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Por Felicia Saturno Hartt. Foto: Ecos Media.- La Navidad de 1991 nos sorprendió con una noticia que marcaría la historia contemporánea. Llegaba a su fin un sistema político que había desempeñado un papel clave en el Siglo XX. No era la caída sólo de un imperio, como muchos otros, sino de una utopía, poderosa e influyente.

Como bien lo señala Rodrigo Fernández “El sistema económico y político impuesto por los bolcheviques, fracasado, desaparecía. Atrás quedaba definitivamente la falta de libertades —políticas, económicas, culturales, de movimiento— y continuaba la cada vez más difícil andadura, que había comenzado precisamente con Gorbachov, hacia un sistema que quería ser democrático”.

Mijaíl Gorbachov, el polémico, interesante y decidido reformador de la URSS, abandonaría el Kremlin hace 25 años y ya sería Rusia otra vez, la de los Zares.

No fueron pocos los costos de esta decisión política. De un país planificado, acostumbrado a la estabilidad laboral se pasaría a la incertidumbre del  capitalismo salvaje, que ha golpeado a un pueblo que contaba con educación de calidad.

Mas ese costo dio la oportunidad de concretar la iniciativa individual y permitió a los rusos gozar de una libertad nunca experimentada. De hecho, hoy en día, Rusia tiene neomillonarios.

Gorbachov se dirigió a la población del país y anunció su renuncia. En su discurso, explicó que aunque había apoyado siempre la soberanía de las repúblicas, también había sido un firme partidario de la unidad del Estado; pero los acontecimientos habían tomado otro rumbo.

Cuando llegó el momento de firmar el decreto con su propio cese como Presidente de la URSS, su pluma dejó de escribir. Entonces, Tom Johnson, jefe de la CNN que cubría el acto con su equipo, le tendió a Gorbachov su pluma Montblanc. “¿Es estadounidense?”, preguntó el ruso. “No señor, o francesa o alemana”, respondió el periodista. Y entonces Gorbachov firmó.

Después del discurso de despedida de Gorbachov, en un pasillo del Kremlin, el General Yevgueni Sháposhnikov entregó el maletín nuclear a manos de Borís Yeltsin.

Este era un acto protocolar. Ya la URSS había dejado de existir como estado como resultado del golpe de los comunistas conservadores de agosto de 1991, que intentó evitar su desintegración pero que agudizó la crisis política.

Gorbachov tenía esperanzas de poder conservar unido el país, incluso después de que las repúblicas que integraban la URSS declararan su independencia. Ni siquiera las perdió del todo después de que el 8 de diciembre las tres eslavas (Bielorrusia, Rusia y Ucrania) firmaran el tratado de Belovezha, pensando que aún era posible formar una confederación.

Pero las pocas que le quedaban se desvanecieron el 21 de diciembre, cuando los líderes de las 11 antiguas repúblicas soviéticas (todas menos Georgia y las tres bálticas) se reunieron en Kazajistán y anunciaron la formación de la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

El 25 de diciembre de 1991 fue un día de percepciones encontradas. Por un lado, desaparecía la potencia que había ganado la Segunda Guerra Mundial y resurgían los movimientos nacionalistas e incluso fascistas en el antiguo territorio soviético. Y por otro, nacía una esperanza en un futuro democrático para los exciudadanos de la URSS, que implicaba cambios radicales de nacionalidad, ubicación, patrimonio y memorias.

 “Cuando se arrió la bandera roja quedé en estado de shock”, recuerda Serguéi Kosárev, que entonces tenía 37 años. “Yo, nacido en Sochi, a orillas del mar Negro, había terminado la secundaria en Kazajistán y luego el instituto en Riga (Letonia). De repente mis amigos, mi juventud quedaban atrás en otros países. Pensé que todo esto era para mal y al principio fue duro, pero lo peor no fue el primer año de la reforma económica sino más tarde, cuando en Rusia dejaron de pagar a tiempo los sueldos, y había atrasos de seis meses y más”, cuenta.

“Al final en mi caso todo fue para bien, recuperé la religión de mis antepasados, como otros millones de ortodoxos, y vi medio mundo; ni lo uno ni lo otro habría sido posible en la URSS”, concluye.

Ya con la Perestroika, el proyecto de modernización de Gorbachov, los jóvenes y para una mayoría de los soviéticos menores de 50 años, visualizaban la posibilidad de vivir en un sistema sin censura, con libertades y garantías civiles. Pero esto no fue posible para todos.

En varios países se perpetuaron los regímenes dictatoriales (las antiguas repúblicas de Asia Central o Azerbaiyán); otros se vieron envueltos en guerras civiles (Georgia, Moldavia, Tayikistán) o entre el centro y sus autonomías étnicas (Abjasia y Osetia del Sur con Tbilisi, seguido una década después por la Guerra entre Georgia y Rusia; los rusoparlantes del Transdniéster en Moldavia; Chechenia contra el Kremlin), o contra sus vecinos (Armenia y Azerbaiyán).

Estos procesos, algunos de los cuales continúan, habían comenzado antes: en el momento de la renuncia de Gorbachov, cuando en Georgia se combatía, Chechenia había declarado su independencia, Moldavia había anunciado su aspiración a reunificarse con Rumania…

El punto final lo puso formalmente al día siguiente la Cámara de las Repúblicas del Soviet Supremo de la URSS, antes de ser disuelta: sus miembros aprobaron la declaración que ratificaba el final de la URSS.

Según los expertos, el cambio logró terminar con el déficit de productos, restablecer el consumo, comenzar el proceso de privatización, liberalizar el comercio exterior, empezar la reforma agraria y detener los procesos desintegradores que amenazaban a Rusia, luego de experimentar una inflación del 2600%.

En la actualidad, la Federación de Rusia sigue siendo el país más extenso del mundo, la novena parte de la superficie del planeta. Es la nación que limita con mayor número de países, un total de 16,n. 5 y el que tiene las fronteras más extensas.

Su economía tiene uno de los mayores crecimientos del mundo. Es el octavo país por PIB nominal o el sexto por PIB PPA, con el tercer presupuesto militar más grande del mundo. Es uno de los cinco países con armas nucleares reconocidos y posee el mayor arsenal de armas de destrucción masiva del mundo.

Rusia es miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, miembro del G20, APEC y OCS, con gran influencia en el espacio postsoviético, particularmente en la Comunidad de Estados Independientes (CEI).

El desarrollo económico del país es irregular geográficamente, con la región de Moscú contribuyendo con cantidades desproporcionadas al PIB. Gran parte de Rusia, especialmente las comunidades rurales en Siberia se encuentran muy atrás.

No obstante, la clase media creció de solo 8 millones de personas en el 2000 hasta 55 millones en el 2006. En Rusia se encuentra el segundo mayor número de multimillonarios del mundo, después de EE.UU., con 50 multimillonarios de un total de 110, en el mundo.

La caída de los precios del petróleo ha contribuido a plantear problemas al Kremlin. Algunos politólogos advierten de que el contrato social ruso de dejar hacer al Kremlin a cambio de tranquilidad económica, está a punto de expirar, por incumplimiento de las autoridades.

La crisis ha castigado con dureza no sólo a los sectores tradicionalmente más desprotegidos, como los pensionistas, sino también a la incipiente clase media, que ve cómo se reducen sus ingresos y se ve obligada a rebajar sus hábitos de consumo.

25 años después de la URSS, Rusia aún no define un futuro mejor.