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Juan Camilo Restrepo Salazar
Juan Camilo Restrepo Salazar

Confrontación de los mil días demuestra que el recurso a las armas no fue -ni es- el camino adecuado para resolver las diferencias entre los colombianos.

Por Juan Camilo Restrepo*. - Con el mismo título de este artículo, Luis Guillermo Vélez Cabrera ha escrito un libro fundamental sobre lo que fue la guerra de los mil días en Colombia.

Dentro de la abundante bibliografía que existe sobre aquella terrible confrontación que enfrentó a los colombianos a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la investigación histórica de Vélez Cabrera es, sin duda, uno de los mejores aportes que ha aparecido hasta la fecha.

“Aquella guerra eterna” tiene a mi entender un triple acierto. Es, en primer lugar, un detallado relato militar de absolutamente todas las batallas, escaramuzas y encuentros furtivos que tuvieron los alzados en armas contra las fuerzas gubernamentales en estos terribles tres años.

No se trata solamente de la descripción como es usual de las grandes batallas como fueros las de Peralonso y Palonegro. Es también el relato de la infinidad de encuentros armados que tuvo el conflicto, incluidas las batallitas guerrilleras, cuando la guerra convencional terminó en la práctica, luego de que los rebeldes liberales perdieron la batalla de Palonegro y resolvieron continuar la guerra (ya perdida) a través de una heroica prolongación durante más de un año recurriendo a los esquemas irregulares de los confrontamientos guerrilleros.

En segundo lugar, el libro de Vélez Cabrera nos introduce con acierto en lo que fue un verdadero conflicto internacional.  La guerra colombiana fue atizada y financiada por los mandatarios de Venezuela, Ecuador y Nicaragua, Cipriano Castro, Eloy Alfaro y Santos Zelaya que resolvieron apoyar a fondo la rebelión liberal contra el gobierno de Sanclemente primero, y el de José Manuel Marroquín enseguida.

Y, por último, el libro nos conduce con mano segura a través de una serie de afortunadas semblanzas de los grandes personajes de la guerra: Uribe, Manuel Casabianca, Benjamín Herrera que tuvo permanentes desencuentros con el general Uribe, Vargas Santos el director general de la guerra de los rebeldes, el general Próspero Pinzón. Y ya al final del conflicto el retrato de personajes como Aristides Fernández brazo armado del recalcitrante grupo de intransigentes que rodeaba a Marroquín y que hizo casi imposible que se llegara a unos entendimientos mínimos y tempranos de paz.

El libro constituye una afortunada galería de todos estos personajes de ambos lados que dirigieron o influyeron decisivamente en la guerra.

En la guerra murieron -es la cifra canónica que se acepta- 100.000 compatriotas. Si se tiene en cuenta que en aquel entonces Colombia tenía solamente 4 millones de habitantes, la sangre de colombianos derramada en el conflicto fue enorme.

La visión del autor sobre Caro y Uribe es más severa de lo que habitualmente señalan los otros historiadores del conflicto. “Los radicales de ambos bandos habían conducido al país al abismo a finales de 1899, sin ningún tipo de justificación diferente a su propia miopía. Rafael Uribe y Miguel Antonio Caro, los padres putativos de la debacle, no han tenido el reproche histórico que sus actos irresponsables merecen”, dice el autor.

Ahora bien: ¿Sirvió de algo este conflicto fratricida fuera de lanzar a Colombia a un tremendo baño de sangre con aquella eterna guerra civil de tres años, que envenenó la convivencia pacífica por muchos más?

La guerra no sirvió para nada. Pero si deja una lección final que es la que destaca el autor con acierto: la confrontación de los mil días demuestra que el recurso a las armas no fue -ni es- el camino adecuado para resolver las diferencias entre los colombianos.

Bogotá, D, C. 14 de septiembre 2026

*Abogado y Economista. Exministro de Estado.