Por Felicia Saturno Hartt.- Tal vez los que vivimos en el primer decalustro de este siglo, habiendo nacido en el anterior, tenemos la suerte de mirar en retrospectiva intensos procesos sociales y políticos que han cambiado, no sólo el quehacer de la humanidad, sino sus paradigmas e incluso ampliado el sentido de la libertad.
Pero aún son persistentes las visiones reduccionistas del mundo. Esas que hacen dueño de la verdad a quien profese un credo, a quien milite en una fuerza política, favorecida por los votos y las mentiras de cambio en spray, a los que hacen de la moral y la ética un decálogo de obligaciones sin tiempo y espacio.
Nunca pensé, cuando transitaba los espacios de mi Alma Mater, en los ya lejanos años ochenta, que, en el año 2016, aún los mismos prejuicios y estereotipos, que provocaron las grandes protestas de los años 60, 70 y 80, estarían no sólo en la reflexión colectiva, sino en las agendas políticas.
El aborto, los derechos humanos de los homosexuales y de la amplia diversidad sexual, hoy reconocida por la Ciencia, la propiedad, la familia, en sus manifestaciones más diversas y solidarias y la discriminación tuviesen, en estos días, el mismo enfoque y los mismos enemigos. Entre muchos temas que aún provocan airadas pretensiones de mesías religiosos, de corte más fundamentalista que los ayatolás, hoy más ponderados, por el cambio callado de esas sociedades.
He observado con preocupación la visión de túnel de algunos políticos, representantes de un electorado, cada vez más plural y más enterado, que votó por ellos para lograr reivindicaciones y no prohibiciones.
¿Acaso un representante, congresista o diputado, concejal o edil, tiene que defender los derechos de la gente, haya votado por él o no, por el hecho de haberse tornado en servidor público por el voto y el cobro de sus dietas o emolumentos?
La gente quiere sentirse ciudadano, porque los deberes son obligaciones que recuerda el aparato comunicacional del estado, cuando cobra los impuestos y amenaza con multas y sanciones, entre otras formas de lograrlo, y los derechos son los que deben garantizarse, por encima de cualquier diferencia.
Cuando le negamos a una persona la posibilidad de ser igual ante la ley a los otros, en términos de etnia (no raza), economía, sexo, status jurídico, libertades públicas, constitucionalmente contempladas, estamos ante una violación de sus DDHH.
Desde Rousseau hasta Berlín, todos, absolutamente todos, han expresado, de forma enfática, que lo que define a la Democracia, en sus imperfecciones, son sus condiciones: pluralidad, libertad, justicia, igualdad, respeto, desde la esfera de lo individual; y desde la dimensión social, Democracia es equidad, legitimidad, legalidad, participación y paz.
Dos esferas, dos dimensiones, que se integran y hacen posible que el ciudadano existe como tal y el Estado y su gobierno logren sus objetivos.
Precisamente, el obscurantismo ante el aborto, el totalitarismo ante los sexodiversos y el apoyo y la omisión ante la corrupción que dilapida el patrimonio de nuestras naciones, me recordaron un ensayo sobre la Libertad Política, que Isaiah Berlín desarrolló en la década de los 50, donde hablaba de la libertad negativa, cuando los obstáculos son creados por el hombre, tanto de forma deliberada como involuntaria, que depende del grado en que tales obstáculos creados sean avalados por instituciones.
Es negativa, en este contexto, porque priva gradualmente a las personas de su libertad de elección y serían sólo libres los difuntos porque ellos no tienen expectativas y deseos.
Porque el sentido de la Libertad Política radica en poder opcionar, elegir, representar, tener posibilidades de acción. Lo contrario, es el control y eso es Fascismo, la máquina del horror que iguala, esconde, viola, reprime y señala a la gente.
En esta época de profundas contradicciones requerimos estar alertas, porque aún la verdadera independencia que garantiza los valores supremos del hombre tiene enemigos poderosos y, muchas veces, los hemos elegidos nosotros mismos.