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Bogotá, D.C, octubre 18 de 2017. Por Luis Fernando García Forero. Foto: laestrella.com.pa.- El escenario político de los próximos comicios a desarrollarse en el 2018, en diversos países de América Latina y, en especial en Colombia, va a tener un tema que ha conmovido, con innumerables y vergonzosos casos, no solo a la opinión pública sino a los ciudadanos de a pie.  

Ese tema que pasaba desapercibido es hoy un complejo fenómeno social, político y socioeconómico que afecta a todos los países del mundo y a todos los contextos sociopolíticos.

Este problema no es otro que la corrupción.

Hablar de la corrupción es referirnos al soborno, al fraude, a la apropiación indebida, a la desviación de recursos, al nepotismo, a la extorsión, al tráfico de influencias, al uso indebido de información privilegiada para fines personales y corporativos, a la compra y venta de decisiones judiciales, al privilegio de unos sobre otros y sin ningún criterio ético ni profesional; al peculado de uso y otras muchas prácticas que hacen palpable que esta situación sociopolítica esté presente en todas las instancias del tejido social.

Ciertamente la cultura política de nuestros países, que aún no tiene la madurez ciudadana y la intención ética de concebir el impacto de estas acciones individuales o colectivas, ha legitimado la corrupción.

Ser corrupto es ser avispado, tener sentido de la oportunidad, estar vinculado al poder económico y político y sacarle provecho a las operaciones de toda índole que puedan dar, preferiblemente a corto plazo, resultados palpables.

Este nefasto personaje,don corrupto, en nuestros países, no ha sido considerado socialmente un delincuente. Los ordenamientos jurídicos no responden aún a los mandatos de la Convención de las Naciones Unidas contra la corrupción, el primer instrumento jurídico anticorrupción con normas vinculantes a los países signatarios que fue aprobado en el 2003. Por ello, prevalece el tratamiento jurídico que no dimensiona como tal el delito de corrupción como pluriofensivo, ya que afecta contundentemente los derechos y los bienes tutelados a la vez.

Al mismo tiempo que se están robando el erario público, están dejando sin alimentación a los niños escolares en un programa público o están comprometiendo los fondos de los pensionados, o no ejecutando  obras de infraestructura necesarias, o creando la peor cultura que es la del soborno, el peculado, el tráfico de influencias y el congelar los procesos.

Pero el impacto de la corrupción ha sido tan fuerte que ha perjudicado a las instituciones democráticas, haciéndolas débiles y desprovistas de credibilidad; ha distorsionado el imperio de la ley y deslegitimado la burocracia. Tres hechos que han generado desconfianza en los ciudadanos y posibles electores.

El carácter universal de la corrupción, por estar presente en tantos sectores del tejido social, ha sensibilizado a las poblaciones y este es un factor decisivo para las próximas elecciones. 

Los candidatos y los partidos sobre el tema, no solo tienen la palabra, sino la tarea de convencer a la gente de su integridad y ética.