"Sabiduría no es destruir ídolos, sino no crearlos nunca": Umberto Eco.
De la Sala de Redacción.-Las redes sociales y los medios que tanto criticó e incluso sus seguidores, idolatras, lectores y la legión de idiotas elocuentes que las transitan, gracias a la democracia del internet temblaron, cuando los medios italianos, con la confirmación de sus familiares, informaron la muerte de un hombre de 84 años, que sólo a los 50 pudo mostrar al mundo entero el poder de su palabra, ese medievalista, no hombre del renacimiento, como se decía en Twitter, murió: Umberto Eco.
Nacido en el norte de Italia en 1934, en Alessandria, en el Piemonte, hijo de capricornio y de entre guerras, en una familia de padre contador y madre lectora incansable.
Luego de recibir una educación salesiana, ingresó a la Universidad de Turín y, en 1954, se licenció de la carrera de Filosofía y Literatura Medieval, con una tesis dedicada a Tomás de Aquino (1224-1274).
Dictó clases en Milán, Florencia y en Bolonia, universidad donde creó la primera cátedra de Semiótica, esa ciencia que estudia los procesos culturales como procesos de comunicación y, que según él, en ella esas representaciones, los signos, son fuerzas sociales, que pulsan para exigir ser interpretadas.
En ese período, Eco abandonó la iglesia católica después de una crisis de fe y escribió Obra abierta (1962) y Apocalípticos e integrados (1964), dos referencias al agnosticismo.
En los años 70, cuando el autor comenzó a ejercer como docente en la Universidad de Bolonia, se dedicó a la sistematización de la teoría semiótica, que dio como resultado su Tratado de semiótica general (1975), publicado casi al mismo tiempo en EEUU con el título de A Theory of Semiotics.
Asimismo, escribió, en el abrigo de esa intensa alma mater, su Lector in fabula (1979), obra en la que afirma que la comprensión y el análisis de un texto dependen de la cooperación interpretativa entre el autor y el lector, y no de la preparación y de la determinación de las estructuras subyacentes.
A finales de los 70, Eco lanzó su famosa novela “El nombre de la rosa”, en cuyas páginas se combinan los temas teóricos de su obra, con una fabulosa reconstrucción histórica de su época más amada.
Otras de sus obras, temidas y admiradas, son El péndulo de Foucault (1988), La isla del día antes (1994), su novela autobiográfica “La misteriosa llama de la Reina Loana” (2004) y El cementerio de Praga (2010).
En el 2015 Umberco Eco escribe Número 0 una parodia feroz sobre el periodismo y la política, de mentira y la ficción. Pudo ser un ensayo, pero Eco quiso desarrollar, con la pasión de un anatomista, la disección de los políticos, de los periodistas, pero también de los jueces de un país que no ha sido capaz de fijar una versión fidedigna de su historia más reciente, su Italia post Mussolini.
Indudablemente el aguerrido Braggadoccio de Número 0 de Eco existe, sólo basta leer sus palabras “los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias” mediante el método de ahogarlas bajo una inundación de información.
Su más reciente publicación fue en el diario L"Espresso, una carta que escribió a su nieto, que bien podía dirigirse a cualquier niño, en la que invitaba a usar la tecnología, pero sobre todo la memoria.
Jamás distinguido con el Nobel y no sabemos por qué, Eco a lo largo de su sólida carrera recibió numerosos honores como el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades y la Orden de Caballero de la Legión de Honor Francesa, dos galardones más cercanos a su pasión medievalista.
Hoy todos los sobrevivientes de su espada estarán más que tranquilos, tristes.
Umberto Eco fue innovador y antiguo a la vez, en una argamasa insuperable de imaginación, creatividad, rigor académico y crítica de su tiempo.
Capaz de conmovernos y lograr la más acalorada discusión frente a sus escritos, Ecos nos deja un legado de realidad y sueño. Un antes y un después, entre el signo y el símbolo.
Como dijo alguna vez, "sentirse en movimiento significa sentir latir el propio tiempo”. Y todos los universos posibles hoy se percatan de su partida.