en la pausa laboral de Semana Santa el libro de las memorias de Stefan Zweig, “El mundo de ayer”, me pareció interesante volver a este escritor de quien recordaba haber leído y disfrutado en la adolescencia sus relatos históricos.
Zweig fue un escritor y ensayista nacido en Viena en 1881, de gran fama en la primera mitad del siglo XX, de hecho hasta el comienzo de la II Guerra Mundial. Austriaco, judío, escritor, humanista y pacifista, según su propia descripción, sufrió la persecución nazi que no solo prohibió sus obras sino que, como cualquier procurador en ciernes, las quemó y literalmente las redujo a cenizas. Exiliado sin patria ni continente, peregrinó por varios países hasta terminar en Brasil donde apabullado ante “la derrota de la razón y el más enfervorizado triunfo de la brutalidad” se suicidó en 1942.
“El mundo de ayer”, es el retrato de un testigo de la historia de esos 60 años, donde se produjeron cambios que destruyeron un mundo y un modo de vivir.
Como es inevitable leer la historia del ayer con las inquietudes y preocupaciones del presente, uno de los temas que más me impactó de las Memorias fue el pacifismo militante de Zweig, enemigo declarado de la guerra, con las únicas armas de la pluma y la palabra.
Sus denuncias y críticas a los apóstoles de la guerra parecen escritas hoy para describir a quienes recurren a la mentira y la calumnia para alimentar odios y torpedear el camino del diálogo y la reconciliación.
Así describe Zweig a los “charlatanes de la guerra”: “era la pandilla de siempre, eterna a lo largo de los tiempos, que llamaba cobardes a los prudentes, débiles a los humanitarios, para luego no saber qué hacer, desconcertada a la hora de la catástrofe que ella misma irreflexivamente había provocado”.
En un siglo no han cambiado los métodos de esas pandillas: ayer como hoy creaban un “tremendo estado de sobrexcitación” en el que el peor rumor en seguida se convertía en verdad y la calumnia más absurda era creída a pie juntillas.
Desde esa época ya se utilizaba la “propaganda de guerra, la técnica de culpar a los enemigos de todas las crueldades imaginables”, apelando a las pasiones puesto que “no se puede armonizar la guerra con la razón y el sentimiento de justicia. La guerra exige entusiasmo por la causa propia y el odio al enemigo”.
Las consecuencias, dice Zweig, fueron catastróficas y “no se tardó mucho en ver el terrible daño que causaron con su apología de la guerra y sus orgías de odio”. ¿Cuánto nos demoraremos los colombianos en llegar a la misma conclusión?
Por Amylkar D. Acosta.- El inveterado centralismo en Colombia hunde sus raíces en la regeneración de Rafael Núñez en el siglo XIX, una vez derrotado el radicalismo liberal en memorable batalla en el curso de una de las tantas guerras civiles que asolaron a Colombia por aquellas calendas.
Como la historia la escriben los vencedores, a los radicales se le atribuyeron todas las desgracias que por aquella época condujeron al estancamiento de la desastrada economía y desembocaron en la patria boba. “La Constitución de 1863 ha dejado de existir, sus páginas manchadas han sido quemadas entre las llamas de la Humareda. Viva la nueva Constitución! ”, sentenció Núñez.
Y así pasó Colombia, abruptamente, de un régimen federal a otro centralizado, mediante una fórmula dicotómica: “la centralización política y la descentralización administrativa. Este fue el desenlace de la tensión que perduró desde los albores de la independencia entre dos corrientes ideológicas antagónicas, el federalismo y el centralismo y se resolvió a favor de este último.
La Constituyente de 1991 se convirtió en un hito de la mayor importancia para el país al atreverse no a reformar la centenaria Constitución de 1886 introduciéndole una enmienda más que se vendría a sumar a los remiendos anteriores, dejándola incólume, sino que la cambió de cuajo, dándole a Colombia una nueva Carta. Entre los avances más importantes de esta, además de consagrar como principio fundamental de la Constitución de Colombia el Estado Social de Derecho, fue el reconocimiento de la autonomíade sus entidades territoriales.
No obstante, transcurridos más de 20 años de expedida la nueva Constitución este es uno de los artículos que permanecen como letra muerta, en estado virginal, sin ningún desarrollo, empezando porque ni siquiera se ha podido avanzar un ápice en lo concerniente al ordenamiento territorial prescrito en la Carta Magna.
Después de muchos intentos para tramitar la Ley Orgánica de Ordenamiento Territorial, que por mandato de la Constituyente debía expedir el Congreso de la República, este malogró la oportunidad de hacerlo al expedir la Ley 1454 de 2011, al limitarse sólo a transcribir el preceptuado en la propia Constitución, cuando de lo que se trataba era de desarrollarlo. Esta sigue siendo una asignatura pendiente.
Este sigue siendo un país en el que prevalece el centralismo, que se resiste a desaparecer y ello se refleja claramente en el desbalance en cuanto a la captación y manejo de los recursos públicos, cada vez más concentrados en el Gobierno central en detrimento de los fiscos territoriales.
Es el caso de la estructura del régimen impositivo en el cual es preponderante el recaudo por parte de la Nación, lo cual se deriva del hecho que todas las reformas tributarias que se tramitan a través del Congreso están encaminadas a arbitrarle mayores recursos a la Nación, mientras ha faltado voluntad política, tanto de parte del Gobierno como del Congreso de la República, para impulsar y aprobar las distintas iniciativas presentadas por parte de los departamentos para fortalecer los ingresos de las entidades territoriales a través de una reforma tributaria territorial.
Definitivamente, tenemos que concluir que el mayor desequilibrio de poderes no es entre las ramas del Poder público, sino entre el poder arrollador y absorbente del Gobierno central y el poder territorial reducido a un capitis diminutio.
Firmado el Acuerdo en la Habana se impondrán muchas reformas, pero la principal de ellas es el reajuste institucional, pues la actual arquitectura institucional no es la más adecuada para construir la paz y que esta sea estable y duradera. Será menester acometer cambios en la forma de gobernar, de hacer política y en el relacionamiento del Estado y la política con los ciudadanos.
El columnista Francisco Gutiérrez Sanín dice algo muy cierto: “hay problemas muy serios en la configuración de nuestro sistema político y en la manera en que partidos y Estado se instalan en las regiones”.
Se impondrá, por fuerza de las circunstancias, un re-equilibrio de poderes, en donde las regiones tengan más poder, al tiempo que este se ejerza con mayor transparencia y probidad, pues, como bien lo ha dicho el general Naranjo “la corrupción es el peor enemigo de la paz”.
Bogotá, abril 2 de 2016
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