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Por Giovanni Décola. En el año 1810, Napoleón Bonaparte estaba en la cúspide del poder mundial. Sus ejércitos ya habían conquistado numerosos Estados europeos, a excepción de unos pocos, entre ellos Inglaterra, a quien sin embargo le había propinado fuertes descalabros a su economía, debido al bloqueo continental que la había impuesto, y que  el Zar Alejandro I de Rusia, se oponía tajantemente a su ejecutoria.

En 1811, Napoleón dijo a los cuatro vientos que en cinco años sería el dueño del mundo, y que solo le faltaba Rusia, a la que invadió con un ejército de 400.000 hombres  en 1812, y se tomó Moscú, la cual pese a haberse rendido, no presentó propuesta de paz, la cual esperó infructuosamente el emperador francés. Ese “relax”, permitió el reacomodamiento de las fuerzas rusas, e infligieron una dura derrota a quien ya se ufanaba como Rey del mundo.

El gran escritor ruso León Tolstoi (1828-1910), escribió la obra “La guerra y la paz”,  y relata las atrocidades de esa guerra.

Cayó Napoleón, no su espíritu de guerra. Ese yace en la mente de quienes se lucran de la guerra o tienen ínfulas de  hacerse dueño del planeta o de un Estado. Sucedió con Hitler a nivel global, sucede con Uribe a nivel local. Hitler quiso hacerse amo del mundo, Uribe de Colombia.

Hitler soñó con la hegemonía de una raza única y superior (la de él), y ser dueño del mundo. Uribe  cree en un superhombre (El), y quiere ser amo absoluto de Colombia.

Las bases doctrinales del uno y del otro, no son la razón, sino el ejercicio gigantesco de “intoxicación de conciencias”, que emana del endiosamiento de un mito. Utilizan la biblia a su demoníaca interpretación para atraer cristianos y católicos; recitan apartes del Capital de Marx para acercar a excomunistas vergonzantes, cuando no,  a sindicalistas indoctrinados; le ponen vela a La riqueza de las Naciones de Adam Smith, para envolver a banqueros y empresarios; invocan el espíritu de las leyes de Montesquieu, cuando se trata de torcerle el pescuezo a la ley,  cuando no, a la compra de servidores corruptibles; y para entretener al pueblo (incautos) le dan “pan y circo”. Su obra cumbre es El Príncipe de Maquiavelo, pues para el uribismo, “el fin justifica los medios”.

Hoy su fin, es boicotear el proceso de paz. Evitar a cualquier costo que ella sea posible en Colombia.  Uribe  buscó la paz a su manera y ofreció y entregó  canonjías a la guerrilla.  No lo logró. Sólo la paz de él, era plausible. La de Santos es una claudicación al terrorismo y al castrochavismo.

No dice en voz alta lo que muchos sabemos: Que el estado de guerra  interna  le ha permitido a los grupos hegemónicos que el Uribismo fielmente representa, así sea subrepticiamente,   (Narcotraficantes, usurpadores de tierra, parapolíticos, grandes mineros ilegales, explotadores del campo y de los campesinos) agigantar sus grandes fortunas, sin importarles las tragedias de la guerra, como son  la pérdida de vidas humanas, estela de heridos y lisiados, desplazamiento forzado,  desmembración de hogares, millares de viudas y huérfanos, y cómo no, el desangre de nuestro presupuesto nacional en la lucha contra el crimen.

Los colombianos ya sabemos quienes son los que van a la guerra. El mismo Tolstoi denunciaba en su gran obra del siglo XIX, los bailes y las reuniones que se daban en los clubes y casas de las familias aristocráticas de Moscú, mientras los hijos del pueblo daban su vida en los campos de batalla, enfrentando al ejército napoleónico.  

Aquí ocurre lo mismo. Aparte de la gran vida que llevan,  los “intelectuales” del Uribismo si no están en el Gun Club, bebiendo del mejor whisky o vino,  planeando como descarrilar el tren que nos lleve a la paz, están maquinando como seguir amansando sus grandes fortunas, no todas ellas, en el sano ejercicio del comercio. Aún recuerdo el más grave y vergonzoso tráfico de influencias de los hijos del ejecutivo en el gobierno de la “seguridad democrática”. Obvio, ellos no fueron a la guerra, eran “prósperos empresarios”.

La paz, seguro no será perfecta, pero quiero que mis hijos vean la guerra como un cadáver putrefacto que espanta, y que Colombia, sea  tierra libre de conflictos y de embrujos mesiánicos.