Por Luis Fernando García Forero.-Observábamos recientemente el tono de algunos políticos, en la función pública, esa dificilísima actividad, que exige tanto conocimientos como inteligencia emocional, referirse a sus ciudadanos con la distancia de un gendarme.
Y ante esa situación, recordamos lo que invierte una candidato en una campaña política, para convencer a los habitantes de un municipio, de una ciudad y de un país, que ellos van a garantizar los derechos humanos en su administración. La diferencia entre el candidato y el funcionario público elegido es palpable.
¿Paradojas? No señores lectores. Es el paradigma autoritario del sometimiento absoluto. Rasgo peligroso, porque hasta los dictadores en la era de la información han dejado de ser eficaces para tornarse en corruptos.
El ejercicio de la autoridad es otra visión. Tener autoridad, es estar facultado a ejercerla, es decir, que se posee la potestad delegada de gobernar por la voluntad de otros. Autoridad es representar los valores y el ordenamiento que debemos hacer respetar, pero que tenemos que respetar.
En este sentido, el gendarme no tiene idea de su rol. Porque su poder está subordinado, primero a la razón, y en segundo lugar a la ley. Y los ciudadanos tienen derechos y deberes y el autorizado a gobernar tiene el compromiso de cumplir, de buscar alternativas, para hacer posible la calidad de vida de todos. La paradoja existe porque los servidores, los facultados no asumen su responsabilidad, no decimos compromiso, con la gente que lo eligió.
Los límites del Poder, en la Democracia, se llaman control, supervisión, veeduría y no represión. Porque cuando surge un conflicto el que debe negociar o propiciar el diálogo es el que gobierna, porque fue elegido para gerenciar los asuntos o cuestiones de su colectivo.
Mantener los límites del poder hace posible la deseada gobernabilidad de la democracia. De lo contrario, la administración se puede tornar en un gobierno totalitario, ilegítimo y débil ante sus ciudadanos.