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Por Giovanni Décola*. Foto: ECOS MEDIA.- A  sus 90 años ha muerto el hombre más importante de Latinoamérica en toda su historia. Por su gesta libertaria, tal vez Bolívar, Hidalgo o San Martín, podrían emularlo, pero Fidel es mucho más que eso.

Hijo natural de una modesta familia descendiente de españoles, que luego se hizo a un gran caudal económico.

Su gran inteligencia descrestó desde los 4 años de edad. Era tan avasalladora su personalidad, que podía ser odiado o amado, jamás ignorado.

Graduado en derecho, ciencias sociales y relaciones internaciones. Desde el fracasado asalto al Cuartel Moncada en 1953, se convierte en ícono de casi todos los revolucionarios de América. Capturado y llevado a prisión, por la presión popular es amnistiado y pronuncia la primera de sus grandes arengas: “La historia, me absolverá”.

Se exilia en México y en 1956 inicia la arremetida guerrillera que lo llevaría finalmente al poder en 1959, y quién vaya a creerlo, con apoyo económico de los Estados Unidos, que le prestó decidido sustento a sus 800 hombres barbados de la Sierra Maestra, que enfrentaron con éxito a los 70.000 hombres del ejército del dictador Batista.

Sus primeras medidas como gobernante, empiezan a inquietar a los Estados Unidos, que sin embargo, creyeron que podían fácilmente doblegarlo y hacerlo un aliado natural de ellos. Se equivocaron, en 1961 rompen relaciones con la isla y Fidel se proclama marxista leninista y jura serlo hasta el último día de su vida.

Estados Unidos se la juega por una invasión dirigida a control remoto, en donde 2500 combatientes, desembocan en bahía cochinos y son derrotados estruendosamente por las fuerzas revolucionarias de Cuba. Muchos fueron tomados prisioneros y deportados a Estados Unidos a cambio de alimentos y medicinas, conocida como el intercambio de mercenarios por compotas.

La simpatía de Fidel por el régimen soviético era innegable, desde que en 1960 Fidel se reuniera con el líder soviético Nikita Kruschov, que ante el enigma ideológico, que en ese entonces se pregonaba de Fidel, fue interrogado por periodistas, si el líder cubano era comunista, respondió: “no sé si Fidel es comunista, pero yo soy fidelista”.

En octubre de 1962, el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear. Ya Cuba aliada del régimen soviético, éstos instalaron misiles nucleares en la isla, con el fin de protegerla de una nueva invasión norteamericana, pero sobre todo, como un contrapeso geoestratégico a los misiles nucleares de la OTAN, puestos en Turquía, muy cerca de la frontera con la Unión Soviética. El mundo se llenó de pánico, se previó lo peor y la autodestrucción de nuestra especie, hasta que llegó la oferta soviética de sacar los misiles de la isla si Estados Unidos hacía lo propio con los que tenía en Turquía, y Estados Unidos prometía no invadir la isla. Kennedy aceptó, y el mundo volvió a respirar luego de dos semanas, en donde la humanidad expectante dormía con los televisores encendidos a la espera del grito de guerra.

En plena guerra fría Cuba afianzó su modelo socialista y lo pretendía exportar a toda Latinoamérica. Eso le costó su aislamiento y expulsión de la OEA. Con varios países rompió relaciones diplomáticas, incluida Colombia en el gobierno de Turbay.

Estados Unidos se proclamó vencedor de la guerra fría y el bloque socialista sucumbió. Cuba, que enfrentó un duro bloqueo económico de los EE.UU., y que se sostenía durante décadas gracias a la ayuda soviética y a la regia personalidad, carisma inconmensurable y una prodigiosa inteligencia de su líder supremo, supo capotear la crisis hasta que llegó su último benefactor, Hugo Chaves, quien auxilió económicamente a la isla en los mejores momentos de la bonanza petrolera venezolana.

Aislado del poder definitivamente desde el 2008, todos en la isla sabían sin embargo, que su hermano Raúl, nada haría en el poder, que causara el menor disgusto del fundador del régimen.

Las palabras dichas por Kruschov en 1960, las corroboré de cierta manera, cuando visité a la isla en 1996: los cubanos  no eran comunistas, eran fidelistas.

Para unos, Fidel fue un agente del diablo, y merecería ir al infierno;  para otros, agente del cambio; y para los revolucionarios del mundo, fuente de inspiración y valentía.

No en vano, superó más de 600 intentos de asesinato, mantuvo una revolución socialista triunfante a escasas 90 millas del imperio norteamericano. Soportó un bloqueo, que antes de asfixiarlo, fue el tanque de oxígeno para apelar al sentimiento antiyanqui en todas las latitudes del mundo y el combustible para pedirle a su pueblo mayor energía para defender la revolución.

Se cuidó del culto a la personalidad, propia de los regímenes totalitarios, pero no hay, ni habrá espacio en la isla, cuando se hable de su historia, en la que se pueda ignorar el nombre de Fidel.

Su influencia en Cuba desde comienzos de la segunda mitad del siglo XX fue total, en América fue omnipresente y en el mundo, fue faro obligado para interpretar a los mundos capitalistas y socialistas.

Ha muerto un hombre, dudo que haya muerto Fidel. Raúl, ya no tendrá que cargar con la ambivalencia de defender sus propias ideas y tener complacido a su hermano. Podrá dar nuevos aires de apertura en un mundo globalizado, sin entregar las innegables mejoras en el sector educativo y de salud, que son ejemplos para el mundo, pero entendiendo, que para lograr mayores estándares de calidad de vida de su población, es necesario abrir las compuertas de la inversión extranjera y el mercado, sin necesidad de caer en manos de un capitalismo salvaje, culpable de la vergonzosa inequidad del mundo latinoamericano.

Gústenos o no, Fidel marcó un hito que pasará a mito, en la historia de América y del mundo.

*Abogado y Periodista.