Por Felicia Saturno Hartt.*- Las Naciones Unidas y la comunidad mundial debate, desde el 19 al 21 de abril, en Nueva York, sobre la problemática de las drogas en el mundo, en sesión especial de la Asamblea General, siendo éste el primer encuentro de este tipo en casi dos décadas, impulsado, principalmente, por los gobiernos de México, Guatemala y Colombia. Se observará, luego de más de 40 años de fracasos, éxitos legislativos e inmensos costos humanos, qué será, en esta materia, lo prioritario en el desarrollo de políticas públicas, según sus deliberaciones y acuerdos.
La iniciativa de esta sesión especial provino de países de América Latina, que han sido especialmente afectados por décadas con las consecuencias de la "guerra contra las drogas". Sus resultados han sido violencia masiva, corrupción sin límite, prisiones desbordadas, alianzas con el terrorismo, nuevas y más sofisticadas sustancias, uso de modelos foráneos y las nuevas y más eficaces formas de tráfico.
Indudablemente que esta cita mundial es un escenario propicio para promover decisiones políticas, que repercutan en mejores rumbos y estrategias para enfrentar este delicadísimo problema que, a pesar de agravarse cada vez, se sigue enfocando sólo en sus consecuencias más visibles, el microtráfico y el consumidor marginal.
De hecho, no es asombroso que los reportes aportados por los mismos organismos internacionales transmitan estos enfoques y sólo traten la realidad del consumo, como lo expresó al inicio del mes pasado el Director Ejecutivo de la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDD), Yuri Fedotov, en Viena, al señalar que casi 200.000 personas mueren cada año por el consumo de “narcóticos ilegales”, por sobredosis o por otros problemas médicos relacionados con las drogas", al inicio de la Comisión de Estupefacientes de la ONU.
El embajador Fedotov aún habla de narcóticos ilegales, cuando la misma Organización Mundial de la Salud (OMS) desde 1979 definió que el término más apropiado es estupefacientes y psicotrópicos, ya que los derivados de cannabis, las drogas sintéticas (hoy muy de moda) y los derivados de la coca no entrarían en esa denominación.
Sin estimar que esa oficina contra la Droga y el Delito no publicó la información de la cara dinámica del problema, el Tráfico de Drogas, la empresa transnacional más poderosa y hábil que existe, sólo a la par de las empresas transnacionales productoras de armamentos y de la trata de personas y órganos.
En Europa, por ejemplo, el negocio de las drogas representa cerca de una tercera parte del volumen de ventas del crimen organizado, como informó Europol, en mayo de 2015. Además, algunas organizaciones terroristas se financian a través de este negocio.
Matthias von Hein que ha quedado claro que existe una fisura que divide a la Comunidad Internacional; por un lado están los países que desean terminar con "la insensata guerra contra las drogas", sobre todo en América Latina; y, por otro, países como China, Irán y Arabia Saudí, que penalizan delitos de drogas con la muerte.
El citado periodista alemán es categórico al afirmar que debe haber un acto de equilibrio entre ambos extremos. Y un nuevo enfoque es urgentemente necesario: hay que terminar con la penalización, apostar por la política de salud pública y regular en lugar de prohibir.
Claro está desde el punto de vista de los consumidores, quienes ya han sido estimados como enfermos, bajo la tutela sanitaria de los estados desde los ochenta, por disposiciones de OMS, pero se quedan cortos en materia de los DDHH de esta población, que requiere ser identificada según las causas que lo condujeron al consumo, legal o ilegal de drogas.
Porque hay que ser categórico al afirmar que todos los consumidores o dependientes al consumo o uso de drogas no responden a la misma causa histórica reconocida y estigmatizada, el disfrute o uso hedónico, sino muchos llegan a usarlas en terapias de sustitución, en tratamientos contra el dolor o por su manipulación ilegal por los traficantes de personas y profesionales que desvían el uso lícito, sobre todos de sustancias legales bajo receta o por oferta en páginas de internet, falsas farmacias que, de forma anónima, mercadean drogas.
Pero, sin hablar aún del tráfico, ¿qué se hace entonces con el problema de la reinserción social? La Penalización ya no se hará, el consumidor recibirá tratamiento y se controlará el uso y, entonces, ¿cuáles son las alternativas de los consumidores ya rehabilitados?
Este aspecto nos remite de nuevo a las políticas gubernamentales que deberían estar en la Agenda de ONU y de los países miembros. Las estrategias materiales de la incorporación social de las personas, que no sólo abarca a los usuarios de drogas sino incluso a los traficantes, sobre todo en América Latina, donde la violencia, con rostros de criminalidad y delito, es una invitación permanente a sus rentables filas.
La realidad del tráfico se ha tornado en compleja y desgarradora. A lo largo de las más de cuatro décadas de la guerra contra las drogas lejos de desaparecer, el negocio de los estupefacientes y los psicotrópicos ha afirmado sus relaciones con otros delitos y especialmente ha nutrido de recursos suficientes a las organizaciones criminales, para crecer en la diversificación de sus actividades ilegales.
Como bien lo expresa Ericka Rodríguez, es especialmente sensible la relación del tráfico de drogas, con el tráfico de armas y el de seres humanos. “Los narcos en Centro América, África y Asia han ampliado sus operaciones al tráfico de migrantes que, a su vez son, en muchas ocasiones utilizados, como correos humanos, extorsionados, secuestrados o retenidos como trabajadores esclavos. Todavía recordamos la masacre en 2010 de 72 inmigrantes mexicanos que se negaron a unirse a la banda de los Zetas” expone Rodríguez.
El Director del Instituto Español de Estudios Estratégicos de España, Miguel Ángel Ballesteros Martín ha insistido en la vinculación entre narcotráfico y terrorismo yihadista. Aunque esto no puede generalizarse, sí que se han encontrado evidencias del uso del dinero proveniente del microtráfico en la financiación de atentados, como los de Madrid en 2004.
Otro hecho importante para estimar es que las hectáreas cultivadas no disminuyen y los precios no bajan. A pesar de que Afganistán, por ejemplo, ha pasado por una cruenta guerra y que se mantuvo bajo el control de la OTAN hasta 2015, los cultivos y procesamiento de opiáceos han aumentado en este país. De hecho, en 2014, el cultivo mundial de amapola alcanzó su nivel más alto desde finales de la década de 1930.
Y la oferta de drogas, sean estupefacientes, psicotrópicos o drogas sintéticas, sigue siendo el tema tabú. La innovación no cesa y las políticas públicas o no existen o siguen con los enfoques equivocados.
Los traficantes y su organización criminal si han sabido interpretar los mercados, las posibilidades infinitas de las redes sociales, la falta de coherencia y de compromiso de los dirigentes políticos y la tendencia a sonreír a la corrupción de algunos sectores de la sociedad.
Cada semana surgen nuevos estupefacientes, y se haya nuevas evidencias de policonsumos y de formas alternativas de consumo. Ellos si están estudiando las tendencias, las expectativas, los deseos y las necesidades, de toda índole, de los grupos vulnerables, al igual que los terroristas.
Los gobiernos y los organismos internacionales aún quieren sólo estimar una cara, pero la dinámica incluye a las 2, en una sola moneda.
El informe mundial de drogas señala que, en diciembre de 2014, 95 países y territorios habían informado sobre un total de 541 nuevas sustancias psicoactivas al sistema de alerta temprana de la UNODC y la respuesta ha sido débil a pesar de su magnitud.
Existen unos enemigos poderosos y apoyados en asociaciones transnacionales, que percibe a los estados como actores ciegos débiles ante un comercio cada vez más lucrativo e impune.
Lo que sí ha quedado claro en 40 años de errores y desaciertos es que la Política qué intente aproximarse al tráfico y consumo de drogas tiene que ser una Política de Desarrollo y de Seguridad de Estado.
Se requiere un cambio del modelo de gestión de esta problemática, que vaya más allá de la despenalización, el tratamiento y la prohibición. Un enfoque que los incluya, pero estime otras vías como los controles sanitarios, aduaneros y financieros, el análisis la oferta de drogas en medios locales, redes sociales y medios digitales, el estudio de las tendencias societales y, sobre todo, el desarrollo de la prevención como política pública, porque prevenir es educar para la acción.
Si se diseña una política pública, basada en el contexto sociocultural, político y económico, donde va a desarrollarse, que estime los cambios y tendencias del mundo globalizado y digitalizado, con equipos interdisciplinarios, legislación actualizada a las realidades humanas asociadas al tráfico y consumo de drogas, capaz de generar alianzas sociales y comunitarias y considerando las dimensiones del problema, sería posible, en mediano plazo, generar cambios importantes y progresivos.
*Drogas Mundi diseñado con Photo.to por Felicia Saturno Hartt .-