Cubrimiento de una noticia inesperada

En 1989 el Departamento de Santander ardía por la violencia, el secuestro, las masacres. Todos los frentes del conflicto: ELN, Farc y el Movimiento ilegal Muerte a Secuestradores, MAS, eran protagonistas de los asesinatos, lo que se volvió una constante en esa región equidistante al Magdalena Medio santandereano.

Eso llevó a que el Gobierno, la Procuraduría General de la Nación, la Iglesia Católica y la Administración de Santander, entre otros organismos sociales, organizaran en San Vicente de Chucurí, un Foro por el “Derecho a la Vida y la Defensa de la Democracia”.

El Foro coincidía con la invitación pública que había hecho el Gobierno del Presidente Virgilio Barco Vargas, quien emplazó a los movimientos subversivos de vincularse a un dialogo, que parara el conflicto y se iniciara un proceso de paz.

En esa época ya ejercía el periodismo político y formaba parte del equipo de reporteros del Noticiero de la Semana, con la dirección de Amparo Peláez, quien me dio la oportunidad de cubrir el evento en dicho municipio, colmado de historia y de violencia, donde fue abatido, en Patio Cemento, el cura Camilo Torres, quien había dejado su apostolado y sus cátedras de sociología en la Universidad Nacional, para vincularse a la lucha armada en el Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Fue domingo de mercado, donde todo el mundo caminaba y compraba de prisa. El pito de los camiones anunciando las salidas para las veredas, alborotaba el ambiente, en una mañana soleada y con visitantes, escoltados por el ejército y la policía.

Se sentía el miedo. Entre tanto, en la sede social de la Iglesia se desarrollaba el Foro, con la asistencia de personalidades políticas de la nación y del departamento de Santander, organizaciones sociales y eclesiásticas del Magdalena Medio, entre otras. Los asistentes buscaban e incentivaban a un llamado sensible con un objetivo común: de manera inmediata lograr mecanismos de reconciliación regional y nacional, para parar la ola de violencia en esa importante región de Colombia.

El Obispo de Barrancabermeja, Monseñor Juan Francisco Sarasti, exhortaba en su exposición al Gobierno, Procurador, Las fuerzas políticas y presentes del evento, a tener una mayor asistencia, vigilancia y pedagogía en el tema de los derechos humanos. La violencia estaba degradando el conflicto en ese territorio.

”Llegaron en la madrugada y sacaron a mi marido y lo asesinaron porque no decía si había pasado por ahí la guerrilla”, sostuvo con voz temblorosa y con lágrimas, una señora de aproximadamente 40 años, mientras, el moderador pedía orden a los asistentes, quienes no bajaban las manos para contar y denunciar los abusos de la guerra.

El ambiente se calentaba no sólo dentro de la sede social de la iglesia, sino en la calles. Un tiro al aire, encendió los ánimos. La gente corría apresurada y nerviosa, mientras en la sede de la reunión se pedía tranquilidad y orden.

“Llegó la guerrilla” gritaban unos y otros decían: “no son los maseteros”. Todo el mundo se refugiaba en los diferentes almacenes que rodeaban el parque principal de la localidad. El caos fue tal que las autoridades municipales invitaban a la prudencia y tranquilidad: “Fue que a un soldado se le disparo el fusil, tranquilos, por favor no ha pasado nada”, se oía la voz de un funcionario de la alcaldía quien insistía, a través del parlante, a la mesura y a mantener la calma.

Las deliberaciones del foro, en medio de guerrilleros disfrazados de campesinos, militares de civil y forasteros, que parecían invitados por el MAS, fueron transcurriendo mientras organizaban el documento de conclusión: “Convocar a las fuerzas violentas a humanizar la guerra; a un respeto por el DIH, a establecer la presencia del Ministerio Público para recibir las denuncias de los abusos del conflicto y al gobierno en insistir en una solución política del conflicto”. Esa era la noticia de un foro donde terminó con la desazón del presente pero con un hilo de esperanza que al menos las acciones lograran parar la violencia en esa región.

El regreso de los personajes fue todo un operativo, pues les esperaban tres horas de carretera destapada hasta Bucaramanga, para coger el vuelo de regreso a Bogotá.

Sin embargo, los periodistas y el equipo de prensa estaban pendiente de la llegada de los willys, que los transportaría de regreso al Aeropuerto de Palo Negro de la Ciudad Bonita.

Eran casi las 6 de la tarde y cada minuto que pasaba, el ocaso le daba entrada al anochecer, situación que puso a los colegas con preocupación por el peligro en la vía al transitar en horas nocturnas.

En medio de la espera, apareció el primer carro de los tres que debería llevarnos de regreso. “debemos esperar porque a uno de los willys le están arreglando una llanta que se pinchó y lo mejor es irnos todos”, nos dijo el conductor en medio de la mirada de quienes estábamos atentos a regresar pronto, unos a Bucaramanga y los otros a Bogotá.

Por fin, a las 6 y 45, ya de noche, salimos de regreso en tres carros que habían asignado para la prensa los organizadores del evento. Me tocó en el primero de la caravana y al lado del conductor.

No habían pasado 15 minutos de haber salido del municipio cacaotero de San Vicente de Chucurí, cuando en una curva a la altura de la Y, un sitio que divide la carretera hacia Bucaramanga y el municipio de Zapatoca, una frenada inesperada me llevó hacia adelante: ¿Qué pasó don Javier?, le interrogué. El freno en seco impidió que nos chocáramos con un tronco atravesado en la carretera. “Qué cosa tan malparida con esta gente que sigue jodiendo” afirmó Javier al bajarse del carro para despejar la vía.

Todos observamos y seguimos con la mirada al conductor. Nos dimos cuenta que tres hombres con cachuchas que salían de la cerca se le acercaron. En medio de la tensión observamos que uno de los empezó a hablarle, lo que impidió en el momento retirar el tronco. No duró más de 5 minutos la charla cuando Javier se dirigió de nuevo al carro mientras los tres intrusos de la noche, se alejaban camino a la cerca y se perdían con la sombra en la oscuridad de los potreros.

Javier no abordó el carro. Desde la ventana del willys me comentó de la situación: “Estos señores del Ejército de Liberación Nacional les mandan a decir que no podemos seguir adelante, porque necesitan hablar con todos. ¿Cómo así?, me pregunté. Inmediatamente me bajé del carro y me dirigí a los colegas que venían en los otros dos willys amarillos que nos seguían.

Les comenté a todos el mensaje. Se bajaron e hicimos una ronda en plena carretera. Llamé a Javier y le dije que nos contara exactamente que le habían dicho.

“Ustedes saben que estamos minados de elenos. Necesitan hablar con todos ustedes. Me dijeron que, a unos 50 mts de acá, en una finca que queda al lado derecho de la carretera, debemos esperar. Que no retrocedamos ni sigamos el viaje, que los esperemos que ellos van por nosotros”, nos contó Javier, quien recomendó que hiciéramos caso, porque lo que quieren es que se reúnan con el comandante.

El miedo empezó a rondar. Varios colegas se quejaron, otros la tomamos con calma, sin embargo, hubo controversia. Unos decían que siguiéramos y que los conductores aceleraran el paso. Inmediatamente el conductor del segundo carro expresó: “no se atrevan por favor a hacer eso porque deben tener más retenes, ya sea hacia adelante o hacia atrás y puede correr peligro la vida de todos”.

La mayoría coincidimos en definir que nos fuéramos hasta la finca que nos indicaron y allí esperarlos a ver que querían. Por fin hubo acuerdo y reiniciamos en los carros el camino al sitio que indicaron.

Una pareja de campesinos nos recibió con un amable saludo. “Estamos cumpliendo unas órdenes. Ahí les dejaron un refrigerio, mientras que vienen a hablar con ustedes”, afirmó el mayordomo mientras señalaba al costado derecho de la entrada, en un potrero, los sándwiches y las gaseosas.

Mientras comíamos la merienda y al tiempo espantábamos los zancudos, que zumbaban en las orejas, escuchamos un saludo y observamos el verde con rojo de varios uniformados que saludaban a los dueños de la finca antes de llegar al sitio donde estábamos.

“Señores buenas tardes”, dijo uno de los seis guerrilleros con la cara tapada de lienzo rojo, luego de responderles el saludo, de frente pidió disculpas por la situación y se presentó diciendo: “Somos del Frente Capitán Parmenio del ELN y nuestro comandante nos ordenó la misión que nos acompañen al campamento, porque nuestra organización guerrillera quiere enviarle un mensaje al Gobierno Nacional”, dijo con voz fuerte el líder y vocero de los subversivos, quien además nos advirtió “esperamos que no pongan resistencia”.

Nuestras miradas rodeaban a los seis subversivos en medio del momento que, de una u otra manera, producía miedo y preocupación por la suerte que pudiéramos correr, pero con el valor de aceptar que éramos periodistas y que la noticia no da espera.

“¿Concretamente por qué nos llevan y por qué no nos dan el mensaje acá de una vez”?, dijo una de las corresponsales del Noticiero de las Siete en Bucaramanga.

“Es una Rueda de Prensa con mi Comandante”, respondió el vocero de la misión quien nos manifestó que saldríamos en los carros hasta unos potreros y ahí los dejábamos para iniciar el recorrido hasta el campamento.

Nos subimos todos a los willys y los subversivos se guindaron de a dos en cada carro para trasladarnos a los potreros y de donde iniciaríamos el camino por la búsqueda de la noticia.

“Uno, dos, tres, cuatro, cinco…”eran nuestras voces numeradas en una fila hasta llegar a 20. Recibimos las instrucciones de la marcha: “Felipe II”, era el santo y seña para cuando llegáramos al campamento. La palabra perro, quería decir, al piso y en silencio. Todas medidas para prevenir el un encuentro con la fuerza pública o los del MAS. Eran las señales de seguridad hasta llegar al sitio de destino.

La luna fue esquiva en esa noche de lluvia y los barrancos húmedos se convertían en trampas, que partían el ritmo y la fila en la avanzada hasta el campamento. Después de tres horas de camino y de pasar en canoa el Río Sogamoso, en medio de un torrencial aguacero, iniciamos la ruta montañosa que, en media hora, nos condujo al santo y seña Felipe II.

Nos esperaba un comandante y su compañera guerrillera a la entrada del sitio de la reunión. Al fondo, se reflejaban las luces con energía de una planta eléctrica, que irradiaba el verde de los árboles y del uniforme de los subversivos, que combinaba con el rojo característico de ese grupo guerrillero y que, desde la década del 60, ataca al estado colombiano.

“Me da gusto volverlo a ver”, me dijo efusivo el comandante al saludarme. Gracias, le manifesté al mirarlo de frente y donde solo le resaltaban los ojos ante el brillo de la tela roja que tapaba el rostro de su cara. Pero ¿por qué me dice eso?, le pregunté. “Tranquilo, solo quiero manifestarle que me da gusto volverlo a ver”, respondió, al tocarme el hombro e invitarme a seguir al campamento.

“No aceptamos la propuesta del Gobierno del Presidente Virgilio Barco Vargas, de un diálogo para buscar fórmulas de paz”, fue el primer anuncio en la rueda de prensa del Comandante al agregar que “mientras no se revisen y cambien las políticas en materia petrolera, no le jalamos a un diálogo por esa iniciativa” y remató diciendo: “Por lo tanto, seguiremos con nuestra lucha armada y con los atentados contra los oleoductos”, aseveró.

Preguntas iban y venían, al igual que respuestas por el vocero del grupo insurgente, en un diálogo donde muchos de los colegas, incluyéndome, le criticábamos y rechazábamos, en forma contundente, que las acciones terroristas contra el sector minero energético del país, no podían seguir destruyendo el ecosistema. “Eso es parte del conflicto y de nuestra lucha revolucionaria”, respondió agresivamente el Comandante.

La noticia ya la teníamos amarrada, pues al término de la declaración y la controversia, entre preguntas y respuestas, nos brindaron un sancocho de gallina servido por guerrilleras a las que sí se les veía bien el brillo de sus ojos y sus sonrisas perláticas, en medio de la alta noche de la zona selvática de la Provincia de Mares santandereana.

Las horas nocturnas avanzaban y se hacían más rápidas, mientras que nos enfrascábamos en una discusión, entre los que nos queríamos regresar de una vez y otros que querían quedarse en el campamento.

Era lógico que las autoridades y la Fuerza Pública ya sabían que estábamos en manos de la insurgencia. Un enfrentamiento militar con la Fuerza Pública, con el objetivo de rescatarnos, era un peligro para nuestras vidas.

La decisión llevó a prepararnos de inmediato para el regreso, pero me daba vueltas la cabeza de pensar en dónde me conoció el personaje comandante que vive en la lucha revolucionaria y sin saber por qué se acordaba de mí.

“Dónde nos vimos, dónde me conociste”, le interrogué efusivamente. “No se preocupe” me dijo. “De todas maneras me agrada verlo después de mucho tiempo”, expresó tajantemente y no dejó que le insistiera en la pregunta cambiando de actitud y diciéndonos que “es mejor que regresen, porque sabemos que el ejército iniciará operativos para rescatarlos. El regreso es igual, se van acompañados por los mismos camaradas que los trajeron”.

La mente me daba vueltas con ese personaje. ¿Por qué me conoce?, ¿bajo qué circunstancias?.

Aunque no escampaba, la lluvia y las caídas por el terreno húmedo, no impidieron que llegáramos antes del amanecer al potrero donde estaban los móviles. La ruta de vuelta era de bajada lo que hizo más rápido la llegada.

Los conductores que fueron nuestros acompañantes, sólo expresaban felicidad por el camino, se reían y gozaban del momento, porque todo salió bien, cosa que nos dejó la espina, como se dice, que sí estaban enterados o colaboraron con la retención.

Un tinto bien caliente y un aguardiente superior en la “Renta”, un desayunadero en plena autopista a Bucaramanga, nos calentaron y nos quitó el sueño después de la Odisea. Ya nos sentíamos libres y con la noticia para darla a conocer ante Colombia y el mundo que el ELN se negaba a un diálogo con el gobierno para iniciar un proceso de paz.

Sin embargo, mi inquietud por el tema circunstancial del Comandante se presentaba en la mente cada vez más, inclusive, era más importante para mí, que la noticia que nos había dado dicha insurgencia.

Uno de los acompañantes me abordó. Siempre mostraba su grabadora. Decía que era periodista de una Radio Revista en Bucaramanga. Se dio cuenta de mi inquietud y además estaba informado del tema.

“Viejo, ¿por qué lo conoce el Comandante?”, me preguntó.

“No sé, es claro que me insistió en el saludo y que me conoce desde hace rato”, le dije.

-Me cogió del hombro y me dijo con risa sarcástica “es verdad, él sí lo conoce”. ¿Cómo así, por qué sabe? ¿Es que usted milita en el ELN?, se rio aún más y me preguntó: ¿usted es de Barrancabermeja?

-Sí claro, le contesté.

-“Su Padre es pensionado de Ecopetrol y mi Comandante conoce a tu Papá”, afirmó con seguridad.

-Verdad usted es del ELN y venía con nosotros- le pregunté.

-“Si claro. Yo venía como infiltrado, para lograr los objetivos que queríamos en la rueda de prensa”, me expresó.

Y ¿quién es el Comandante?, lo interrogué.

- “Secretos de la guerra”, me respondió y agregó: “Su padre fue expulsado en 1971, en esa huelga que duró mucho tiempo en Ecopetrol”, sostuvo.

-Si tiene razón. Le dije, pero él fue el primer reintegrado un año después de la huelga. Le increpé.

-“Sí, varios que nos botaron de la empresa y no fuimos reintegrados, como en mi caso y el del Comandante, somos los que estamos en esta lucha de la reivindicación”, me dijo.

-De inmediato agaché la cabeza y me pregunté: ¿Yo hubiese sido hijo de un guerrillero si no hubieran reintegrado a mi Padre en Ecopetrol?

Por Luis Fernando García Forero.

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