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Por Felicia Saturno Hartt. Foto: Reuters.-  El intento de golpe de Estado en Turquía, acaecido en la noche del viernes ha fracasado y se ha saldado con 265 muertos, 1.440 heridos y 2.839 militares detenidos, según ha notificado el Jefe de las Fuerzas Armadas de Turquía en funciones, Umit Dundar.

Solo en Ankara se han entregado alrededor de 700 uniformados, según la Agencia Anatolia. Un total de 150 golpistas han sido detenidos en el cuartel general del Ejército turco en Ankara, sede principal de las Fuerzas Armadas. Entre los arrestados en esa ciudad figura el excomandante del Estado Mayor de la Fuerza Aérea turca Akin Ozturk, uno de los presuntos jefes de la asonada militar.

El Primer Ministro Turco, Binali Yildirim, ha prometido que el Gobierno revisará el actual marco legal para dar la "mejor respuesta" a la rebelión. Yildirim ha descrito la asonada como una "mancha negra" en la historia de Turquía, si bien ha destacado que su derrota demuestra el compromiso del país con la democracia. En este sentido, ha dado por derrotado el golpe y ha confirmado que las autoridades legítimas, tanto militares como políticas, tienen pleno control de la situación.

En la misma línea se ha pronunciado Dundar, que ha asumido temporalmente el mando de las Fuerzas Armadas, tras el secuestro del Jefe del Estado Mayor, Hulusi Akar, aunque ha admitido que siguen activas operaciones de seguridad.

El Jefe del Ejecutivo ha apuntado, en su comparecencia, que la pena de muerte no existe actualmente en el Código Penal Turco, pero ha advertido de que las autoridades estudiarán cambios en la legislación para que sucesos como el del pasado jueves no vuelvan a tener lugar.

La Presidencia de Turquía, por su parte, ha llamado en Twitter a la ciudadanía a seguir en las calles ante el riesgo de que se produzca un "nuevo" movimiento contra el Gobierno. Mientras tanto, el parlamento, que resultó dañado en una serie de bombardeos durante la noche, se ha reunido en sesión extraordinaria en Ankara.

Una Historia Insurreccional

La Turquía moderna nace de una insurrección contra las potencias ocupantes, que intentaban repartirse en 1918 las costas de Anatolia y los estratégicos estrechos turcos. El general victorioso, Mustafá Kemal, Atatürk, se hizo con el poder y a su muerte lo legó a su lugarteniente, Ismet Inonu.

Los mandos militares se retiraron tras el telón, pero han seguido manejando los hilos del poder durante décadas. En 1960 derribaron y enviaron a la horca al primer ministro Adnan Menderes; en 1970, bastó un simple manifiesto para que dimitiera el gobierno y en 1980 cientos de miles de políticos, sindicalistas e intelectuales acabaron en la cárcel.

En 1997, el religioso Necmettin Erbakan puso fin a toque de corneta a la primera experiencia de poder islamista. Y en mayo de 2007 el Estado Mayor intentó vetar la designación de Abdulá Gül como presidente.

El entonces primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, plantó cara a la bota castrense y convocó elecciones anticipadas. El AKP barrió en las urnas y Gül fue nombrado jefe de Estado. Los generales no han dejado de ceder privilegios desde entonces. La pasada madrugada tal vez hayan comprendido que su lugar está en los cuarteles.

Inestabilidad en un país clave

La intentona de golpe en Turquía añade un factor más, y muy grave, de tensión y desestabilización en un país clave para la Unión Europea y el mundo. En un momento en el que la UE se encuentra sometida a presiones múltiples, desde el desgraciado resultado del referéndum británico a la crisis migratoria, pasando por la amenaza del terrorismo yihadista, lo último que se podría imaginar tener que enfrentar es una desestabilización tan profunda de un país esencial por su posición estratégica, entre Oriente y Occidente.

Pese a la firmeza y las maneras autoritarias de Erdogan, y aun teniendo en cuenta la solidez de la posición geopolítica del ejército turco como bastión oriental de la OTAN, Turquía está demostrando ser un país enormemente frágil, atravesado por importantes tensiones políticas, económicas y sociales. Erdogan, que cuando comenzó la primavera árabe en 2011 se vio a sí mismo como el renacido líder del mundo musulmán, incluso acariciando la idea de un renacimiento neo-otomano, se ha visto progresivamente aislado, tanto en casa como internacionalmente.

En su país, Erdogan ha acosado a la oposición política, hostigado a los medios y perseguido a periodistas, académicos y organizaciones de la sociedad civil y poner en duda a las instituciones independientes. Ha sido terriblemente atroz con los kurdos y con su proceso de paz y reconciliación como pueblo.

En el exterior ha tenido una posición beligerante y una dinámica de confrontación con vecinos y con países clave como Rusia, Irán e Israel, que solo recientemente ha intentado reconducir.

Con Europa, el primer mandatario turco ha logrado quedar como un líder autoritario, arrogante y poco cooperativo, que ha impulsado una relación realista sobre todo con la crisis humanitaria de los refugiados.

Lo sucedido, que no se puede aceptar y menos justificar, tuvo en las torpezas de Erdogan un importante detonante. Pero también un muro contendor en los aciertos del mandatario turco de hacer de su país una nación moderna.

Ya ha anunciado Erdogan que aplicará el "máximo castigo" contra los responsables de la asonada militar que buscaba derrocarle. El dirigente islamista se enfrentó a su prueba más dura y sale reforzado tras unos momentos de gran incertidumbre.

Paradójicamente, las redes sociales del más perseguido enemigo político del Presidente Erdogan, el Internet, hicieron posible la globalización de la crisis turca en segundos y lograr la cohesión popular que lo hizo retornar a Turquia a someter al décimo ejército más grande del mundo, por su impropia acción contra el estado.