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Por Luis Fernando García Forero.- La decisión unánime del Consejo de Seguridad de las Organización de Naciones Unidas, ONU, definió un camino cierto y definitivo a la firma del Acuerdo de Paz entre el Gobierno y la guerrilla de las Farc.

Cuando un organismo estratégico global  adopta por unanimidad una resolución y un portavoz tan calificado y legítimo,  como  Farhan Haq, expresa la viabilidad de la misión: “será el componente internacional de un mecanismo tripartito para monitorear y verificar un futuro acuerdo de alto el fuego y cese de hostilidades, bilateral y definitivo, y de la deposición de armas”, significa que nuestro país y su gobierno han asumido el compromiso histórico de superar, de una vez por todas, el conflicto armado como realidad nacional.

Los contradictores del proceso de paz tienen en esta resolución la prueba fehaciente de la integridad de un proceso que no le pertenece solo al Presidente Santos y su equipo de Gobierno, sino a cada una de las voluntades que trabajan por sustentar la materialización del Acuerdo, en acciones concretas que abren el camino de la reconciliación nacional.

El pueblo de Colombia ha dado señales de aceptar y comprometerse con la paz. Varios hechos dan fe  de esta afirmación: primero, la baja abstención de las votaciones territoriales del pasado octubre del 2015; dos,  la expresión en las redes sociales y medios de comunicación del deseo de un Acuerdo próximo y definitivo; tercero, la avidez de millones de compatriotas de cerrar este trágico episodio de la vida nacional y cuarto, el impacto del perdón de las víctimas y su participación en el proceso de paz en La Habana; permiten observar que este reto es irreversible.

El éxito del proceso admite a todos en la nueva Colombia. El futuro del país requiere superar las visiones de corto plazo, las posiciones personalistas e individuales que no permiten ver la oportunidad de un país desarrollado, pero en equidad.

Colombia no va a ser la misma, van a surgir protagonistas y fuerzas políticas múltiples y diversas dispuestas a proponer un nuevo destino: el desafío de los dirigentes  políticos en  ayudar a que esa diversidad tenga voz, voto y compromiso en las tareas monumentales que trae el posconflicto.

Esperamos que el Ejército de Liberación Nacional, ELN, elija el camino de la paz.