Por Felicia Saturno Hartt. La ambición de perpetuarse, las pésimas administraciones, la corrupción campante y la necesidad de cambios palpables no utópicos han sido los factores patrocinantes de la crisis de los nuevos (o ya viejos) socialistas del Siglo XXI, esa mezcla de autoritarismo con populismo trasnochado, que lideró Hugo Chávez Frías en América Latina.
A diferencia de lo que piensan algunos analistas, la sociedad latinoamericana ha madurado y el proyecto político basado en un estatismo exagerado, un falso internacionalismo libertario y una promesa de equidad, que no se concreta y no da respuesta a las crecientes demandas de cambio y desarrollo, que la población de los países reclaman, ya no tiene seguidores.
Desde 2011 se han podido visualizar, tras varios años en el poder y un evidente proceso de fracaso de sus políticas, el repudio de las gestiones de los socialistas del Siglo XXI.
La situación de la administración de Evo Morales, mandatario boliviano, que fue reelegido con un 70% de aceptación popular, desafía un tremendo descontento, hasta el punto de que en las últimas encuestas, apenas es apoyado por el 30% de la ciudadanía.
Morales ha fracasado: no ha podido articular a los bolivianos y mantiene un agresivo lance con la oposición política; con el discurso del antiimperialismo paralizó la inversión extranjera en Bolivia, no ha alcanzado reducir la pobreza estructural ni optimizar las condiciones de vida de los bolivianos, no está preparado para administrar la riqueza minera del país, se ha enfrentado a antiguos aliados, como Brasil y Argentina, e incluso ha instigado un patrioterismo absurdo, como sucedió en la reciente alza general de combustibles, que debió echar apresuradamente hacia atrás, ante la reacción de los habitantes.
Bolivia es una nación cesante, envenenada por resentimientos de clase promovidos desde el poder, fórmula de manejo de masas originada por el Podemos Español y el Chavismo, sin ninguna perspectiva cierta para atender a las demandas del desarrollo económico y social.
Por ello, la pérdida del referéndum para la reelección presidencial es un indicador del rechazo a la gestión de Morales y del descontento ante su perpetuación en el poder por 10 años más. No valió el patrioterismo frente a la demanda a Chile, ni el uso de los recursos del gobierno para proselitismo y la campaña internacional de denuncia de los enemigos de la derecha, los bolivianos quieren alternabilidad democrática.
En Nicaragua la situación no es mejor, por el contrario se ha agravado por el desplante favorecido por Daniel Ortega contra la próxima Costa Rica. Si bien este episodio nacionalista le ha hecho corregir su posición en las encuestas, sólo el 45% de la población lo apuntala, porcentaje muy lejano de la popularidad con la que inició su gobierno.
Ortega sueña reelegirse y por ello ha pisoteado la Constitución y embarcado a su país en un conflicto armado que la comunidad internacional rechaza, ante la existencia de conflictos más reales.
En el caso de Argentina, el rechazo de la propuesta de reforma constitucional para lograr la reelección de Cristina Fernández y la posterior derrota del candidato del oficialismo Daniel Scioli frente a Mauricio Macri, fue una respuesta del país austral a los desmanes de una administración que negaba la real crisis económica de un país que podría ser totalmente autosuficiente.
Casi sobra recalcar el fracaso del régimen chavista en Venezuela, que está a la vista del mundo. Un país riquísimo donde todo escasea, donde se prefiere destruir la tercera empresa petrolera del mundo, el moderno y especializado parque industrial y el empuje del comercial, productos del emprendimiento particular, y donde no sólo prevalecen la inseguridad, el tráfico de drogas, el desempleo, la pésima administración de los recursos públicos y la parálisis económica, sino también una corrupción estatal que produjo los mayores cleptócratas del mundo sólo superados por los funcionarios chinos.
La pérdida de las elecciones parlamentarias del 6D ante el infinito ventajismo oficialista, que le arrebató el Parlamento luego de 17 años de apoyo irrestricto a los mandatos de Chávez y las atrocidades del gobierno de Maduro, con la mayoría absoluta, siendo un comicio en extremo complejo por la diversidad electoral de su proceso, es un indicador del deseo de los venezolanos de volver a la democracia que le dio la posibilidad no sólo de ser un país próspero y preparado, sino de superar la terrible crisis social, política y económica que sobreviven cada día.
Los pueblos de América Latina quieren y requieren gobiernos respetuosos de los DDHH; administraciones que propongan proyectos de crecimiento y desarrollo, basados en la meritocracia, la inclusión y la acción contralora; gobiernos que, bajo la mirada de veedor de los ciudadanos, admita el diálogo y la negociación como alternativas al poder absoluto; liderazgos que inspiren a la gente a enrolarse en un proyecto político que traerá beneficios a todos.
La gente común ambiciona que las cosas funcionen. Porque la ineficacia no tiene color político, sino indicadores de riesgo, que denuncian que las aulas no tienen pupitres, los medicamentos no existen en los hospitales, las unidades de transporte están deterioradas, las calles están rotas, los contratistas cobraron y no alimentaron a los niños y las alzas de los presupuestos de los servicios jamás nadie las previó.
Desde esta venta digital de Ecos creemos que la transparencia, el servicio y la eficiencia no son ideología, sino los presupuestos mínimos de la gobernabilidad democrática.