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Hubert Ariza
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En una clara injerencia en las elecciones, Estados Unidos demuestra que la nueva versión de la Doctrina Monroe encarna una guerra anticomunista en América Latina

Por Hubert Ariza*. - Como si fuera una profecía que se cumple en América Latina, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, ha sacado tiempo de su apretada agenda en la guerra con Irán, para meterle la mano al proceso democrático en Colombia y tratar de imponer a Abelardo de la Espriella, el candidato de la extrema derecha, como el próximo presidente, blanqueando su historial de abogado de los más peligrosos delincuentes relacionados con la corrupción, el narcotráfico y el paramilitarismo.

En una clara injerencia en las elecciones, Estados Unidos está demostrando que la Estrategia de Seguridad Nacional se redactó para cumplirse, y que el Donroismo, la nueva versión de la Doctrina Monroe, encarna una guerra anticomunista en América Latina y la intervención de la superpotencia en los asuntos internos de su patio trasero. Venezuela, Cuba, Brasil, Colombia y México forman parte de las naciones donde Trump y su jefe del Departamento de Estado, Marco Rubio, libran una batalla a fondo para diseñar un modelo de democracia y economía, Made in USA, en el que no importa el pasado de los gobernantes, sino su compromiso con la agenda trumpista.

Una nueva demostración de esa injerencia estadounidense se dio mientras el mandatario de Colombia, Gustavo Petro, asumía como presidente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, en Nueva York, uno de los máximos honores de la diplomacia colombiana en décadas. Trump, en respuesta a la denuncia de Petro, de la mencionada injerencia, ratificó, en un nuevo mensaje en sus redes sociales, su apoyo a De la Espriella.

Antes, tras la primera vuelta presidencial, del pasado 31 de mayo, Trump había expresado su apoyo irrestricto al Tigre y su desprecio por Cepeda. Desde el día en que se presentó en sociedad la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, quedó sellada la suerte de las aspiraciones presidenciales del eventual sucesor de izquierda del presidente Petro. Por ello, que Cepeda haya conseguido cerca de diez millones de votos en la primera vuelta ratifica el rechazo de casi la mitad de los colombianos a las políticas de Trump para el continente.

Estados Unidos quiere fuera de la región a Rusia y China. Por tanto, ningún mandatario cercano a esas potencias será bienvenido. Y De la Espriella se ha esforzado en demostrar que su juramento a la bandera de Estados Unidos, país del que es ciudadano, no será en vano. Por ello, cuando el candidato grita con furia “Firmes con la patria”, la pregunta que se hacen desde la izquierda y el centro político es ¿cuál patria?

Hay que recordar que el candidato en mención es ciudadano norteamericano e italiano. Será la primera vez en Colombia que un aspirante al primer cargo de la nación exhibe abiertamente tres pasaportes, se enorgullece de su ciudadanía norteamericana, muestra la foto del día del otorgamiento de su nacionalidad norteamericana, y declara en los medios que es militante del Partido Republicano, al que financia, y cuya lealtad con esa superpotencia no está en duda.

E investido de esa nacionalidad amenaza con llevar a las cortes de Estados Unidos a sus rivales políticos, a quienes señala de comprar votos para Iván Cepeda. Pero desde la campaña de Cepeda le recuerdan que hay ríos de dinero comprando votos para el Tigre, y que con él está la poderosa familia Char, de Barranquilla, uno de cuyos líderes, Arturo, está acusado por la Corte Suprema de Justicia por compra de votos.

La ciudadanía norteamericana de De la Espriella se ha convertido en el tema central de la campaña en la antesala de la segunda vuelta presidencial. El primero en revelar esa situación fue el destacado periodista Gonzalo Guillen, y luego le han seguido una serie de líderes de opinión, exmagistrados y juristas, que han subrayado la eventual inhabilidad en podría estar el candidato. La última noticia, al respecto, fue la demanda del exmagistrado del Consejo Nacional Electoral, Luis Guillermo Pérez, quien pidió anular, por esa situación, la inscripción de la mencionada candidatura.

La campaña que está a punto de culminar ha sido la más atípica en décadas, en medio de la aguda polarización, el delirio populista de De la Espriella, el sudor de la camiseta de La Selección Colombiana de Fútbol como insignia de la extrema derecha, la ausencia de debates televisivos, el uso desmedido de la Inteligencia Artificial como un arma política para desacreditar al adversario, y un lenguaje de guerra verbal sin precedentes en la política, que opaca cualquier horizonte de reconciliación.

En la recta final de la campaña, las noticias electorales que se registran suceden en los tribunales y no en las plazas públicas. Iván Cepeda denunció ante la Corte Penal Internacional, CPI, y la Fiscalía a su adversario, a quien acusó por delitos de lesa humanidad relacionados con el paramilitarismo.

Cepeda señaló, en rueda de prensa, que las fuentes de sus graves denuncias están en las declaraciones, investigaciones y demás documentos existentes en las comisiones de la verdad, órganos de justicia, y el Centro Nacional de Memoria Histórica.

Con estas graves denuncias, a 10 días de la segunda vuelta, Cepeda pareciera tratar de movilizar el voto consciente de los indecisos y de quienes han apoyado los diferentes procesos de paz. Y recuerda, por lo demás, una denuncia similar presentada en 2002 por el entonces candidato Horacio Serpa Uribe contra su rival Álvaro Uribe, a quien acusó de ser el candidato del paramilitarismo.

El Fiscal General de la Nación de la época, Luis Camilo Osorio, aparte de tomarse un café con el candidato liberal, no tuvo interés en ahondar en las investigaciones y el caso fue archivado. Luego se acusó a ese fiscal de estar al servicio de los paramilitares. Y la historia se encargó de comprobar la enorme incidencia de los paramilitares, que pusieron cerca de dos millones de votos, a favor de Uribe y eligieron al 35% del Congreso de la época. Muchos de esos congresistas terminaron en la cárcel.

¿Qué efectos tendrá esa denuncia en la definición del voto a favor de Abelardo? Nadie lo sabe. Lo que sí parece seguro es que esa demanda, en caso de ganar De la Espriella no terminará en nada. En un régimen presidencialista como el de Colombia, ningún fiscal ha tumbado un presidente.

A nueve días de las elecciones presidenciales, la injerencia del presidente Trump, el presidente de Ecuador, y la extrema derecha internacional, cobijada bajo el Escudo de las Américas, dejó de ser un bulo político. De la Espriella ruge con fuerza en las encuestas, mientras Cepeda contiene la avalancha de propaganda negra y la injerencia de Trump en el proceso. Con casi diez millones de votos en la primera vuelta necesita tres millones para ganar. Una tarea titánica que muchos ven imposible. Los resultados en Perú, parecieran abrir una puerta de esperanza de que en Colombia la remontada también sea posible.

Mientras tanto, De la Espriella y su vicepresidente dan espectáculo de ciencia ficción: luego de que el candidato mete la pata, el vicepresidente interviene para minorizar los daños colaterales, negando o matizando lo que dice su jefe. En medio de un mar de contradicciones de la extrema derecha, que respira un intenso triunfalismo y la injerencia de Trump, las elecciones mantienen a los colombianos sumidos en la más profunda polarización y crispación. Como en los años del proceso 8000, la política rompe amistades y destroza familias. El odio se respira donde el debate electoral llega.

Por ello, sin importar quién sea el ganador, el país quedará profundamente dividido, no habrá espacio para la unidad nacional, el Congreso de la República será el muro de contención del perdedor, y será la calle el escenario donde la política tendrá un nuevo sentido para la izquierda. Si ganara De La Espriella, nacería con fuerza Petro como Jefe de la Oposición y el antiimperialismo. Si ocurriera lo contrario, Estados Unidos le declararía la guerra política a Cepeda y Colombia vería con mayor ímpetu el rugir del imperio.

Bogotá, D. C, 15 de junio 2026

*Periodista, internacionalista y analista político.

Tomado de El País.