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Por Felicia Saturno Hartt. Foto: elnacional.com.co.- Donald Trump volvió a romper barreras y, contra los pronósticos de casi todas las encuestas, se convirtió en el cuadragésimo quinto Presidente electo de los Estados Unidos de Norteamérica.

El nuevo presidente asumirá como el abanderado del cambio en Washington, el próximo 20 de enero de 2017, un legado que le asignó una mayoría estadounidense trabajadora blanca, industrial y rural, que no ve progresos en su vida, desde hace años y una minoría en ascenso, de origen latino que temió la posibilidad de instaurar regímenes políticos contradictorios al sueño americano.

Como en el terrible Brexit o en el Referendum por el Acuerdo de Paz en Colombia, las encuestas, manipuladas o no, incapaces de registrar la realidad de la diversidad de electores o sesgadas, no supieron registrar el fenómeno del voto oculto, el del ciudadano que expresaba que iba a elegir la opción “políticamente correcta”, pero finalmente votaba por una opción que no implicase, según su perspectiva o la influencia de los argumentos más conservadores, cambios amenazantes.

Sólo una empresa encuestadora, que trabaja para Los Ángeles Times, que usó una estrategia de aproximación diferente al elector promedio, en la que no interrogaba directamente al encuestado a quién iban a votar, pudo acercarse al desenlace.

El sondeo vaticinaba, días antes de los comicios, una ventaja de 3 puntos para Donald Trump, mientras todas las encuestas pronosticaban ganadora a Hillary Clinton por 3 o 4 puntos. Fue la única empresa que acertó.

Haciendo un balance rápido de los hechos acaecidos anoche, el empresario, político y personalidad de los medios supo sintonizar con el malestar de los ciudadanos de los estratos medios industriales, rurales, sin estudios universitarios, de ciudades pequeñas de la “América profunda” que están frustrados, porque hace años y años, que no pueden progresar.

Hombres y mujeres que se quedaron sin trabajo, porque las fábricas se van a otros países, con costos más bajos o porque su tarea fue reemplazada por la de una máquina. Esa población, si halló un nuevo empleo, gana la mitad de un salario. Ven a los inmigrantes como enemigos, como el “otro” que invade su entorno, con una cultura diferente, les quita el trabajo y puede cambiar su identidad estadounidense. Crecen sus problemas y sienten que el estado no actúa.

Asimismo,  Trump impactó en los afroamericanos inconformes y en los latinos inmigrantes legales. Los primeros se sintieron marginados por las políticas de un presidente cercano a ellos; los segundos temieron una cercanía a una política que  generase los problemas de sus países de origen.

La desigualdad social de los estadounidenses de a pié, fue el poderoso trasfondo del malestar. Y Hillary, con su estilo ejecutivo y su carisma calculado, no enganchó a los ciudadanos que siempre votaron a los demócratas. Y éstos no supieron detectar a tiempo esa tendencia.

Trump irrumpió en escena en un momento en el que el mundo vota populismos de derecha y rechaza con miedo a los inmigrantes, los refugiados, la globalización, el libre comercio, el posible mestizaje.

Con un mensaje sencillo y populista, encarnó el malestar de la clase media y ahora gobernará, probablemente con todo el congreso a su favor. EE.UU y el mundo está ante un presidente impredecible, que construyó un personaje que rescató el sueño americano.

También era notable la decadencia del liderazgo propositivo. Ambos candidatos carecían de las cualidades que hacen la diferencia. Y el voto castigo, que traduce la rabia cotidiana y el malestar de la desigualdad, emergió y, cómo es usual, potenció la opción que rompía al favorito.

Pero como decía el genial grupo sueco ABBA, el ganador se lo lleva todo. Es cierto que ganar la Presidencia de los EE.UU. es una victoria importante, sobre todo para alguien que no es político profesional. Pero también puede ser un desafío atemorizante.

Estar en un podio, con la encendida pasión de una campaña, con la adrenalina de los simpatizantes y la expectación de los medios y redes, es una experiencia emocionante.

Pero hay que recordar que Trump hereda un país dividido por su brutal campaña, una amenaza terrorista latente, mercados financieros tambaleantes, a Rusia y China jugando a sus poderíos y el Estado Islámico queriendo derrotar a Occidente.

Una complicada situación bilateral, global e interna requerirá que el inquilino    de la Casa Blanca, de 70 años de edad y sin ninguna experiencia pública, construya una agenda que asuma los cambios profundos que su victoria traerá al gigante del norte.

Desde Ecos, estaremos a la expectativa de este fenómeno en la era digital y, especialmente, de su impacto, sísmico o no, en América Latina.