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Por Felicia Saturno Hartt. Foto: Reuters.- Quien haya instalado la maquinaria del horror, otra vez, en la antigua Constantinopla, hoy Estambul, calculó muy bien lo que significaba este acto terrorista. Los otros atentados recientes en Turquía, en ciudades populosas como Estambul y Ankara, ni siquiera merecieron el reconocimiento atroz de su autoría, pero éste sería uno muy acorde a sus pretensiones mediáticas.

El escenario, el aeropuerto de Ataturk, el más grande de Turquia, que se ha expandido en los últimos años y es ahora la tercera terminal aérea con más tráfico de Europa, debido al número anual de pasajeros que utilizan sus instalaciones, después de Heathrow en Londres y Charles de Gaulle en París, era el lugar ideal para atentar contra los inocentes.

Más de 60 millones de pasajeros de diferentes nacionalidades pasan cada año por Atatürk, que ocupa la posición número 11 del ranking mundial de transito. Este aeródromo, además,  es el centro de operaciones de Turkish Airlines, una de las compañías aéreas de más rápido crecimiento de los últimos años, que comunica Oriente con Occidente.

La entrada a la zona de pasajeros de este aeropuerto, uno de las más transitados del mundo, se encuentra sometida a controles de seguridad, con arcos detectores y escáneres. El impacto de una acción heroica terrorista sería determinante y multitudinaria. Burlar la seguridad y matar a la mayor cantidad de personas en este espacio sería fácil e impactante.

Los tres terroristas suicidas que realizaran el ataque, estaban conscientes de lo contundente de su papel en el atentado. Dos de ellos entraron al aeropuerto, a las 22 horas y trataron de ingresar a la planta principal, para aproximarse a la zona de llegadas del terminal internacional sin pasar por el control de seguridad y el tercero penetró posteriormente, disparando con un Kaláshnikov, para luego detonar sus explosivos en el estacionamiento del aeropuerto, precisamente por donde tratarían de escapar la gente de las anteriores detonaciones.

Aun cuando los controles de seguridad funcionaron y fueron detectados los dos primeros que ingresaron y el del estacionamiento fue herido por los guardias, los tres presuntos yihadistas se inmolaron, matando a 41 personas y dejando heridas de gravedad a 141. Seguro un saldo inferior a lo augurado por estas mentes criminales.

El Presidente de Turquía, el islamista Recept Tayyip Erdogan, con su particular forma de reaccionar, ha condenado el atentado contra el aeropuerto internacional de Estambul, destacando que este tipo de ataques podrían pasar en cualquier ciudad del mundo.

Ciertamente es posible, pero también esta situación muestra la deficiente política de seguridad ciudadana o su inexistencia, que se hace aliada de los terroristas y de los actores del crimen organizado. Si trataran a los terroristas y a los criminales como tratan a los opositores políticos, estos sucesos no acaecerían.

Luego no basta con expresar Yo soy Estambul por la redes y medios de comunicación, mientras estas organizaciones terroristas manejan la informalidad, penetrando el tejido social y construyendo ejércitos de asesinos inmolables y suicidas por una causa que no les pertenece. Esta semana fue Estambul, mañana puede ser cualquier lugar del planeta.