Por Jairo Gómez.- Toda mi solidaridad con Matador, sin duda, el caricaturista de mayor relevancia hoy en el país; me atrevería a compararlo con Jaime Garzón en la década de los noventa –siglo pasado-. Su pluma es independiente y mordaz, por tanto, incómoda para el poder.

La decisión que tomó de no publicar más en las redes sociales por las amenazas de que fue objeto, la comprendo, es más: la respaldo. En Colombia no amenazan, matan. Los cientos de líderes sociales asesinados, sin que la sociedad colombiana se inmute, antes fueron amenazados y posteriormente asesinados. Lo mismo le puede ocurrir a Matador, ¿quién le asegura que no?

Claro, las dos realidades son incomparables. A los líderes sociales los asesinan en las zonas más vulnerables del país donde la presencia del Estado es mínima y la poca que hay –fuerza pública- está más concentrada en salvaguardar la integridad de los dirigentes de esas zonas, que son los mismos que mandan a matar a esos humildes líderes campesinos. A Matador (Julio César González) no le va a ocurrir eso, pues publica en un medio importante de Bogotá, la ciudad más importante del país donde viven los personajes más importantes de Colombia.

De qué vale que diga en nuestra Constitución que no habrá censura y que cada cual es libre de expresarse sin cortapisas, si desde 1991, cuando los colombianos adoptamos un nuevo texto constitucional, han asesinado más de 100 periodistas y las investigaciones, salvo en uno o dos casos, no arrojan un resultado veraz y contundente que identifiquen a los responsables materiales e intelectuales de esos crímenes.

Muchos dirán que es un manido discurso, pero eso es sencillamente la estela de una impunidad que se cobija en el poder y desde ese mismo poder se alienta para que no solo se amenace sino que se ejecute al amenazado. Así ocurrió con los más de cuatro mil militantes de la Unión Patriótica. Esa historia no se nos puede olvidar, por eso la decisión de Matador tiene sentido más allá de la solidaridad que hoy lo arropa, pero que no le alcanzará para protegerlo contra las balas.

Setenta años después no sabemos nada de quien mandó a matar a Jorge Eliécer Gaitán, pero sí sabemos quiénes provocaron el magnicidio. Líderes como Laureano Gómez, con sus encendidos discursos en contra del político liberal y sus constantes descalificaciones racistas, clasistas y temerarias hicieron eco en un país polarizado y en el que los conservadores alimentaban la violencia política. Y mataron a Gaitán. Se supo de la identidad del gatillero, pero de quienes intelectualmente tiraron del gatillo, no.

Esa es la verdad que hace de Colombia, nuestra Colombia, un país difícil donde no se perdona una y cuyos habitantes, como el avestruz, clavan la cabeza en la tierra para ignorar su propia realidad. ¡Qué tristeza!

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