Jairo Gómez
Jairo Gómez

Qué paradoja, Álvaro Uribe y su perfil político, es lo más parecido a Hugo Chávez, el desaparecido líder venezolano. Cada uno, desde ideologías distintas por supuesto, logró imponer su voluntad popular para perpetuarse en el poder.

Coinciden, además, en que sus disímiles propuestas políticas siempre pasaron por las urnas y los ciudadanos las votaron.

Uribe, como Chávez, construyó poder desde el poder, hizo la tarea al pie de la letra. En torno a sus propias tropas crearon liderazgos que se fueron consolidando con el tiempo; en el caso de Uribe, éste fortaleció su proyecto político utilizando los deleznables métodos clientelistas y paramilitares, según denuncias de sus opositores; Chávez, por su lado,  concibió una izquierda radical empoderando el proyecto desde las bases populares, con una impronta similar al régimen cubano.

Desde su objetivo político, ambos crearon sus propios partidos. Uribe, el Centro Democrático (CD); Chávez, el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Ideológicamente antagónicos, pero políticamente afines en sus intereses.

Hugo Chávez murió, pero antes de dejar este mundo, en vivo y en directo, por televisión, anunció a los venezolanos quién era su sucesor: Nicolás Maduro. Los demás vasallos del PSUV callaron, y cumplieron la orden del líder. Cinco años después el proyecto chavista sigue intacto y a Chávez ahora lo llaman: “el comandante eterno”.

Álvaro Uribe, contrario a Chávez, está vivo, es terrenal, y antes de dejar la presidencia, que ejerció durante ocho años, también, al mejor estilo castrochavista, escogió a su sucesor, Juan Manuel Santos: se lo echó al hombro y lo eligió con sus votos. Quiso desde un comienzo imponer su voluntad. Terco, pertinaz y astuto, pretendió que Santos gobernara a su imagen y semejanza. Nunca aceptó matices, pues siempre se consideró el regenerador de las enfermedades democráticas (aún se lo cree). Por tanto, esperaba que su pupilo, con decisión, borrara de la faz de la tierra a las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), una guerrilla a la que siempre sindicó de haber asesinado a su padre. Comparando: Maduro el de Chávez, no era Santos el de Uribe. Nicolás, el fiel amigo y leal; Juan Manuel, para su mentor, un traidor con agenda propia. Ésta pelea la perdió Uribe y decidió aborrecer a Santos. Sin duda un odio más personal que político, como si se tratara de una pelea entre parejas.

Mientras en Colombia Santos se va del poder, Maduro, en Venezuela, se queda y quién sabe por cuantos años más. Igual sucede en Colombia, se va el pupilo traidor, pero Uribe, como el mesías, resucita y con un nuevo aire revanchista buscará incidir en su nuevo protegido: el leal y devoto, Iván Duque. El mejor siervo nunca imaginado; lo trajo a la política y en menos de cuatro años pasó de ser un ilustre desconocido a ser el presidente de los colombianos: se lo echó al hombro y lo eligió con sus votos. A lo Rasputín o Robespierre ejercerá el poder detrás del trono, qué duda cabe.

Recabemos, de nuevo, en el desaparecido Chávez: éste supo escoger al protector de su legado y, sin fisura alguna, Maduro ha cumplido los mandatos de su “comandante eterno”. Eso no le ocurrió a Uribe con Santos; pero la venganza es dulce y hoy pretende no equivocarse con Duque a la cabeza. Por lo visto, ello no ocurrirá. Ya una ficha, también leal y devota del expresidente, Alicia Arango, dijo en una entrevista en la W: “Gobernará Iván Duque, pero no hay que olvidar que Uribe es nuestro jefe”. “El presidente eterno”, como alguna vez lo calificó el hoy joven presidente de los colombianos.

Bogotá, D.C, 27 de junio de 2018.

*Jairo Gómez. Periodista y Analista Político.

@jairotevi

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