Por Luis Fernando García Forero.- Amante de la Paz, como cualidad indispensable, no sólo de la Democracia, de la Equidad y de la Justicia, deseo expresar mi perspectiva, en esta cita semanal con la opinión de todos, sobre un hecho que determina la posibilidad del cambio, del progreso, del desarrollo posible: la tendencia autoritaria, esa profunda huella del pasado, que aún gobierna en nuestros países, que todavía se manifiesta en el discurso gubernamental, en la acción cotidiana.
América Latina aún tiene caudillos, sin caballo, sin machete, incluso sin seguidores, pero con un talante absolutamente autoritario, con aspiraciones de despóticos, de absolutos, sin visión de equipo y con la creencia que ese espíritu es viable.
Basta ver la actitud de uno de esos hombres, Nicolás Maduro, en Venezuela, heredero porque no ganador, que habla de Democracia, de aceptación de la diversidad, de diálogo y sólo permite que los medios públicos, un conjunto de radios, periódicos, redes y demás adquiridos y financiados por el estado, sean los que tengan acceso a la información pública.
En un mundo interconectado como tenemos, que todo se sabe, cómo puede permitirse un mandatario la existencia de 75 presos políticos sin juicio, que incluye alcaldes, líderes políticos en cargos públicos y estudiantes, con la solicitud de su liberación por cuatro instancias internacionales ante la cifra de muertes violentas del año pasado, aproximadamente 25000 fallecidos, que aún siguen impunes.
Lo que es terriblemente cierto es que los autoritarios son ineficaces, en su gran mayoría. En el caso de Venezuela, un país que tuvo una democracia estable, importante acceso a la educación y la salud, la tercera empresa petrolera del mundo, productiva y sin accidentes por 36 años de gestión y un clima de tolerancia y respeto, vive hoy una de las crisis más profundas de su historia moderna.
En sólo 17 años la hegemonía autoritaria del Chavismo no sólo quebró el estado, expropió empresas productivas y solventes, destruyó la agroindustria, sino generó la mayor violencia política que se haya vivido jamás. Con el discurso de la exclusión social generó la división y ese saldo de separación no era posible en ese país diverso, mestizo, amigable y de inmigrantes que es Venezuela.
Vivimos un tiempo complejo pero valioso. Porque una dictadura, aun siendo sólo de intención, con los recursos de hoy, no sobrevive y la impronta libérrima de los venezolanos, luego de enfrentarse con la maquinaria del chavismo en muchas oportunidades, logró capitalizar dos procesos valiosos.
Por un lado, integrar una coalición de partidos y grupos heterogéneos para enfrentar la poderosa maquinaria oficialista sin tener acceso a los medios sólo a través de las redes sociales y, por otro, vencer el pasado 6 de diciembre de 2015, en una elección compleja y poco popular, como es la de los parlamentarios, en una cultura presidencialista como la de América Latina, al Oficialismo, logrando una mayoría calificada, capaz de cambiar las reglas del juego.
Desde la fuerte dimensión de los hechos, estoy convencido que los venezolanos demócratas no la tienen fácil, pero estimo que el proceso a la libertad y la paz necesarias ya comenzó.