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Por Horacio Serpa.- Emocionante. La gente salió por millares a reclamar por la vida. La sola presencia de tantas multitudes en diferentes lugares del País fue un grito que se escuchó en el mundo entero. Los colombianos anestesiados por los rigores de una guerra interminables rompieron la inercia del conformismo y en muchos lugares se manifestaron altivos y dignos en favor de la vida, de la convivencia, de la tolerancia democrática, del derecho a vivir en paz.

Se quiere vivir, gozar, ser ciudadanos normales, no sufrir los temores de los ataques violentos, ni del secuestro, ni de los paseos millonarios. No se desea continuar leyendo sobre la muerte de soldados, policías, de tantos jóvenes inocentes, de guerrilleros. Se repudia la cultura de la muerte, el día  a día de niños asesinados, de familias exterminadas, de dramas humanos causados por la miseria o la intolerancia. No más la Colombia llorando permanentemente las desgracias de quienes en vida parecen estar muertos porque el destino les asignó como castigo inmerecido los padecimientos del abandono, de la falta de oportunidades, de la pobreza eterna, de la ignorancia.

No exagero. De una parte, medio siglo de violencia hastían, obligan a reaccionar en busca de situaciones diferentes, como se han logrado en diferentes latitudes. De otra, si bien anhelamos la vida física, no debemos olvidar que el bienestar debe ser consustancial al hecho de vivir. La vida con goce, con salud, con educación, con techo, con servicios, con un ingreso que permita la dicha de mantener una relación familiar y un contorno social que produzcan alegría y satisfacciones. Así vale la pena existir.   

Pensar que hay cultores de la muerte, indigna. Pero existen. Los vemos constantemente. Son los que repudian los esfuerzos por lograr la paz, como los que se están realizando en La Habana entre el gobierno y las farc. Es difícil explicarse por qué desean que continúe la guerra que tantos daños nos ha ocasionado por generaciones. Hace 70 años padecimos 350.000 muertos y 20 años después comenzaron a juntarse cadáveres que ya van por 500.000. ¡Es horrible! Pero quieren  que siga la subversión con todas sus horribles secuelas de paramilitarismo, confrontaciones y miseria.

Porque propugnan por la guerra se opusieron a las marchas por la vida. Quisieron que la gente no caminara colectivamente repudiando a la muerte, porque no les interesa la paz. Se alimentan económica o políticamente de las desgracias y si se termina la guerra pierden las ganancias que les proporciona la eterna conflagración que padecemos los colombianos, o se les acaba el discurso belicista con el que aseguran su presencia en los resultados de las justas electorales.

La respuesta debe seguir siendo la que se les dio marchando por la vida. Rotunda, sin esguinces, pero con alegría. La Colombia positiva que necesitamos ha de continuar gritando por la vida, para que alcancemos la paz. ¡Si se puede!