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A manera de Editorial. Foto Ecos.- Desde el 11 de septiembre de 2001 hasta la Masacre de Orlando, el 13/06/2016, las Naciones de Occidente no han podido controlar ni solucionar los actos de terror, que se han llevado por delante miles y miles de personas inocentes.

La Justicia y la Seguridad Mundial están en jaque. Pero lo peor del caso es que no visualiza una clara ofensiva para detener ese fenómeno, porque el objetivo es difuso.

Sólo se sabe quiénes son los protagonistas de esta barbarie, pero no sus brazos ejecutores, ni quienes financian sus acciones. La inteligencia militar no está en capacidad de interpretar, por ahora, la red terrorista  de una organización sin jerarquías claras, pero que rondan en los cuatro puntos del globo terráqueo. 

Como lo señala  Peter Neumann “esa fórmula célebre, presuntamente propagada por el yihadista sirio Abu Musab al-Suri, recomienda la formación de tejidos basados en relaciones personales de confianza; redes amorfas, cambiantes, fáciles de armar y de abandonar que le den espacio a la iniciativa propia”. En otras palabras, grupos sin estructuras visibles.

Un paliativo para superar o disminuir la ofensiva terrorista en el mundo debe ser la unión de las naciones, para que sus fronteras, terminales aéreos, terrestres, marítimos y fluviales, no sean vulnerables y puedan ser mecanismos para detectar a actores de posibles acciones y atentados terroristas.

El Terrorismo superó las expectativas de una guerra formal. El dominio sofisticado e inteligente que tiene el mundo islámico, para generar sus actos terroristas, por el uso de las redes informáticas y el internet, es la herramienta más adecuada para crear la contraofensiva.

El desafío está presente: mirar los objetivos blandos de nuestras sociedades (los jóvenes sin proyecto de vida), el sistema inmigratorio sin control y el fanatismo como ideología.

Este es el reto del mundo occidental ante una amenaza sin cerebro.