Una polémica de miedo

Por Gonzalo Buenahora Durán. Doctor en Historia.- Agencia de Noticias Vieja Clio, Bogotá, 1920.- El dictador venezolano Juan Vicente Gómez, conocido por sus enemigos como “el bagre”, es de lo inverosímil que hay. Hacendado de racamandaca y avezado militar nacido en La Mulera cerca de Jáuregui en La Grita, no solamente ha metido “a la fuerza” a Venezuela en la modernidad (primera aerolínea, primeros aeropuertos, una enorme plaza bolivariana de estilo parisino en su pueblo natal, etc.),  sino que con la riqueza petrolera ha saldado la deuda externa del país. Se trata de una significativa discrepancia: los vecinos, a diferencia de nosotros, no nacerán con una negativa y onerosa cuenta en dólares adherida a sus cunas.

La Agencia Vieja Clío ha tenido noticia que con el fin de ensalzar el particular régimen de Gómez, el escritor, periodista, historiador y sociólogo venezolano Laureano Vallenilla Lanz ha publicado un libro titulado: “El Cesarismo democrático”. Inspirado por el positivista francés Hipólito Taine, afirma Vallenilla que el régimen imperante en Venezuela es el único que conviene y responde a la natural evolución de la sociedad pues, empeñado como está el autócrata en mantener la paz en el vecino país a cualquier costo, se garantizan las dos grandes necesidades de nuestras naciones latinoamericanas: la inmigración “blanca” (europeos ante todo) y los consiguientes capitales y tecnología necesaria para un cabal desarrollo económico basado en la explotación intensiva de nuestros recursos minerales, agrícolas y pecuarios. Y ello no se obtiene con libertinajes ni desdoros para criticar al gobierno de turno, ni con los discursos incendiarios con que cuenta la oposición, por ejemplo en Colombia, para insultar y ultrajar a quienes están a la cabeza del gobierno. Y tampoco es inexcusable, como sucede –según Vallenilla- en nuestro país, el dominio absoluto de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Porque para el intelectual venezolano, don Marco Fidel Suárez, actual mandatario de Colombia, no fue elegido por los 216.595 votos (en contra de los 166.298 de su contrincante, el maestro  Guillermo Valencia), sino por los obispos y el Nuncio de su Santidad que sin más ni más calificaron a Valencia y a sus copartidarios  como “herejes”. Frente a un contrincante de ese calibre, ha saltado a la arena un liberal de “pura sangre”, armado con una inteligencia prodigiosa, tal vez el colombiano más culto que ha existido, culto que no erudito: Eduardo Santos Montejo que, de ir por donde va, algún día será Presidente de Colombia.

Santos se aferra a que en Colombia, a diferencia de Venezuela donde no se tolera ni la sombra de un reproche y no se contentan con elogios discretos, sino que se exigen estruendosas alabanzas, existe, a pesar de las deficiencias materiales, lo que ha dado en llamar el “decoro y  pundonor de un  pueblo: una genuina libertad.” Haciendo uso de su profundo conocimiento de la Historia de Colombia, el Dr. Santos, desde su tribuna de El Tiempo (fundado en 1909) rebate con fuerza la existencia en el país de una abierta y desenfadada “Teocracia”. Explica que antes de la “Regeneración” existió en Colombia un régimen que dio rienda suelta a todas las libertades posibles y que se prolongó de 1863 a 1885, casi por dos décadas. Expone que en Colombia se tiene la libertad de atacar al clero en artículos periodísticos y caricaturas, claro está, exponiéndose a que la Iglesia lo combata. Arguye que ha habido políticos como Anselmo Gaitán, Ricardo Tirado Macías y Enrique Santos, que desde las Cámaras han encarnado una verdadera, franca y resuelta resistencia a los prelados, y asevera que los diarios y publicaciones censurados o combatidos por la clerecía son los de mayor circulación. Con el fin de no extendernos demasiado, terminamos esta nota con dos argumentos expuestos por Santos con los que el intelectual pretende neutralizar de una vez por todas los gatuperios y enredos retóricos de Vallenilla Lanz: “El tirano puede impulsar la riqueza del país, pero lejos de robustecer el espíritu de sus gobernados lo deprime, por lo cual lo deja expuesto a males mayores que los de la miseria.”; “La opresión y el silencio, interrumpido sólo por las voces aduladoras de los favoritos, deprimen el alma popular hasta convertirla en presa fácil; apagan  toda luz de ideal y crean una atmósfera de servilismo y cobardía moral dentro de la cual no podrá crecer nada sano, ni nada grande.” Y, apelando al notable y malogrado José Martí, expresa Eduardo Santos lapidario: “El hombre necesita para vivir de cierta cantidad de decoro, como de cierta cantidad de aire.”

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