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Por Luis Fernando García Forero.- La decisión de construir la Paz ya ha sido tomada por el Pueblo de Colombia y no existen razones para que este proceso no se dé. No será el mejor o el peor, pero será el de nosotros.

Y tendrá detractores, contradictores o enemigos, pero la fuerza creativa de nuestro imaginario colectivo, que decidió futuro y se miró en su diversidad, ya ha asumido el reto.

El proceso del Postconflicto es un desafío mayor que convencer a una ínfima parte de la perdida de sus espacios. Al final, el beneficio de un país en paz, con tendencias capaces de usar la palabra y el disenso respetuoso para dirimir sus diferencias, con personas trabajando en conjunto para reconstruir nuestras comunidades y motorizar sus sueños en pos de la equidad y la justicia, será suficiente para acallarlos a todos.

En Colombia tenemos que abrir ventanas y construir puentes. Los problemas de la estructura de nuestra sociedad, que generaron el conflicto están vigentes y el clima de hostilidad no las resolverá, por el contrario, contribuye a ahondar la brecha entre el problema y la solución verdadera.

Las tareas pendientes para el Postconflicto son múltiples y en diversas dimensiones. Los procesos de desarme, desmovilización y reintegración de excombatientes, la reconciliación, la atención a población vulnerable, la construcción de la memoria y la verdad, la justicia transicional y la reparación de las víctimas, la prevención de la violencia y el crimen, la reforma de las Fuerzas Armadas y de Policía, la reconstrucción y el desarrollo económico, la estabilización política y la participación del sector privado, la sociedad civil y la comunidad internacional en las estrategias de gobernabilidad, no son poca cosa.

Pero ellas dependen de detener los fuegos, de reducir las hostilidades, pero escuchando los disensos. No se puede estar de acuerdo con todo, eso no es humano ni racional, pero estar en desacuerdo con todo es un exabrupto histórico y una irresponsabilidad con el país.

En este conflicto todos los colombianos hemos sido víctimas. Tal vez no de forma concreta y directa de la violencia, pero si hemos sido marcados por la violencia cultural y por la estructura de la desigualdad, legitimada por la exclusión, el racismo, el elistismo y las nuevas formas de la violencia como la homofobia y el irrespeto a la diversidad.

Creo fervientemente en la necesidad de la Paz y estimo este proceso que toca vivir, afortunadamente, como una oportunidad real y concreta para mirarnos, en nuestra diversidad, en nuestros defectos y virtudes, en otras oportunidades y amenazas, para construir una Colombia Mejor, pero para todos.

Mi responsabilidad con la Historia de Colombia reside en mi esperanza de edificar, desde mis capacidades y labores  cotidianas como periodista y ciudadano, la esperanza de una paz verdadera, no perfecta, pero con posibilidades de dar pié a la reconciliación nacional.