Por Felicia Saturno Hartt.- Los gritos de alerta de la realidad parecen no afectar  a los dueños del poder. Y los múltiples informes técnicos, que día tras día, escanean la ruda realidad, no son leídos, discutidos e incluso criticados.

Uno de esos olvidados temas estratégicos es el relacionado con dinámica del consumo de drogas. La discusión política se ha quedado sólo en el espacio de la legalidad del uso y consumo de el cannabis y de su venta legal, cuando las transnacionales del tráfico de drogas ya desarrollan drogas de diseño.

Una de las fuentes no exploradas es el Informe 2018 de la Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito, un organismo multilateral que ya comprendió que si no entendemos la dinámica de los mercados no podremos intervenir en la complejidad del trafico/consumo de drogas o de sustancias estupefacientes o psicotrópicas, una denominación que engloba a todas, hasta aquellos que no son drogas pero se usan para ello.

En la actualidad, los mercados de drogas no hacen más que expandirse y diversificarse. Además, cada vez existe una mayor variedad de sustancias y los consumidores tienen más facilidad más acceder a ellas. Es un negocio lucrativo y propiciado por los paradigmas que aún inspiran a la acción de los gobiernos.

Es realmente terrorífico que los enfoques de políticas públicas sólo se centren en la enfermedad del consumidor, de las familias desfavorecidas económicamente y de los países pobres, olvidando el poder de las organizaciones criminales para estudiar mercados, aprovechar los recursos tecnológicos y las debilidades de los estados.

El mejor programa de prevención y de rehabilitación del uso y consumo de drogas sucumbe si no hay una visión global, de conjunto y estratégica de la complejidad del problema, que incluya el control fiscal, sanitario y aduanero de las sustancias lícitas e ilegales, el control de las operaciones bancarias y de la proveniencia de los fondos y los proyectos de desarrollo sustentable, que garanticen trabajo y seguridad a las familias y comunidades.

No es casualidad que el cannabis, la cocaína y el opio hayan aumentado exponencialmente su producción en el mundo en los últimos 2 años. 

En 2016, la producción de cocaína marcó un récord histórico de aproximadamente 1410 toneladas. La mayor parte de esta sustancia procede de América del Sur, aunque en algunos países de África y Asia están emergiendo importantes centros de tráfico y consumo.

La manufactura de opio, por su parte, aumentó un 65% entre 2016 y 2017, alcanzando un máximo de 10.500 toneladas. Esto se debe fundamentalmente al incremento del cultivo de adormidera y la mejora de los rendimientos en Afganistán, que han provocado que la producción alcanzase las 9000 toneladas en el país.

El cannabis fue la droga más consumida en el mundo, con 192 millones de personas, que han recurrido a ella por lo menos una vez, el año pasado. La cifra de consumidores continúa aumentando y se estima que crece a un ritmo similar al de la población mundial, según apreciaciones de los técnicos de la ONU.

Actualmente, la heroína o la cocaína conviven con drogas que requieren receta médica y con nuevas sustancias psicoactivas, que están proliferando a un ritmo sin precedentes, bajo la posibilidad de ser diseñadas a gusto del consumidor.

En otras palabras, crecimientos demuestran el poco, escaso e inexistente control gubernamental. Si bien el poder del tráfico criminal puede ser un reto estratégico, el control sanitario y aduanero es posible. Si se han podido identificar las redes terroristas y desmantelar las células de fanáticos, es posible, con el apoyo de la informática, ubicar las responsables del tráfico de medicamentos, de jeringas, de propulsores, etc.

Muchas naciones estrenan nuevos gobernantes. Es un deber ético con el futuro y el desarrollo de sus países, escuchar estas alertas.

Felicia Saturno Hartt. Politóloga y Analista Político Venezolana.

Maracay, 28 de junio de 2018.

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