Por Felicia Saturno Hartt. Foto Ecos.- Uno de los defensores más apasionados y militantes de la causa de la Democracia acaba de morir en Paris, luego de batallar, por años, con la leucemia.
Ese luchador fue Antoine Blanca, francés, aun nacido en Alicante, España, en 1936. Hijo de un republicano español, conoció desde temprano lo que exige de sacrificio y de lucha la política. La Guerra Civil Española llevó a Blanca y su familia al exilio a Argelia, donde creció, para después llegar a Marsella y luego a París.
Se formó como maestro de escuela, pero por su talento por la negociación política lo condujo a ser uno de los embajadores claves de los gobiernos de izquierda franceses. Estudió en las Universidades de Toulouse, de Argel y de La Sorbonne, en París. Formó parte de las juventudes socialistas. Ayudó a los jóvenes socialistas españoles de Francia en sus misiones clandestinas dentro de España. Ejerció como periodista durante algunos años. Y fue director de la Revista Communes et régions de France.
"Era un hombre de izquierdas, socialista e internacionalista, que asumía hasta el final sus convicciones", le ha recordado el Partido Socialista Francés tras su fallecimiento.
Ya en los años setenta formaba parte del Comité Director del PS y era delegado nacional para los asuntos relacionados con América Latina. Ocuparía importantes cargos en esta organización partidaria y se convertiría en un influyente diplomático en América del Sur.
Su vida cambió de rumbo en 1981, tras la victoria electoral del socialista François Mitterrand. Primero ejerció como asesor del primer ministro Pierre Mauroy y en 1982 le nombraron embajador itinerante para los países de América latina y el Caribe. Saltaba a la arena de la diplomacia. "Hasta la fecha, en la política francesa, América latina no ha jugado el papel protagonista que debiera. Y es lo que tratamos de subsanar" expresó a los medios regionales.
Posteriormente, ejerció como embajador en algunos de los destinos más importantes del continente americano, como Cuba, Perú y Argentina. A Argentina llegó en un delicado momento de transición democrática liderada por el Presidente Raúl Alfonsín, siendo estimado en ese país austral como uno de los mejores amigos de la democracia argentina.
Una misión a Chile, un mes después del golpe a Allende, para buscar controlar la brutal represión del dictador Augusto Pinochet, fue el inicio de su historia de amor con América Latina y su gente.
En enero de 1989, Javier Pérez de Cuéllar, entonces secretario general de la ONU, lo designó como su número dos, con el título de director general para el Desarrollo y la Cooperación Económica Internacional. Desde ese puesto, que ocupó durante cuatro años, lideró la llamada a la comunidad internacional para reducir los efectos de los desastres naturales e hizo hincapié en la responsabilidad de los gobernantes.
También fue Secretario General del Palacio de las Naciones Unidas en Ginebra, representante de Francia ante la OEA y la Cepal y autor de una semblanza sobre Salvador Allende, su propio itinerario entre España, Argelia y Francia: la llamó “Los tres viajes de Abel”.
A la hora de su jubilación descubrió las redes sociales. Era un bloguero activo, con análisis provocadores, un abierto rechazo a la administración americana y defensor profundo de Francois Hollande y su gobierno.
El adiós al Embajador Antoine Blanca fue este jueves en el crematorio del Cementerio de Pére Lachaise, en París.