Opinión

Los costos de la Democracia

Por Mauricio Cabrera Galvis.- Al partido Liberal le han caído rayos y centellas por insistir en realizar el próximo domingo 19 de noviembre una consulta popular para elegir, -entre Juan Fernando Cristo y Humberto de la Calle-, a su candidato para la presidencia.

La crítica principal es el alto costo que tiene la consulta que, aún después de haberla reducido a las cabeceras municipales, puede llegar a $40.000 millones. La crítica al costo es mucho más acida por tratarse de dineros utilizados para un solo partido. Si el 19 de noviembre hubiera también consultas para seleccionar los candidatos del Centro Democrático, de los Verdes y de los conservadores, la cuestión del costo se minimizaría, pues las consultas se volverían un asunto de interés general.

De hecho, en algún momento esos partidos contemplaron la posibilidad de hacer consultas abiertas en la misma fecha, pero la descartaron. El CD porque no puede aceptar que la voluntad popular prevalezca sobre la opinión del caudillo; Fajardo, Claudia y Robledo porque no han podido ponerse de acuerdo ni siquiera en el mecanismo de escogencia, y lo que queda del partido conservador porque no tiene candidatos para una consulta.

Entonces, si bien es cierto que $40.000 millones es mucha plata para la consulta de un solo partido, la culpa no es del liberalismo sino de los otros partidos que renunciaron a utilizar ese mecanismo de participación democrática. Pero más allá de la cuestión monetaria, hay que recordar por qué es importante la consulta popular.

No es un capricho de Cristo y de la Calle, pues para el partido Liberal es una cuestión de principios y de respeto por su historia. En 1988 Luis Carlos Galán puso como condición para que su renovador Nuevo Liberalismo se reintegrara al partido Liberal que el candidato del partido no lo escogiera un conciliábulo cerrado o, peor aún, el dedazo del caudillo, sino el voto popular. Un año más tarde fue asesinado cuando estaba en plena campaña para la primera consulta, pero esta quedó institucionalizada como uno de sus grandes legados a la democracia y a la modernización de los partidos.

 

Es lamentable que desde la época de Galán hayamos retrocedido tanto que hoy se piense que las consultas partidistas son una pérdida de tiempo y dinero. Es el resultado de la debilidad y el desprestigio de los partidos políticos, pero la solución no puede ser dejar de realizarlas, sino por el contrario exigir que hagan consulta los partidos que tengan varios aspirantes, y que estas sean cerradas. Es más barato una encuesta, pero estos son los costos de la democracia.