Por Felicia Saturno Hartt. Foto: Marley White/NTCgo.- Si un acontecimiento ha significado un cambio radical en la geopolítica del mundo, ese evento, hoy en día, mil veces repetido, en diferentes escalas y países, es el atentado terrorista contra el Pentágono y las Torres Gemelas, acaecido en la mañana el 11 de septiembre de 2001.
Aquel nefasto día cuando dos aviones comerciales piloteados por terroristas se convirtieron en potentes misiles y tumbaron, en 85 minutos, las dos torres gemelas, del World Trade Center de Nueva York, símbolo del Progreso Americano, quedó en el alma del mundo inscrita una amenaza y la avalancha de un enemigo silencioso y contundente, el terrorismo fundamentalista.
Las más de 2.973 personas que murieron ese día, los heridos, los 30 mil involucrados con enfermedades derivadas del evento y su impacto en la ciudad de Nueva York se ha visto multiplicado, a posteriori, por una serie de atentados, de menor escala, pero dirigido a población civil, pero que implican el desarrollo de una ofensiva dirigida a Occidente que ha tenido diferentes caras, desde las hoy disminuidas redes de Al Qaeda hasta el propagandista Estado Islámico sin dejar de mencionar por su crueldad y desafueros al Boko Haram. A 15 años del ataque en EE.UU., el terror se ha extendido por todo el planeta.
La respuesta no dejó de tener el carácter militarista de los conflictos predecibles, declarar la Guerra al Terrorismo, cuyo objetivo era destruir las redes de Al Qaeda y lo que comenzó con una acción militar contra el régimen talibán en Afganistán, siguió con la guerra en Irak y se ha extendido hasta el día de hoy con numerosas ramificaciones. Esto, más allá de que el 2 de mayo de 2011, fuerzas especiales estadounidenses dieran muerte al líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, en una criticada operación en Pakistán.
Entre tanto, Siria se sumergió en una guerra civil, que comenzó con masivas protestas contra el régimen de Bashar al Assad en el marco de la primavera árabe. El conflicto en Irak resurgió, esta vez impulsado por la milicia radical Estado Islámico.
A quince años del 11 de septiembre en Nueva York, precisamente el EI se ha convertido en el mayor grupo terrorista del planeta, con un excelente aparato propagandístico e interrelaciones con grupos de toda índole, sobre todo bandas armadas transnacionales y cyberterroristas.
El mundo ha vivido las acciones y reacciones de los gobiernos, donde ha aumentado la islamofobia, sentimiento impulsado en parte por la crisis de los refugiados y del que ha sacado partido la extrema derecha, sobre todo la populista, para señalar no al responsable de la crisis, sino a las comunidades étnicas residentes en Occidente.
Las estrategias militaristas, en su mayoría fracasaron, no contrarrestaron el terrorismo y obtuvieron el efecto de marginar a muchos sectores de poblaciones afectadas en distintos países de Medio Oriente y el norte de África, con la consecuente agudización del antiamericanismo.
Por los fracasos de estas políticas terroristas e incluso por diferencias ideológicas, el Presidente Barack Obama no continuó con la estrategia de sus antecesores, por las lecciones y experiencias traumáticas de Irak y Afganistán, renunció a esa cosmovisión neoconservadora del mundo, a la creencia del cambio de un régimen dictatorial por una democracia liberal manu militari (con mano militar); y con ello a ese tipo de guerras a gran escala".
Por ello, EE.UU, la Administración Obama, ha optado por el apoyo velado a tropas locales" como ocurre en Libia, Siria o Irak.
Consecuencias de toda índole significa este enfoque militarista que ha caracterizado a la Política Exterior, ya que el gasto militar ha deteriorado las necesarias inversiones sociales y ha creado déficit, no sólo en los EE.UU., sino en las economías dependientes.
Historia y memoria ya coexisten 15 años después del 11S. Ambas escritas en el imaginario de un mundo globalizado y, por ende, amenazado no sólo por los sofisticados terroristas de hoy, sino por el miedo, el verdadero valor agregado que ha tenido la amenaza fundamentalista en el mundo de Occidente.
Queda de los líderes globales y de los estados edificar una Política Interior y una Exterior que busque otras caras de la Seguridad, que no se vista sólo de armas, sino de políticas que controlen la exclusión, la xenofobia, la violencia de género, la corrupción, entre otros factores que hacen vulnerables a las naciones ante enemigos que enarbolan las banderas del fundamentalismo y la codicia.